17. Cien años de guerra #4
Las órdenes eran llegar a la capital del ducado y agruparse con otras fuerzas.
Una hueste de bretones los había adelantado unas horas antes.
Iban animosos, pues la lucha los llevaría de vuelta a sus tierras.
Eran hombres de uno de los pretendientes al ducado de Bretaña, el candidato al que apoyaban los ingleses.
Enfrente se encontrarían con otros bretones, los de las fuerzas del aspirante que tenía el apoyo del reino de Francia.
—¡Apartaos, abrid paso! Nuestro señor duque, el príncipe de Gales, se acerca.
Cecil y sus camaradas se echaron a un lado del camino.
Al pronto, una comitiva de caballeros y hombres de armas pasaban raudos sobre sus monturas en dirección a Burdeos.
Al frente de ellas, envuelto por su característica armadura pintada de negro, iba Eduardo de Woodstock, el señor de aquellas tierras e hijo del rey de Inglaterra.
—¡Mis arqueros ingleses! ¡Mis arqueros galeses! —gritó alzándose la visera—. ¡La mejor hueste de Europa entera! ¿Dónde estáis? ¡Quiero escuchar a Gales e Inglaterra!
La tropa prorrumpió en gritos y proclamas a su líder.
—¡Eduardo, Eduardo!
—¡Nuestro príncipe de Gales, heredero de Inglaterra!
Aquellos hombres no sólo eran más profesionales que la media de las huestes europeas. Su moral era la más alta al saberse al mando de un experto y carismático estratega que, además, los dirigía desde primera línea y no rehuía el combate.
—Quiero informes, sir John, ¡quiero más noticias de nuestros enemigos!
—Mi príncipe, nuestro aliado el rey navarro y las tropas que enviamos para apoyarlo fueron derrotados por los franceses en Normandía. Los dirigía ese tal Bertrand du Guesclin.
—¡Eso ya lo sé! Me refiero a lo que nos espera en Bretaña. ¿Con cuántos bretones cuenta nuestro candidato el conde de Montfort?
—Parecidos a los que puede movilizar el aspirante a duque por el lado francés. Pero, además, suma muchas huestes de franceses al mando de Du Guesclin, al que el delfín Carlos ha nombrado mariscal de Normandía por su victoria en la batalla de Cocherel.
—Otra vez ese maldito bretón... ¡Es una pesadilla! Recuerdo cómo nos hostigó al inicio de esta contienda con ese tipo de lucha fantasma, de celadas y ataques rápidos de pocos hombres.
—Bueno, mi señor. Vos también sois una pesadilla para nuestros enemigos. ¡Ellos no olvidan vuestra gran cabalgada de 1355!
Eduardo recordó su hazaña. La guerra típica consistía en hacer algaradas, lo que los musulmanes llamaban razias, y evitar confrontaciones a campo abierto y de fuerzas numerosas.
De hecho, muchos de los asedios se levantaban en cuanto llegaba un ejército enemigo de socorro sin que hubiera una batalla campal, que cualquier comandante de la época sabía que era jugarse al todo o nada una guerra y, a veces, el propio reino.
Lo sucedido en Crécy y en Poitiers eran excepciones.
Y a la vista estaban las consecuencias adversas para el vencido.
Francia había perdido un tercio de su territorio tras esas derrotas.
—Las cosas han cambiado, amigo mío. Han pasado años y mis desembarcos con fuerzas rápidas y ligeras ya no sorprenden como antes.
—Aun así, nuestros enemigos sufren nuestras cabalgadas por sus valles y la tierra quemada de sus tierras fértiles. Con la hambruna, el campesinado se revuelve contra su rey, que no es capaz de cumplir con su deber vasallático de protegerlos. Una estrategia brillante, mi príncipe.
—Parece que el delfín ha aprendido de los errores del padre. No nos persigue, rehúye dar batallas como las de antes.
—Sabe, mi señor, que sus fuerzas, más armadas, pero más pesadas, son menos móviles, menos versátiles. Siempre llegan cansados al terreno que elegimos. Por eso confía en tipos como el bretón.
—Por eso, mi estimado sir John, hay que derrotar de una vez por todas a ese capitán Du Guesclin y asegurarnos de que el nuevo duque de Bretaña sea un aliado y vasallo.
Señaló sobre un mapa la maniobra que había planeado: con Bretaña en el lado inglés, harían una pinza sobre Nantes desde el norte bretón y el sur aquitano.
—No os fallaré, sire. Esa región será proinglesa. Y luego, caeremos sobre Nantes.
Eduardo de Woodstock vio marchar a su caballero, al que había nombrado condestable de Aquitania y apreciaba como uno de sus amigos más cercanos.
Junto con él y otros escogidos habían fundado la Orden de la Jarretera en 1348 por impulso de su padre, el rey Eduardo III, basándose en un ideal caballeresco que bebía de las leyendas artúricas y la mesa redonda.
John, a diferencia del resto, no provenía de noble cuna, pero sus acciones, como en Crécy, le habían valido el rango de caballero, destacándose de modo decisivo en la batalla de Poitiers con el ataque de flanco.
Era admirado y respetado por ambos bandos como un ejemplo de lo que debía ser el buen caballero.
En Castilla también existía un espíritu similar que impulsaba a la nobleza por la creación de la Orden de la Banda desde antes, ya en tiempos del rey Alfonso XI, el padre del rey don Pedro I.
El destino uniría en el futuro a estos hombres y estas órdenes de caballería en una misma guerra.
Pero para eso todavía faltaba un tiempo.