19. La segunda Nájera #6
El infante veía a su sobrino el rey atemorizado; no era el prudente y calculador monarca de siempre, era algo más: miedo.
A pesar de que, con su habilidad usual, había conseguido cerrar un pacto con el rey francés en Toulouse al mismo tiempo que el rey don Pedro de Castilla hacía lo propio con los ingleses.
Se llevaba una copa de vino a los labios una y otra vez, pero sin acabar de dar un trago.
En una de las ocasiones, se le derramó parte sobre la barba y lanzó un improperio por lo bajo.
Su tío hizo como si no se hubiera percatado.
—Mi rey, el conde de Anjou está deseando lanzarse contra los condados navarros ultrapirenaicos. En cuanto nosotros hagamos lo mismo con los de este lado, Francia atacará.
—Y repartirnos Navarra. ¡Lo sé bien! ¡Fui yo quien lo ideó!
—Es la oportunidad. Ese engolado franco-navarro nos ha dado la excusa perfecta.
—¡Hablas como un francés, querido tío! No te molestes, pero ¿es que no te das cuenta? Están humillados desde el Tratado de Brétigny, han perdido un tercio de sus tierras... ¡Es el rey francés quien quiere buscar una excusa para volver a las hostilidades!
—El rey navarro aspira al trono de Francia. Es normal que quieran quitarlo de en medio. Es nuestra oportunidad.
—Estamos agotados. La guerra con Castilla no sólo ha dejado sin recursos a don Pedro o don Enrique, malditos ambos, sea quien sea quien se imponga.
—En eso no puedo quitaros la razón, sobrino.
—Esperaremos. Si el príncipe ese de armadura negra ataca tierras de Aragón, entonces nosotros atacaremos Navarra y el rey francés soltará a su perro de presa, el conde de Anjou.
—Pero... siempre es mejor golpear primero, majestad.
—Esos soldados ingleses, galeses y gascones son lo mejor de Europa. No te olvides de Crécy, Poitiers... ¿Acaso tenemos tropas tan bregadas como esas, canciller?
El infante se limitó a negar con la cabeza. Al pensarlo mejor, el temor que percibía en su sobrino se apoderó también de él.
—Pon hombres de armas en las fronteras. Sólo si el príncipe inglés entra en tierras de nuestra Corona atacaremos Navarra —repitió decidido.
El Ceremonioso, una vez más, no hizo movimiento militar alguno, esperando acontecimientos.
Pasó el tiempo y acertó. Los ingleses no pisaron Aragón y se fueron a por Castilla, a pesar de que él era un aliado del reino de Francia y la contienda no sólo era por quién reinaba en Castilla, sino una pugna más entre el rey francés, el antiguo delfín Carlos, ahora rey de franceses, y el rey inglés, Eduardo III, en teoría vasallo del anterior.
—Ya habrá otra ocasión de anexionarse ese pequeño reino, tío. Si lo hubiéramos atacado, el príncipe de Gales se habría desviado hacia Aragón.
—Una vez más, mi rey y querido sobrino, habéis acertado.
Febrero a marzo de 1367 Santo Domingo de la Calzada (enriqueño) y Logroño (petrista)
El rey usurpador acampó en un encinar a las afueras de Santo Domingo de la Calzada, el que llamaban bosque de Bañares, desde donde podía controlar las rutas de acceso.
Sus tropas, al mando del conde don Tello, habían repelido ya una internada de las huestes del príncipe de Gales en Aríñez, en un lugar que desde entonces sería el Monte de los Ingleses.
El célebre guerrero inglés, del que se decía que no había perdido una sola batalla, justificó la retirada aduciendo falta de víveres y se volvió a territorio navarro.
—Esto ha sido una muestra de lo que hemos de hacer, mi rey. Debemos seguir buscando pasos y terrenos angostos, y sólo ahí enfrentarlos, hacednos caso.
Bertrand du Guesclin era el portavoz de los capitanes mercenarios. Se hizo el silencio en la tienda del rey Enrique, que los escuchó con atención hasta que llegaron los castellanos que lo apoyaban.
—No podéis dar sensación de temor, majestad. Eso puede tener un efecto cascada y encontraros como el tirano malo hace un año: con deserciones por doquier justificadas en que vuesa majestad «los abandona e incumple su parte del vasallaje».
El rey Enrique se debatía en cuanto a qué estrategia seguir.
Él mismo utilizó la guerra de escaramuzas en su exilio en Francia, como Du Guesclin, pero sus castellanos también tenían su parte de razón.
Le llegaron entonces noticias de que el ejército anglogascón, junto a casi mil petristas que corrieron a congregarse bajo sus banderas, se internaba otra vez en Castilla.
Tuvo que tomar una decisión apresurada y trasladarse hasta Nájera, villa de infaustos recuerdos, donde bloquear los pasos.
—Otra vez aquí, ¿no? ¿Es ése tu sentido del humor, Dios Padre?
Siete años antes, en su primer enfrentamiento directo con su medio hermano Pedro, fue derrotado en esos mismos parajes.
Esta vez decidió acampar con el río Najerilla haciendo de defensa natural a modo de foso y con el pueblo a su espalda.
