El Fratricida 18. Dos reyes #7
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18. Dos reyes #7

Mayo de 1366 Burgos, reino de Castilla (enriqueño)

La hermana de Enrique II, el nuevo rey coronado, ya fue moneda de cambio en una ocasión.

El interés de su hermano para ganar el apoyo del poderoso señor de Galicia, Fernán de Castro, en el alzamiento nobiliario de 1355 contra el rey Pedro I la llevó al altar con el noble gallego.

Ella contaba entonces doce años. Era la única hija de los diez vástagos que la concubina del rey Alfonso XI había dado a luz.

«Y luego, mi marido me abandonó por los avatares de tu guerra, Enrique. Por tu lucha contra nuestro medio hermano el rey Pedro I.»

Juana Alfonso avanzaba del brazo de don Enrique, que la entregaba en un nuevo matrimonio por una alianza política. Paradójicamente, se casaría con otro Castro, pero éste de una rama distinta, la de los Castro de Aragón. La rama de su primer marido venía de Castrojeriz, en Castilla.

«Y me das, hermano, conforme a los fueros de Aragón. Por cincuenta mil florines de oro tuyos y quince mil de mi futuro marido; eso es lo que para ti valgo. Eso, y una mesnada aragonesa más que sumar a tu causa, ¡claro!»

Miró al frente a través de su velo. Ya no era una niña, tenía veintitrés magníficos años.

La belleza de su madre, la Favorita doña Leonor de Guzmán, se revelaba en sus rasgos.

En el altar esperaba el novio, un noble aragonés que descendía por línea ilegítima, como ella, de reyes, y que era el señor de la baronía de Castro de Aragón, Peralta, Guimerá y Tamarite de Litera.

—Si vas a llorar, que parezca de alegría, hermana —le susurró Enrique II, que vio una lágrima resbalar por la mejilla de ella cuando le alzó el velo.

—Lloro de felicidad plena, alteza. Soy la mujer más dichosa del reino —mintió ella, sosteniéndole la mirada como cuando de pequeños no se amilanaba ante la caterva de hermanos, todos varones.

«Sí, querido hermano, sí. Sé que ves en mis ojos que miento. Los mismos que vieron cómo alanceabas sin piedad a tu leal privado Pedro Carrillo el Joven. ¿Su crimen? Haberme cortejado sin tu consentimiento. ¡Mira bien estos ojos, porque también son los de él, hermano!»

Don Enrique sostuvo la mirada, pero acabó por apartarla. Sabía lo que su hermana Juana le estaba diciendo callada. No quería recordar cómo mató al noble Carrillo, el que fue su más leal servidor en su destierro por tierras de Francia.

«¡Oh, mi leal Carrillo! ¿Por qué te negaste a entender que mi hermana, de sangre real, era un manjar que te estaba vedado?»

—Sé lo que piensas, mi rey y hermano. Pero aquí estoy, dispuesta, para tu mayor gloria.

«Sí, hermana. Debiste haberlo recordado antes y aceptar el sitio de las mujeres en los linajes.»

Su misión era la de engrandecer el apellido familiar con matrimonios convenientes y, además, dar nuevos miembros a la familia, cuantos más mejor.

Una familia de la que la cabeza era el padre o, faltando este, el hermano mayor, hasta que se casase y quedara sujeta a un nuevo paterfamilias: su marido.

En cualquier caso, un marido que no era elegido por amor, sino por puro cálculo político.

«Así ha sido siempre y así debe ser», se dijo don Enrique al tiempo que apretaba con fuerza el brazo de su hermana hasta hacerle daño.

Solventados los asuntos políticos y sociales, el rey Enrique tenía claro que debía buscar a don Pedro y acabar con él.

Salió hacia Toledo con su gran ejército, al que se presentaban por el camino más nobles e hidalgos a jurar vasallaje.

Entonces, en un otero aparecieron veinte jinetes, armados para la guerra, prietas las filas, los yelmos cerrados, con una cruz latina negra bordada en sus sobrevestas y que también tremolaba en los pendones sujetos a los mástiles de sus lanzas.

—¡Ojo avizor, señores! Son freires calatravos... y ya sabemos que los guerreros fraile son impredecibles al guiarse por sus propios votos y convicciones.

—Espera, Tello, paciencia. Se acerca uno con las insignias de maestre... Ese tiene que ser... —dijo el rey Enrique.

—¡El hermano de la concubina! —exclamó don Sancho.

Sus hermanos lo miraron serios, reprobando que usase esa palabra.

No porque para ellos María de Padilla no fuese una mera amante a la que ilegítimamente había encumbrado a reina don Pedro luego de muerta, sino porque les laceraba el recuerdo de que su madre Leonor fue otro tanto de su padre, y ellos, por tanto, eran bastardos.

Y lo peor: Alfonso XI no tuvo tiempo de hacer a su madre reina, ni voluntad acaso.

Tras unos momentos inciertos, el maestre de Calatrava descendió en solitario desde su posición y se llegó hasta ellos. Descabalgó, se levantó la visera e hincó la rodilla ante el rey don Enrique.

—Pongo mi cargo y mi espada a vuestra disposición, rey don Enrique, si vuestra majestad perdona a mis hermanos de armas y los acepta en vuestra merced.

