19. La segunda Nájera
La segunda Nájera
—¡Mi señor rey, hay que aprovechar que León y las tierras norteñas del reino os son leales!
—Pero luego hay que entrar por tierras de Castilla hasta las otras villas fieles...
y ahí no es lo mismo, siento decirlo, señor conde —rebatía el canciller Mateos—.
Las villas enriqueñas han ganado privilegios y mercedes que el usurpador regala sin cabeza, no querrán perder esas prebendas y lucharán por conservarlas. Hay que probar la vía inglesa.
—Pues yo estoy con el señor conde de Lemos, majestad. El canciller, dicho sea con mis respetos, no es hombre de armas y estos hechos se solventarán con audaces actos de guerra.
Parecía que lo dicho por el camarero mayor don López, que era maestre de órdenes militares, zanjaba la discusión entre los consejeros.
Pero todavía faltaba uno que, hasta entonces, no había dicho nada.
Siempre era un hombre callado. Dejaba que sus hechos y su obediencia ciega hablaran por él. El rey don Pedro lo miró.
—¿Y qué piensa el comendador de la Orden de Santiago?
El aludido se removió en su asiento. Era la máxima autoridad petrista para los miembros de la orden que seguían fieles al monarca tras la traición del maestre que entregó su cargo y Toledo.
A un gesto del rey, se acercó a la mesa donde había varios mapas desplegados.
Los observó con detenimiento. Se rascó la cabeza. No decía nada.
—¿Y bien, don Juan Diente?
Don López de Córdoba, camarero mayor y maestre de Calatrava y Santiago, y don Fernán de Castro, conde de Lemos, Trastámara y Sarria 1 y señor de casi toda Galicia, observaron con cierto desdén al antiguo ballestero de maza, aupado al puesto de comendador por los servicios prestados todos aquellos años de intrigas y luchas sin descanso.
Aquel hombre era temible, uno de los ejecutores más implacables al servicio del rey don Pedro, un perro fiel que maceó hasta la muerte al maestre de Santiago don Fadrique, al infante de Aragón don Juan y a don Osorio, el justicia mayor del reino, sólo por nombrar a sus más ilustres víctimas.
—Yo me inclino por lo que dice vuestro canciller, majestad. Marchad a Bayona en busca de la ayuda del rey inglés y esas tropas que hacen añicos a esos puercos franceses.
—¡Nuestros gallegos y leoneses, junto con los castellanos que libremos de los cercos enriqueños, también pueden acabar con esos mercenarios, alteza! —dijo airado De Castro.
—Y Astorga es vuestra, mi rey —añadió don López—. Desde esta villa de Monterrey en la que nos encontramos y que no en vano llaman la Puerta de Galicia, podemos acudir en su ayuda. Si saliera mal, aquí podríamos resguardarnos y sostener las tierras gallegas.
—Sí, pero permitidme una corrección, maestre —dijo el conde gallego—. La ruta debiera ser primero Zamora, que está por nuestro rey, y, de ahí, marchar a Astorga, Soria y Logroño, que también son fieles. De ese modo, cortaríamos la retirada a Francia del bastardo usurpador.
De Castro mostraba una aversión furibunda hacia el que un día fue su cuñado. Hubo un tiempo en que el rey don Pedro lo tuvo también en contra. Ahora se alegraba de tener al señor gallego en su bando.
—¿Con cuántos hombres contamos, mis señores? —dijo Juan Diente sin inmutarse.
—Cuatrocientos jinetes y dos mil peones —dijo el maestre don López.
—Y, en cuanto liberemos las ciudades fieles de sus asedios —añadió el conde—, se nos unirán sus milicias.
Con esas noticias, más villas y ciudades castellanas volverán a su rey.
Al bastardo se le abrieron las puertas en cuanto lo vieron, ¿cómo no iban a retornar a su rey legítimo en cuanto nos vean con esta fuerza?
Aprovechemos que Enrique las ha desamparado para centrarse en la vida placentera de las villas sureñas.
—Mucha confianza entregáis a los castellanos, nobles señores —dijo Juan Diente, que se volvió a sentar y sentenció—: Gallegos y castellanos han echado al rey. No son de fiar.
Tuvo don Pedro que mediar ante esas palabras que el conde gallego tomó como una afrenta.
De Castro se retiró furioso, diciendo que, si eso llegase a ocurrir en Galicia, Asturias y León, sólo sería porque el rey los abandonase a país extranjero y los dejase desamparados.
Don Pedro lo mandó llamar en un aparte y lo tranquilizó.
—Fernán, no voy a dejar a mis leales a su suerte. Juro que volveré.
—Mi rey, perdonad mi comportamiento. No dudo de vos, sino de otros. Incluso aquí, por mis tierras gallegas.
—Señor conde, postraos.
El gallego hincó la rodilla y miró a don Pedro.
—Yo, rey don Pedro I de Castilla, por la gracia de Dios, os nombro a vos, don Fernán de Castro, alférez mayor y adelantado de las tierras de León y Galicia. Desde este momento gozáis de poderes para poner y quitar oficios, tanto civiles como militares.
—Os estoy eternamente agradecido, majestad.
