El Fratricida 19. La segunda Nájera #7
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19. La segunda Nájera #7

Aquellos no eran los únicos problemas. Las tensiones entre capitanes mercenarios extranjeros y ricoshombres castellanos venían no sólo por la estrategia, sino por los celos a las prebendas que los primeros ganaron por sus servicios en el acceso al trono de Enrique.

Y en la tropa baja, los peones reclutados en aldeas miraban con odio a los franceses y bretones, pues habían sufrido sus rapiñas y desmanes en sus propias carnes.

Todavía no había despuntado el sol cuando ya marchaba Cecil con sus camaradas.

No podían usar sus arcos desde los caballos, demasiado largos para poder tirar montados, pero utilizaban las monturas para desplazarse a la misma velocidad que la caballería ligera inglesa, unas tropas más rápidas que las francesas y que, en su larga guerra, habían demostrado su eficacia al llegar más lejos en sus cabalgadas de devastación de tierras enemigas.

—Vamos, muchachos. Estaremos situados en ese costado y en aquel otro —señalaba el jefe de los arqueros—. Los caballos, como siempre, a retaguardia.

—El jefe enemigo es ese bretón Du Guesclin, tan feo como fiero.

—Ya sabéis lo que dicen de él, que presume de ambas cosas: «Soy feo y no inspiraré nunca interés a las damas, pero a cambio me haré siempre temer por mis enemigos».

—Y no miente en ninguna de ellas —dijo Cecil—. Una vez estuve en un encuentro contra su compañía. Su cara asusta al miedo.

Los hombres rieron nerviosos. El combate se acercaba y, aunque un arquero arriesgaba menos que un infante o un jinete, el estómago ya presentaba ese cosquilleo de desasosiego ante el peligro.

—Yo no me lo creo.

—¿El qué, almocadén?

—Lo de esa historia que cuentan de él de cuando era joven. Eso son exageraciones, Cecil.

—Pues yo no descarto que sea verdad, jefe.

—¿Doce caballeros derribados de doce lanzadas?

—Era en un torneo, al que, por cierto, su padre le prohibió asistir. ¿Por qué no? Nuestro príncipe hace cosas parecidas.

—Su alteza sire Eduardo es otra cosa, alta nobleza y sangre de reyes, no ese señor mercenario venido a más.

—Pues cuando hizo esa gesta, cuentan los franceses que Du Guesclin era apenas un adolescente. ¡Y su padre combatía en el palenque! ¿Os imagináis que lo hubiera enfrentado sin saberlo?

—Cecil, Cecil... Tanto amorío con las francesitas te hace muy crédulo de sus cuentos.

Los otros rieron. Cecil se sonrió. Después de todo, le reconocían su fama de mujeriego.

—Pues todavía hay una historia más que no os he contado de ese bretón tan feo.

Todos se acercaron en cuanto ataron los caballos en una reata que quedó situada lejos de la vanguardia al cuidado de unos muchachos que los acompañaban para tales menesteres.

—A ver, pelirrojo, cuenta esa última historia.

—No es una historia como tal, sino una anécdota que, desde luego, yo no querría comprobar si es cierta —dijo apoyando la mano en la espalda por donde tenía la cicatriz.

Se había dispuesto por el príncipe de Gales que una parte de los arqueros no estarían a los costados, sino delante del cuerpo central.

Tras descargar sus flechas, se retirarían por entre los infantes, pero podía suceder, como en Poitiers, que tuvieran que unirse al combate cuerpo a cuerpo.

Eso era algo por lo que Cecil no quería volver a pasar.

—¡Ajá! Hasta tú dudas ahora de lo que cuentan —dijo el almocadén.

—Dicen que no hay armadura que resista el golpe de su lanza y que la maza que usa apenas la puede levantar otro hombre.

El rostro de Cecil, un duro veterano, se ensombreció con aciagos recuerdos.

Su espalda descarnada, el frío acero que, paradójicamente, quemaba en el tajo y que todavía podía sentir cómo abría en dos sus carnes.

Todos quedaron en silencio. De pronto sintieron que las nubes de la guerra volvían a enturbiar sus mentes.

En un punto elevado hacia la franja de Huércanos, el príncipe de Gales y el rey don Pedro observaban a los hombres acudir a sus rangos.

El príncipe Eduardo había ordenado desmontar a casi todo su ejército y lo movió hacia el lado izquierdo del enemigo.

Cuando el sol por fin superó el crepúsculo, el ejército inglés apareció por un ángulo inesperado, con el astro a su favor y enfilando la parte por donde el arroyo del Yalde, escogido por el usurpador para apoyar su frente, era menos caudaloso.

De este modo, el inglés obligaba a las huestes enemigas a recolocarse, lo que desorganizaría las filas y, además, tendrían que combatir en cuesta.

—A pesar de mi maniobra, don Enrique se despliega según lo esperado. Veo los dos flancos de caballería, una vanguardia central de infantes y una reserva detrás, además de mucha infantería en retaguardia.

