18. Dos reyes #3
Don Enrique sabía que las palabras del fenecido Bernat de Cabrera sobre el rey Pedro de Aragón eran innegables.
Así se las gastaba el reyecillo, pequeño de tamaño, aunque tan duro como el rey don Pedro de Castilla.
Mas él también lo era: en el juego de poderes por alcanzar una Corona, pues ese era ya su objetivo sin disimulos, había que ser de ese modo: despiadado.
Pero, a veces, había que poner la mejor cara y hasta humillarse si era preciso.
Eso era lo que había hecho en un tratado firmado con el Ceremonioso meses antes.
—Mi señor, pero... ¡esto es la desmembración de Castilla!
Carrillo el Joven había abierto mucho los ojos. Esperaba que el conde se lo explicara. El acuerdo mostraba a un sumiso y adulador don Enrique:
Al serenísimo príncipe y señor mío Pedro, por la gracia de Dios rey de Aragón, rindo pleito homenaje bajo pena de traición y lo juro sobre el verdadero cuerpo de Jesucristo, y me declaro vuestro humilde súbdito y vasallo Enrique conde de Trastámara.
Reconocidísimo por la gracia de mi señor, que me presta ayuda en hombres y dinero pro domo sua, como pago por tal generosidad, hago donación irreversible del reino de Murcia con las ciudades y villas del reino, y las villas de Requena, Utiel, Moya, Canet, Concha, Medinaceli, Almazán, Soria y Ágreda con todas sus pertenencias.
Y, caso de que yo hiciera alguna donación al rey de Navarra, aliado en esta causa, prometo por mi honor que su majestad el rey de Aragón recibirá por lo menos el triple.
El conde no había tenido reparos en prometerle al rey navarro la cesión de los territorios que habían pertenecido a Sancho III el Mayor de Navarra, largamente en disputa, a cambio de su reconocimiento como futuro rey de Castilla.
—Carrillo, no te preocupes. El reino que tanto se tardó en juntar no lo voy a fragmentar —mintió a su privado.
En principio, no tenía intención de respetar lo pactado una vez en el trono de Castilla y León, pero, si fuera necesario, si llegado el caso tuviera que cumplir su palabra, no le importaba con tal de ceñirse la corona castellana.
Esa falta de escrúpulos era ajena al ideal del buen caballero.
Don Enrique se consideraba por encima de eso: él sería un rey y, para el gobierno, las normas caballerescas debían ser un medio, nunca un impedimento.
—Pero habéis entregado rehenes como caución del pacto en reciprocidad de los que os ha dado el rey aragonés.
Pensó un momento en su pequeño hijo, el primogénito, ahora en manos del Ceremonioso, mientras él, por su parte, retenía al infante y heredero aragonés en garantía.
—Ya nos ocuparemos de eso —dijo don Enrique con la mejor y más amplia de sus sonrisas—. Ahora, hay que empezar por defender este reino, porque en ello luego va el nuestro. Y ya sabes que ese tirano de don Pedro ha tenido otro hijo y que es un varón.
—Sí, mi señor conde. Y llegan rumores de que hasta ha pensado en legitimarlo, ¡al hijo bastardo habido con una aya!
Carrillo se lamentó por usar el término bastardo ante don Enrique, pero éste no se dio por aludido.
—Y ya sabemos que «mi hermano» es capaz de legitimar una muerta —dijo sarcástico.
Habían llegado las nuevas de que el rey don Pedro I había ordenado escoltar a su amante doña Isabel de Sandoval y a su recién nacido, al que habían llamado Sancho, hasta Murcia. De hacer ese movimiento el rey, muchos exiliados podrían volver a la merced real.
Ya hubo deserciones cuando, tras la paz de Terrer, don Pedro se avino a perdonar a los nobles y señores que le hacían la guerra y devolverles sus tierras confiscadas, aunque exceptuó de tal medida al infante don Fernando, al conde don Enrique y al señor Pérez de Sarmiento, a los que siempre mantuvo la pena de traidores.
Y dos de ellos ya estaban muertos, aunque no por su espada, sino por la del Trastámara.
Diciembre de 1365 Sevilla, Corona de Castilla
No quería levantarse del lecho. El frío se colaba por las contraventanas y el fuego apenas atemperaba el dormitorio. A su lado yacía un cuerpo cálido y generoso, que siempre lo recibía de brazos abiertos.
«Podría casarme con ella, hacerla mi reina. Y sus hijos serían los legítimos herederos de mi reino.»
La Sandoval se revolvió entre las ropas de la cama y uno de sus pechos quedó al descubierto. De ahí había mamado su hijo Alfonso, de triste recuerdo. Y ahí buscaba aquietar sus deseos su padre siempre que los asuntos de Estado le permitían pasar un tiempo con ella.
«Las mujeres que he conocido... Todas las que han sido mis amantes de un modo serio: Juana de Castro, Aldonza Coronel, María de Henestrosa... ¡María! María de Padilla, la única, la verdadera. —Miró a Isabel Sandoval—. ¿Podría llegar un día a sustituirla?»
Todas le habían dado hijos. Isabel había parido un segundo niño al que pusieron Diego. A pesar de ese nuevo embarazo, su cuerpo seguía atractivo, incluso lo atraían aún más esas formas rotundas y la redondez de sus curvas.
