El Fratricida 18. Dos reyes #2
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18. Dos reyes #2

—Diles a nuestros hombres que sólo la mitad admitan los refrigerios. Yo mismo me uniré a ellos, no se lo vayan a tomar los aragoneses como una afrenta.

—Que no sospechen que sospechamos, bien. ¿Y qué ha de hacer la otra mitad?

—Ve tú con ellos y que parezca que almohazáis los caballos. Pero no les quitéis cinchas ni monturas.

—Pero... ¿y la puerta?

Enrique hizo un gesto con la barbilla. Carrillo miró hacia donde le indicaba.

Dos escuderos, los mejores exploradores de la hueste, se perdían por la portezuela que daba acceso a la torre desde la que se controlaba el rastrillo.

Los había contratado el conde de Trastámara al llegar de Francia: eran mercenarios famosos por sus incursiones rápidas y violentas en las fronteras, curtidos en siglos de guerras con los musulmanes, despiadados y temidos en el Mediterráneo entero. Se los conocía como almogávares.

El infante don Fernando acudió con varios de sus caballeros a la comida que el vizconde Bernat de Cabrera preparó en la cámara privada del rey para reorganizar las mesnadas y abordar el problema del conde de Trastámara.

El vino corrió, las viandas eran excelentes, aves estofadas acompañadas de varios platos con productos de la huerta valenciana.

Y brindaron por el plan que habían urdido para apresar a don Enrique y que su primo el infante tomase el mando de los exiliados castellanos, así como de los franceses que seguían al Trastámara.

—Querido hermano —dijo el monarca al infante—, disfrutad con vuestros hombres. Mañana apresaremos al conde Enrique y, ya sin esa molestia, contratacaremos a los castellanos. Hay que expulsarlos a cualquier precio.

—Y vos, infante —añadió el canciller Bernat—, tendréis el apoyo de nuestro rey hasta que ciñáis la corona castellana, como es vuestro derecho de legítimo hijo de una infanta de Castilla. ¿Quién iba a ser tan necio de preferir a un bastardo que es hijo de una concubina, por muy bella que ésta fuera?

Entre los caballeros que estaban con el infante don Fernando se encontraban Pérez de Sarmiento, otro que era nieto por línea natural del príncipe de Villena, y algunos más, pero no estaban ni don Tello ni don Sancho debido al asunto que tocaban, que era la ruina de su hermano.

Todos rieron la última frase de Bernat de Cabrera y brindaron por el infante don Fernando.

—Mi señor Fernando, ¿habéis visto eso? —dijo de pronto Sarmiento.

—¿A qué os referís?

—Al cerrarse la puerta, me pareció ver una enseña castellana y no puede ser de los nuestros.

Fernando miró a donde señalaba el noble castellano y entonces entraron hombres de armas de Aragón.

—Os ha fallado la vista, amigo Sarmiento —dijo el infante.

Todos, menos Sarmiento, rieron. Don Fernando se limpió la boca con la manga y preguntó al oficial aragonés.

—¿Qué se os ofrece?

—Mi señor infante, daos preso.

Se hizo silencio en la mesa. Sarmiento se puso de pie como accionado por un resorte. Su asiento cayó hacia atrás.

—Pero... ¿qué? —dijo don Fernando aturdido—. ¿De qué se me acusa?

—Traición a la Corona de Aragón y a su rey don Pedro IV.

Sarmiento puso una mano sobre el hombro del infante.

—Señor, más os vale morir que ser preso.

En ese momento, entraron en la cámara varios castellanos afectos a don Enrique, espada en mano.

Don Fernando reaccionó por fin y se levantó de un salto, desenvainó dando un puntapié a su silla, al tiempo que arengaba a su puñado de caballeros a que lucharan por sus vidas.

Lograron abatir a un enriqueño, pero a la altura de la puerta el número de enemigos se hizo imposible de contener.

Un par de caballeros escaparon por la ventana mientras Sarmiento y el nieto del príncipe de Villena caían muertos.

Herido y postrado sobre sus rodillas, don Fernando, el infante de Aragón, escuchó la voz de su medio hermano, el rey don Pedro de Aragón, que estaba en el pasillo.

—Sabed, hermano, que es vuestro turno de danzar y que éste será vuestro último baile —dijo, regodeándose en cada palabra, y apareció por la puerta haciendo gestos como si estuviera él mismo bailando—. ¡Degolladlo!

Con el monarca estaba don Enrique. Uno de sus hombres rajó el cuello de su rival, que cayó inerte al suelo sobre un charco de sangre.

Inmediatamente, fueron a dar caza a los que saltaron por la ventana.

Abajo, en el patio de armas, hombres del infante de Aragón, con Tello y Sancho, se alborotaron y desenvainaron los aceros.

Por un momento, don Enrique se vio frente a los filos de las espadas de sus propios hermanos.

Pero el Ceremonioso consiguió, no sin esfuerzos, aplacar los ánimos.

Los cachorros de la Guzmán estuvieron a punto de despedazarse.

