18. Dos reyes #6
—Sí, desde el gran Leovigildo, majestad. Pero incluso tras hacerla hereditaria, los visigodos justificaban que se pudiese, y cito literalmente, «tomar por rey a cualquiera que entendiesen que mejor los podría gobernar».
Don Enrique se quedó pensando.
«Para lograr algo así, tengo que contar con el aplauso de la mayoría. ¡Y eso sé bien cómo conseguirlo!»
—Hermanos, hay que despachar varios asuntos. Es el momento de atraer más partidarios a la causa.
—Sí, alteza —dijo don Tello con una sonrisa satisfecha y apoyando en un soporte el estandarte real que había portado durante el acto de la coronación—. Tengo varios emisarios listos para sondear algunas poblaciones.
—No repares en promesas. Luego, ya iremos viendo.
—Desde luego que los burgaleses están encantados —dijo Sancho—. Fue prometerles jurar sus fueros y abrieron las puertas de par en par.
—Sí, y ahora piden que les reconozca no sé qué privilegios sobre tierras de otros concejos. He de estudiarlo..., pero ya he ido diciendo que sin ningún problema.
—¿Qué hacemos con el edicto, majestad? Ya ha sido pregonado por todo Burgos.
—Mi buen Tello, que se hagan copias y que tus emisarios lo entreguen en las villas.
Se declara al rey don Pedro I: tirano malo, enemigo de Dios y de su Santa Madre Iglesia.
Así se hizo y, ya fuera por la rendición de Burgos, ya fuera por lo ocurrido jornadas antes en Briviesca, muchas poblaciones acudieron a prestar pleito homenaje.
No sólo era el miedo de enfrentar una fuerza como la que había reunido el nuevo rey de Castilla, sino que don Enrique no reparaba en repartir mercedes a quienes se le unían.
—Apuntad, escribano —ordenó el rey don Enrique—. Quiero que la cancillería expida estos documentos inmediatamente:
»Se concede el señorío de Molina de Aragón y el condado de Trastámara, a monsieur Du Guesclin, capitán de mis huestes.
»A mi hermano don Tello, el señorío de Vizcaya y Lara, que le fuera arrebatado por el malo tirano don Pedro I, se le otorga ahora como condado.
»A mi hermano don Sancho, las posesiones del fallecido don Juan Alfonso de Alburquerque “el del Ataúd”, también como condado.
»A mi hermana doña Juana, las villas de Medina de Rioseco, Paredes de Nava y Tordehumos...
Y así seguía con un sinfín de concesiones y mercedes para nobles, hidalgos, clérigos y concejos, sin olvidar dotar a varios hijos bastardos que, como su rival don Pedro I, había ido teniendo con el silencio cómplice y abnegado de su mujer doña Juana Manuel.
—Y no olvidéis, señores notarios, incluir lo siguiente en todo documento:
»Que a mí, el rey don Enrique II de Castilla, Dios Nos quiso ensalzar para destruir a sus enemigos y Nos escogió por juez de su pueblo. Porque el rey don Pedro está enriqueciendo a los moros y los judíos, y enseñoreándolos.
Además de las prebendas que regalaba, don Enrique fue jurando los fueros de las distintas villas que acudían a presentar sus respetos, con lo que obtenía sin problemas su vasallaje.
A finales de abril, salvo Galicia, que obedecía al petrista don Fernández de Castro, y Astorga, Ágreda, Soria, Logroño, San Sebastián y algunas otras, el resto del reino había jurado por el rey Enrique. Castilla y León se partían en dos.
Zaragoza, Corona de Aragón
Una criada corría alborozada por los pasillos del palacio de la Aljafería. Se llegó hasta las habitaciones en las que moraba invitada la esposa de Enrique de Trastámara.
—Tranquila, mujer, que me vas a despertar a los niños —dijo Juana Manuel nada más verla.
—Mi señora, viene para aquí el arzobispo Luna. Trae una carta de vuestro marido el conde..., eh... ¡El rey don Enrique II de Castilla!
Juana miró al techo, como buscando un resquicio entre los mocárabes que le permitieran atisbar el cielo. Allí dirigía su agradecimiento.
—¡Gracias, mi Señor Padre, gracias por mantenerlo a salvo y darle lo que merece por nobleza de sangre y carácter!
—Salid al pasillo, mi señora... ¡Mi reina! Yo me encargo de los niños y así no se despiertan.
Doña Juana fue a recibir al arzobispo al patio. El clérigo venía con una amplia sonrisa dibujada en los labios. Su familia eran los grandes partidarios de la casa Trastámara en la corte de Aragón. Con Enrique como rey, podrían extender su influencia a tierras castellanas.
—Alteza —saludó protocolario el arzobispo.
—Su excelencia reverendísima —contestó doña Juana con el rostro iluminado.
—Las noticias son inmejorables, doña Juana. Tanto que vuestro esposo pide que vayáis a Burgos con vuestros dos hijos.
—Os estamos enormemente agradecidos por vuestro apoyo, señor arzobispo. No lo olvidaremos.
—Tenéis en mi familia a unos aliados, y sabemos que es recíproco, majestad.
Por fin era reina, tal y como le vaticinaron su padre, el príncipe de Villena, y su suegra, Leonor de Guzmán. Pero todavía quedaba algo.
—¿Vendréis con nosotros, su excelencia? Quiero que presenciéis cómo me ciño la corona.
