El Fratricida 17. Cien años de guerra #3
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17. Cien años de guerra #3

—No hay mucho aparte de lo que ya ves. Sólo soy el sexto de ocho hijos de una familia de campesinos. De ahí mi nombre en galés, Sessylt .

—¡Pues suena muy bien!

—¿Y el tuyo, mademoiselle?

La chica se rio divertida.

—¡Te lo diré sólo si nos volvemos a ver!

—¡Eso no es justo! Yo te he dicho el mío...

—Si tan interesado estás, sabrás buscarme, como has hecho hoy.

La francesa le pidió por gestos que le alcanzase el odre y bebió un trago de vino.

—Vemos, Cecil, ¡cuéntame sobre tu vida como guerrero! ¿Estuviste en Poitiers? Nuestra nobleza volvió a llevarse un buen revolcón. No creas que nos apenó mucho al pueblo llano.

Estaba claro que debería esforzarse en sacarle el nombre. Le atraía la picardía de la chica. Haría por volver a verla, seguro.

—Supongo que no. Pero, al no poder protegeros vuestros señores —le dijo acariciándole con suavidad la cara—, sufristeis las consecuencias de la rapiña de los míos.

—Unas veces rapiñáis los extranjeros, otras veces nuestros propios señores y, si no, esas bandas de routiers ... Esos son los más despiadados y peores. ¡¡¡Merde!!!

Cecil la abrazó. Estaba claro que la chica había sufrido los asaltos muy de cerca.

¿Muerte de un familiar? ¿Violada? Prefirió no sacar el tema y comenzó a contarle la batalla de Poitiers, la que, en 1356, diez años después de Crécy, causó tal desastre en Francia que por eso la Guyena no era ya la única posesión inglesa en tierra gala, sino que el condado de Aunis, donde radicaba el importante puerto atlántico de La Rochelle, más los condados de Périgord, Saintonge, Angoumois y Poitou, quedaron en manos del rey inglés, que nombró a su príncipe heredero Eduardo, duque y lugarteniente de Guyena y Aquitania.

—En esa ocasión yo ya era un veterano. Y, como en Crécy, había muchos exconvictos luchando con nosotros por la promesa de condonar sus penas.

—¿Te fiabas de ellos?

—No, la verdad es que no. Pero, al final del día, tuve que agradecerle a uno que me salvara de una muerte cierta.

Cecil le mostró una cicatriz que le cruzaba la espalda.

—La verdad, prefiero ser una simple campesina. Sufrimos violencia, pero si estamos listos, podemos evitarla... Tú vives de buscarla.

El galés se quedó pensando en tan sabias palabras. Luego reanudó su relato.

—También como en Crécy, los franceses nos superaban por el doble, al menos. No habían reunido una hueste tan numerosa como la vez primera porque no pudieron reponer a muchos de los nobles y caballeros, pero, incluso así, nos enfrentaron con más de once mil efectivos.

—¿Y vosotros?

—Apenas llegábamos a seis mil... Tampoco pudimos reunir tantos soldados, pero sí a muchos arqueros, como yo.

Y nuestro líder era el príncipe Eduardo, en solitario.

Su padre, el rey, no estuvo en esta ocasión, a diferencia del nuevo rey de Francia, otro Valois, que sí luchó codo con codo con su hueste.

—Nuestro rey que tenéis preso en Londres desde entonces...

—Bueno, estuvo preso un tiempo, luego se liberó tras pagar su rescate, pero su hijo menor no cumplió con su parte: era rehén para garantizar la paz que ahora disfrutamos y escapó. El rey, cumpliendo con su deber de honor, volvió a Londres para ocupar su lugar en garantía del tratado.

—Por eso la gente lo llama Juan II le Bon . Sí, tiene fama de generoso y, además, es valiente en batalla.

—Lo es, fui testigo de ello. Aquel día de Poitiers luchó como uno más hasta que mi príncipe lo rodeó en una maniobra de flanco de nuestra caballería y tuvo que rendirse.

El arquero cerró los ojos y su mente revivió el caos del combate, la impotencia sentida al ver caer tantos compañeros, el insoportable olor a muerte y miedo.

Las tropas del príncipe de Gales fingieron que se retiraban enviando hombres a la vista de los franceses hasta los pertrechos.

El rey francés ordenó el ataque para evitar lo que él creía una huida y se vio envuelto en una batalla en la zona elegida por los ingleses, con setos que impedían a los caballeros maniobrar.

Los arqueros ingleses y galeses desataron la ya conocida lluvia de flechas, pero, en esta ocasión, las armaduras francesas las bloqueaban y los corceles no se asustaban, recubiertos como iban de hierro, blindados de testera, crinera, gruperas, petral y placas de refuerzo.

Entonces, los arqueros, bien comandados, se movieron a los flancos, desde donde podían alcanzar las partes descubiertas de los caballos.

Cuando algunos equinos cayeron, arrastraron a otros rompiendo la formación del haz francés.

Al final, el monarca galo ordenó descabalgar y luchar a pie junto a los peones mientras pedía que desde la retaguardia les trajeran monturas de refresco.

No tuvo tiempo: una sorpresiva llegada por el flanco de un destacamento de caballería inglesa —oculta en un bosque cercano— provocó la desbandada de parte del ejército francés.

El delfín Carlos consiguió escapar a tiempo.

—Otra vez, como en Crécy, murieron muchos altos nobles franceses. Yo vi al portador de la oriflama de Francia sucumbir sin soltarla... —susurró Cecil, la mirada ausente.

—¡Eh! Mi buen galés, ¡vuelve de donde estés!

La francesa le acariciaba la espalda por la zona de la cicatriz.

—¿Cómo te hiciste esto?

—Fue en esta batalla de Poitiers. Me embravecí como un novato. Nos quedamos sin flechas de tantas que lanzamos y varios arqueros nos unimos al combate cuerpo a cuerpo... No es algo usual y ahí están las consecuencias.

Ella le besó la espalda, siguiendo con su lengua la amplia cicatriz hasta llegar a sus nalgas. Cecil sintió el vigor de nuevo y el deseo de volver a amarla. Se fundieron ambos cuerpos y la noche se cerró del todo sobre ellos.

1364 Camino de Burdeos, ducado de Guyena y Aquitania, reino de Inglaterra