El Fratricida 18. Dos reyes #5
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18. Dos reyes #5

La llegada hasta Calahorra fue sencilla.

Era la primera ciudad castellana que pisaban así que debía hacerse allí.

Antes, varias villas aragonesas que estaban en poder de los hombres de don Pedro I fueron tomadas y devueltas a uno de los que pagaban la empresa, al rey Pedro IV de Aragón; entre ellas, las muy codiciadas Calatayud, Tarazona y Borja.

Eso había calmado al Ceremonioso, que al principio protestó furibundo cuando doscientos aragoneses ardieron en una torre de Briviesca donde se estaban refugiando del pillaje de los mercenarios.

Desde entonces y hasta llegar a Castilla, el aragonés taponó las poblaciones del camino con empalizadas y fue encauzando a las huestes del Trastámara.

—¡Señor conde don Enrique de Trastámara! ¡Haced caso vuesa merced al clamor del pueblo! Vuestros hombres y sus oficiales os piden que, en este sitio y lugar, juréis como rey de Castilla, pues vuestros pies ya huellan tierra castellana.

El que así hablaba era Du Guesclin. Lo secundaban varios capitanes de las Compañías Blancas.

—Os agradezco el ofrecimiento, nobles señores, pero antes tenemos un tirano cruel que derrotar. Además, para que ciña esta corona lo habrían de pedir también los castellanos.

Don Enrique hizo ademán de volver a su posada. Entonces, en una loma cercana, se vio ondear su pendón. Lo portaba su hermano don Tello cabalgando al frente de sus mesnaderos. Al llegar a la cima, con su montura caracoleando, gritó el tradicional:

—¡Real, Real! ¡Por el rey don Enrique!

El campo retumbó con los gritos de miles de gargantas, tanto de los mercenarios como de los castellanos y aragoneses, que repetían la consigna hasta hacerla reverberar contra los muros calahorreños.

—¡Real, Real! ¡Por el rey don Enrique!

El que fuera el alcaide de la plaza, un caballero de apellido Tovar, miraba la villa que había rendido sólo un día antes al Trastámara.

Él, que en su día ayudó al rey don Pedro cuando mató en el alcázar de Sevilla a don Fadrique, ahora servía al hermano gemelo del muerto, a don Enrique, que lo había perdonado al pasarse a su bando.

«Está hecho», pensó.

La guerra civil castellana había comenzado.

Burgos (petrista), reino de Castilla

No eran suficientes. Pese a convocar a todas las tropas que pudo detraer de otros frentes, el rey don Pedro, recién llegado de Sevilla con su mesnada, contemplaba con pesar que las huestes reunidas en la ciudad castellana no eran bastantes para detener a su rival.

El bastardo, sólo contando con los mercenarios galos, sumaba doce mil hombres de armas.

—Nobles señores, estimados próceres —dijo al concejo de la ciudad, reunido en el Arco de Santa María—, en este acto levanto el pleito homenaje de esta villa, caput Castellae , para que vuesas mercedes obren con arreglo a la prudencia sin incurrir en delito de lesa traición.

Los escribanos toledanos se apresuraron a transcribirlo y el monarca estampó su sello.

La ciudad de Burgos agradeció al rey la deferencia que les permitía, llegado el caso, rendir la plaza.

Todos sabían que la defensa se tornaba imposible si el monarca, como había dicho, se retiraba a Toledo, pues en aquellos tiempos Burgos no estaba bien cercada, sólo tenía un muro bajo.

—Majestad, ya hemos terminado la última de las cartas. Por favor, proceded vuestra alteza a sellarlas y firmarlas.

Don Pedro, con aire ausente, fue haciendo lo que le decía su escribano mayor.

El hombre le iba presentando las misivas que habían preparado en la cancillería con las instrucciones para las fortalezas sostenidas en Aragón: abandonarlas, quemarlas y reunirse con la hueste real.

Los logros de una guerra que iba ganando con claridad se irían al traste.

—¿Lo habéis encontrado?

El escribano se puso tenso. Bajó la cabeza.

—Sí, alteza. Uno de apellido Tovar, como ordenasteis.

—¿Es ese caballero el hermano del traidor de Calahorra?

El funcionario levantó los hombros, confuso.

—Eso nos dicen. Puede que sí.

—Aseguradlo, y si lo es, ya sabéis lo que se ha de hacer antes de marcharnos.

El caballero apellidado Tovar apresado en Burgos, hermano del alcaide de Calahorra, moría ejecutado momentos antes de que las huestes de don Pedro abandonaran la ciudad rumbo al sur.

Abril de 1366 Toledo (petrista), reino de Castilla

Salvo la resistencia que opusieron las localidades de Logroño y Nájera al bastardo, ninguna noticia era buena.

La esperanza de agrupar más hombres bajo sus banderas se difuminó.

Si bien llegaron huestes desde las fortalezas de Aragón y otros fronteros enviaron misivas diciendo que se unirían más tarde, muchos otros no contestaron: habían desertado.

El rey don Pedro, al igual que ya hizo en Burgos, se iba a reunir con el concejo de la ciudad que fue capital visigoda y que tenía la primacía eclesiástica de Hispania.