—No me lo perdería por nada del mundo, majestad.
Una puerta sonó detrás de ellos. Un niño de unos seis años corrió hasta doña Juana. La criada estaba dudando si ir a cogerlo o permanecer en la habitación vigilando a su hermana pequeña.
—¡Déjalo que venga! —dijo Juana Manuel.
—Madre, ¿vas a ser reina?
—Reina consorte, porque tu padre es rey, hijo mío. Rey de Castilla y León, por la gracia de Dios. Y tú, Juan, serás nombrado infante heredero.
El niño correteó excitado, canturreando. En la habitación se escuchó el llanto de una niña. Los berridos resonaban con fuerza.
—Vuestra hija tiene buenos pulmones —dijo don Luna.
—Se llama Leonor, como su abuela. No es fácil callarla.
—Pues parece como si reclamase este palacio para ella. ¿Quién sabe si algún día...?
Juana Manuel se sonrió. Sabía que su hija sería, como ella, casada para el interés de la familia. Aragón no le parecía un mal sitio, o Navarra. En realidad, se dijo, donde fuera para asegurar el porvenir de su marido y Castilla.
El viaje a Burgos transcurrió sin incidentes. En el monasterio de Las Huelgas fue coronada reina consorte doña Juana Manuel, y sus hijos, Juan y Leonor, declarados infantes. El varón fue además proclamado heredero.
Judería de Burgos
En sus manos tenía la misiva que le trajeron los hombres del rey. De palabra, al rabino ya le habían dicho cuánto iba a costar. Por escrito, sólo veía un recordatorio de la ley castellana de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio. Un aviso de lo que eran ellos para los monarcas cristianos:
Ley 1: Judío es dicho aquel que cree y tiene la ley de Moisés según suena la letra de ella, que se circuncida y hace las otras cosas que manda esa ley suya, y tomó ese nombre de la tribu de Judá, que fue más noble y más esforzada que todas las otras tribus...
Y la razón por la que la Iglesia y los emperadores, los reyes y otros príncipes sufrieron a los judíos a vivir entre los cristianos es ésta: porque ellos viviesen como en cautiverio para siempre como memoria a los hombres de que ellos vienen del linaje de aquellos que crucificaron a Jesucristo.
La última frase estaba recalcada en trazo grueso. Agitó el papel hacia su audiencia, a la vez que metía la mano en una saca llena de monedas.
—¡Aquí menguan los dineros y no es hora de chanzas, hermanos!
Como los otros se miraron haciéndose los sorprendidos, el rabino de Burgos empezó, sin ningún reparo, a rebuscar entre los ropajes de los presentes, aun habiendo alguna viuda entre ellos. Las mujeres empezaron a gritar y a insultar en cuanto el viejo empezó a manosearlas.
—¡No os doláis prendas, malditas avaras! ¿Queréis que acabemos como nuestros primos de la aljama de Briviesca?
El nuevo rey, en castigo por el apoyo que prestaban los judíos al rey don Pedro, y por su antijudaísmo declarado, dejó que los mercenarios arrasaran la aljama de Briviesca antes de llegar a Burgos.
Relataban los sefardíes que allí murieron todos, más de doscientos padres de familia cuyos cuerpos se dejaron a los cuervos.
En realidad, hubo algunos supervivientes, pues esa comunidad llegaría con el tiempo a recuperarse, pero ese tipo de atrocidades tenía sobre aviso a los judíos burgaleses, a los que don Enrique exigió un cuento de maravedíes.
Los miembros del consejo de ancianos y algunas viudas adineradas se habían reunido en la sinagoga que había al lado de la carnicería donde se preparaba la carne según el ritual kosher .
—¿Cómo vamos a reunir un millón? —dijo una de las mujeres—. ¡Ni dando todo lo que tenemos!
La judía se sacó de entre las ropas unas joyas que arrojó sobre la mesa al lado de la menorá, que ardía tenue, como si recordase la fragilidad del pueblo de Israel, siempre perseguido. Otra de las mujeres enseñó un documento al que le faltaba sólo la firma de la hebrea.
—Aquí malvendo mis tierras a un cristiano para aportar lo que haga falta, rabí.
En el escrito, en vez de la típica cláusula de «jurar sobre los Evangelios haber recibido la cantidad adeudada», la viuda juraba «por el nombre del Criador vivo y verdadero que hizo cielo y tierra y mar y arenas, y que abrió la mar por el ancho de doce carretas y le dio la Ley a Moisés en el monte de Sinaí, que escribió con su dedo en tablas de piedra, y por los diez mandamientos de ella».
Al rabí se le llenaron los ojos de lágrimas.
Los hizo salir y les dijo que intentaría no monetizar todo lo que le entregaban, que todavía había algo que podía hacer.
Una vez a solas, rezó con fervor, cabeceando hacia la menorá sin descanso.
Al terminar, su mirada era serena. Se dirigió al armario y fue sacando los libros de la Torá, de los Ketuvim...
Dudó un momento. Se quedó mirando uno de ellos, el Libro de Esdras , precisamente el que narraba el regreso de los judíos desde Babilonia a Jerusalén tras sesenta años de exilio, donde los alumnos aprenden que Elohim, el Señor, hace posible que el pueblo elegido supere las adversidades y se cumplan sus designios.
—Adonai, hágase tu voluntad.
Cogió un cincel y, sollozando, comenzó a desprender las coronas y adornos de plata de los textos sagrados.