El Fratricida 19. La segunda Nájera #11
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19. La segunda Nájera #11

«Nada está hecho.» Aunque el rey Pedro estaba frustrado porque, una vez más, su medio hermano lograba escapar, él recobraba su Corona y nadie podría pararle.

Lo único que no tenía era dinero para pagar a su aliado, pero eso ya lo solventaría más tarde, se repitió.

Y lo que sí había eran muchos traidores a los que aplicar justicia.

—Pues empecemos a hacer más, sire Eduardo —dijo, y se dirigió a donde estaban los prisioneros.

—Esperad, majestad. Esos presos son míos tal y como pactamos en Libourne.

—Esta es Castilla y nuestras leyes decretan pena de muerte para los traidores.

—Las normas de la caballería me obligan a respetar sus vidas si pagan rescate y juran no volver a enfrentarse a nosotros.

—¡No seáis ingenuo! Yo he pasado ya por esto. Pagan y mienten para salvar sus vidas, porque honra no tienen, y luego toman las armas de nuevo contra Nos.

—Aun así..., nosotros somos caballeros, y de la más alta cuna, rey don Pedro. ¿Va uno de la Jarretera a tener más honor que uno de la Banda?

Don Pedro lanzó una mirada airada al príncipe, que le estaba recordando, entre otras cosas, que él lo había armado caballero.

Don Pedro llegó al trono sin ser ordenado y, a diferencia de su padre Alfonso XI, que hizo un acto simulado en el que una imagen del apóstol Santiago lo armaba, él lo fue por el propio príncipe de Gales en Bayona.

Tal acto suponía una cierta vinculación moral del que era armado respecto del que armaba.

Además, tenía que reconocer las razones del inglés, pues, según los acuerdos de Libourne, él sólo tenía derecho sobre los prisioneros de la familia Trastámara.

El resto eran asunto de Eduardo de Woodstock.

—Los miráis y veis dinero —casi escupió don Pedro—. No se trata sólo de caballería para vos, príncipe Eduardo.

«Porque, señor príncipe —mascullaba para sus adentros—, a diferencia de mí, sois como el bastardo y su perro mercenario, un asalariado. Aquí el único caballero soy yo.»

—Puede que sea como decís, majestad. ¿Vais a pagarme ya lo que me debéis? Porque si así fuere, añadid el rescate de esos hombres y serán vuestros.

Don Pedro no dijo nada. Llegaron hasta donde estaban los prisioneros más renombrados y allí pidió que le trajeran a su medio hermano Sancho.

Todos temieron que aplicara allí mismo, con sus propias manos, la justicia real.

Sin embargo, dejó que el conde de Alburquerque le besara el anillo y pidiera clemencia.

Hizo lo mismo con los dos donceles adolescentes de sus medio hermanos: Alfonso, bastardo del propio Enrique, y Pedro, hijo natural de Fadrique y ahijado de Enrique.

El pago de sus rescates aliviaría algo las exiguas arcas.

—Si me permitís, alteza, os diré que eso no sólo ha sido caballeresco, sino muy sabio. Os aconsejaría, primo, que cesaseis en las muertes que hacíais antaño y buscaseis la manera de atraer las voluntades de los señores, caballeros e hijosdalgo, y de las ciudades y pueblos de vuestro reino.

Llegaron en ese momento los prisioneros franceses, traídos por sus captores.

Entre ellos, Du Guesclin, que pertenecía al captal de Buch.

A su lado iba el mariscal de Francia y, según lo vio, al pausado y templado príncipe de Gales le cambió el rostro y más parecía al rey don Pedro cuando miraba a los que lo habían traicionado.

—¡D’Audrehem! ¡Sois un malnacido sin palabra!

—No es así, monsieur prince .

—¡Os ejecutaré ahora mismo! Quien no tiene palabra no tiene honor, quien no tiene honor no es un caballero; ¡y quien no es un caballero merece morir como un plebeyo!

«De eso se trataba... Por eso luchó sin pausa aun estando ya todo perdido. Lo siento por mi camarada», pensó Du Guesclin, que ya había llegado a un acuerdo con su captor en la cantidad por su rescate. Rescate que, esperaba, pagaría otra vez su señor el rey de Francia.

—Y sería vuestro derecho como vencedor, no lo niego. Pero no como caballero, mon prince —respondió el mariscal con tal altivez que hizo encolerizarse aún más a sire Eduardo.

—Primo —dijo don Pedro, que era el que mostraba ahora calma y hasta disfrutaba de ello—, dejad al mercenario francés que se explique, si vos me permitieseis ese consejo.

El príncipe de Gales miró al rey castellano con un relámpago en los ojos. De pronto, sus piernas se doblaron y un paje tuvo que sujetarlo. Su cara palidecía y el sudor corría por su frente.

—¡Soltadme, dejadme! —Se zafó e irguió el cuerpo. Miró al capitán mercenario—. ¡Habla, D’Audrehem!

Le había apeado todo tratamiento y lo tuteaba como a un criado. Eso era muestra del desprecio que sentía Eduardo en esos momentos, siempre tan cuidadoso con las formas caballerescas.

—Quiero que un consejo juzgue si incumplí mi palabra. Es tan cierto que me perdonasteis la vida, sire Eduardo, como que yo os pagué mi rescate y...

—¡Juraste no volver a levantar armas contra el rey de Inglaterra ni contra mi persona, maldito! ¡Debí suponer que un mercenario nunca será un caballero!

—Y no lo niego, alteza. Eso juré.

Todos los presentes, la mayoría caballeros, tanto vencedores como vencidos, movieron las cabezas dando por hecho que la muerte era el destino del mariscal, pues ese era el castigo por incumplir tales acuerdos.

—No obstante —dijo el francés levantando las dos manos engrilletadas—, en mi descargo diré que yo no alcé arma alguna contra vos, mi príncipe, ni contra Inglaterra, sino contra el rey don Pedro, único al que esta empresa beneficia y, si no me equivoco, vuestro pagador.

—Yo reconozco a este hombre como mi enemigo —intervino de pronto el rey Pedro—, a pesar de que es un prisionero al que tenéis derecho, príncipe, y vos podéis hacer con él lo que os plazca. Pero, si por mi fuera, aplicaría la misma clemencia que me habéis aconsejado.