18. Dos reyes #9
—No has respondido a Tello, Enrique —dijo Sancho.
—Como sabéis, hemos logrado mucha financiación.
Pero el cuento de maravedíes que les saqué a los judíos burgaleses ya se gastó en la campaña.
El millón que también aflojaron los hebreos de Toledo se acabará rápido.
Y no quiero tocar por ahora lo pescado en el Guadalquivir —les guiñó un ojo Enrique—, lo necesitaremos para someter los territorios petristas.
Los hermanos se sonrieron. No era tanto el haber conseguido los treinta y seis quintales de oro y varias alhajas que viajaban en la galera apresada por el almirante de Castilla, Bocanegra, sino que su enemigo carecía de esos recursos.
Incomprensiblemente, el tesorero Yáñez fue atrapado al poco de salir de Sevilla antes de alcanzar la desembocadura del río y llegar a aguas abiertas.
Sólo había una explicación y ellos la sabían, como el extesorero de don Pedro.
—Voy a licenciar a la mayoría de esos mercenarios —dijo el rey, tras un momento de reflexión—.
No os preocupéis, a su capitán y sus mil quinientas lanzas de profesionales franceses, bretones e ingleses los mantendré a mi lado.
El resto es, en su mayoría, esa chusma bárbara; ¡que se regresen a Francia!
No sólo eran las villas petristas las que sufrían los desmanes de los mercenarios. Violaciones, saqueos, incendios y asesinatos en masa se sucedían también en poblaciones enriqueñas cuando los routiers se lanzaban a tomar por su cuenta lo que creían que se les adeudaba.
—¡Ah!, se me olvidaba, hermano. La cancillería ha preparado el acuerdo de paz con Portugal. —Sancho puso un pergamino sobre la mesa.
—¿Y con esos moros granadinos? Son vasallos de don Pedro. ¿No irás a ofrecerles nada? —dijo Tello—. De hecho, el cruce de toda España era «para hacer una cruzada» que su santidad avaló.
—¡Y pagó! —rio Sancho.
Enrique no entró a la chanza.
—En realidad, Granada es vasalla de Castilla desde tiempos del gran Fernando III el Santo, nuestro ilustre antepasado. Los reyes sólo renuevan ese pacto ancestral, Tello.
El conde de Vizcaya puso cara de disgusto por la corrección que le hacía don Enrique.
—Es verdad que este Muhammad V le debe el trono al tirano malo —le concedió a su hermano—. No ofreceré nada porque estoy seguro de que será él quien se apresurará a pedirme el pacto.
Tello y Sancho asintieron satisfechos.
Durante los siguientes dos meses y medio, el rey Enrique se dedicó a aquello por lo que sería conocido: otorgar mercedes.
Se empleó a fondo satisfaciendo a los que lo ayudaron y a los nuevos que prometían servirle en adelante.
A los parientes del ejecutado don Alonso Coronel, cuyas tres hijas vivían, los repuso en las heredades que les habían confiscado.
—¿A dónde vas, Enrique? ¿A dónde va mi amado rey, del que no quiero ya separarme?
La voz de doña Juana de Villena, la nueva reina castellana, lo sobresaltó cuando ya enfilaba las escaleras de palacio. El rey se detuvo y, con la voz más normal que pudo, contestó:
—Voy a rezar al monasterio de Santa Clara y, de paso, recibir a las dueñas de los Coronel.
—Pues si su majestad me lo permite y me da un momento, desearía acompañaros y hacer allí mis oraciones de la mañana.
La tensión se sintió en la sala. Los camareros del rey miraron a las camareras de la reina.
Todos conocían la fama de mujeriego que tenía el conde don Enrique de Trastámara, tanta o más que su medio hermano el rey don Pedro.
Ahora que era rey, la cosa no sólo cambiaría, sino que iría a más.
La condesa doña Juana solía aceptar sin disputas públicas esos devaneos de su marido, pero, ahora que era reina, estaba claro que se lo pondría más difícil para evitar que su esposo acumulase más bastardos.
No lo dejaría a solas con aquellas señoras Coronel, famosas por tal belleza que ya habían conseguido la atención regia de don Pedro.
—Aquí os espero, querida. Marcharemos por la calle cogidos del brazo —dijo el rey con la mejor de sus sonrisas—. Sevilla entera nos aguarda.
Mientras tanto, llegó el conde don Sancho y le susurró algo al oído.
—Buen trabajo, hermano. Entrégaselo a nuestros amigos los nobles franceses, con mis saludos y respetos. Pueden hacer lo que les plazca.
Al que se tenía por el asesino de la reina doña Blanca de Borbón, al hombre al que acusaban de haberla envenenado por orden del tirano malo don Pedro, por fin lo habían encontrado y apresado.
Don Enrique, cumpliendo con uno de sus valedores, el monarca galo, servía en bandeja al verdugo de la desdichada francesa.
Esa misma tarde, los deudos de la Borbón colgaron hasta morir a Juan Pérez Rebolledo, el antiguo ballestero que ascendió a alcaide de Jerez de la Frontera por sus servicios despiadados al rey Cruel, y así se hizo correr la voz desde las marismas del río Guadalquivir hasta la última calle sevillana.
Los nobles franceses, una vez satisfecho su deber de caballeros, se despidieron del rey don Enrique y regresaron a tierras galas.