18. Dos reyes
Dos reyes
El Ceremonioso permanecía callado, con la mirada fija en el mapa extendido en una gran mesa tras la que había estado sentado junto con sus consejeros.
Ahora sólo quedaba a su lado el vizconde Bernat de Cabrera, su canciller, que lo observaba sin decir nada.
Las manos pequeñas y huesudas del monarca se aferraban al respaldo del sillón semejando las garras de un pájaro.
Inquieto, se había situado tras el asiento, mirando y remirando, buscando una solución que, sabía, no estaba ya en el mapa ni en ninguna maniobra militar.
—¿Cómo hemos llegado a esto, mi buen Bernat?
—Vuestro homónimo castellano es decidido y audaz, mi rey. Y perseverante. Pero vos, alteza, también lo sois, y habéis salvado al reino.
—Pero ¿por cuánto tiempo? Las equivocaciones del pasado no se pueden repetir, no se pueden repetir...
Pedro IV de Aragón sabía reconocer sus errores y adaptarse, obrar en consecuencia.
La primera fase de la guerra con Castilla la llevó con dos adalides en competición, su medio hermano el infante Fernando de Aragón y el primo de este, el conde Enrique de Trastámara.
Al final, las continuas rencillas fueron demasiadas y le hicieron decantarse por uno, por su pariente, y el castellano acabó exiliado en Francia.
Sin embargo, la ofensiva brutal que había lanzado Pedro I sobre Aragón a finales del año anterior, que apenas detuvo en invierno y que, sin acabar la dura estación, redobló en febrero, le obligó a llamar apresuradamente a don Enrique y sus huestes de rebeldes castellanos.
Por esa razón tenía otra vez el problema de los celos entre los dos jefes de sus ejércitos.
—Mi rey, no os atormentéis. No fue culpa vuestra... Don Pedro aprovechó que estábamos desplazados al Rosellón para contener los abusos de esas odiosas Compañías Libres.
—No es ese el error del que hablo. Como bien decís, no es un error, sino un acierto de nuestro enemigo, que además logró poner en nuestra contra a ese rey veleta de Navarra y a aquel conde pirenaico. No, no me lamento por eso. Hizo una jugada digna de mi persona.
—Entonces, ¿a qué os referís, alteza?
—A la equivocación de tener dos gallos en el gallinero.
Bernat se temía esa respuesta. Un presentimiento le decía que la decisión que estaba a punto de tomar su rey traería malas consecuencias. Cuando el Ceremonioso tenía aquella mirada, todo podía ocurrir, como el día de la campana de bronce fundido en Valencia.
—¿No estaréis pensando, mi señor, en dar satisfacción a las exigencias de don Pedro para que lo firmado en Murviedro sea firme?
«Murviedro, ¿qué había pasado para tener que firmar de un tratado tan desfavorable?», era la pregunta retórica que bullía en la cabeza del rey aragonés.
—Murviedro, donde llegamos obligados, ¡y a Dios gracias!
—Esa ofensiva del rey de Castilla junto con el rey de Navarra, rompiendo las paces de Terrer, fue funesta.
—Siento lo de vuestro hijo el conde de Osona, don Bernat. Pero, por lo que sabemos, a él y al resto de caballeros capturados en Calatayud no los tratan mal.
—Sigo reuniendo fondos para pagar el rescate, majestad. Al menos, mi hijo está vivo. Os agradezco que permitieseis a la villa rendirse antes de ser pasada a cuchillo.
—¡No me recordéis lo de Cariñena, mi buen Bernat! Desde las guerras de nuestros ancestros con los moros no se veía nada igual.
Sin dejar que pasaran los rigores del invierno, don Pedro I volvió a sorprender a los de Aragón, que se esperaban la ofensiva con la mejora del clima en primavera.
Esa vez, además de Navarra, que envió a su propio infante a la contienda, se le unieron tropas enviadas por el rey de Portugal al mando del maestre de Avis y seiscientos jinetes pesados del rey moro de Granada.
Arrasaron tierras aragonesas hasta entrar en Tarazona.
Pero lo peor vino luego: en Cariñena hubo baño de sangre, se pasó a cuchillo a gran parte de la población masculina y, a los que se dejaba vivir, les cortaron los pies y las manos, y a otros las narices.
—No estáis solo en el sufrimiento de vuestro pueblo, mi rey. Vuestra nobleza está con vos. Nuestros propios hijos están en manos de ese despiadado castellano.
El Ceremonioso dejó de retorcer el respaldo de la silla y fue a respirar aire fresco.
La ventana del castillo daba hacia el mar.
A lo lejos se veía el caserío asentado sobre La Plana, a donde su antepasado Jaime I el Conquistador autorizó que el grueso de la población se mudase para fundar la nueva villa más cerca de la costa del Mediterráneo, a una legua escasa.
Se situaba entre el mar y el Castell Vell, fortaleza de origen mora que, desde el cerro de la Magdalena, defendía la localidad desde el inicio del primer asentamiento.
«Ordené abandonar las poblaciones y prenderles fuego —reflexionaba el Ceremonioso— para no dejarlas en poder del castellano y evitar que se reabasteciese. Sólo Daroca no hizo caso y resistió... al tiempo que yo me encastillaba en Zaragoza sin esperanza. Por un momento, nos tuvo en sus manos...»
