El Fratricida 19. La segunda Nájera #10
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19. La segunda Nájera #10

Don Enrique tiró de la brida orientando a su caballo hacia el sur por el curso del río hacia terreno escarpado. Antes de picar espuelas, se volvió en su grupa y dijo:

—Una última orden, Ruy de Gaona. ¿La cumplirás?

—¡La que sea, mi rey!

—Se acabó la lucha por hoy. ¡Permanece vivo, Ruy! ¡Mantente vivo hasta mi vuelta!

Volver, ya antes de irse estaba pensando en volver, cuando ni siquiera se hallaba a salvo. No sabía cómo, pero lo haría, como había hecho siempre. Su capacidad para resistir y sobreponerse a las adversidades era su mejor virtud.

De pronto, un grito lo sacó de sus pensamientos.

—¡Nos cierran el paso! Jinetes a la jineta.

—¡Cubríos, mi señor!

Una jabalina pasó rozando la cara de don Enrique y fue a clavarse en el hombre que estaba a su lado, que cayó fulminado.

Sus caballeros trataban de protegerlo, pero iban sin sus pesadas armaduras para cabalgar más rápido.

Sólo había una solución, desesperada, como todas las que tomaba aquellos días.

—Señores, caballeros, ¡conmigo! ¡Sus y a ellos!

El rey derrotado cargó espada en mano, sin pensárselo ante el vuelo de los proyectiles y directo a enfrentar a los enemigos o morir en el intento. Sus hombres lo siguieron con la fe ciega de quienes no tienen nada que perder.

Dos días antes, atardecer del 3 de abril de 1367, día de la batalla Burgos, reino de Castilla (enriqueño)

Los guardias de la Puerta de Santa María vieron llegar a la carrera a sus compañeros, que estaban en la boca del puente, al otro lado del río.

—¡Abrid las puertas, abrid al conde don Tello!

Casi de inmediato, una columna de jinetes cruzó al galope y penetró en la ciudad, resonando los cascos de los caballos en el empedrado, resbalando peligrosamente al doblar cada esquina.

Iban directos al castillo. En sus almenas se veía la figura de la reina.

No se movía de allí, siempre oteando, esperando noticias de su marido el rey Enrique desde hacía semanas.

—Doña Juana, alteza, no hay tiempo para coger nada, ¡nos vamos!

—¿Qué ha sido de Enrique, Tello? No me iré hasta que me digas qué ha sido de tu hermano.

Los dos infantes, hijos de Juana y Enrique, se apretujaban en las faldas de las ayas. Las damas de compañía lloraban ya, sin haber recibido aún noticia mala. Las más dispuestas, empacaban a la vez que plañían.

—Estaba vivo cuando tuve que retirarme. Luchaba como un jabato, ya sabéis cómo es Enrique, el más valiente de los hijos del rey Alfonso.

—¿Lo abandonaste, Tello? Entonces no sabes si sigue vivo...

—Mi flanco fue desbordado. Dichosos arqueros anglos.

Juana Manuel no se dio por satisfecha. Lo miró con dureza. La dureza de una mujer de sangre real, hija de uno de los magnates más poderosos y famosos de su época. Y que ahora ya era reina.

—Lo abandonaste, conde de Vizcaya y señor de Lara. Dejaste a su suerte a mi marido... Y no veo a Sancho. ¡Tus hermanos!

—Mi señora, Enrique estará...

—¡El rey! —dijo ella.

Tello bajó la cabeza e hizo una reverencia.

—Disculpad, alteza. El rey Enrique estará bien. Lo vi fuera de la pelea más dura, tratando de que sus hombres se retiraran en orden —mintió—. Y respecto a nuestro hermano Sancho... ¡Dios dispondrá, porque estaba en lo más cruento del combate!

Finalmente, doña Juana accedió a irse, súplicas del arzobispo de Toledo mediante, que ya se veía ajusticiado por haber aceptado el puesto de canciller enriqueño.

Una comitiva de clérigos y dueñas salió apresurada de Burgos camino a tierras aragonesas.

Marchaba la reina embarazada y con sus dos hijos, junto con otra niña que era hija del rey de Aragón y que estaba prometida con su pequeño; también lo hacían el arzobispo de Zaragoza, que era miembro de la familia Luna y preceptor de la infanta aragonesa, junto al canciller y arzobispo de Toledo, don Gómez Manrique, con el miedo en el cuerpo, todos ellos seguidos de varias doncellas.

También dos días antes, al anochecer tras la batalla Nájera, reino de Castilla (petrista)

Ya había caído el sol, que se ocultaba tras las murallas de la villa. Era el momento; aprovechando la penumbra y con un poco de suerte, no los descubrirían.

—Como nos pillen nos caerá una buena, pelirrojo.

—¡Oh, vamos! Cuando sisamos aquellas hogazas del carro de avituallamiento no estuviste tan remilgado.

—Vamos a entrar en la tienda de un gran señor... y ni siquiera es seguro que la encontremos.

—Si te rajas, jefe, págame. Una apuesta es una apuesta.

El otro gruñó, pero siguió a Cecil arrastrándose hasta la tienda del captal de Buch.

—¡Ojo! La guardia de sire Eduardo... ¡Pégate al suelo! —susurró Cecil.

—Míralo, ¿no es el caballero más noble y distinguido que has visto?

—Si no fuera porque sé que te gustan las mujeres, un poco rellenas para mi gusto, eso sí, pensaría otra cosa, almocadén.

