El Fratricida 19. La segunda Nájera #4
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19. La segunda Nájera #4

—Desde que el rey la declaró oficialmente impostora, nadie sabe dónde está.

Los hombres se miraron. Ninguno dijo lo que en realidad pensaban: ejecutada y su cuerpo hecho desaparecer.

—Don Tello no se puede quejar: su hermano el rey le permite seguir mandando en Vizcaya.

—Sí, señores, pero sólo con el título que creó para él, el de conde, sin ser «señor».

—¿Y eso qué más da? A mí me gustaría ser conde de Vizcaya —dijo un joven cortesano—. ¡Esas tierras son ricas!

—Repasa las leyes de herencia y te darás cuenta de la gran diferencia: en su testamento no podrá transmitirlo y a su muerte Vizcaya volverá al realengo.

—O sea, que si muere don Tello...

—El rey no da puntada sin hilo, aunque el ovillo sea de su propia sangre —sentenció el enterado en leyes.

En las Cortes de Burgos, convocadas en abril de 1366 y que se celebraron en esos meses de enero y febrero de 1367, el rey Enrique II de Castilla reconoció los privilegios que había otorgado don Pedro, aunque expidió un nuevo documento con su firma para parecer que era él mismo quien los otorgaba.

Además, restituyó bienes expropiados por el anterior rey, concedió las mercedes que había prometido en su época de conde, dio otras nuevas a los que le ayudaron a hacerse rey, sobre todo en forma de tierras, algunas de las cuales no poseía, lo que motivaba a los favorecidos para conquistar terreno a los petristas.

También juró los fueros de concejos, villas y ciudades, y no se olvidó del clero: concedió diversos favores a los señores eclesiásticos, si bien introdujo una medida que no fue del agrado de los prelados.

—Excelentísimo y reverendísimo don Gómez Manrique, no se hable más del asunto. Los concejos y los nobles señores ya se han pronunciado. Y Nos, el rey, hemos aceptado.

—Pero, mi señor rey don Enrique, esto va contra la tradición y las normas de Dios. A los señores eclesiásticos...

—Decidme, señor arzobispo: ¿dónde pone en la Biblia que los sacerdotes y los representantes del Señor en la tierra no tengan que contribuir a los gastos del reino?

—Majestad, no me he expresado bien. Quería decir...

—Cada finca, cada campo, cada casa que el clero compre a cristianos, pagará tributo para que no disminuyan los ingresos del fisco.

El arzobispo de Toledo, al que don Enrique había nombrado canciller de la poridad en recompensa por su cambio de bando cuando hubo que tomar la ciudad del Tajo, se dio cuenta de que no podía hacer más. Tendría que explicarlo a sus compañeros del alto clero.

—A vuestra voluntad, alteza.

—¡Ah, canciller! No dejéis para mañana lo de los judíos. Eso agradará al pueblo. Pero que se haga de tal forma que también esos hijos de Israel vean la magnanimidad con la que su rey se ha comportado.

—Los judíos de la casa real ya saben que les otorgáis el perdón y que no los despedís, pues, como se ha declarado, «fueron obligados por el rey malo».

—Quiero que eso quede más florido... Llamad al caballero López de Ayala, creo que usa la pluma tan bien como la espada.

—Eso he oído, majestad. Así lo haré.

—Que al pueblo sefardí le quede bien claro que no concedí la condonación de todas las deudas que con ellos tienen los fieles cristianos, ¡a pesar de lo que eso era lo que pedían mis reinos! Y recalcad que la medida es benevolente pues sólo dejarán de cobrar un tercio de la cantidad que les deben.

—Y con una mora de dos años para el pago del resto.

—¿Eh?

—Si no recuerdo mal, mi rey, fue lo que dijisteis: que los dos tercios restantes sólo se podrán cobrar tras pasar dos años, y no antes.

—Sí, sí, canciller. Eso, ponedlo en letra pequeña, creo que me estáis entendiendo, ¿no, excelencia?

—Perfectamente, majestad.

A pesar de los expolios a las juderías de Burgos y de Toledo, y de las nuevas medidas acordadas en Cortes, la comunidad judía podía darse por satisfecha: don Enrique ya no los mataba como antes.

El usurpador iba moderando su política porque necesitaba de esas gentes que tan bien administraban las finanzas.

Las arcas reales estaban famélicas por los gastos de la guerra.

Abordar la recaudación era el objetivo para la siguiente sesión de Cortes: impondría a los concejos un incremento de las alcabalas sobre la venta de bienes.

Aunque sabía que algo le pedirían a cambio.

La reina doña Juana de Villena miraba henchida de orgullo a su vástago Juan, al que iban a jurar como infante heredero los nobles, magnates, prelados y nuncios de las ciudades.

El niño, de ocho años, ataviado con unos ropajes caros y una piel de armiño a su medida, por presencia y para protegerse del mordisco del frío de febrero, esperaba impaciente a que el arzobispo de Toledo le ungiera la frente.

— In nomine Patris et Filii, et Spiritus Sancti, amen.