—Menos mal que el castellano equivocó sus pasos —habló hacia el vizconde sin girar el rostro—. Ese ayuntamiento de nobles, clero y nuncios que hizo en Bubierca para reafirmar a sus hijas como infantas, ¡en una jura conjunta y contra toda ceremonia!, nos dio algo de tiempo para rearmarnos.
—Sí, mi rey, está claro que a nuestro rival no le importan ni leyes, ni paces, tratados ni excomuniones. ¡Y no se molesta en ocultarlo!
El vizconde Bernat miraba consternado a su rey. Imaginaba lo que le estaba pasando por la cabeza. Habían sido meses muy duros, sobre todo cuando Pedro de Castilla reajustó su ofensiva al ver Zaragoza bien defendida y tomó camino de Valencia.
Teruel y las fortalezas camino de la costa como Segorbe, Almenara, Chiva, Buñol, Liria y muchas otras cayeron, cerrando una tenaza sobre la joya de la ciudad del Turia, que quedó aislada y comunicada sólo por mar.
—Y creo, canciller, que su medio hermano, el Trastámara, es igual de deshonesto, lo que ocurre es que todavía no ha tenido ocasión de demostrarlo.
—Utilizasteis muy bien su ambición, mi rey. Y esta vez acudió junto a sus hermanos Tello y Sancho. Gracias a esos refuerzos pudimos acudir a liberar del cerco Valencia.
—Sí, don Bernat. ¿Advertisteis cómo se observaban de reojo los dos gallos? Mi medio hermano el infante de Aragón vino a verme para indagar sobre qué había prometido al bastardo castellano.
—¿Y qué habéis prometido, mi rey? Si puedo preguntároslo.
El Ceremonioso se sonrió.
—Os contestaré como hice con Fernando.
El canciller abrió mucho los ojos.
—Nada.
Don Bernat asintió prudentemente. Era obvio que su rey habría pactado algo, y que debía contradecirse con lo que tenía prometido al infante, del que don Bernat era partidario.
—Menos mal que vos mismo, alteza, os pusisteis al frente de las huestes y templasteis las rencillas, que afloraron de nuevo entre vuestros capitanes.
—Sí. Pienso que, si mi enemigo las hubiera conocido, igual nos habría presentado batalla. Yo estaba dispuesto a todo, dada la situación desesperada en que nos encontrábamos.
—Nuestra llegada, mi rey, los sorprendió con sus huestes dispersas por las distintas villas capturadas. En eso fue prudente el castellano, tan dado a maniobras audaces.
—No lo niego. Yo, en su situación, también me hubiera atrincherado en Murviedro. Nos dificulta el paso por la costa y ha forzado las negociaciones. ¡Pero lo que pide es demasiado!
Don Bernat asintió. Él fue el negociador enviado del lado aragonés y supo de primera mano lo que exigía Pedro I de Castilla.
—Señor conde —le sorprendió el rey, que se acercaba desde la ventana y parecía resuelto—, no más errores del pasado. Y, de paso, ganamos tiempo: que el castellano piense que lo que ha de hacerse lo hacemos por cumplir el acuerdo secreto.
Lo que se temía. El canciller se levantó y se acercó al lado de su monarca para que lo que se iba a decir no pudieran escucharlo las paredes.
—¿Por cuál de los dos os habéis decidido, majestad?
—Por el infante de Aragón.
El infante don Fernando había atraído a varios caballeros enriqueños a su bandera, entre ellos a Diego Pérez de Sarmiento —el antiguo adelantado mayor de Castilla que traicionó a don Henestrosa en la batalla de Araviana y por eso se exilió para evitar represalias—.
Muchos castellanos veían al infante como el candidato más legítimo al trono de Castilla, ya que no era un hijo natural.
Hasta los hermanos del bastardo, Tello y Sancho, se habían pasado a sus filas por ser su bandería más beneficiosa.
Don Enrique había protestado en vano, reclamó al Ceremonioso el pago de lo que se le debía para poder tener contentos a sus hombres y evitar más deserciones, incluso, en su desesperación, llegó a asaltar el tesoro real aragonés y amenazó con regresar con sus huestes a Francia.
Aquello era intolerable.
16 de julio de 1363 Castellón de la Plana, Corona de Aragón
Don Enrique y sus partidarios llegaron hasta Castell de la Plana.
Un hombre del rey aragonés los recibió y les dijo que pasaran a acomodar las monturas.
Allí mismo, al lado de los establos, les habían preparado un refrigerio con el que aliviar los calores del camino.
Unos caballeros del canciller Bernat los esperaban en un patio secundario de la fortaleza.
—¿Dónde está su majestad? Se nos dijo que sólo trataríamos con él.
—Y así será, señor conde. El rey ha pedido que esperéis aquí.
Las puertas se cerraron y los hombres de don Enrique se miraron nerviosos. Todos sabían que el vizconde Bernat de Cabrera y su partido favorecían al infante don Fernando.
—Mi señor Enrique, los hombres recelan. Si estos fueran caballeros de los Luna no habría problema, pero...
—¿Tú también recelas?
—Siempre, mi señor. Aunque fueran los Luna. Como me habéis enseñado.
—Y haces bien, mi buen Carrillo.
—¿Qué hacemos, pues? Han atrancado esas puertas. Aunque lo peor es que veo a los aragoneses demasiado relajados.