El príncipe Eduardo avanzó unos pasos y se arrodilló, clavó la espada en tierra y alzó su mirada al cielo. Era uno de sus típicos rezos dando gracias a Dios por la victoria. Al terminar, se puso de pie y su trompetero hizo sonar la bocina. Un heraldo gritó bien alto:

—Su alteza, el príncipe de Gales y duque de Guyena don Eduardo de Woodstock, heredero de Inglaterra, dando gracias a nuestro Señor Padre, reclama la posesión de este campo, símbolo de su victoria sobre sus enemigos en el día de hoy, sábado 3 de abril del año 1367 de Nuestro Señor.

Un capellán hizo el signo de la cruz, ungió en la frente al príncipe y el grupo se dispersó.

A diferencia del resto de nobles, que buscaron acomodo en la villa de Nájera una vez saqueada y expurgada de enriqueños, el príncipe de Gales, cumpliendo con las normas de la caballería, dormiría esa noche en el campo de batalla de acuerdo con la tradición que exigía que el vencedor ocupara el terreno ganado para demostrar su victoria.

—¡Listo! Ya puedes mover ese culo, pelirrojo.

—Nunca entenderé estas cosas... ¡Con lo bien que se está dentro! Una posada, un buen fuego, vino y... una moza lozana.

—Los plebeyos no entendemos, no. Pero, si recuerdas algo de lo que has oído en tantas historias, sabrás que no son pocas las veces que ambos ejércitos reclaman una victoria para sí, incluso aquel que se ha retirado del campo de batalla.

—Vale, vale, jefe. Te concedo eso. ¡Pero verás cómo te gano la apuesta!

Se arrastraron cien pasos más y llegaron a la tienda del captal. Estaba vigilada por un par de centinelas en la zona delantera. Cecil sacó su cuchillo y rasgó la lona. Metió la cabeza y miró con cuidado.

—No está, como suponíamos. ¡Vamos!

Se introdujeron en la tienda y no tardaron en ver lo que estaban buscando. Se acercó el primero Cecil, que sopesó el mango.

—Me reafirmo. Casi te diría que doblo la apuesta.

—¡Aparta, pelirrojo!

El jefe de arqueros asió el astil y trató de levantar el arma. Tuvo que usar las dos manos. Cecil se sonrió. El otro apretó los dientes y logró sujetarla en alto con una sola mano. Lanzó una mirada triunfante.

—Se trata de demostrar que puedes blandirla como vimos que hacía el Mastín Negro —apuntó Cecil, negando con la cabeza.

El jefe movió la pesada maza de un lado a otro con gran esfuerzo, simulando que acometía a un enemigo, y el brazo le falló, teniendo que apoyarla en el suelo con un sonido seco.

—¡Te lo dije! —susurró Cecil riendo.

De pronto, se descorrió el toldo que hacía las veces de puerta. Los centinelas entraron con sus archas apuntando a los dos hombres, que rápidamente levantaron las manos.

—¡Daos presos, malditos ladrones!

—No, no... Es un malentendido, no queríamos robar nada.

—¡Cállate, pecoso! ¡De rodillas!

—Dichosos galeses... y uno es pelirrojo, ¡eso trae mala suerte! —dijo el otro centinela.

Tendrían que explicar al captal de Buch lo que hacían allí y confiar en que su señor, el príncipe Eduardo, intercedería por ellos. No sería difícil, ambos nobles señores eran amigos en la Orden de la Jarretera, y ellos, veteranos arqueros reconocidos en décadas de guerra.

—¡No sé por qué me meto en estos líos contigo!

—Porque te gusta el juego, jefe. Y porque otras veces, son faldas y no mazas las que levantas conmigo —se rio Cecil.

Al día siguiente, el príncipe de Gales recibía el recuento de bajas: muertos, heridos y prisioneros.

Nájera, saqueada de forma cruel por las tropas del heredero inglés, sufriría luego un duro castigo ordenado por el rey don Pedro.

A esas horas ya no tenía ocultos a ninguno de los combatientes enriqueños.

Los últimos en ser apresados fueron el maestre de Calatrava, escondido en un falso suelo por los najerinos, y el comendador mayor de Santiago en Galicia y el prior de San Juan, que se habían hecho fuertes en una casa con sólidos cimientos, pero no pudieron resistir mucho y, tras ser escalados los muros, se entregaron.

—Mi príncipe, estos son los números del último recuento.

—Léemelos.

El heraldo carraspeó.

—Cuatro mil muertos del ejército enemigo, de los que más de cuatrocientos son hombres de armas, y también hay varios caballeros. Nuestras bajas, mi señor, han sido insignificantes en comparación.

—¡Una victoria gloriosa! Demos gracias al Señor por este día y congratulémonos de haber aniquilado las huestes de vuestro opositor.

—Sí, príncipe. ¿Y de cuántos prisioneros hablamos? —dijo don Pedro.

Sire Eduardo se volvió al heraldo inquisitivo. Este volvió a carraspear.

—Casi dos mil, altezas.

Efectivamente, el ejército del usurpador estaba deshecho. Había opuesto unos seis mil hombres frente a los más de ocho mil que logró reunir el príncipe de Gales. Quedaría para la historia como uno de los enfrentamientos más sangrientos en España. Pero no estaban satisfechos.

—¿Está entre ellos mi hermano, ese bastardo ladrón de coronas? ¿Habéis mirado bien entre muertos y presos?

El heraldo negó con la cabeza. El príncipe de Gales miró al rey don Pedro y dijo muy serio:

— Je n’ai rien fait.