No sabían a qué se debía tan inesperada traición a la persona de don Pedro I, pero Enrique se apresuró a recibirlo en su corte y don Diego a besarle la mano. El cargo de maestre lo perdió, pues en las filas enriqueñas ya había uno nombrado desde que se produjo el cisma por la guerra.

Hubo quien dijo que Diego Padilla estaba molesto con su rey por matar al rey moro el Bermejo, que lo favorecía con todo tipo de regalos, pero lo que parecía más cierto era que, desde la muerte de su tío el canciller don Henestrosa, don Pedro había ido mudando su confianza, favoreciendo a otros nobles como don López de Córdoba, camarero mayor y maestre de Alcántara, lo que tenía encelado al Padilla.

La cólera de don Pedro cuando se enteró fue extrema.

Su cargo de maestre se lo dio a López de Córdoba, con lo que éste lo era ya de dos de las tres órdenes militares castellanas.

Junio de 1366 Sevilla, reino de Sevilla (petrista)

—Debéis marcharos, mi señora. En el alcázar de Carmona estaréis bien.

—Pero, mi señor, deseo ir con vos. Y compartir lo que Dios haya dispuesto.

—En Carmona tengo a mis más leales partidarios, no como esos tibios de Córdoba. Os dejarán en paz, mientras que a mis hijas y a mí, esa jauría de perros querrá darnos caza.

—Que Dios os guarde, mi rey don Pedro. Siempre en mi corazón, alteza.

Doña Isabel de Sandoval, la antigua aya, la amante del rey, madre de dos varones que marchaban con ella con un pequeño séquito, hizo una reverencia y salió de la Sala del Caracol con el pecho encogido por el dolor de la partida y el miedo a qué sería de ellos.

Los altos muros de Carmona podían no ser suficientes para parar la marea enriqueña que se había desbordado desde que cayó Toledo.

—Alteza, la galera está lista. A la espera de vuestras órdenes para zarpar. ¿Seguro que no queréis hacer el trayecto por mar?

Don Pedro miró a su nuevo tesorero, el que sustituyó al malhadado Samuel ha-Leví.

Éste no era judío, sino cristiano. A pesar de la propaganda del usurpador don Enrique, no era cierto que sólo amparase a los enemigos de Cristo, como musulmanes y judíos.

Eso era falso, pero el pueblo llano resultaba fácil de engatusar con esas historias.

También muchos nobles, prestos a recuperar el poder recortado por las reformas reales, se sumaban a la maledicencia.

—Mi buen Yáñez, ya sabéis lo que dice el refranero. Nunca pongáis todos los huevos en el mismo cesto.

Una nave, de incógnito, partiría del puerto del Guadalquivir rumbo al de Tavira en el reino aliado de Portugal.

Iba cargada con todo el tesoro real, tanto el que había en el alcázar como el custodiado por su tesorero en Almodóvar del Río.

Al mismo tiempo, el rey Pedro, su familia y séquito, escoltados por un nutrido grupo de caballeros, tomarían la ruta terrestre.

Había que hacer efectivos los pactos firmados con su tío, el rey Pedro I de Portugal, que lo había ayudado en la guerra con Aragón mediante el envío de valiosas galeras que se sumaron a la flota castellana.

—Mi señor padre, ¿puedo hablar con vos?

En la puerta de la cámara estaba la infanta doña Beatriz, la mayor de sus hijas, de trece años.

—Dejadnos a solas, tesorero. Revisad una última vez esa galera y aseguraos de que nadie conoce su derrota. El momento de su partida os lo diré luego.

Miró a la jovencita que tenía delante. ¡Le recordaba tanto a su amada María! Un nudo se le hizo en la boca del estómago.

—Pasa, hija mía. ¿Qué te preocupa?

—Sabéis que siempre haré lo que me mandéis, padre. Pero tengo miedo.

—Sólo hay que temer a nuestro Señor. Y los que vienen a por nosotros son meros hombres. Confía en tu padre y rey. Siempre os protegeré a ti y tus hermanas.

Beatriz recordó cómo su padre, allí mismo donde estaban, se abalanzó daga en mano contra el hombre que, siendo niña, la retenía con un cuchillo en el cuello el día de la muerte de su tío don Fadrique.

No, no dudaba ni por un instante de que su padre destriparía con sus propias manos a quienquiera que osase simplemente amenazarla a ella o a una de sus hermanas.

—Tengo un mal presentimiento, padre. No quiero separarme de vuesa merced y mis hermanas. Quiero estar a vuestro lado hasta el final.

—Nosotros te seguiremos, hija. Ya lo hemos hablado. Tú tienes que llegar ya a Santarém, presentarte al rey de Portugal y desposarte con su heredero, tal y como está acordado desde que erais niños.

—Y no os fallaré, mi señor. Pero, si vais a venir también... ¿por qué no ya? ¡Hagamos el viaje juntos, padre! ¡Alejaos cuanto antes de las huestes de mi tío, ese usurpador bastardo!

Don Pedro se acercó a su hija y le dio un beso en la mejilla. La sostuvo por los hombros, amoroso pero firme.

—Beatriz, mi primogénita, la niña que salió del amor con tu madre como una primavera adelantada... Tengo cosas que dejar resueltas. Te prometo que tus hermanas y yo estaremos contigo antes de que te des cuenta.