El Fratricida 19. La segunda Nájera #12
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19. La segunda Nájera #12

Sire Eduardo no sabía si odiaba más la sonrisa que se había dibujado en la cara de don Pedro o el tener que reconocer que sus propias palabras lo apresaban. Tras unos instantes callado, sentenció:

—Dad gracias, mariscal D’Audrehem, a su alteza don Pedro. Pero, siendo mi derecho, sólo salvaréis la vida si se nos devuelve a nuestro querido sir Thomas Felton sano y salvo.

El príncipe de Gales se marchó sin decir más ni despedirse. Dos pajes, tratando de ser discretos, se pegaron a él, pues parecía agotado y llevaba paso incierto.

Y así quedó la cosa. Felton era el senescal de Guyena, el mismo que había recibido a don Pedro cuando llegó a la Gascuña y que luego fue apresado en el Monte de los Ingleses. Tras unos meses, se produciría el intercambio de prisioneros.

—Bueno, jefe, tampoco ha sido para tanto.

—¡Grumpf!

—¡Oh, deja de gruñir! Ya acabamos con esos nabos de otoño... A mí me gustan más que los de mayo. ¡Prefiero el sabor fuerte!

El jefe de arqueros no dijo nada. Volvió a gruñir y vació un canasto lleno de ellos delante de Cecil.

—Pues ahí los tienes. Son los últimos. Ahora sólo quedan esas sacas de zanahorias, del color de tu pelo.

El arquero suspiró. Vio reírse a algunos de los pinches de cocina, sirvientes a cargo de esas tareas. Dar de comer a tantos hombres era un trabajo arduo, pero un correctivo leve si se comparaba con otros castigos castrenses.

—¡Eh! ¡Vosotros! A vuestro trabajo, pardillos.

—Somos como ellos por tu culpa, pelirrojo. Unos pardillos —dijo el jefe, que se sentó y comenzó a pelar zanahorias.

Cecil se levantó de pronto, con la mano en el trasero. Y salió corriendo.

—¿Otra vez? ¡No me lo creo! ¡No voy a pelar tu parte, cagón!

El jefe bromeó, pero en el fondo estaba preocupado por su amigo. La disentería se estaba llevando al otro mundo a uno de cada cinco de ellos. El propio príncipe Eduardo había enfermado, y todavía tenían que avanzar sobre Burgos, Toledo y Sevilla para asegurar en el trono al monarca castellano.

Tras sólo un par de días de descanso, el ejército petrista levantó su campamento. Al salir de Nájera vieron aproximarse una columna de monjes que se dirigían a los campos del otro lado del Najerilla, lugar de la batalla.

—¿A dónde vais, páteres? —preguntó Cecil, que iba con su compadre empujando un carro con vituallas.

—A dar cristiana sepultura a todas esas almas —dijo el que parecía el superior monástico.

—¡Pues tenéis arduo trabajo, clérigos! Los enemigos que hemos abatido se cuentan por miles —presumió el jefe de arqueros.

—Tiempo es lo que nos sobra —dijo el páter sin prestarles más atención.

Se trataba de monjes benedictinos que venían del vecino monasterio de San Millán de la Cogolla. Pasaron días enterrando a los caídos y ayudando en otros menesteres a los habitantes de Nájera. Su propia sede, el monasterio de Yuso, «el de Abajo», había sido también saqueado.

El ejército petrista se dirigió a Santo Domingo de la Calzada, donde no encontraron resistencia, paso previo a llegar a Burgos, que también alcanzaron con prontitud.

—Burgos, la antítesis de Zamora.

—No he estado en ninguna, rey don Pedro, pero de Zamora no conocía ni su existencia. ¿Por qué lo decís?

—Porque a Zamora se la conoce como «la bien cercada».

—Entonces no habrá problemas con tomar Burgos.

—No, señor príncipe. Burgos presume de ser cabeza de Castilla, pero cuando hay que resistir, quien hace eso es la ciudad primada de la Corona, Toledo.

—Pues entremos sin demora y volved a proclamaros rey de estas tierras, señor. Y yo veré cumplida mi promesa.

Una larga columna llegó a las riberas del Arlanzón y avanzó hasta el puente burgalés de Santa María.

Al frente iba el pendón real de Castilla junto a la insignia del príncipe de Gales.

Las mesnadas castellanas lucían los colores de Castilla y León con los castillos y leones y las de la orden de la Banda con sus dragantes.

En el caso de las mucho más numerosas tropas inglesas, sus banderas llevaban la cruz de San Jorge, roja y latina sobre fondo blanco, y también se veía el pendón de la Orden de la Jarretera, en la que la cruz roja latina aparecía rodeada por una liga con el lema Honi soit qui mal y pense —‘Que la vergüenza caiga sobre aquel que piense mal’—, expresión dicha por el rey Eduardo III cuando, bailando con la condesa de Salisbury, su liga o jarretera se deslizó al suelo y los presentes pensaron que debía haber sido a causa de los manoseos del monarca que, por toda respuesta, caballeroso, se agachó y se la colocó en su propia pierna.

Ante el espléndido despliegue del ejército petrista, Burgos se apresuró a abrir sus puertas y la ciudad entera aclamó el retorno de su verdadero rey.

En otras partes de la Corona, cuando se supo de la victoria sobre el rey usurpador y sus franceses, hubo celebraciones por la vuelta de un rey popular; eran las clases privilegiadas, nobleza y clerecía, las que se temían su represión.

En Murcia hasta se hizo un carnaval en honor de don Pedro I, rey de Castilla y León por la gracia de Dios.