19. La segunda Nájera #9
En el centro, rodeados ya por todos lados, los mercenarios franceses combatían a muerte, con la ferocidad y profesionalidad acostumbradas.
El forzudo capitán bretón repartía mazazos letales.
A sus pies había varios enemigos abatidos.
Un caballero inglés intentó derribarlo, pero Bertrand descargó su maza con tal destreza y fuerza que el escudo de su contrario saltó abollado.
Sin esa protección, su rival fue despachado de dos golpes certeros: en una rodilla, primero, y en la cabeza, después.
De la abertura de su yelmo comenzó a brotar sangre y se derrumbó sobre el polvo riojano.
— ¡Allez, allez, bretons! —soltaba Du Guesclin a cada mazazo.
—¡A tu lado, grand capitaine !
—Conmigo no, mariscal. ¡Hay que reforzar a los de la Banda!
D’Audrehem había acudido a relevar la primera fila.
Cada cuarto de hora más o menos, los hombres de armas, extenuados por el peso de sus armaduras, tenían que tomar un descanso y se iba reemplazando a los apostados delante en sucesivas oleadas.
El mariscal vio que su camarada bretón aguantaba bien y corrió con sus franceses en ayuda de los hidalgos castellanos a los que se veía muy mermados.
El pendón de la orden había caído por un momento, pero los caballeros de la Banda redoblaron su coraje y lograron enarbolarlo de nuevo.
A pesar de tales esfuerzos, las pérdidas eran cada vez más numerosas en las filas del rey Enrique; una de ellas le dolería especialmente: Garcilaso, el señor de la Vega, el chico que acogió en Asturias cuando sólo tenía once años huyendo de la represión del rey Pedro y su valido Alburquerque, al que protegió como a un ahijado.
A sus veintisiete años, el joven noble era caballero de la Banda.
Ese día, en los campos de Nájera, murió peleando por su valedor don Enrique de Trastámara tal y como de niño había jurado.
Estando la vanguardia enriqueña de ese modo, abrumados y rodeados, vieron desvanecerse su última esperanza.
La infantería de retaguardia que debía socorrerlos huía en desbandada mientras la perseguía la retaguardia del príncipe de Gales, la única tropa que había dejado montada en la reserva al mando del desposeído rey de Mallorca.
La armadura negra del príncipe se hizo visible entre sus hombres.
Junto a él, preso de furia y repartiendo mandobles, se veía una figura con la cota de armas de los castillos y los leones que sólo podía ser la de don Pedro.
Su yelmo estaba tocado por una corona. Delante de sus dos altezas avanzaban sir John y el captal de Buch, ambos caballeros de la Jarretera, con una pared de lanzas y partesanas.
— C’est fini, mon ami.
Du Guesclin quiso parar la matanza de sus hombres y confiar en que él y los capitanes, como siempre, tendrían más valor vivos por el cobro de un rescate.
«El captal de Buch se toma hoy su revancha tras haberlo yo apresado en Cocherel. Prefiero entregarme a él que rendirme otra vez a ese sir John.»
Para su sorpresa, su colega el mariscal D’Audrehem no bajaba las armas y tuvieron que ser sus propios hombres los que lo redujeron al verse perdidos sin remedio.
En un círculo, rodeados de cadáveres, se agruparon los jefes y caballeros de la vanguardia enriqueña con vida: el grand capitaine Bertrand du Guesclin; el mariscal D’Audrehem; el conde de Alburquerque don Sancho; el marqués de Villena; el señor Felipe de los Castro y Peralta de Aragón, cuñado de don Enrique; el antiguo maestre de Santiago, don García Álvarez de Toledo; el comendador mayor de Santiago en León; el clavero de la Orden de Alcántara, y el alférez de la Orden de la Banda, Pero López de Ayala, junto a su padre.
El sol estaba en todo lo alto cuando depusieron las armas y se entregaron a los designios divinos, pues mucha era la ira que don Pedro el Cruel tenía contra ellos.
—Salve, Dogue Noir de Brocéliande , 3 volvemos a vernos —saludó el captal de Buch.
Don Sancho y los castellanos se miraron con desconcierto.
—Sí, monsieur, nos volvemos a ver, pero con las tornas cambiadas.
—La rueda del destino. Hoy soy yo quien está arriba, sir.
—Me rindo a vos y sólo a vos, noble captal.
—Y es para mí un honor recibir en cautividad al que es conocido por ser el más fiero dogo contra el inglés y el siempre más leal a su rey francés.
—Hermano y vasallos traidores, ¡también nosotros volvemos a vernos! —dijo el rey don Pedro.
El monarca se abría paso espada en mano mientras, bajo el peso de la armadura, su rodilla mala cloqueó de modo siniestro. Los caballeros de la Banda miraron resignados a su antiguo señor. Don Sancho se arrodilló y agachó la cabeza, esperando el golpe de gracia.
—¡Alteza, refrenaos! —acudió el príncipe Eduardo.
—¡De rodillas! ¡Todos, o juro que ningún hideputa verá el sol de nuevo!
Hubo un momento de tensión, con los enriqueños hincándose despacio y el rey de Castilla dispuesto a impartir su justicia allí mismo, espada alzada y colérica mirada.
—Tenemos que acabar la batalla, majestad. La presa grande es quien interesa.
