El Fratricida 18. Dos reyes #4
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18. Dos reyes #4

La Sandoval se quedó callada. Había oído de paso, cuando el rey se reunía en consejo con sus más fieles, alguna tímida crítica a esa constante elusión de dar batalla clara y abierta al aragonés.

El Ceremonioso, apurado por las pérdidas territoriales, llegó a buscarla con ahínco, incluso con la pantomima de lanzar un reto personal a don Pedro.

—Isabel, si tuviese por vasallos las gentes del rey de Aragón, no vacilaría en combatir la Castilla, y aun la España entera. —Se incorporó y fue hasta la mesa. Cogió un pan y se lo mostró—. ¡Con este mendrugo que aquí ves puedo alimentar a todos los vasallos leales que tengo en Castilla!

El rey nunca dijo lo que pensaba, nunca había expresado tan crudamente lo que acababa de decir.

«Soy especial, esto es una gran confidencia», se congratuló la antigua aya.

Cuando don Pedro daba alguna explicación a los suyos, traía a colación los sabios consejos que don Juan Manuel, el príncipe de Villena, había expuesto en su Libro de los estados : existía la guerra que llamó «caliente», que se acababa fácil por muerte o paz, y no era usual; el buen gobernante debía evitarla.

El otro tipo de guerra era la «tibia», a base de golpes de mano, algaras y asedios de ciudades: ésta era la que el príncipe recomendaba a los reyes.

—Pero, la próxima vez que pueda, buscaré esa batalla. Y no sólo eso —dijo, a la vez que tiraba el pan con genio y asía la ropa bruscamente—. ¡Buscaré a ese reyezuelo y a su putita, al bastardo de mi hermano, para matarlos de mi propia mano!

Cuando don Pedro se ponía así, un escalofrío encogía el alma de Isabel. Ya había aprendido que era mejor no decir nada, no intentar tranquilizarlo y dejar que se desahogase. Así había visto hacer a la Padilla. Sólo acompañar, estar, con una mirada de amor y comprensión. Y funcionaba.

—No me arrepiento, Isabel, no me arrepiento. ¿Sabes?

—¿De qué, mi señor?

—De lo de Cartagena y Orihuela. ¡Volvería a hacerlo!

Isabel conocía lo que pasó en Cartagena.

Don Pedro tomó venganza por unos hechos acaecidos en Alcublas, cuando, en un intento de aprovisionar Murviedro, la mesnada castellana fue emboscada por milites de la cuarta orden militar de España, la aragonesa de Montesa, y de resultas el maestre de Alcántara fue muerto.

—Sé lo que apreciabas a ese hombre, Pedro —dijo ella, apeando el tratamiento—. Y, aun así, fuiste magnánimo con los remeros.

—Mi cólera por su muerte no me lo trajo de vuelta, pero si me preguntas si me sentí mejor, ¡a fe mía que así fue!

El maestre fallecido era uno de los Toledo, sobrino de quien fuera su repostero mayor, Gutierre de Toledo, al que mandó ajusticiar por unas sospechas.

Los remordimientos por haber obrado mal con un hombre que le había sido tan fiel como el añorado don Henestrosa lo reconcomían desde entonces.

Por eso, la muerte del sobrino, a quien favoreció tratando de enmendar su pecado, le dolió tanto.

Cuando unos días más tarde venció a una flotilla de galeras aragonesas, descargó toda su furia contra las tripulaciones de las cinco que logró apresar.

—Sí, los maté a todos, a la vista de las calles de Cartagena. Menos a los remeros, a los que ofrecí la posibilidad de servirme.

Doña Isabel asintió con un gesto sincero. Daba gracias al Señor de ser una mujer y no tener que estar en la piel de los que decidían ese tipo de cosas.

—Lo que no conozco, mi señor, es lo sucedido en Orihuela.

—No me apetece hablar de ello, Isabel. De hecho, me apetece algo más placentero...

Don Pedro dejó de acariciar la melena de Isabel. Presionó su cabeza y la dirigió hacia su miembro.

—Sois insaciable, mi rey —dijo ella con una risita a la vez que le retiraba el camisón.

Esa noche, en sueños, a don Pedro se le apareció un hombre. No le veía el rostro, que estaba borroso, pero sabía que lo conocía.

—Vos, rey sin palabra, me envenenasteis después de prometerme ayuda.

—¡No es cierto! ¡Busqué a quien lanzó el dardo y os envié a mi médico!

—Salí a parlamentar y desde vuestras filas voló una flecha. ¡No digáis que no sabíais nada!

Entre nebulosas, reconoció por fin a su interlocutor.

Era el alcaide de Orihuela. El aragonés resistió la plaza mucho tiempo, incluso sus hombres mataron en los primeros asaltos a su capitán, un Guzmán que sí que le era fiel y que nunca se pasó al bando de Trastámara, a pesar de ser primo de los bastardos reales.

—Perdí a mi alcalde mayor de Sevilla, un buen caballero que era nieto del famoso Guzmán el Bueno... ¡Es normal que entre mis hombres hubiera alguna desobediencia!

La figura del rostro borroso no dijo nada. Se dio la vuelta y desapareció. En su lugar vio una cara conocida, la de su camarero mayor, don López de Córdoba.

