El Fratricida 20. Campos de Marte
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20. Campos de Marte

Campos de Marte

Su familia estaba a salvo. Él estaba a salvo.

Y el rey galo, el antiguo delfín, ya coronado como Carlos V de Francia, era su aliado.

Por tierras sorianas, en Borobia, sus perseguidores estuvieron a punto de matarlo, pero forzó con sus caballeros el paso y consiguieron llegar a Illueca, población ya situada tras la frontera aragonesa.

—Rey don Enrique, me alegra veros sano y salvo, doy gracias al cielo.

El noble aragonés que lo recibió al frente de su hueste de fronteros era otro miembro de la familia Luna, de una rama menor y natural de aquella población, donde estaba en alerta porque su rey, Pedro el Ceremonioso, había activado a todos sus señores y mesnadas en prevención de una incursión del príncipe de Gales.

—La alegría es mía, don Martínez de Luna. Y ese vuestro castillo es una de las visiones más reconfortantes que he tenido en mi vida.

No pasarían mucho tiempo refugiados en la fortaleza. Cuando don Enrique supo que su mujer había llegado a Zaragoza de camino al exilio, siguió al de Luna, que conocía bien las rutas pirenaicas y lo escoltó atajando por Jaca hasta la frontera.

—Veo que sois hombre de acción, señor de Luna.

—Si hace falta empuñar una espada, no podría, pues ya soy subdiácono, pero eso no me impide dirigir a mis hombres en lo que haga falta. ¡Con Dios, rey Enrique!

—¡Con Dios, don Martínez de Luna!

Se despidieron en el paso de Somport, junto a un miliario romano erigido del lado francés. Aquel señor aragonés, de tan sólo veinticinco años entonces, llegaría a ser sumo pontífice, con el nombre de Benedicto XIII, aunque sería más conocido como el papa Luna, último de los papas de Aviñón.

Una vez en Francia, don Enrique desplegó todas sus dotes diplomáticas y fue recibido por el mismísimo rey, que redobló el apoyo a su causa y le prometió el dinero necesario para armar un ejército con las Compañías Blancas.

Lo primero que debían hacer era negociar el rescate de Bertrand du Guesclin, y eso llevaría un tiempo.

Lo segundo, aconsejado por el rey francés: esperar acontecimientos.

Pasaban los meses mientras le llegaban noticias de que las villas que se mantuvieron bajo su bandera eran una a una recuperadas por el rey don Pedro.

La impaciencia lo corroía, tenía que ir en su ayuda o el día que por fin volviera sería como empezar de nuevo.

Y en medio de aquel desasosiego, su hermano Tello que, como siempre, olvidaba la sangre si no era la suya propia la que estaba en juego; desde Navarra llegaron rumores de que servía al rey Carlos el Malo como su emisario.

—Monsieur don Enrique, el rey os llama.

Al llegar a la cámara del rey de Francia, el monarca tenía una misiva en las manos. Le sonrió y asintió con la cabeza.

—La señal que esperábamos se ha producido, don Enrique. Y mejor de lo imaginado, mon ami .

Hacía no mucho habían llegado noticias halagüeñas de algunos partidarios de la bandera del bastardo: los alcaides de Peñafiel, Gormaz, Atienza y del alcázar de Segovia, entre otros, se habían alzado.

No eran revueltas populares, sino de la nobleza de esos enclaves: en Segovia, el pueblo se alzó a su vez por su rey don Pedro.

En Alburquerque, Córdoba y Vizcaya —en este caso, por no querer pasar a poder del Príncipe Negro— hubo revueltas alentadas por los señores enriqueños.

Pero lo más importante, la señal necesaria para arriesgar el regreso, no se acababa de producir. Hasta entonces.

—Partiré de inmediato, majestad —dijo mientras leía el último mensaje venido de España—. No sé cómo pagaros...

—Empezad por sacar a ese malvado del trono de una vez por todas. Luego, vuestra flota... Con eso y vuestra amistad, yo podré rescatar a mi amada Francia de las zarpas inglesas.

—Y con mucho gusto, alteza, yo os ayudaré a derrotar al rey inglés y a su Príncipe Negro.

Mayo a septiembre de 1367 Burgos, Toledo, Córdoba y Sevilla (petristas)

La desconfianza era ya completa entre las dos altezas reales.

Eduardo de Woodstock quería recibir un pago en dinero sin dilación o, a cambio, veinte castillos en garantía de que sería satisfecho.

Pedro de Castilla se negó en redondo, pues eso provocaría que el reino se levantara contra él.

Acordaron que juraría ante Dios que haría honor a su palabra en los plazos establecidos y que el juramento se hiciera en público, con lo que se desvelaría que le daba Vizcaya y Castro Urdiales al inglés.

—Esto se volverá en mi contra, lo sabéis, ¿no?

—Con mis tropas en Castilla, majestad, nadie se atreve contra vos. Lo sabéis, ¿no?

«Este paliducho de pelo rizado me está restregando la carencia en la que me hallo. En cuanto vaya a Toledo y Sevilla y las tenga aseguradas, ¡veremos si me sigue siendo necesario!»

—Sea, príncipe. Mañana, 2 de mayo, ante el altar de la catedral, tras el segundo ángelus.

