El Fratricida 19. La segunda Nájera #8
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19. La segunda Nájera #8

Muy cerca de don Enrique había dos muchachos de apenas doce años y primos entre ellos.

Uno era su sobrino, hijo de su hermano gemelo Fadrique, que, a pesar de haber sido maestre de Santiago, tuvo amoríos y descendencia ilegítima.

Cuando murió Fadrique a manos de don Pedro, Enrique prohijó a sus hijos bastardos y les dio el apellido Enríquez.

El otro joven, el que había hablado, era el mayor de sus propios bastardos, al que llamó Alfonso Enríquez y había dotado con el condado de Gijón y Noreña, los mismos que él había heredado en su juventud de su ayo asturiano.

—¡Listo! ¡Ondead el pendón de ataque!

El mariscal de Normandía, el duro Du Guesclin, alzó su gran maza, todo recubierto de hierro y el águila bicéfala negra sobre su peto. Su portaestandarte agitó su blasón y un rugido de cientos de voces inundó la llanura de Navarrete.

—¡ À l’assaut, bretons!

—¡Por Castilla y el rey don Enrique! ¡Santiago! —gritó don Sancho, seguido por Ayala con el pendón de la Banda.

El cuerpo central enriqueño se abalanzó sobre el enemigo mientras las caballerías castellana, aragonesa y de las órdenes militares los arropaban por los costados.

Cecil estaba en el lado izquierdo del ejército anglopetrista.

A su espalda podía sentir la impaciencia de los hombres de armas y caballeros del conde de Foix y el captal de Buch, reforzados por tropas mercenarias alemanas.

Si el enemigo llegaba hasta su línea, tendrían que refugiarse entre sus filas a la par que los otros las abrían un momento para dejarles paso, una maniobra que, aunque entrenada, si no se ejecutaba bien, podría conducir al desastre.

Alzó la cabeza al cielo y rezó una plegaria.

Al bajar la mirada, vio a la caballería aragonesa del marqués de Villena y los jinetes de las órdenes castellanas de Santiago y Calatrava que se les venían encima.

Apuntó en una parábola y, cuando el almocadén gritó la orden, dispararon a discreción.

La cadencia de tiro era tal que una lluvia tupida y mortal se cernió sobre hombres y bestias.

El desconcierto de los caballeros fue máximo y aún más cuando llegaron al rango de tiro directo; los arqueros apuntaron entonces bajo y, aunque muchas de las saetas rebotaban sobre las pesadas armaduras como se esperaban los aragoneses que sucediera, algunas las lograban atravesar, para su sorpresa.

Sus caballos, que presentaban puntos sin protección, se revolvían a cada punzada.

Si eso era lo que sufrían las tropas de Enrique en ese lado, en el otro, en el flanco de don Tello y su caballería ligera, cubierta de mucho menos hierro, estaba siendo un infierno.

La carga de la caballería ligera de don Tello fue desbaratada con sangrante facilidad por los aguijones ingleses.

En un intento de recuperar la moral, reagrupó los rangos y, ya con su guardia de caballeros pesados al frente, lanzó un ataque contra la fila de arqueros que formaban ante los gascones del conde de Armañac, los cuales, pie en tierra, los esperaban compactos.

—¡Santiago, Santiago! —gritó espoleando su caballo.

Al tiempo, las infanterías de los haces centrales cerraban la distancia.

Los bretones y los castellanos de la Banda recibieron cientos de flechas.

Sólo la férrea disciplina de los franceses mantuvo cohesionada la línea.

Los ballesteros, que Du Guesclin había intercalado entre sus filas, apenas pudieron hacer un par de descargas.

Sus virotes hacían más daño que las flechas, pero el ritmo de disparo era muy lento en comparación con los arcos ingleses y tuvieron que retirarse a segunda línea con varias bajas.

—En cuanto nos peguemos a esos bastardos, sus arqueros no podrán apuntarnos —bramó Du Guesclin.

—¿Habéis visto quién está con el duque de Lancaster? —gritó D’Audrehem.

—Sí, mariscal. Me vengaré de mi captura en Auray. Esta vez yo apresaré o mataré a sir John.

En el frente inglés, que comandaba el duque de Lancaster, estaba el condestable de Aquitania, sir John Chandos, el guerrero más experto de ese haz.

El inglés vio a su vez al bretón y, como el buen caballero de la Orden de la Jarretera que era, no rehuiría un combate singular y trató a su vez de llegar a él.

Las filas se trabaron. Al chocar se apretaron tanto que los hombres tiraron las lanzas y archas y pasaron a las mazas, espadas, hachas y hasta dagas.

Una maraña de aceros, hierros y músculos se formó en el centro del campo de batalla, con cada bando cerrando las filas, codo a codo, golpeando sin descanso.

El ímpetu del ataque del centro enriqueño, con huestes más descansadas por no haber tenido que hacer tantas marchas, hizo retroceder al centro inglés.

El propio sir John Chandos estuvo a punto de perecer en el embate.

En aquel maremágnum, los contendientes apenas sabían lo que pasaba en otros lados de la refriega.

—Ese bretón sabe lo que se hace. No podemos permitir que haga brecha. ¡Segundo haz, al ataque!