Se dirigió al edificio situado cerca de las casas del arzobispo, una casona reservada al concejo donde ya se empezaban a celebrar de forma regular los ayuntamientos, abandonando la costumbre de hacerlo en el sitio que buenamente cuadrase. El rey marchaba inquieto.

—¿Ha llegado ya don Diego? ¿Se sabe algo de él?

Su camarero mayor, el maestre de Alcántara don López de Córdoba, negó con la cabeza. Su rostro era el reflejo de quien se teme la peor de las noticias, que no era precisamente que el cuñado del rey hubiera muerto.

—Nobles señores, apreciados próceres y hombres buenos —cerró el rey la reunión—. Toledo es fuerte, tiene muros recios y su pueblo tiene fama por su resistencia. Espero que demuestre a Burgos que el corazón de Castilla no se rinde.

Como en Burgos, le rogaron que se quedase, pero el rey adujo que tenía que marchar presto a Sevilla para evitar que los enriqueños pudieran hacerse con sus hijas y el tesoro real.

Dejó cuatrocientos jinetes, varios caballeros y al maestre de Santiago, don Garci Álvarez de Toledo, para reforzar la población.

Este caballero ostentaba el cargo desde la muerte de don Fadrique y, además, había sido el mayordomo mayor del hijo fallecido del rey, el pequeño Alfonso.

Por si fuera poco, en el testamento del monarca se lo nombraba tutor de sus hijos y testamentario.

Por tanto, un hombre de plena confianza al que antes de marchar don Pedro nombró «capitán mayor y guarda de la ciudad» de Toledo.

Con él se quedaron su hermano y otro pariente que era el alcalde mayor de Toledo.

La ciudad del Tajo estaba en las mejores manos.

—¿Y Diego? ¿Dónde está Padilla? Decidme que han llegado nuevas.

Don López de Córdoba, que cabalgaba al lado del rey junto a varios caballeros de Alcántara, volvió a negar con la cabeza.

El monarca aumentó el ritmo de su montura y enfiló hacia el sur para llegar cuanto antes a Despeñaperros, el paso entre la meseta y Andalucía.

La leyenda decía que se le llamaba así tras la batalla de las Navas de Tolosa, donde varios musulmanes capturados, perros infieles, fueron despeñados.

«Luego, todo será fácil. Entraremos en los fértiles valles que llevan hasta Córdoba y más allá está mi amada Sevilla.»

Don Pedro aún no era del todo consciente de que lo que había desatado esta vez su medio hermano iba más allá de otra revuelta nobiliaria.

La guerra sería civil porque ya había un intento de legitimidad coronada y, además, implicaba a todos los poderes fácticos del reino.

En el ámbito geográfico, la división y las luchas alcanzarían desde los puertos cantábricos hasta las tierras del Guadalquivir, desde las rías gallegas hasta las huertas murcianas.

Abril de 1366 Burgos (enriqueño), reino de Castilla

El monasterio de Las Huelgas estaba engalanado como en las más egregias ocasiones, y no era para menos.

El pueblo burgalés había acudido en masa, junto a los prelados, los nobles y los hombres ricos.

Además, las huestes del Trastámara, ondeando el pendón con el emblema heráldico del monarca de los castillos y leones rampantes en cuarterones, formaban filas apretadas.

Por su significación, se había escogido para celebrar el acto el 5 de abril de ese año de 1366, que era Domingo de Resurrección.

Al igual que treinta y cuatro años antes lo hizo su padre el rey Alfonso XI, el conde de Trastámara era coronado rey y, esta vez, la proclamación se hacía ante el pueblo castellano: Enrique II de Castilla y León.

—Señores de la Iglesia, nobles prelados, os he mandado llamar para solicitar la ayuda de vuesas mercedes.

—Y aquí estamos prestos, nuestro señor rey, para lo que haya menester.

—Iré al grano, ilustres clérigos. Mi ascenso al trono será cuestionado por mis enemigos. Necesito argumentos, buenos argumentos, y que se difundan desde los púlpitos para que sean conocidos por el pueblo.

—La consecución del trono por las armas, alteza, podemos basarla en dos ideas: una es ley de Dios, otra es de tradición legal.

—Os escucho.

—Dios otorga legitimidad a quien libera a su pueblo de un mal gobernante, y eso es precisamente lo que habéis hecho, mi rey.

Enrique sonrió satisfecho. La Iglesia no estaba poniendo problemas, sino todo lo contrario: respaldaba la estrategia de expulsar del trono a un tirano, como él mismo planteó al Ceremonioso diez años atrás en su primera reunión en Pina, junto a la ribera del Ebro.

—Majestad, también tenemos la legitimidad legal que dan nuestros usos y costumbres, cuyas raíces están en la tradición visigoda, ancestros primigenios de los reinos cristianos —añadió otro clérigo, de menor rango, que estaba encorvado sobre varios libros.

—Explicaos, padre.

El hombre carraspeó, sintiéndose importante. Pasó unas páginas de un manuscrito.

—La monarquía goda era electiva.

—Pero, si no me equivoco, acabó siendo hereditaria. Ya desde el rey... —Enrique dudó.