El Fratricida 18. Dos reyes #8
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18. Dos reyes #8

Esa misma tarde, entre abrazos y llantos de sus hermanas, la infanta Beatriz partía con una fuerte escolta hacia Portugal. Con ella iba una gran cantidad de dinero, la dote prometida en los esponsales, y varias joyas de gran valor que su madre María de Padilla le había regalado en vida.

Los acontecimientos se desbordaron. La propia población sevillana estaba inquieta, a punto del tumulto, a pesar de que se sabían los preferidos del rey don Pedro.

Los partidarios del bastardo incitaron al populacho, con rumores de que el monarca estaba en connivencia con el rey moro granadino.

Las donaciones que el soberano hizo para calmar los ánimos fueron ineficaces.

Y ante la llegada del bastardo, la cercana ciudad de Córdoba no había hecho siquiera un amago de la tenue resistencia que Toledo hizo unas semanas antes.

—Señor canciller, decidle al tesorero Yáñez que zarpe de inmediato. Y al maestre de Alcántara don López que apareje los caballos.

Su canciller del sello era un hombre de orígenes humildes que había ido ascendiendo desde oficios bajos en la oficina de la cancillería. De escribano llegó a ser nombrado canciller, a lo que luego añadió la alcaldía de la ciudad de Sevilla. Miró apenado a su rey.

—Los cordobeses han sido unos traidores. Y cobardes, mi rey.

—Como en definitiva los toledanos, don Mateos. Pero al final se lo haré pagar a los cordobeses tanto como al que nombré capitán y guarda de la ciudad del Tajo... ¡Por Dios juro que todos lo pagarán!

—Todavía quedan muchos territorios de la Corona que son leales, majestad. Y hombres como yo no os faltarán en esta hora, mi rey.

Don Pedro le hizo un gesto para que se retirase y se sentó en un diván con cojines de terciopelo, reparando en su acogedora suavidad que dentro de poco añoraría.

Miró al techo, repleto de arabescos mudéjares, y entornó los ojos.

Repasó la situación en la que se encontraba tras debatir con sus consejeros.

Mientras las huestes de don Enrique el usurpador se aproximaban a Toledo, sus mercenarios iban dejando tierras asoladas.

Como el nuevo rey no pagara a tiempo, se tomaban la soldada por su cuenta.

La defensa de la ciudad toledana se preparó entre grandes discusiones entre los legitimistas y los que querían rendirla para evitar un saqueo que sería despiadado a manos de tropas brutales y extranjeras.

Los partidarios de don Enrique se movieron con acierto y llegaron a situarse en posición de abrir las puertas, mientras que los petristas se atrincheraron en el alcázar.

Finalmente, el guarda de la ciudad, el hombre de tanta confianza que tenía allí el rey don Pedro, aceptó la entrega de las llaves de la fortaleza a cambio de un pacto oneroso con el usurpador.

—Expedid este documento cuanto antes, escribano: «Yo, el rey don Enrique II de Castilla, por la gracia de Dios, concedo las mercedes siguientes al muy noble caballero don Garci Álvarez de Toledo, antiguo maestre de Santiago, que cede en este mismo acto su cargo de número trece al mi maestre, don... »

El noble toledano perpetró una de las traiciones más dolorosas al rey don Pedro, casi más sentida que la de su cuñado Diego Padilla. El precio no fueron treinta piezas de plata, sino cincuenta mil maravedís y las villas y pechos de los señoríos de Valdecorneja y Oropesa.

En cuanto se supo, los procuradores de los concejos de Talavera, Madrid, Ávila, Segovia, Cuenca y Villa Real, 1 entre otros, se presentaron al rey don Enrique para prestar pleito homenaje.

Y así estaban ahora.

—Ese bastardo no se detendrá a sitiar Carmona. Sólo busca rendiciones rápidas. Lo tendremos encima muy pronto. ¡Nos vamos! —dijo don Pedro saliendo de su cámara.

Los alborotos en Sevilla se incrementaban y hasta la salida del monarca corría riesgo de tornarse imposible.

Portugal era su esperanza. Allí, junto a su aliado portugués, reorganizaría las mesnadas que en Galicia y León todavía le eran fieles.

Cuando ya salía de Sevilla, le llegaron noticias de que una avanzada de enriqueños estaba a escasas leguas.

—¡Abajo, abajo! ¡Salid de los carros! —vociferó don Pedro.

—Pero, padre, no sé si podremos seguir el ritmo.

—¡Sois mis hijas y todas sabéis montar! No os preocupéis, los hombres de mi casa os llevarán en sus grupas turnándose.