—Allí estaré, rey don Pedro.

El príncipe inglés se retiró al monasterio de Las Huelgas, donde posaba, mientras el rey don Pedro marchó al castillo de la villa.

Al día siguiente, dos mil soldados del de Gales ocupaban las calles burgalesas ante el asombro general. La guardia de la puerta por la que entraría el príncipe tuvo que ceder la custodia a sus hombres de armas.

—¿Qué pasa? ¿Nos apresan los ingleses?

—No, mujer. Es que viene una alteza real inglesa a rezar a nuestra gran iglesia.

—Pero debería ser la guardia castellana la que hiciera los honores, más parece...

—Sí, mujer —intervino un hombre que peinaba canas—. Más parece una tregua entre enemigos que una misa de aliados.

—Pues ¿qué se ha creído ese anglo? Nuestro rey sólo castiga a los traidores.

—Sí. Don Pedro el Justo, igual que hizo su padre Alfonso el Justiciero. Porca nobleza, que cree que puede hacer lo que le plazca sin consecuencias —escupió el hombre con desprecio.

El de las canas se encogió de hombros y se arrebujó en una raída capa.

Era un hidalgo, lo más bajo del estamento señorial.

Un noble que tenía que trabajar para ganarse la vida, pero que, por su condición nobiliaria, no tributaba y gozaba de algunos otros privilegios por el honor que le daba su apellido.

No era partidario de Enrique, al cual consideraba ilegítimo y un manipulador que enarbolaba causas y banderas, en principio honorables, para hacerse con el poder a cualquier precio.

Tampoco era petrista; la dura justicia de don Pedro, junto con algún acto fuera de ella —recordaba a damas que no conspiraron y acabaron muertas—, lo tenían desencantado.

Era una rara avis en una nación ya dividida en dos bandos y en la que, si no pertenecías a uno, automáticamente te atacaban por asumir que eras del otro.

«Cierto es que a muchos de baja nobleza los ha aupado este rey don Pedro —se decía el hidalgo—, lo que me da unas oportunidades que don Enrique sólo concede a los grandes...

Y es verdad también que nuestro rey Pedro tiene actos de piedad inexplicables, como no ejecutar al conde don Sancho, traidor a su Corona reiteradas veces. »

Mientras se replanteaba su posición en la contienda, sonaron unas trompetas.

Al fondo de la calle, sobre un bridón imponente cubierto de loriga y un manto en cuya grupa iban bordados los leones aleopardados ingleses, apareció con una armadura de color negro reluciente el heredero de Inglaterra.

Lucía un gran collar de la Orden de la Jarretera sobre su pecho.

Lo seguía una guardia de quinientos hombres con los estandartes de la cruz roja sobre blanco del reino de Inglaterra.

—Yo, don Pedro I de Castilla y León, juro ante este altar y Dios mismo que lo que aquí se ha leído cumpliré fielmente.

La misa había acabado y el acto de compromiso también.

El rey y el príncipe se dieron un frío apretón de manos y cada uno marchó a sus aposentos.

Al poco, el rey don Pedro partía camino de Toledo con sus huestes mientras las mesnadas del príncipe quedaban acampadas y pasto de una epidemia de disentería que los estaba diezmando.

El propio sire Eduardo llevaba semanas enfermo y, aunque no se temía ya por su vida, no parecía el mismo.

Toledo (petrista)

Antes de llegar a la ciudad del Tajo, la larga mano de la justicia del rey don Pedro alcanzó a los traidores y el verdugo descargó el hacha sobre el cuello de dos nobles enriqueños.

Tras recuperarse unos días de una indisposición, llegó por fin el monarca a Toledo, donde las puertas le fueron abiertas y las poblaciones adyacentes acudieron a prestar obediencia al rey legítimo.

Sus esfuerzos por recaudar todo tipo de impuestos no daban los frutos deseados.

Les recordó a las villas la obligación de abonar la parte real que correspondía al portazgo —cantidad que pagaban los mercaderes al acceder a una población por circular con seguridad por los caminos de la comarca, vigilados por las milicias y amparados por el rey—, y exigió las capitaciones de moros y judíos tanto en Burgos como en Toledo —dineros que se satisfacían «por cabezas» en atención a su condición religiosa—.

Pero el reino estaba empobrecido por las exacciones que había hecho el Trastámara.

El rey don Pedro comprobó lo que ya sabía.

—Imposible. No podré reunir la cantidad que le debo al de Gales.

—Si se entera..., cualquier cosa puede pasar, majestad —dijo López de Córdoba, el maestre, con gesto preocupado.

—Pues que no lo haga hasta que sea muy tarde, caballeros —dijo el rey mirando también al canciller don Mateos—. Su ejército está enfermo, él mismo casi no lo cuenta... Sigamos viaje al sur y aseguremos Sevilla.

El canciller asintió.

—No creo que el príncipe se atreva a pactar con el bastardo, mi rey, que es lo mismo que hacerlo con Francia y Aragón, enemigos de los intereses de Inglaterra.

—Ni yo lo creo, Mateos. Ni yo. Pero... ¿y si quiere poner a algún castellano que no sea Enrique en mi lugar..., una regencia?