El príncipe Eduardo quería a todo gentilhombre vivo.
Sabía que las arcas del rey don Pedro languidecían, había malvendido las joyas para pagar las tropas e incluso luego, eran tales sus apuros que tuvo que pedirle un préstamo de cinco mil florines para gastos de su casa.
No eran sólo las reglas de la caballería las que movían al inglés, sino el oro que aquellos hombres valían con vida.
—Tenéis razón, príncipe. Luego me ocuparé de ellos... —se volvió hacia los caballeros—, pero, por ahora, hay que lavar la afrenta.
Descargó la espada y la clavó delante de su medio hermano Sancho. Le arrancó con sus propias manos los símbolos de la Orden de la Banda y con su daga le desgarró la sobrevesta.
—Sólo el vasallo que sirve al rey tiene el honor de portar estas insignias. ¡Don López de Córdoba, haced que también se despoje al resto!
El maestre se acercó con sus hombres y les arrancaron a los caballeros sus bandas. El alférez Ayala sujetaba con fuerza el pendón, pero finalmente cedió. El estandarte le fue entregado al rey. Pedro miró a su antiguo doncel y capitán con una mezcla de pena y desprecio.
—Sire Eduardo de Woodstock, vayamos a por el bastardo usurpador y acabemos con esto.
— Aye , don Pedro.
Las filas se abrieron y dejaron paso a dos pajes con las monturas del rey y del príncipe. Caballos descansados y frescos, y un margen de seis horas de sol hasta el ocaso. Alcanzar al Trastámara sería un juego.
5 de abril de 1367 Borobia (Soria), reino de Castilla
Ya habían dejado atrás el peor trago, el paso de la sierra de Cebollera y la zona que los lugareños llamaban Renieblas.
Esa última había sido peligrosa a la par que un alivio.
Los caballos los dejaron con rienda suelta, confiando en su instinto para bajar de las alturas serranas sin visibilidad.
Por otro lado, la neblina que los envolvió durante un buen rato impidió que fueran avistados.
«Otra vez, Dios mío, otra vez huyendo con el rabo entre las piernas como un perro apaleado. ¡Pero a este can no lo atraparán fácilmente! ¿Me oyes, Dios Padre?»
Hacía dos días y parte de sus noches que el que fuera rey de Castilla por un año cabalgaba sin descanso. Los recuerdos de la total derrota en Nájera lo asaltaban a cada paso.
En el ensueño, aún veía a la mayoría de sus hombres huir sin remedio en una carrera alocada hacia la villa de Nájera.
El almocadén de su retaguardia con unos cuantos veteranos hizo una retirada más ordenada y contuvo un tiempo a los petristas que se lanzaban a degüello.
De este modo, había oportunidad de retirarse tras los muros de Nájera, a su alcázar y el adyacente castillo de la Mota.
—¡Hay que marcharse, mi rey!
—¡La batalla ya se ha perdido!
Enrique recordó su primera huida de aquellos campos, metiéndose en la villa y, luego, teniendo la suerte de que don Pedro retrasara el asalto.
Esta vez su hermano no se lo pensaría, no tendría tiempo de escapar de la ratonera.
Sus hombres tenían razón, había que salir de allí.
Pero sus caballos estaban agotados tras las cargas reiteradas.
En esos instantes, la huida apremiaba.
—Mi señor rey, este terreno más llano favorece la marcha, pero nos expone a ojos hostiles.
—Lo sé, don Tovar. Por eso, azucemos las monturas, acelerad el paso.
—La subida por esa sierra tiene a los caballos tocados... No sé...
El caballero miró a don Enrique, que le hizo un gesto como diciendo: «Si revientan, que revienten. No queda otra».
—Se lo diré a los otros, mi rey.
—Don Tovar.
—¿Sí, majestad?
—No volváis a llamarme así. No hasta que regresemos, que por los clavos de Cristo juro que lo haremos.
De nuevo a solas con sus pensamientos, regresó a su mente la quiebra de la última resistencia de la retaguardia enriqueña.
Los que huían hacia la villa se apelotonaron en el estrecho puente sobre el Najerilla y se produjo el desastre: peones, caballos y jinetes aplastados unos contra otros, rebosando por los lados de la pasadera, cayendo al agua mientras las lanzas enemigas los apuñalaban.
El río se llenó de cadáveres humanos y de animales.
En ese momento fue cuando el ejército del rey Enrique sufrió la gran mayoría de sus bajas.
—Señor, mi rey. Los que han logrado entrar serán cazados como conejos.
Enrique miró al escudero que le hablaba, un alavés que, leal como pocos, trajo su caballo ligero del ronzal y se lo ofreció. El de don Enrique resoplaba y echaba espumarajos por el bocado, con los ijares agitados por el esfuerzo y la piel reluciente de sudor.
—Tomad mi caballo, majestad, y poneos a salvo.
Enrique cambió de montura, al igual que los pocos caballeros que aún quedaban a su lado, que le instaban a picar espuelas, no habría otra oportunidad.
—¿Cuál es tu nombre, escudero?
—Ruy Fernádez de Gaona, alteza.
—Juro por Dios y su hijo Jesucristo que no olvidaré esto, Ruy de Gaona.
—Id con su protección, mi señor, y con la de la Virgen María.