—Sí, pero también ha desmontado muchos caballeros que están con sus huestes a pie de primera línea —se extrañaba don Pedro—. Eso no lo hacemos en las guerras hispanas.

—Tras su debacle en Crécy, el rey francés también desmontó muchos de los suyos en Poitiers —recordó el príncipe de Gales—, pero tampoco le sirvió de nada.

—Veo el pendón de ese famoso mercenario entre los que han desmontado, debe haber impuesto su criterio al usurpador.

—Pues eso muestra que, además de arrojo al hacernos frente en inferioridad numérica, don Enrique es sabio al aceptar consejos.

—El bastardo —don Pedro se negaba a tratar a Enrique ni siquiera de don— está, sin embargo, a caballo y rodeado por lo mejor de la caballería castellana. Recordad, quiero matarlo con mis manos, sire.

—Majestad don Pedro, todo llegará. Dejad que mis arqueros los ablanden. Esa caballería ligera que enfrenta nuestro flanco diestro será fácil.

El rey don Pedro divisó al jefe enemigo de aquellos jinetes. Rodeado por una guardia de caballeros más pesados que el resto estaba el conde don Tello, que ordenaba moverse a su mesnada para enfilar de frente la maniobra inglesa.

—No minusvaloréis a los castellanos, príncipe. Esos hidalgos son muy ágiles, han aprendido a combatir así de tanto enfrentar a los jinetes moros y sus montas a la jineta.

—Descuidad, alteza, no lo haré. Nosotros también utilizamos algo parecido, aunque no tan versátil como lo que sufrimos hace unos días en ese paso navarro, sí lo suficiente para aguijonear y escapar de la pesada caballería francesa.

Se podía sentir el orgullo herido de Eduardo de Woodstock por la inesperada derrota en Aríñez.

Sus hombres casi fueron aniquilados. Aunque se trataba sólo de un destacamento que, visto de conjunto, no afectaba a los grandes números de su tropa, la moral de los ingleses quedó tocada y él mismo tenía un malestar que no se sacaba de la cabeza.

—¡Mirad! —Señaló de pronto don Pedro—. Unas centenas de jinetes rompen las filas.

En las maniobras que el ejército enemigo llevaba a cabo, el mercenario Du Guesclin había reposicionado correctamente su haz, pero en los flancos, con la confusión del momento, estaban teniendo dificultades y una mesnada castellana se dirigía hacia los ingleses.

El príncipe Eduardo llamó a su faraute y se preparó aviso para el cuerpo de arqueros.

Levantó la mano y estaba ya a punto de bajarla ante las atentas miradas del trompeta y el abanderado. El rey castellano gritó:

—¡Quietos! ¡Quietos! Es la milicia de San Esteban del Puerto con su prior a la cabeza. ¡Desertan!

Las filas anglogasconas se contuvieron a duras penas, pensando que se trataba de una trampa, pero enseguida oyeron a los castellanos de don Pedro saludar con vítores a los paisanos que se les unían.

En las posiciones de don Enrique aquello fue un detonante. Los temores a las deserciones se confirmaban. No podía esperar más. Aguardó lo justo para que los clarines y las banderas le informasen de que todos los haces estaban listos.

Miró a su izquierda y vio a su hermano Tello preparado con su caballería, unos mil jinetes, entre los que estaba el prior de la Orden de San Juan y sus caballeros hospitalarios.

Miró a su derecha y comprobó que el marqués de Villena —un primo del rey aragonés al que había recompensado con el señorío alicantino— ordenaba todavía sus tropas en un intento de coordinarse con las de los comendadores mayores de la Orden de Santiago y las del maestre de Calatrava enriqueño.

Eran otros mil caballeros, apoyados por varias centenas de peones.

«¡Vamos, señor aragonés, rápido! Y... ¿dónde está mi otro hermano?»

Desde el centro mismo de su formación, su gran capitán Du Guesclin hacía a su gonfalonero ondear el pendón solicitando la orden de ataque.

A su lado, además de otros capitanes de los mercenarios, como el mariscal D’Audrehem, bajo cuyo mando el propio don Enrique combatió en 1361 y 1362 en Francia, estaba lo más granado de la Orden de la Banda.

Desmontados, junto a la infantería de vanguardia, advirtió a sus caballeros rodeando la insignia de los dragantes negros.

La portaba don Pero López de Ayala, el doncel aupado a cargos importantes por el rey don Pedro y que, como otros, se había pasado al bando de Enrique tras su entrada en Sevilla.

Junto a él estaba también su padre, Fernán de Ayala, caballero de la Banda. Miró un poco más a la derecha y...

—¡Allí estás, Sancho! ¡Hermano!

—Sí, alteza. También yo veo al conde de Alburquerque —corroboró el alcaide de Calahorra, don Tovar, situado junto a su rey—. ¡Ahí, justo al lado del Guzmán que os entregó Toledo!

El hombre recordó con dolor que un acto suyo similar, la entrega de Calahorra, supuso la represalia del rey Pedro en la persona de su hermano.

—Mi tío estará bien, mi señor padre —dijo un doncel—. Me hubiera gustado acompañarlo en su mesnada.