«Tampoco me puedo fiar de ellos. Ni mi sangre entiende que, para ser rey, y lo seré, hay que hacer lo que sea y a quien sea», anotó mentalmente Enrique de sus hermanos.

Ocho meses más tarde, marzo de 1364 Zaragoza, capital del reino de Aragón

—¡Sois un malnacido! Nunca me perdonasteis que apoyase al infante don Fernando frente a vos y los Luna.

—Pero, señor vizconde —dijo don Enrique con una mueca—, ¡que vos negociasteis mi muerte y la de mi primo el infante a cambio de la paz con el tirano de Castilla!

—Siempre por orden de mi rey, al que he servido fielmente, incluso cuando le daba consejos que no quería escuchar.

—Señor Cabrera, es vuestro rey quien os ha procesado. Al parecer, vuestra familia ha tratado con Pedro el Cruel, sobre todo vuestro hijo en su cautiverio. Sois traidores.

—¡Sabéis que eso es mentira, maldito bastardo!

—Además, sois el responsable de la muerte del infante don Fernando. Vuestra invitación, la comida..., todo plan vuestro —se rio don Enrique con una carcajada de desprecio.

—Ahora estáis arriba, pero la rueda de la fortuna gira. Y el rey que os aúpa ya habéis visto cómo paga.

Don Enrique se acercó para susurrarle antes de despedirse.

—¿Crees que no lo sé? —lo tuteó—. Ese taimado hombrecillo del Ceremonioso, al que aún llamas rey teniéndote preso como te tiene, pactó una celada en Sos con el rey de Navarra.

Ambas comadrejas, asustadas por los avances y el poder de las huestes de mi hermano en toda la península, querían ofrecer mi cabeza para unas paces.

»Tengo informadores en todos lados... El alcaide es uno de los míos y me avisó de que, de haber acudido a esa reunión el verano pasado, hubiera seguido los pasos de mi primo el infante.

Bernat de Cabrera se dio cuenta de que minusvaloraron al bastardo Trastámara.

Pero, dado que el rey Pedro IV, su rey, lo condenaba a muerte injustamente, no sería él quien diera el aviso a pesar de que el castellano acababa de testificar en falso contra él en la farsa de juicio que el Ceremonioso le había montado.

«¿Estoy aquí por mi oposición al pacto con Navarra?

¿Tanta influencia tiene ese régulo de Carlos el Malo sobre el rey don Pedro IV?

—se preguntó el vizconde y todavía canciller de Aragón—.

No, no es sólo eso. Mi soberano necesita un chivo expiatorio para aplacar el descontento del pueblo por la muerte del infante.

Y, por supuesto, también está la animadversión que siempre me ha mostrado la reina, esa pécora siciliana. »

La última esposa del Ceremonioso, Leonor de Sicilia, una mujer de fuerte carácter, influía mucho en su marido, al que ya había dado tres hijos, dos de ellos varones, todo un éxito que tenía encantado al soberano.

A la siciliana no le gustaba don Bernat y tuvo parte principal en su caída en desgracia.

Otro de los cargos que adujeron contra él fue el de amparar, como almirante aragonés, al capitán corsario que fuera la causa de la guerra con Castilla.

Una desfachatez que no tuvo reparos en añadir Pedro IV ante la presión de varios magnates y representantes de las ciudades que no le perdonaban al canciller su autoritarismo, olvidando que toda esa autoridad la ejerció siempre en beneficio de su rey y para incrementar el poder real.

—¡Que Aragón sepa que yo, Bernat de Cabrera, nunca traicioné a nuestro rey don Pedro IV ni a estos reinos!

En la plaza del portal de Toledo de la ciudad del Ebro, el hacha del verdugo se descargó sobre el cuello del noble y fiel don Bernat de Cabrera.

Y así, en ausencia del monarca, que se hallaba en Almudévar, la reina Leonor de Sicilia y un Luna, el arzobispo de Zaragoza, hicieron cumplir la sentencia.

Al mismo tiempo, el condado de Osona de su hijo, que continuaba preso en Castilla, fue confiscado y agregado al realengo aragonés.

Lo que había hecho Pedro el Ceremonioso a su hombre de confianza, al mismo que jugó con sus hijos simulando batallas navales, al mayordomo mayor y almirante que le reorganizó la flota y sujetó firme a la nobleza en favor del poder regio, no tenía parangón con nada de lo cometido por el Pedro llamado el Cruel.

De hecho, el privado aragonés, a pesar de ser más partidario del infante de Aragón, cumplió con lo pedido por su rey y lo atrajo a una trampa; lo sirvió hasta el último momento.

El Ceremonioso lo mandó ejecutar alegando unas traiciones que nunca fueron ciertas.

Y eso lo llevaría sobre su conciencia, tanto que, en el futuro, una vez pasada la guerra, reivindicaría su memoria y devolvería propiedades y títulos a sus nietos.

Por el contrario, el rey don Pedro I nunca actuó contra sus hombres salvo por acusaciones de defección y deslealtad que, al menos, él creyera por ciertas.