El Fratricida 19. La segunda Nájera #2
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19. La segunda Nájera #2

La Puerta de Galicia había sido quebrada.

Sin pararse a rendir Monterrey, el rey don Enrique lo rebasó y penetró hasta las entrañas gallegas dirigiéndose a Lugo, la milenaria ciudad fundada a la vera de un campamento militar romano durante las guerras astur-cántabras en el 26 antes de Cristo.

Allí se había retirado el conde don Fernán de Castro, dispuesto a no dejar avanzar más al rey usurpador.

—Estamos perdiendo muchos hombres, majestad —dijo Tello, que usó el tratamiento real, pues estaban en la tienda de mando con varios vasallos.

—Ese maldito De Castro, ¡y pensar que fue nuestro cuñado! Quiero rendir esa plaza y que me traigáis su cabeza.

—Yo lideraré el siguiente ataque, hermano... mi rey —dijo don Sancho.

—Permitidme, alteza, que acompañe al conde don Sancho. Es mi deber, ahora que somos familia.

El que así hablaba era el nuevo cuñado de los tres hermanos, el noble de los Castro de Aragón que casó con su hermana doña Juana.

—Además —añadió—, muchos de los defensores no son más que gañanes del pueblo llano. Demos un buen escarmiento a la chusma.

Tenía fama de ser un señor aún más duro con sus pecheros que el resto de nobles y eso que, en la época aciaga que tocaba vivir llena de malas cosechas, hambrunas encadenadas, pestes y guerras, los abusos señoriales se había incrementado por todas partes.

Las espléndidas murallas de Lugo, levantadas en tiempo de los romanos, los miraban desafiantes a lo lejos.

La presión se ejerció sobre dos puertas: la de Miñá, que daba la río Miño al oeste de la villa, y la de Sancti Petri, al sureste, que conducía a la calzada romana que llevaba a Astorga y, más allá, a Castilla.

Cada una estaba protegida por dos torreones circulares cuya ausencia de aristas los hacía más resistentes a la artillería de las catapultas y trabuquetes.

Una acometida tras otra, la antigua Lucus Augusti, defendida con ahínco por los leales al rey don Pedro, resistía el asalto.

Días más tarde, ya entrado el mes de octubre y tras dos duros meses de asedio, el ejército enriqueño se retiraba frustrado de tierras gallegas y maldiciendo el coraje de los hombres del norte, así como la lealtad y honradez del conde De Castro, que se negó a aceptar el soborno que intentó el rey don Enrique, desesperado por aligerar el asunto, confiado en que podría comprar otra plaza y otro noble con unas mercedes tal y como tenía costumbre.

Al poco, las noticias que le llegaron al rey Enrique fueron aún peores: don Fernán de Castro salió de su encierro y cabalgó hasta recuperar las partes de Galicia que la hueste enriqueña había tomado a su paso.

Luego, con un empuje renovado, penetró hasta Astorga y Zamora, siguiendo parte del plan que propuso meses antes.

—No perdamos tiempo ni hombres más allá de lo necesario para frenar al gallego, señores.

Enrique se centró en consolidar las zonas que controlaba y, sobre todo, asegurarse una nobleza afín: en Sevilla aupó a nobles ajenos a su familia, dándoles cargos en palacio para contener el poder que estaban acumulando sus hermanos, sus bastardos y los ricoshombres.

En eso actuaba con las mismas ideas que aplicaron su propio padre y su odiado hermano.

Además, acuñó moneda, no sólo para pagar a las tropas, sino también por prestigio y asentamiento de realeza.

—Enrique, hermano, las monedas de vellón son pan para hoy y hambre para mañana.

—Tello, no me queda otra salida. Ya ves lo que hacen los mercenarios en cuanto no cobran. Acabarán por poner a nuestros partidarios en nuestra contra.

En su mano tenía una dobla de oro en la que se veía a sí mismo a caballo en posición regia. Tello había dejado sobre la mesa unas monedas de real y medio real de metal barato. Esas iban a afectar a la confianza en el comercio, aumentar los precios y, por ende, la pobreza.

Septiembre de 1366 Bayona y Burdeos (Guyena), reino de Inglaterra

El recibimiento no podría haber sido mejor: allí estuvo el senescal de Guyena y una guardia de honor, con pendones que lucían cuartelados tres leones leopardados en oro sobre gules, del reino de Inglaterra, y las flores de lis doradas sobre azur, del reino de Francia.

Después del saludo protocolario, el noble inglés se apartó a un lado, dejó pasar a la comitiva real castellana y cabalgó con sus hombres tras ellos en señal de respeto hasta llegar a Burdeos, donde estaban el príncipe de Gales y su esposa, que mostraba un embarazo avanzado.

—¡Ey, Cecil! Déjate de flirteos y acércate. A este gran señor no lo habíamos visto.

El arquero galés puso una flor sobre el pelo de una muchacha con la que estaba hablando y ésta le devolvió una sonrisa.

—A ver, compadre, ¿cuál es la novedad?

—Ese hombre alto que va sobre ese lustroso palafrén. Lleva una corona y en su cota de armas luce leones y castillos.

—Me gustan los leones —dijo Cecil—. Esos incluso más que los nuestros... Fíjate, parece que vayan a soltar un zarpazo.

—¡Para zarpazos, los de nuestras flechas, camarada! —Se rio el otro—. O tus palabras a las mozas... ¿Es que nunca paras?