—Mi rey —le dijo—, el gobernador aragonés ha muerto. Pero antes rindió la plaza, vuestros hombres os vitorean por haberlo conseguido sin arriesgar vidas en más asaltos.

—Y mi honor, don López, ¿dónde queda? Los oriolanos me acusan de haber enviado un asesino en vez de a mi médico personal, ¡y eso no es cierto!

—La villa es nuestra, majestad. Y no hemos perdido más hombres —respondió el que había sido nombrado nuevo maestre de la orden de Alcántara—. Llevábamos meses empantanados con este asedio.

Sonaron unos golpes, al principio tímidos, luego más fuertes, que lo arrancaron del sueño, el de Córdoba calló y el de Orihuela regresó al mundo de los muertos. La mañana ya estaba avanzada y su ayudante de cámara se había atrevido por fin a asomarse a la alcoba.

—Alteza, si me permitís, vengo a vestiros.

Entreabrió la puerta. Tras él había un escudero con la cara sonrosada, quemada por el frío y el viento, y los ropajes llenos de barro.

—¡Me visto solo! Dile a ese escudero que pase.

Tras leer la nota que traía el hombre, los despachó y se quedó a solas con Isabel. Las noticias que le enviaban sus agentes en Navarra eran las esperadas: el bastardo avanzaba desde Francia acompañado de miles de mercenarios de las Compañías Blancas.

—¿De qué se trata, Pedro? —dijo la dueña al ver su gesto serio.

—El Jinete de la Guerra cabalga hacia Castilla, querida. Tocan tiempos de sufrimiento. Pero no te aflijas, saldré adelante, como siempre.

Lo que no sabía don Pedro era que no se trataría ya de una lucha contra un pretendiente al trono seguido por unos cuantos nobles levantiscos y rebeldes, ni de un combate contra un rey vecino que quería alcanzar la preeminencia en la península; lo que estaba por suceder era una lucha entre hermanos nacidos en un mismo suelo, de villas y poblaciones renegando de un paisanaje labrado durante siglos de combates contra moros y otros cristianos, de una verdadera guerra civil castellana.

16 de marzo de 1366 Calahorra, reino de Castilla

Hacía tres meses que, en lo más crudo del invierno, desde Montpelier, lograron cruzar los Pirineos.

Gracias a una habilidosa negociación de Pedro IV de Aragón, el rey Carlos el Malo de Navarra no sólo permitió el paso, sino que hasta sumó a las fuerzas enriqueñas una pequeña hueste navarra.

El ejército se componía, además de los castellanos exiliados, de mesnadas aragonesas y, en lo que era el grueso, de una enorme cantidad de mercenarios franceses, gascones, bretones y hasta ingleses, que enarbolaban como insignia unas banderas blancas.

—¡A formar, a formar! Esas filas más rectas.

—¡No me toques o te rajo!

El jefe de la tropa se detuvo, miró fijamente a los ojos del insolente, acercó el rostro hasta tener las narices pegadas y se llevó la mano a su maza.

—¿Qué has dicho, chusma?

—¡No ha dicho nada, mi capitán, no ha dicho nada! —dijo otro soldado que tiró del primero y lo puso a empellones en su sitio en la fila.

El capitán y sus subalternos los miraron. Tras unos instantes, dejaron pasar el incidente.

—Puercos y sarnosos routiers —dijo uno de los oficiales, pero lo hizo en lengua germánica que los otros, franceses, no entendían.

No había que equivocarse con ellos: eran despiadadas tropas, los temidos routiers que, por Europa, sobre todo en Francia, arrasaban comarcas enteras sin someterse a reyes ni señores a menos que recibieran un pago.

El rey francés le había pedido a su mariscal Bertrand du Guesclin que le quitase de encima el problema.

El bretón las reunió, les ofreció una suma razonable y, siguiendo órdenes, marchó allende los Pirineos.

El monarca galo había cedido los mercenarios a su vasallo, al conde de Trastámara, para que asaltase de una vez por todas la Corona castellana y destronase al odiado Pedro I, que había humillado a la nación franca con el asunto de la princesa doña Blanca de Borbón, reina ninguneada, encerrada años y después muerta con sospechas de envenenamiento.

—Trescientos mil florines cuestan. Pagados a tercios por el rey francés, el rey aragonés y el propio papa —pensó en alto don Enrique mientras veía formar a las Compañías Blancas en una explanada a las afueras de Calahorra.

—El papa ha dicho que sólo puedes usar esas tropas para ir contra los musulmanes de Granada y nunca contra otro príncipe cristiano porque, de hacerlo —guiñó un ojo don Tello—, el pontífice habría pagado para cometer pecado.

—Claro que —dijo don Sancho—, hasta llegar a tierras de moros, hay que atravesar la ancha Castilla. Muy retorcida su santidad, ¿no creéis, hermanos?

Los tres hijos de la Favorita sonrieron y se propinaron unos sonoros espaldarazos.

—Bueno, hagamos lo que se ha de hacer. ¿Estás listo, Tello?

—Tengo preparada la mejor de mis monturas, cuenta con ello.

—Sancho —dijo don Enrique—, tú conmigo y a mi lado.