—¡Guyena! ¡Por San Jorge! —gritaron los ingleses siguiendo a su príncipe.

—¡Castilla y León, por Santiago! —vociferó el rey don Pedro.

Los castellanos, entre los que se encontraban los que habían desertado esa mañana, siguieron al heredero inglés y sus infantes hasta reforzar al duque de Lancaster y a sir John.

Con esa ayuda, las filas petristas resistieron a los mercenarios bretones.

Cara a cara se miraron varios de los caballeros que no hacía mucho estaban bajo un mismo mando: petristas frente a los enriqueños de la Banda, mercenarios franceses frente a mercenarios ingleses que habían luchado hacía un año a favor de entronizar a Enrique de Trastámara y que ahora cobraban por derrocarlo.

—Pero... ¿qué hace? ¿Por qué se para?

—Mi rey..., el castigo está siendo severo. Esas armaduras no protegen ante esos arcos...

—¡Pero mi hermano tiene que contener ese flanco o todo se irá al traste!

Enrique miró también al otro costado, el derecho, donde los aragoneses del marqués de Villena habían sido frenados. Al menos allí, a diferencia de don Tello, maniobraron hacia el centro tratando de unirse a la vanguardia desde su lado.

—¡Mi rey, los ingleses avanzan sobre don Tello!

Enrique se volvió de nuevo al costado izquierdo.

El conde de Armañac pasó al ataque y el haz derecho del ejército inglés cargó a pie contra la desorganizada caballería de su hermano, al tiempo que la enésima oleada de proyectiles pasaba por encima de las cabezas gasconas y caían sobre los castellanos.

Y sucedió lo que el rey Trastámara temía.

El conde don Tello huyó y tras él sus jinetes, poniendo tierra de por medio respecto a la infantería enemiga.

Libres de esa amenaza, los gascones viraron hacia la vanguardia de Du Guesclin y don Sancho, envolviéndolos por su izquierda.

—Que repiquen los tambores, ¡organizad la carga! —ordenó el rey Enrique II.

Tenía que salvar a su infantería de la trampa que se cerraba sobre ella. Dirigió su ataque cargando el primero, como los reyes de antaño. El rey bastardo fue en busca del príncipe de Gales y de su hermano el tirano. No llegó hasta ellos.

Reagrupó a sus caballeros y cargó una segunda vez, de nuevo por el lado derecho, rodeando a sus aliados aragoneses.

Y lo hizo hasta una tercera, las monturas agotadas.

Cada vez que llegaba a las inmediaciones del haz central donde estaban los jefes enemigos, una tormenta de saetas aguijoneaba los caballos.

Sus dos mil caballeros y jinetes, la élite castellana, aunque recubiertos de planchas metálicas, caían abatidos o bien lo eran sus destreros, que hincaban las patas con los ijares tan asaeteados que parecían erizos.

Entonces, como un enjambre, los hombres de armas y caballeros de Foix y de Buch se les echaban encima y los remataban.

—Lo tengo, lo tengo a tiro. Dios mío, conduce mi mano.

Cecil tenía tensado su arco, sujeto a duras penas por dos dedos que tras horas de lucha estaban agarrotados.

Un último esfuerzo y se cobraría nada más y nada menos que a un rey hispano.

Ante sus ojos fluctuaba la imagen de don Enrique arengando una vez más a sus caballeros mientras regresaba a su posición inicial antes de reanudar las cargas.

Se había levantado la visera para que sus hombres lo escucharan mejor y tomar algo de aliento, un error fatal.

—¡Señores, me habéis hecho vuestro rey y jurado que no me fallaríais hasta la muerte! Mantened por Dios vuestro juramento y desquitaos conmigo que yo me desquitaré con vosotros, pues no huiré ni un solo pie mientras os vea combatir.

Animados por las palabras de don Enrique, la infantería de reserva, apostada cerca del puente sobre el río Najerilla, emitió un aullido y se arrojó a la desesperada.

Sus ballesteros lanzaron su descarga y luego se unieron al resto de infantes con sus mazas.

Entre los hispanos enriqueños formaban también honderos que sorprendieron con su eficacia, hundiendo yelmos y bacinetes.

—Pelirrojo, ¡cuidado! —gritó el almocadén cuando vio la descarga de proyectiles enemiga.

—¡Ay! —escuchó justo a su lado.

Un arquero, que había sido alcanzado por un virote, se desplomó sobre Cecil, cuya flecha voló sin control. Cuando se repuso y colocó otra saeta en el arco, el rey Enrique ya estaba rodeado de cientos de peones que corrían alentados por él a socorrer a su vanguardia.

—¡Abatidlos, abatidlos! ¡Por San Jorge, hay que pararlos! —gritó el jefe de los arqueros.

Los galeses recargaron sus arcos. Una cadena de muchachos corría de un lado a otro trayendo más flechas desde donde habían dejado los caballos.

—¡Apuntad bien, ya casi no quedan! —gritó uno de ellos a la vez que se internaba de forma temeraria en el campo de batalla a recoger unas cuantas.

Los galeses acariciaron sus arcos de tejo y esperaron a recibir la orden. Cuando los infantes enriqueños creían que ya lo habían logrado, un muro de espinas les cayó desde el cielo.