19. La segunda Nájera #5
En realidad, el canciller sabía que eso no era cierto.
Las ejecuciones de los traidores ordenadas por don Pedro fueron conforme a derecho según lo dispuesto en las ordenanzas de las Partidas y en el derecho castellano-leonés anterior a estas.
Lo que sucedía era que la nobleza estaba mal acostumbrada a ser sólo exiliada, desposeída de sus bienes o presa por actos de rebeldía, en vez de sufrir la pena capital que bien podía aplicárseles.
El propio Enrique como conde de Trastámara y varios sublevados podían dar fe de que con tal clemencia se comportó en sus inicios el rey don Pedro con ellos.
Un mes antes, enero de 1367 Dax (Guyena), reino de Inglaterra
Cecil fue el primero en ver el estandarte del príncipe de Gales. Su vista era desde niño privilegiada, algo que le fue muy útil para su profesión de cazador y saetero.
—¡Allí llega nuestro campeón, la espada de Aquitania, la armadura negra, nuestro príncipe de la amada Gales!
—¡El heredero de Inglaterra ya tiene también a su heredero!
Sir Eduardo de Woodstock había sido padre de un varón, al que puso el nombre de Ricardo, que llegaría a rey con el nombre de Ricardo II de Inglaterra.
En aquella localidad aquitana de Dax, nudo comercial con un importante puerto fluvial en el río Adur y limítrofe con la zona pantanosa y deshabitada de Las Landas, se reunieron las huestes que penetrarían en Castilla.
A las del príncipe de Gales y su hermano, el duque de Lancaster, se sumaron las pirenaicas del conde de Fox y vizconde de Bearne, las del aragonés conde de Osona —hijo del canciller Cabrera ejecutado por el rey de Aragón—, las del mallorquín Jaime IV —desposeído de su reino por el rey aragonés—, las de señoríos y condados gascones de Aquitania y Poitou, las del ducado de Bretaña, y mercenarios alemanes y normandos.
—Me preocupa el paso por las montañas en esta época, mi rey don Pedro. Pero si este caballero inglés lo logra..., con esta fuerza seremos imparables.
—Así es, don López. Lo logrará. No sólo es dinero lo que mueve a este hombre.
—¿Os referís a su declaración pública de que un verdadero caballero no puede consentir que un rey legítimo sea destronado por un usurpador bastardo?
Don Pedro soltó una carcajada.
—Maestre, maestre..., esas declaraciones caballerescas, tan al uso también en vuestras órdenes, son rimbombantes y quedan bien para las crónicas y la fama.
—Este sire Eduardo, alteza, tiene esa fama de caballero que se rige por los altos valores de esa orden inglesa de la Jarretera.
—Sí, don López, no lo niego. Pero aquí su padre, el rey de Inglaterra, se juega la posición de ventaja que tiene desde la paz de Brétigny sobre el rey de Francia. Necesitan a Castilla, y el bastardo está desequilibrando la balanza.
—Entonces, mi señor, estoy convencido de que cruzaremos los Pirineos. Y allí, en tierras patrias, nos esperan ochocientas leales lanzas castellanas.
Desde que don Pedro había cerrado una alianza en 1362 con el rey de Inglaterra, la situación en el mar Cantábrico y el Canal de la Mancha era inmejorable para ambos reinos: la poderosa flota castellana permitía que los ingleses controlasen las aguas y, de ese modo, el comercio con Flandes fluía.
Para los castellanos suponía también la garantía de la exportación sin trabas de lana y hierro, base de la economía de la Corona castellana.
En su guerra con Francia, que sólo estaba en un receso por el agotamiento de ambos bandos, al rey inglés le interesaba un rey castellano contrario al otro eje europeo, el que formaban el rey francés y el aragonés, los cuales querían justo lo opuesto y por eso apoyaban al usurpador, don Enrique, que tanto les debía a ambos.
—Majestad don Pedro de Castilla, hay problemas. Por favor, venga vuesa merced a la posada de mi señor el príncipe Eduardo.
—¿Qué problemas? ¡Hablad, caballero!
El caballero inglés dudó un instante. Era sir John Chandos, condestable de Aquitania y uno de los escogidos fundadores de la Orden de la Jarretera, amigo íntimo del príncipe de Gales.
—Nuestras avanzadillas han encontrado los pasos cerrados... ¡Ese maldito rey de Navarra! Mi señor el príncipe os dará más detalles.
Mediados de febrero de 1367 Paso de Roncesvalles, reino de Navarra
Los caballeros, sobre todo los gascones, recordaban bien lo sucedido con sus antepasados francos en aquel angosto paso que se abría estrecho y sinuoso por entre las majestuosas montañas pirenaicas.
La nobleza europea al completo también lo sabía gracias a La Chanson de Roland , el romance caballeresco galo por excelencia en el que se relataba lo sucedido en el año 778: la aniquilación de la retaguardia del emperador Carlomagno y la muerte de los doce pares de Francia, con uno de ellos, su sobrino Roldán, haciendo sonar hasta el final su cuerno de batalla, el olifante, junto al arzobispo Turpín.
Sin embargo, no fueron los pérfidos musulmanes los causantes de tal desastre, como contaba el épico relato, sino los navarros.
—No se atreverá... No se atreverá.