—Hay que aprovechar las treguas, amigo mío. Y me temo que esta visita del rey de Castilla y León dará fin a nuestro descanso.

—Entonces, ¿es el rey castellano? Muy lejos de su reino lo veo, y con un séquito escueto.

—¿Qué te apuestas a que acabamos cruzando los Pirineos? Yo, la verdad, echo de menos la acción.

—Pues, si así fuera, ¡que se preparen las mujeres hispanas para conocer a los hombres de Gales!

Libourne, seis leguas al este de Burdeos Ducado de Guyena, reino de Inglaterra

Se enviaron mensajeros a Londres a pedir la venia real para movilizar las tropas del ducado de Guyena en favor de la causa de don Pedro.

Cuando el rey inglés lo autorizó, se dio aviso a los caballeros de Gascuña y a los hombres de armas ingleses de los feudos en el continente.

A su vez, llegó el rey de Navarra para rubricar el pacto de alianza, que se firmaría en la localidad de Libourne, sita sobre el río Dordoña, a una jornada de camino de Burdeos.

—Nobles señores, primos de la realeza —decía con un tono de lo más conciliador el rey don Pedro—, el usurpador ha robado el tesoro real. En cuanto recupere mi trono, se harán los pagos, lo juro sobre estas reliquias castellanas.

Tuvo que darlo todo, no se guardó nada. Las joyas que se llevó de Sevilla estaban incrustadas en las coronas y espadas de los reyes castellanos.

Una de ellas era especialmente grande y fastuosa: un rubí rojo que dijo haber desengarzado del pomo de la espada de Fernando III.

Se la ofreció al príncipe Eduardo en garantía de pago.

—La parte pecuniaria está muy bien y esperaremos a derrotar al usurpador para recibir esos dineros —dijo Carlos, el rey navarro—, pero es la fecha de cesión de las posesiones que os obligáis a entregar lo que a mí me interesa, primo.

Don Pedro retuvo su ira. El que lo llamaba primo en realidad no lo era, sólo usaba ese calificativo por el trato entre realezas.

Era un ambicioso rey que, amén de anhelar tierras en Castilla que hacía mucho fueron del reino de Pamplona, también se aliaba con los ingleses para expandir sus señoríos al norte de los Pirineos y, si todo salía como esperaba, ser el siguiente rey de Francia.

—Primo —don Pedro endureció algo el tono—, los documentos están firmados. Llegado el momento acordado, se entregarán esas plazas. Pero, hasta vuesa merced lo entenderá, hay algunas que se han de arrebatar primero al bastardo.

El príncipe de Gales, viendo que el rey navarro torcía el gesto e iba a responder con soberbia, intervino cambiando el tema.

—Los pagos y señoríos son un asunto zanjado. —Hizo bailar el rubí en la palma de su mano—. El aspecto militar, ese hay que rematarlo. No quiero cruzar esos peligrosos pasos y encontrar una Navarra poco acogedora.

El rey Carlos mutó el gesto de inmediato y se mostró afable ante la interpelación del inglés.

Aparentó determinación, aunque en su fuero interno estaba dispuesto a dejar la empresa al menor contratiempo.

Sabía que la mirada inquisitorial que le echaba el príncipe Eduardo tenía fundamento porque él tuvo que, ¿cómo lo había explicado?

, «cambiar de opinión» algunas veces durante la guerra anglofrancesa.

—Los pasos estarán abiertos.

—¿Y vuestra hueste?

—Ya está lista.

—Son dos mil hombres, según hemos acordado.

—Mil jinetes y mil peones de los valles y montañas navarras, no hay mejores soldados.

—Salvo mis arqueros, alteza, salvo los galeses del principado —dijo orgulloso sir Eduardo, que le dio la joya a su hermano, el duque de Lancaster, sentado a su vera.

El maestre de Alcántara y Calatrava, don López de Córdoba, susurró algo al oído de su rey. Don Pedro alzó la mano.

—Si el señor duque de Lancaster nos acompaña, de lo que estamos muy honrados, mi pregunta es: ¿quién se quedará a cargo de nuestras esposas e hijas?

—No os preocupéis, majestad. Mi otro hermano, el conde de Cambridge, cuidará de las damas.

—Si esto sale como todos deseamos, seremos familia en breve, rey don Pedro —intervino el de Lancaster.

Para garantizar las grandes sumas que costaba el ejército y el cumplimiento de la entrega de señoríos y tierras, las esposas e hijas del rey, del maestre y de su canciller quedarían en Bayona en calidad de rehenes de garantía.

Además, las dos hijas mayores de don Pedro se prometían en matrimonio con el duque de Lancaster y el conde de Cambridge, hijos del rey inglés.

—Pero, si nos acompaña vuesa merced, señor duque —opuso Carlos el Malo—, nos pone en riesgo de romper treguas con Francia.

—Esta empresa no es de Inglaterra, sino del señor príncipe de Gales. Y yo, como buen hermano, lo acompaño.

—En fin, sires —insistió el navarro—. Si a vuestro padre el rey de Inglaterra no le importa arriesgar el Tratado de Brétigny, a mí mucho menos.

—A los cuatrocientos hombres de armas y a los ochocientos arqueros de tu ducado, hermano, los quiero listos para que me juren vasallaje —dijo el príncipe Eduardo—. Y que corra la voz.