Una vez asegurada la posición, se intercambió cartas al más puro estilo caballeresco con el príncipe de Gales.
Ambos buscaban con ellas más una legitimación de su propia causa que llegar a una salida negociada.
Eduardo, hijo primogénito del rey de Inglaterra, príncipe de Gales y Guyena, duque de Cornualles... al noble y poderoso príncipe don Enrique, conde de Trastámara...
—¡Soy rey, maldito engreído inglés! ¡El rey de Castilla! ¡Y vos venís acompañado de uno que se llama rey y no es más que un tirano!
—¿Pongo eso, majestad?
Enrique se serenó. Respiró hondo.
—No. Esperad. Seguid leyendo.
... sabiendo que a la muerte de vuestro padre el rey Alfonso le sucedió legítimamente vuestro hermano don Pedro y, no obstante, vuesa merced, sirviéndose de compañías extranjeras, le ha despojado de su reino y tesoros...
—Este anglo quiere dárselas de un digno restaurador de un rey legítimo y no sabe que ayuda a un tirano. Y a un tirano que es enemigo de la Santa Iglesia es un deber legítimo el derrocarlo, por el bien de su pueblo y de sus nobles vasallos.
—Estoy listo para copiar vuestra respuesta, alteza —dijo el escribano.
Don Enrique por la gracia de Dios rey de Castilla y León, al muy alto y poderoso príncipe don Eduardo...
Vuesa merced está mal informado. Don Pedro perdió el trono por la conducta con los de todos sus reinos, a los que causó grandes trabajos y daños, muertes y mancillas, que no podemos por más encubrir ni sufrir...
de suerte que todos los de dichos reinos vinieron por su voluntad a Nos tomarnos por rey y señor, así prelados, como caballeros e fijos-dalgo, y ciudades y villas...
Mientras don Enrique se afianzaba en Nájera, don Pedro estaba cruzando el alto Ebro por el viejo puente romano.
El ejército petrista entró en Logroño, ciudad que llevaba más de un año asediada por los enriqueños.
El pueblo aclamó al legítimo rey Pedro el Justo como a un libertador.
En la noble villa logroñesa, el rey de Castilla por la gracia de Dios redactó cartas a ciudades y villas.
No sólo a aquellas que le eran afines, sino también a las rebeldes por don Enrique.
—Don Mateos, que vuestra oficina prepare la misiva. Esto ha de llegarles sin falta.
—Mis mejores notarios se encargarán de ello, majestad, pero ¿sabéis a qué distancia está el reino de Murcia, mi señor? No sé, mi rey, si esto surtirá efecto.
—¿Os he pedido vuestra opinión, don Mateos?
—No, alteza. Perdonad, yo...
—Pues copiad vos mismo. Luego se lo pasáis al escribano.
Yo, don Pedro, por la gracia de Dios (bla, bla, bla) me dirijo a los buenos alcaldes y al alguacil de Murcia y a los caballeros y hombres buenos: sabed que yo, y el príncipe de Gales, y el rey de Mallorca y Nápoles, y el duque de Lancaster, y el conde de Armañac y el captal de Buch, y otros príncipes grandes, con infinita gente y el poder del rey de Navarra, vamos ya marchando para entrar en Castilla.
Por ello, honrados vasallos, os exhorto a que toméis mi voz y os alcéis con el mando de la ciudad, y prendáis a los parciales de don Enrique.
3 de abril de 1367 Campos riojanos, entre Nájera (enriqueña) y Navarrete (petrista)
«¿Por qué los reyes y señores no harán caso a los que somos profesionales de esto? ¡Y me da igual que este mi señor castellano haya luchado en primera línea infinidad de veces!»
Bertrand du Guesclin mascullaba su malestar al tiempo que marchaba hacia el campo de batalla, donde se encontraría con viejos rivales, pero ahora en tierras hispanas y no galas. Él tenía ganas de revancha con alguno y otros se la buscaban a él.
—Cambiad esa cara, señor conde de Trastámara, que mi hermano sus razones ha tenido.
—Ahora mismo, don Tello, no sé si cambiaría ese condado con el que su majestad don Enrique me recompensó por que me hubiera hecho caso.
—Esos seiscientos caballeros e hidalgos que enviamos a Ágreda para tomarla y que al final traicionaron nuestra causa, son un aviso, monsieur.
Aun sabiendo que se corría el riesgo de más deserciones, el francés aconsejó seguir con la guerra de desgaste, como ya empleó con acierto en Bretaña frente a los ingleses.
Nada de batallas abiertas, sino guerrillas, acoso, zonas abruptas.
Cuando los anglogascones sintieran el peso del invierno y la falta de provisiones, se retirarían.
Pero la facción castellana se impuso sobre los capitanes franceses y el rey Enrique salió de la zona defensiva del río Najerilla a enfrentar a don Pedro y el Príncipe Negro en una batalla de esas que dan o quitan reinos.
«No es que no tengan su parte de razón estos mercenarios —pensaba don Tello—, pero, también, cada día que pasa es una soldada más y las arcas están vacías. Hay que acabar esto cuanto antes y mi hermano lo sabe.»