El Fratricida 19. La segunda Nájera #3
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19. La segunda Nájera #3

El de Lancaster se quedó sorprendido, pero sabía que el truco del Príncipe Negro era lo adecuado.

—Pero los dirigiré yo en batalla, Eduardo.

—¡Por supuesto! No hay mejor capitán que tú.

Los notarios extendieron los documentos en latín, inglés y castellano.

El 23 de septiembre de 1366 Anno Domini se sellaba el Tratado de Libourne, un pacto que recordaba a los firmados por el conde de Trastámara con el rey de Aragón y el de Navarra.

Sólo la desesperación de ambos contendientes por hacerse con la Corona castellana podía explicar hacer unas concesiones que resquebrajaban Castilla.

—A su majestad el rey don Carlos II de Navarra, II conde de Evreux y señor de Montpellier, Nos, el rey don Pedro, damos la cantidad de cincuenta y seis mil florines de oro y la nuestra muy apreciada villa de San Sebastián, con acceso al mar para que pueda comunicarse con su señorío en costas normandas, así como las otras villas de Vitoria y Logroño, las fortalezas anejas, y las localidades y plazas que fueron tradicionales lugares de su reino, por la merced de abrir el paso de Roncesvalles y aportar una hueste de un millar de jinetes, e igual cantidad de peones.

»A su alteza real, sire Eduardo de Woodstock, príncipe de Gales y heredero de Inglaterra, príncipe de Aquitania, duque de Cornualles y conde de Chester, le damos quinientos cincuenta mil florines de oro y el señorío de Vizcaya, junto con las villas de Castro Urdiales, Bermeo, Bilbao, Lequeitio...

—Mi rey... majestad... esto, esto es... —le dijo su canciller una vez a solas.

—No os preocupéis, don Mateos. Vámonos de caza. Quiero probar si mis halcones baten a los de estos aquitanos.

El canciller se miró con el maestre don López. Conocían a su rey lo bastante como para saber que aún no había jugado su última baza. Ya se enterarían llegado el momento.

Subieron a sus corceles y acompañaron a don Pedro a las riberas del Garona, el río que atravesaba Burdeos, a disfrutar de un magnífico día haciendo volar las rapaces.

Febrero de 1367 Burgos, reino de Castilla (enriqueño)

A pesar del revés sufrido en Galicia, el autoproclamado rey Enrique tenía la mayor parte de la Corona castellana bajo su control o influencia. Todavía le faltaba un acto formal: la convocatoria de Cortes.

—Mi señor rey, los procuradores han llegado. Están todas las poblaciones y ciudades leales.

—¿Y el clero?

—Los arzobispos y obispos de Burgos, Toledo, Palencia, Salamanca, Badajoz y Oviedo, por nombrar los principales, ya están acomodados, majestad.

—Excelente. Necesitamos que en sus sermones y prédicas reafirmen que yo he venido a salvar Castilla del amigo de infieles, del benefactor de judíos y musulmanes, de un enemigo de la Santa Madre Iglesia. Si estoy aquí y en este amargo trance, lo es por voluntad de la Divina Providencia.

—Por la voluntad de Dios, mi rey. Deus Vult .

Don Enrique miró al caballero que tenía delante.

Hasta su entrada en Sevilla fue un fiel petrista.

Más o menos de la misma edad que él y que su hermano el tirano, lo recordaba como doncel de la Orden de la Banda, el mismo que hacía años, en Cigales, por mandato del rey don Pedro, le pidió a Pedro Carrillo el Viejo que se quitara la banda.

Luego, este doncel, junto con su padre, sirvieron de fronteros a don Pedro en su guerra con Aragón y también como capitanes de su flota.

—Decidme, don López de Ayala, ¿qué motivo os llevó a abandonar la bandera del rey tirano? —preguntó de improviso, sabiendo que su propaganda contra don Pedro no era la causa única que movía a la nobleza.

—Eso preferiría guardarlo para mí, alteza. Es doloroso. Pero os juro por la Orden de la Banda que mi lealtad a vos y vuestro linaje será eterna.

Y no mentía. En el futuro, Ayala iría ganando cargos sirviendo bien a Enrique, escribiría una elogiosa crónica sobre su persona y reinado, y llegaría finalmente al máximo puesto, el de canciller, bajo el mandato de su nieto Enrique III.

Pero eso no podían ni imaginarlo aquellos dos hombres que conversaban en la cámara real del castillo de Burgos, uno de ellos curioso, el otro tratando de esquivar una pregunta incómoda.

—Retiraos, don Ayala. Eso que decís lo habréis de demostrar con hechos. Y dadle mis saludos a vuestra hermana y a vuestra sobrina. Que sepan que cuentan con el favor regio para lo que sea menester.

El antiguo doncel se retiró con cara de desconcierto.

«Lo sabe, lo sabe. Sabe lo que pasó en Toledo con mi sobrina y el malo tirano de don Pedro.»

—¿Situación en la frontera con nuestro aliado aragonés?

Tello y Sancho no habían traspasado el umbral de la cámara real del castillo de Burgos que Enrique había elegido para tratar asuntos de Estado cuando los interpeló con premura.

—El Ceremonioso ha recuperado casi todo lo que perdió en la guerra. Muchas de esas poblaciones y fortalezas estaban quemadas, pero eso no es culpa nuestra, sino del tirano y sus órdenes cuando retiró a los castellanos —respondió Tello.

