20. Campos de Marte #2
Los otros dos se miraron muy serios. Corrían rumores de que Eduardo de Woodstock podría intentar tal cosa para mantener a Castilla en el bando inglés ante la guerra con Francia y, a la larga, cobrarse lo que se le debía de un modo u otro.
—¿Y a quién iba a utilizar de regente? —preguntó don López.
—Si yo fuera él, a mis propios colaboradores más cercanos.
—Majestad, no estaréis pensando... Yo nunca... —balbuceó el canciller.
El maestre don López fue más contundente y dijo, al tiempo que se erguía molesto:
—Si no fuerais mi soberano, esa mera insinuación exigiría una respuesta, alteza.
Don Pedro los miró fijamente. Habituado a las traiciones, ya no se fiaba de nadie.
—¿Y el conde de Lemos, don Fernán de Castro? Hubo un tiempo en que estuvo en mi contra.
—De caballero a caballero, mi rey, uno sabe cuándo alguien rectifica y torna en el más fiel a la nueva causa que el resto —dijo don López—. Ese gallego os será leal hasta la muerte, como yo mismo, majestad.
—Escribid pues, don Mateos —dijo de pronto el rey, como si la conversación hubiera sido trivial.
—Estoy listo, majestad. ¿A quién la encabezo?
—A los alcaides de los fuertes de Vizcaya y Castro Urdiales. Que sepan que, si vieran aparecer al príncipe de Gales o a cualquiera de sus heraldos con cartas mías para que entreguen esas posesiones, que se nieguen, pues la voluntad real es la que aquí y en este momento expreso.
De ese modo, previendo su impago, don Pedro abortaba la posibilidad de que el príncipe quisiera cobrarse en señoríos y tierras, aunque en ello le fuera una guerra.
Después de dejar asegurada Toledo, de donde se llevó rehenes para evitar lo ocurrido la otra vez, las huestes de don Pedro se dirigieron al valle del Guadalquivir.
Como ya hicieron en el trayecto de Burgos a la ciudad del Tajo, perseguían y aniquilaban cualquier resto de las compañías mercenarias que encontraban o del que les llegaban noticias, y en casos de bandidaje local —incrementado durante el prolongado conflicto—, don Pedro enviaba destacamentos para apresarlos y los entregaba a los concejos, a los que permitía aplicar la ley de sus fueros, que normalmente consistía en la pena máxima.
No obstante, dada la situación de constante lucha, los esfuerzos del rey apenas achicaban agua en un océano lleno de malhechores y pillaje.
—Mi rey, si esos ingleses no se van de una vez, el pueblo se volverá contra nosotros. Están saqueando con la misma crueldad que los malandrines franceses.
Don Pedro maldijo para sus adentros: ahora no podía hacer nada aparte de rezar para que el príncipe de Gales se hartase de recibir largas en los pagos y que fueran sus propias tropas las que le exigiesen regresar a sus tierras aquitanas.
Córdoba (petrista)
—Don Martín López de Córdoba, maestre de Calatrava y Alcántara, quedáis a cargo de esta ciudad de la que procede vuestra familia. Honradla y honradme a mí.
Sabía bien don Pedro que su fiel servidor provenía del linaje de uno de los conquistadores cristianos de la villa cuando se le arrebató al islam en tiempos de Fernando III el Santo. Hacía de eso más de siglo y medio.
—Mi señor rey. Siempre a vuestro servicio. Córdoba estará segura; la ciudad se enorgullece de rendir obediencia al único y legítimo rey, don Pedro I de Castilla y León.
Antes de partir a Sevilla, la maza de la justicia real hizo su trabajo.
Dieciséis hidalgos que sostuvieron la ciudad para don Enrique fueron ejecutados y sus bienes confiscados.
Pero luego, el maestre no ejecutó a otros cuatro que también habían sido señalados, todos parientes suyos en mayor o menor grado.
Los invitó a cenar y les mostró la orden real.
Les dijo que él no quería hacerlo, a pesar de las seguras represalias del rey don Pedro si se enteraba.
Pidió que guardaran el secreto de aquella cena y se marchó a dormir dejando las puertas del alcázar abiertas.
Los caballeros huyeron esa misma noche sin parar siquiera por sus tierras.
Al día siguiente, el maestre demolió las casas de los huidos y confiscó sus haciendas.
Sevilla (petrista)
Cada noche al acostarse, no lograba sacarse de la cabeza la imagen de traidores, hombres sin rostro definido que lo rodeaban y trataban de agarrarlo, había traidores, ¡traidores por todos lados!
; veía a sus hijas guardadas bajo llave a causa de un reino en llamas y a sus hijos, unos bastardos, pero con derecho a reclamar su linaje, perseguidos con saña.
No logró conciliar el sueño más que a breves ratos y, al día siguiente, se levantó muy tarde.
Sabía que hacía horas que lo estaban esperando, pero no le importaba.
Fue a dar un paseo por los jardines del alcázar, necesitaba envolverse con el aroma del azahar y los naranjos.
Los olores le trajeron recuerdos de buenos tiempos.
Aunque había estado guerreando casi todo su reinado, también hubo momentos de sosiego, placer y felicidad.