—Levantaos, señor conde. Vayamos con el resto y hagamos las paces.
29 de junio de 1366 Santiago de Compostela, reino de Galicia (petrista)
Los días pasaban en Galicia. Por fin, con toda la información que pudo reunir, don Pedro se decidió.
Se enteró de que el reino de Portugal acordaría la paz con el usurpador.
Nada que lo extrañase después del desplante que su tío el rey portugués le había hecho.
Al menos, se consoló, en el último momento le envió cartas de seguro para pasar por sus tierras hasta Galicia, por lo que pudo evitar al infante portugués, su heredero al trono que, por ser sobrino de doña Juana Manuel de Villena, la usurpadora reina consorte, intentó detenerlos por su cuenta con sus mesnadas.
«Algún día, si Dios me lo concede, ajustaré cuentas con mi primo portugués, ya sea como infante, ya sea como rey si es que ese joven llegase al trono.»
Hubo una buena noticia: el rey Carlos II el Malo de Navarra le respondió favorablemente a una alianza que implicase a los ingleses. El voluble navarro, si bien nacido en Francia, volvía a cambiar de bando. Por lo tanto, sólo tenía que asegurar la ayuda inglesa.
«Pero antes he de dejar la cuestión gallega resuelta.
Que don Fernán de Castro vea que su rey no sólo le otorga cargos, sino que no lo desampara en sus pleitos», pensó asomado a una de las ventanas geminadas de la catedral que daba a la Platea Argentaria, 2 llamada así porque los orfebres se sentaban bajo la fachada sur de la basílica y en los soportales cercanos para vender sus piezas a los peregrinos.
—Mi rey, el excelentísimo y reverendísimo don Suero, arzobispo de Santiago, se acerca. Si gustáis acompañarme, majestad, desde arriba tendréis mejor vista.
—Ese hombre es poderoso, no sólo por la palabra de Cristo con la que sermonea, sino también en lo material. Tiene una nutrida mesnada con hombres a su cargo.
—Perded cuidado, alteza. Me he encargado personalmente. A mis hombres se les han unido unos caballeros compostelanos. Parece que este señor de la Iglesia tiene a muchos vasallos malcontentos en sus feudos.
El rey miró a don Juan Diente, cuyo rostro parecía tallado en piedra.
Lo siguió al campanario de la iglesia catedral de Santiago, se apoyó en la pared granítica y esperó a ver aparecer al prelado.
Lo había convocado para rezar juntos por la festividad de San Pedro y pedirle consejo.
El arzobispo llegó acompañado de una ligera escolta y de su deán, que era un familiar suyo, también miembro de los Gómez de Toledo.
Entonces, una veintena de hombres y dos caballeros aparecieron por sorpresa, los rodearon y alancearon a las puertas de la catedral, matándolos a todos.
—El deán logra escapar y entra en la iglesia. ¡Va a invocar sagrado!
Juan Diente miró a su rey como disculpándose. Don Pedro le devolvió la mirada y, en vez de reprenderlo por aquel error, le dijo impertérrito:
—No hay sagrado para los partidarios del bastardo.
No hizo falta más. Su fiel perro de presa bajó de dos en dos las escaleras, se llegó hasta el altar, donde el deán, de rodillas, imploraba por su vida y recordaba las reglas de la Tregua de Dios impuestas por los papas trescientos años antes con la protección automática para quien invocaba acogerse a sagrado.
Juan Diente se abrió paso entre los hombres del rey, que se habían refrenado, sacó su maza y la descargó en la cabeza del eclesiástico.
Su sangre salpicó el altar y dejó un gran charco rojo tiñendo el suelo de mármol.
El rey don Pedro, que había bajado desde el campanario, pisó por encima sin ningún reparo y ni se dignó a mirar el cadáver.
—Don Mateos, el documento. Entregádselo al señor conde Fernán de Castro.
El canciller acabó de secar la tinta y le extendió el escrito al gallego.
En él se recogía que todas las posesiones del arzobispo don Suero pasaban a poder del conde.
Sin ese poderoso rival, De Castro completaba el control de Galicia.
La familia del prelado había sido más que tibia en la disputa dinástica, incluso alguno de sus miembros ya fue ejecutado por traición en el pasado.
—Sostened estas buenas tierras gallegas y asturianas, que fueron marca de la resistencia cristiana frente al moro invasor, don Fernán. Ahora el invasor es un tumor interno, tanto da.
—Mi rey, Galicia y Asturias serán por siempre de un sólo rey, del legítimo. Pongo mi espada y mi brazo como garantes de tal apuesta y de la lealtad de Castilla entera.
—Volveré, Fernán, volveré. Y le haremos pagar al traidor y sus secuaces toda esta afrenta.
Don Pedro dio un sonoro espaldarazo al conde y se dirigió a su barco.
En el puerto de La Coruña lo esperaba una flotilla compuesta por una sola galera, en la que embarcarían el monarca y su familia, y veintitrés embarcaciones menores.
Zarparon rumbo a Bayona, previa escala en San Sebastián, tierra vascongada que permanecía fiel a su causa y que le dio algo de dinero.
Septiembre-octubre de 1366 Lugo, reino de Galicia (petrista)