—No nos apenemos. Eso conviene a los intereses de Castilla. ¿Y nuestra Corona, cuáles son las últimas nuevas? —preguntó de nuevo apoyándose en el alféizar de un gran ventanal.

—Tras prometer a San Sebastián el derecho de peaje del pescado, ya sólo quedan legitimistas una parte de Asturias, la Galicia entera, Astorga, Zamora, Logroño y su ribera riojana, Molina, Cuenca y Murcia —dijo don Sancho.

El caso de Astorga era peculiar: el pueblo era por el rey don Pedro, mientras que el obispo acudió a las Cortes de don Enrique.

Aquella población estaba a punto de caer en poder enriqueño y el ambiente que se vivía en el campamento burgalés era inmejorable ante la confirmación de un avance que parecía imparable.

Hasta las cámaras reales donde se encontraban los hermanos, pese a que sus ventanas daban a los patios interiores para mejor guardar a los soberanos, llegaba el bullicio de la villa.

Enrique pidió a su ayudante de cámara que les preparase la gran cámara real que Alfonso X mandó levantar.

Era un lugar más privado y menos ruidoso, con vistas más altas que permitían observar la catedral con la urbe en su derredor y el valle tallado por el serpenteante Arlanzón.

Sin dejar de dar instrucciones a su sirviente, no perdía una palabra de lo que le contaban sus hermanos. Levantó un dedo y miró al pequeño.

—Rebeldes, no legitimistas, hermano, son «rebeldes». La guerra de las letras también importa.

—Tenéis razón, majestad —se apresuró a corregirse.

—Y Vizcaya continúa sin estar del todo pacificada —dijo el conde don Tello, teórico titular del señorío de Vizcaya—. Esa cercanía de los rebeldes riojanos amenaza mis feudos.

—Si permaneces fiel a mi lado, todo llegará, Tello —dijo el rey Enrique.

Tello asintió, pero esquivó la mirada. Su pasado —indeciso, como poco, a la hora de desafiar a don Pedro— era algo que sus hermanos le recordaban y él ya estaba hastiado de explicarse, de decir que hasta el infeliz Fadrique hizo lo mismo, que fueron las circunstancias.

—Bueno, al menos las Cortes han refrendado todo lo que has propuesto, hermano. Es un triunfo.

—Con todo lo que ha cedido... no me extraña, ¡si hasta les ha confirmado las mercedes que dio el tirano!

Enseguida Sancho lamentó haberlo señalado. Enrique se alteró, le recordó que era nueve años mayor que él y le dijo que no sabía de política ni de cómo tratar a los concejos y nobles.

—¡Yo sé lo que me hago! ¿Acaso creéis que los grandes me siguen porque Pedro sea un ejecutor cruel?

Tello y Sancho no dijeron nada, esperando.

—La nobleza quiere recuperar su preeminencia. Sí, esa que nuestro padre les arrebató... ¿Cómo llamaban a nuestro padre? ¿Acaso lo habéis olvidado?

—El Justiciero —dijo Sancho.

—¿Sabéis a cuántos nobles ajustició? Parecido a lo que ha hecho nuestro medio hermano.

—Esos rebeldes petristas lo llaman el Justo —dijo Tello.

—¿Veis? Los concejos, con esos nuevos hombres ricos de las ciudades, los campesinos... envidian a los nobles, todo lo ven justificado.

—Pero... hablábamos de la nobleza...

—Al final, es lo mismo. Si obtienen sus privilegios, no les importa cuántas cabezas rueden por orden real. Por eso, hay que regar con mercedes a señores y ciudades.

—Perdona, hermano mayor. Yo sólo me preocupaba por el realengo, por que te queden suficientes tierras y rentas para ser un rey fuerte.

Enrique se acercó y le apoyó la mano en el hombro.

—Lo sé, Sancho. No te preocupes por eso.

Ahora hay que conservar esta Corona, luego ya lidiaré con ello.

Por el momento, si te fijas, apenas he concedido nada en mayorazgo, así que no pueden transmitirlas a sus herederos.

Y en aquellas que he otorgado por juro de heredad, me he reservado las alcabalas y las minas existentes en esos predios.

Y he prohibido que puedan negociar las tierras con extranjeros ni con religiosos.

El conde don Tello se movió nervioso, intentando disimular su desasosiego, sabía bien que su hermano tenía siempre una doblez, un plan oculto.

El rey Enrique lo miraba de soslayo, sabiendo en qué pensaba.

Días antes se había producido un episodio confuso, de los que su hermano mediano acostumbraba a liar y tuvo que solucionarlo de forma tajante.

—No sé cómo el rey no lo aparta de su lado —decía un cortesano.

—Es de su sangre, después de todo.

—¿Y esa osadía de traerse a aquella mujer de Sevilla? Una impostora que quiso hacer pasar por su difunta esposa de Lara.

—Sí, ejecutada por el Cruel hace ya casi nueve años...

—Sin embargo, nos hizo dudar.

—Dudaríais vosotros, ¡pero yo no! —dijo un noble vizcaíno.

—Pues dicen que hasta el rey Enrique no lo tenía claro.

—Sea como sea, ya no vive en casa de don Tello. Un problema menos.

A pesar de esa convivencia «marital», don Tello no logró que los caballeros vizcaínos avalasen a «su esposa» reaparecida. Don Enrique tenía claro que el rico señorío de Vizcaya no podía volver a ser hereditario y, si tenían hijos su hermano y aquella «dama Lara», así sería.