En sus recuerdos no solía haber sitio para Blanca de Borbón, pero, sin saber por qué, la imagen de la doncella francesa, nívea y delicada, con el pelo rubio hasta las nalgas, siendo cabalgada con violencia, lo asaltó de súbito.
No era un recuerdo sentimental, aborreció aquella mujer por lo que significaba.
La imposición de la nobleza, el alejamiento de su amada Padilla, sus problemas con el papado.
Pero el recuerdo era muy sexual, de dominación y poderío.
Se excitó sin quererlo. Miró el pecho de Isabel, que a punto estuvo de cubrir gentilmente.
La destapó por completo y, como un lobo lanzándose sobre su presa, echó el cuerpo sobre ella, buscando su cuello, oliendo su belleza.
—¡Pedro, Pedro! —Se desperezó la dama, que emitió un gemido de placer.
Él hurgaba en su sexo para orientarlo en la posición correcta. Sin esperar a que estuviera lista, la penetró. Ella volvió a suspirar en un jadeo apagado. Lo miró a los ojos.
—Mi rey, siempre vuestra.
Una vez saciado, Pedro se recostó sobre un almohadón de plumas de ganso bordado en hilos de plata y mocárabes de ensueño.
Isabel se recostó con la cabeza en su regazo, dejándose acariciar el pelo mientras él buscaba un oído, un puerto al que llegar y dejar atrás las tempestades de su alma, como tantas veces había hecho con María Padilla.
—La maldita peste... no acaba de pasar... Si no fuera por eso, hubiera tenido suficientes hombres. Los del concejo de Sahagún no pudieron enviarme los ballesteros pactados. Y así, más villas...
Murmuraba perjurando. ¡Los malditos elementos, que unas veces ayudaban y otras arrebataban! Y que sólo podían deberse a la caprichosa voluntad divina. Los efectos del último ramalazo de la pestilencia todavía se notaban y ya iba para dos años.
—Si no hubiera sido por esa condenada tempestad, Valencia sería ahora castellana. Tenía encerrado al propio Ceremonioso cuando Dios envió sus vientos.
—Pero también Él te salvó, querido Pedro. Tu flota aguantó de milagro maltrecha hasta que, por fin, al caer el sol, Dios mostró clemencia. Si no hubiera amainado el temporal...
—Sí, lo sé. Estaría muerto. O peor, preso de ese mequetrefe soberbio.
Recordó que rehuyó dar batalla al Ceremonioso hasta tenerlo en la ratonera en que se convirtió Valencia cuando el aragonés, obligado por las circunstancias, acudió en su socorro.
Luego, ni una flota de auxilio aragonesa consiguió romper el cerco para salvar la ciudad y su rey, quedando las galeras aragonesas taponadas en la desembocadura del Júcar por las naves castellanas, para lo que él mismo aceptó que su almirante hundiera algunas embarcaciones propias para tal fin.
«Bloqueada esa flota enemiga, estuve seguro de rendir Valencia. No me hubiera importado imitar al Cid, que mantuvo un sitio de un año hasta entrar en la ciudad. ¡Y, de pronto, empezó a soplar el viento con incontenible fuerza! ¡Maldita sea!»
—Mi señor, ¿qué os tiene tan preocupado?
—Este año, Isabel, ha sido extraño. Tuve al aragonés varias veces al borde del abismo. Ni siquiera la ayuda del bastardo Enrique le era suficiente.
—No ha sido la voluntad de Dios —dijo ella, acariciándolo—. Pero la guerra se hace en tierras aragonesas y tienes en tu poder muchas conquistas. Quizá con eso sea bastante.
Pedro repasó la situación sobre un mapa dibujado en su mente.
Era verdad. Desde Calatayud, cerca de Zaragoza, hasta la costa siguiendo el camino de Teruel y rodeando por el oeste y el sur Valencia, todo eran posesiones tomadas al enemigo: Gandía, Denia, Jijona, Elda.
Y, aún más al sur, Crevillente, Elche, Alicante y Orihuela, capturadas en una hábil campaña y habían repelido los contrataques aragoneses.
El nombre de Orihuela le traía malos recuerdos, así como el de Murviedro.
—No, no es bastante. Me equivoqué al dejar Murviedro a su suerte. Eso no fue culpa de Dios, sino mía. Ahora Valencia tiene vía de comunicación por el norte.
—Tus hombres fueron leales hasta el final, ¿qué más podrías pedir? ¡Se comieron mulas y caballos! Sólo el hambre hizo ceder la plaza. Eso debiera reconfortarte: luchan mientras pueden por ti, por su rey.
—No es todo como crees, mujer —dijo, torciendo el gesto—.
El prior de San Juan, es verdad, resistió lo indecible y ocultó la hambruna al Trastámara, sacando así un buen acuerdo.
Pero entonces, mi her..., el bastardo les ofreció mercedes a cambio de que se pasasen a su bando ¡y la mayoría de esos perros aceptaron!
Isabel no lo sabía. Esa información se había ocultado al reino para no fomentar ese tipo de actos. Y Pedro, que ya de por sí desconfiaba de todos, ahora tenía más razones para ello.
—¿Por qué crees que siempre evito batallas campales con el Ceremonioso? ¡No puedo saber si en medio de la lucha se van a revolver contra mí o a abandonarme! ¡Malditos sean esos nobles acomodados que no miran por el reino sino por sus feudos!