Y esos momentos habían sido fundamentalmente allí, entre aquellas paredes alicatadas con mosaicos de fantásticos azulejos arabescos y yeserías talladas en hojas y flores entrelazadas.
—¡María, María!
La figura delicada y grácil de su esposa, apenas cubierta por un cendal traslúcido enseñando la silueta apetitosa de su cuerpo, se desvaneció en una de las fuentes cuando don Pedro intentó asirla.
Cerró los ojos, sujetando la tristeza. Luego metió las manos en el agua, que corría limpia y fresca, y se las pasó por frente y nuca.
—Mis hijas, Pedro. ¿Dónde las has dejado? Quiero verlas.
—¡Están a salvo, María! Y si algo saliera mal, casarán con príncipes. ¿Dónde estás? ¡Quiero verte! —susurró a la vez que buscaba con la mirada al fantasma de su amada.
—No, mi amor. No todavía, no todavía... —le pareció oír en una caricia que llegó con la brisa.
Bajo la sombra de un naranjo, un criado esperaba pacientemente. Al ver que su señor lo miraba, le alcanzó una jarra con agua fresca, que don Pedro aceptó con agrado.
—¿Qué hora es?
—Pasado mediodía, majestad.
—¿Está todo preparado?
—Hace horas, como ordenasteis. No se mueve un alma de la plaza a pesar de esta canícula.
El monarca cogió una naranja y se la llevó a la boca. Estaba caliente, pero su acidez era refrescante. Cogió otra y se la lanzó al paje.
—Vamos. Ya han sufrido bastante.
En la plaza de San Francisco de Sevilla, a las puertas de la Casa Grande de San Francisco, el convento de los franciscanos que Fernando III ayudó a fundar en 1248 al conquistar la ciudad y que daba nombre al lugar, había un patíbulo montado.
El verdugo aguardaba con el hacha. El hombre se había sentado bajo un improvisado toldo mientras los reos permanecían de pie, atadas las manos a la espalda.
Sus cuellos se veían abrasados por el sol y sus caras mostraban signos de deshidratación.
Uno cayó desmayado al suelo. Rápidamente lo reanimaron y obligaron a levantarse justo cuando apareció don Pedro, que tomó asiento bajo un toldo engalanado con los escudos reales castellanos.
—Estos hombres, pueblo de Sevilla, son traidores a su rey y a la Corona de Castilla y León —dijo el alguacil en cuanto recibió la señal del monarca.
Leyó los párrafos de las ordenanzas de Alfonso XI referentes a qué era «traición» y qué pena aplicaba. La multitud aclamó al monarca a la vez que insultaba a los cuatro reos. Para aguantar el sol, los sevillanos llevaban parasoles y los aguadores pasaban entre ellos sacándose unos dineros.
—¡Justicia, justicia! ¡Traidores! —gritaron varios, haciendo que el resto se uniera.
Don Pedro levantó la mano y la bajó, señal de que podían ajusticiar al primero.
Era el almirante de Castilla, Bocanegra el mayor, pues su hijo era uno de los caballeros que huyeron con don Enrique tras la derrota de Nájera.
Don Egidio Bocanegra, genovés afincado en Sevilla, un hombre poderoso que no sólo era el caudillo de las gentes del mar con jurisdicción sobre ellas —el Fecho del Mar—, sino que, a diferencia de lo que sucedía en otros reinos, tenía también potestad sobre el control de las mercancías.
—Debí haberlo ahogado en el río. En el mismo sitio donde ese traidor robó el tesoro de Castilla —dijo don Pedro mientras veía rodar su cabeza.
No limpiaron su sangre, que empapó las tablas. Uno de los encargados de retirar su cuerpo resbaló y se dio un buen culazo, provocando las risas del pueblo. La turba, como siempre, sin alma ni conciencia.
El siguiente en caer bajo el hacha fue don Ponce de León, señor de Marchena.
Otro de esos nobles que fluctuaban según venían dadas.
Reprimió la rebelión de Juan de la Cerda en nombre de don Pedro en 1357.
Nueve años más tarde, junto a otros ricoshombres, fue de los que abrieron la puerta de Sevilla para Enrique de Trastámara.
Y ahora, un año después de enarbolar la bandera enriqueña, afrontaba la justicia establecida en el código de las Partidas para los traidores, esperando la clemencia real por los servicios prestados antaño.
No fue así, y su señorío de Marchena y el resto de propiedades pasaron a ser de realengo.
—Majestad, el siguiente es...
—¡Callad, maestre, lo sé! Escuchad al pueblo...
Un murmullo se fue haciendo clamoroso según arrastraban al tercer reo y lo arrodillaban a la fuerza bajo el filo del cuchillo.
Sonaron los atabales. Su repique cesó de pronto y todos miraron al monarca.
Don Pedro volvió a alzar la mano y, tras unos instantes eternos, movió la palma pidiendo que trajeran a su presencia al sentenciado.
— ¿Tu quoque, fili mi? Diego, ¿tú también, hijo mío?
—Os creéis un césar y no lo sois, aunque matéis de la misma manera a todos cuantos os rodean.
—Sólo la memoria de tu dulce hermana te salva del hacha. Pero no quiero verte nunca más. Que sea Dios quien te llame cuando toque.