Las campanas de la iglesia catedral de Burgos resonaron con júbilo.

A su tañido primoroso se unieron las del resto de basílicas, extendiéndose su sonido hasta el monasterio de Las Huelgas.

Si en Sevilla juraron al infante don Alfonso, hijo del rey don Pedro, ahora era la cabeza de Castilla la que, no podía ser de otro modo, juraba y aclamaba a don Juan, el nuevo heredero al trono.

No habían acabado los festejos cuando una tropa de jinetes entraba apresurada por las nobles puertas burgalesas. Las caras y las prisas no auguraban buenas nuevas.

—Sabes bien que esta ciudad no se puede defender... He de mandar que se levanten unas murallas de verdad, ¡altas!

—Mi señor y mi rey, padre de mis hijos, sé lo que tienes que hacer, pero esos ingleses... ¿No sería mejor combatirlos en Toledo?

—Juana, mi señora, no temáis, no es la primera vez que salgo a jugar la vida en un lance. Dios no me tiene reservada la muerte, si no, ya me hubiera reclamado.

—Nuestro rey no puede cometer el mismo error que el tirano —intervino don Tello—. El Cruel abandonó Burgos y así nos lo puso fácil, estimada cuñada.

—Juana, mi hermano tiene razón. He de salir a su encuentro antes de que sea tarde.

Caían copos de nieve, que se arremolinaban en el pelo del infante.

La reina, cubierta con la capucha de un grueso manto para combatir el frío invernal burgalés, no dijo nada más y se limitó a hacer una reverencia.

El rey Enrique incorporó a su esposa y acarició su vientre, tratando de sentir algún movimiento del que iba a ser su tercer retoño.

Sus ojos se encontraron con una mirada que lo decía todo.

La misma que se cruzaron años atrás cuando ella, una niña de sólo once años, subió a su grupa en un callejón sevillano, encapuchada y con la cara tapada, para escapar en mitad de la noche de la larga mano de rey don Pedro y su canciller.

Dos almas que, desde entonces, se fundieron en un mismo cuerpo y una sola voluntad resuelta en llevar a lo más alto a su linaje.

Enrique miró entonces a su hijo y le pasó la mano por la cabeza, sacudiéndole la nieve.

—Te quedas como señor de la casa, hijo mío. ¡Cuida de tu madre y de tu hermana!

—¿Vais a luchar contra mi tío don Pedro?

—No, hijo. Voy a luchar contra un tirano malo, enemigo de Dios. Ese no puede ser tu tío, es un demonio, Juan.

—¡Matadlo entonces, padre!

El rey Enrique abrazó a sus hijos y besó la mano de su mujer. Subió a su bridón y cruzó el puente sobre el Arlanzón.

Su hija, a la que había llamado Leonor, como a su madre doña Leonor de Guzmán, se arrebujó en los pliegues del sayo de la reina doña Juana, temblando.

—¡Oh! ¡Mi niña! Ven aquí que te arrope.

—¿Va a morir padre? —preguntó la niña, de apenas cinco años.

Doña Juana de Villena se acarició la tripa en un gesto inconsciente. Se agachó y besó a su pequeña.

—No, Leonor. Tu padre Enrique, el rey de Castilla, regresará sano y salvo.

—Pero... ¿cómo se mata un demonio?

—Con fe, hija mía. Con mucha fe y la ayuda de Dios.

Al otro lado del río, las Compañías Francesas —esto era, la parte de las Compañías Blancas que se quedaron tras la licencia general hecha en Sevilla— saludaron a su señor a una orden del capitán Du Guesclin.

Las mesnadas de los nobles castellanos hicieron resonar sus cuernos y atabales —timbales dobles a lomos de una mula adoptados de la tradición andalusí—, a los que se unieron los tambores galos.

El ejército enriqueño, con el rey a la cabeza, acompañado de sus hermanos el conde don Tello y el conde don Sancho, partía hacia el este, a rematar lo que había empezado casi un año antes.

Atrás dejaban a las Cortes de Castilla aún reunidas, con los procuradores de los concejos debatiendo las cuestiones del reino y preguntándose si algo de lo que acordaran serviría en unos días.

«Sólo Dios sabe la respuesta. Entretanto, hay asuntos que tratar», se dijo el arzobispo canciller mientras entraba en el salón de Cortes.

—Señores nobles, príncipes eclesiásticos, procuradores y nuncios de las nobles ciudades y villas de la Corona castellana. El rey don Enrique me ha dejado una última disposición para que sea conocida y que nadie se llame luego a engaño.

Desenrolló un pergamino en el que enseñó estampado el sello y la firma del rey.

—«Que todos aquellos, sean nobles, sacerdotes o pueblo llano, que conspiren por la causa petrista, sepan que serán ejecutados por traición.

Y esto lo mando yo, don Enrique II de Castilla por la gracia de Dios.

» —Levantó la mirada y la fijó en los presentes—.

Nuestro monarca quiere hacer justicia, pero no la aplica sin establecer antes el delito y la pena, a diferencia de los caprichos sufridos con el rey Pedro el malo tirano.