Entre nieves y hielos, con un frío que paralizaba el cuerpo y con varios hombres y bestias fallecidos al resbalar y caer por los desfiladeros, el rey don Pedro avanzaba junto a las huestes que, esperaba, le repondrían en la Corona.
«Si es que llegamos. ¡Sevilla, Sevilla! ¡Cómo añoro tu clima benévolo y tu ambiente solariego! Estos fríos sólo pueden ser de plebeyos.»
—¿Decíais, mi señor rey?
—Hablo con Dios, maestre don López. Que me reclame en batalla, pero no como a un perro abandonado al crudo invierno.
—Coged mi manto, majestad. Os lo ruego.
—¡No! Esto lo pasaré como uno más.
—Lo conseguiremos, alteza. Lo conseguiremos. Y el rey navarro no hará nada, a pesar del soborno del bastardo.
—No, no hará nada. ¿Recordáis cómo vino a Dax, sumiso y humillado?
Por un instante, ambos hombres olvidaron el dolor de las articulaciones agarrotadas y el azote de la ventisca en sus caras, golpeadas por el hielo que fluía por las laderas como un genio malvado, picoteando cualquier trozo de piel que no estuviera a cubierto.
—¿Si lo recuerdo? ¡Ja, ja, ja! Fue un gran momento, majestad. El príncipe Eduardo estuvo muy hábil al llamar a cumplir homenaje a los ingleses mercenarios que sirven al bastardo.
—Sí. Unas cuantas rapiñas por territorio navarro culminadas con la toma de Puente la Reina y el rey Carlos vino a hacer arrumacos como un gato.
Les llevó cinco días, quizá más, de sufrimiento extremo que puso al límite la voluntad de las tropas inglesas y gasconas.
Sólo el liderazgo de un jefe carismático como el Príncipe Negro evitó deserciones y que todo se fuera al traste.
Al llegar cerca de Pamplona, fueron recibidos con toda la pompa y boato por el rey de Navarra, que se ocupó de alimentarlos bien y agasajarlos.
—Sólo aportará trescientas lanzas de los dos mil hombres que prometió, ese navarro sin palabra.
—Bueno, maestre, menos dinero que tendré que pagarle. Y esos trescientos son caballeros pesados, al mando del alférez de Navarra. Calidad frente a número, eso lo prefiero.
—Así pensado, tenéis razón, majestad.
—Además, ahora sumamos a los mercenarios ingleses que han dejado al usurpador y vienen a unirse a su señor feudal, el príncipe. He contado cuatrocientos al menos.
—Yo he contado aún más, mi rey. Porque también venían con ellos castellanos que desertan las filas del rey felón.
«Ahora sabrás, maldito hermano bastardo, lo que es sentir que se te echa encima una fuerza extranjera y los tuyos saltan del barco», se sonrió don Pedro.
Las cosas parecían encauzarse. ¿Sucedería como cuando su rival, el conde de Trastámara, avanzó hacia el corazón de Castilla y las villas iban cayendo sin apenas resistencia a su paso?
Zaragoza, Corona de Aragón
El rey Pedro IV el Ceremonioso estaba asustado.
No podía mostrarlo, pero la inquietud le roía las entrañas y un nudo en el pecho no le dejaba conciliar el sueño desde que el rey navarro hizo su último doble juego de traiciones y alianzas.
Sus cortos pasos llevaban un ritmo acelerado, inusual en él.
Los pasillos de la Aljafería volaron bajo sus pies y, al momento, estaba apoyado en el antepecho de uno de los miradores del patio de Santa Isabel junto con su consejero.
Fijó su vista en los pórticos de arcos polibulados bajo los que la corte se refugiaba cuando el sol apretaba en el jardín.
—Sobrino, no podéis sorprenderos —le habló su nuevo valido—. Con todo mi respeto, vos mismo hacéis maniobras parecidas. ¡Y siempre con buenos resultados!
El Ceremonioso miró a su tío, un infante de Aragón con gran experiencia que había nombrado su canciller tras deshacerse de Bernat de Cabrera.
—Sí, tío, sí. Pero la verdad es que el ardid del rey de Navarra nunca se me hubiera ocurrido.
—Lo de enviar a su mujer a rogarle arrodillada al príncipe de Gales por la «liberación» de su esposo ha sido bochornoso. ¿A quién pretenden engañar con esa pantomima?
—No a mí, desde luego; ni al rey francés, ni al castellano, que ha malgastado miles de doblas de oro. Enrique debió ofrecer más y no menos que lo que el Cruel paga al navarro.
—Lo que nos indica que, como ya sabemos, y esperamos que dure mucho tiempo, Castilla está agotada por las guerras y no hay dinero.
El Ceremonioso asintió en silencio. La farsa del rey Carlos de Navarra, fingiendo que había caído en una emboscada inglesa y que era preso del príncipe de Gales para justificar la apertura de los pasos de montaña, le dijo, iba más dirigida a sus vasallos, que la creerían, que a los reyes con los que había pactado en secreto.
—Entonces, querido sobrino..., ¿atacaremos a ese francés, que no es navarro sino sólo de título y no debiera gobernar territorios hispánicos? Navarra y Aragón ya fueron un solo reino.
—Y si puedo, canciller, algún día lo volverán a ser. Pero no haremos guerra abierta, salvo que no haya más remedio.