La marcha que impuso el rey fue tal que antes de que su primogénita Beatriz hubiera llegado a la frontera portuguesa, la familia estaba reunida de nuevo al completo.

Alburquerque, Extremadura, reino de Castilla

—Padre, lo siento, ¡lo siento tanto! —decía entre sollozos la muchacha.

—No ha sido culpa tuya, Beatriz. Ese cobarde de mi tío... ¡Además, un inepto! ¡Casaba a su hijo con una princesa legitimada al trono de Castilla!

Don Pedro abrazó a sus tres hijas, que formaron un corro alrededor de él.

Había tenido que plantar su real en las afueras de la villa de Alburquerque.

La población, viendo en don Pedro más a un fugitivo que a un verdadero rey, le cerró las puertas.

Ya no le temían y, además, sabían que el nuevo rey los había concedido a su hermano, al noble don Sancho, al que esperarían para prestar vasallaje.

—Mi rey, no podemos quedarnos aquí. Pasemos a terreno portugués y avancemos hacia las tierras de don Fernán de Castro.

—Don López, mirad la tropa que nos queda... ¡Varios han desertado y se han metido en esa villa asquerosa, que lo fue del traidor de mi ayo y primer canciller!

Estaba ya a solas con el maestre de Alcántara y Calatrava, el leal y valeroso don López de Córdoba, y con don Mateos, su cumplido canciller.

Sus hijas dormían, o eso fingían, en la tienda real, mientras los hombres de armas hacían guardia unos y, otros, cepillaban los caballos y los preparaban para la marcha, aunque no sabían hacia dónde decidiría ir su rey.

—Los portugueses no se atreverán a atacarnos. Y, si lo hacen, forzaremos el paso, majestad.

—Mi tío nos impidió ir a Santarém y mandó misiva de que daba por rotos los acuerdos matrimoniales. ¡Ese felón!

Don Pedro cogió una piedra y la tiró con rabia hacia las murallas de la villa, que quedaba lejos como para alcanzarla.

—¿Por qué creéis que no iba a apresarnos y congraciarse con el nuevo rey castellano? ¡Sabe que no tengo siquiera oro que ofrecerle!

Era la primera vez que don Pedro reconocía de palabra la situación en la que, de facto, se encontraban él y su reino.

El canciller y su mayordomo se echaron esa mirada de hombres buenos y leales, de los que lo demuestran cuando vienen mal dadas, de los que mantienen la palabra empeñada.

En sus ojos brillaba la determinación de, pasase lo que pasase, no abandonar al único y legítimo rey de la Corona castellana.

21 de junio de 1366 Sevilla, reino de Sevilla (enriqueña)

Por fin, tras tantos años ausente, volvía a respirar el aire del Guadalquivir, solazarse en los jardines perfumados con las flores del jazmín traído por los árabes y escuchar el trino de las fuentes de los patios del alcázar.

Había varios cambios que su medio hermano había hecho, para mejor, tenía que reconocer.

Pero, en su esencia, se veía a sí mismo correteando junto a sus hermanos por aquellas estancias cuando era un infante.

Cuando era el favorito de su madre, la Favorita, y de su padre, el rey Alfonso.

—El malo tirano se ha escapado, mi rey. Pero no puede entrar en Portugal, nuestros hombres le siguen el rastro por las tierras de Alburquerque.

Todavía se escuchaban los vítores al nuevo rey llenando las calles.

La entrada del antiguo conde de Trastámara empezó bien temprano, a la hora nona.

Llegar hasta el palacio le tomó una mañana entera, tal era la cantidad de gente que lo esperaba.

Y tal era la volubilidad del pueblo llano: los mismos que un día antes admiraban al rey sevillano de adopción, don Pedro, ahora adulaban al rey sevillano de nacimiento, don Enrique.

—No tiene adónde ir. Sólo al norte, como me sucedió tras morir mi padre y hube de huir enmascarado. Y el muy canalla me intentó cerrar los pasos. ¡Que nuestros partidarios cubran la ruta de la Plata!

—A vuestra voluntad, majestad.

—¿Qué vas a hacer con el problema de las Compañías, hermano?

—Puedo pagarlas un tiempo más, pero no a todas. Y ya sabéis cómo se las gastan esos malandrines. Ni Du Guesclin puede controlarlos.

Malandrines. Así se conocía a los mercenarios franceses, con una palabra importada de Italia, malandrino , salteador, que pronto pasaría a ser sinónimo de bellaco, perverso, pues así se comportaban con el pueblo llano.