El Fratricida 17. Cien años de guerra #2
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17. Cien años de guerra #2

—Veo que seguís unos códigos, a pesar de que también me consta que habéis dirigido a mercenarios... Deduzco entonces que, si el rey de Francia os pide que luchéis por mí, así lo haríais.

—Así es, monsieur Trastámara. El rey, o el delfín, como he dicho, mandan en mi espada.

—Pues entonces, tendré que ir a ver al delfín otra vez. Ante él presté homenaje al rey de Francia, ausente por su cautiverio. Por lo tanto, compartimos señor.

—Buena suerte, castellano. Si vuestras negociaciones son fructíferas, quizá nos veamos empuñando las armas allende los Pirineos. ¡Y, entonces, que tiemble vuestro hermano!

Enrique fue a decir que no eran hermanos del todo, que sólo de padre, y que era un tirano del que renegaba de su común sangre, pero el francés soltó una risotada gutural a modo de despedida y espoleó su caballo.

Se acercó el leal Carrillo el Joven.

—Ha llegado mensaje del Ceremonioso, señor conde.

—No me digas más: mi primo el infante de Aragón le está fallando y ese reyezuelo intrigante nos necesita otra vez.

—¿Acudiremos, mi señor?

—¡Qué remedio! Aragón sigue siendo la mejor baza para destronar al Cruel. —Enrique ya había impuesto en su mesnada que sólo se refirieran al rey Pedro así; la guerra de propaganda había comenzado.

—Pero... no podréis contar con el señor Bertrand todavía.

—Tranquilo, mi buen Carrillo. Dios dirá si en un futuro lo tendremos a nuestro lado.

—No me fío de los aragoneses, mi señor. La última vez nos despacharon sin reparos en cuanto pactaron unas treguas. Y...

—Sé por dónde vas, amigo mío. Pero esta vez será distinto. No permitiré que se me cuestione la capitanía de sus ejércitos. Quitaremos de en medio a mi primo sea como sea.

Carrillo conocía bien a su señor. En la mirada de don Enrique vislumbró un destello asesino. El de Trastámara no se detendría ante nada ni nadie para lograr ser rey de Castilla.

1363 Ducado de Guyena y Aquitania, reino de Inglaterra

—¡Vamos, Cecil! ¡Demuestra a esos bretones quiénes son los mejores saeteros!

El arquero apuntó con cuidado. Tensó su arco largo, hecho de madera de tejo galesa.

Los músculos de su brazo y espalda se pusieron rígidos, soportando la enorme presión que se transmitía desde la cuerda hasta la punta de la flecha.

Su arma tenía setenta y dos pulgadas de alto, bastante más que la estatura media de un hombre de su época.

Respiró profundamente y soltó. El proyectil fue a clavarse a sesenta varas contra un árbol tras atravesar la cota de malla que lo envolvía.

Si hubiera sido un enemigo, estaría alojado justo en su corazón.

—¡Nadie le gana a un arquero galés, bretones! —dijo, y se retiró a abrazarse con sus camaradas.

El otro grupo, formado por ballesteros de Bretaña, refunfuñó.

Sus tiros no habían sido tan precisos y, sobre todo, más lentos.

La recarga de su arma no podía compararse a la del arco largo que, en manos experimentadas, podía realizar una decena de tiros mientras la ballesta sólo uno.

Sin embargo, formar a un ballestero era sencillo y, con poco coste y poca práctica, un miliciano novato podía ser letal contra caballeros y hombres de armas: sus virotes, si eran de una ballesta pesada, podían también penetrar mallas y placas ligeras.

—¿Siempre tratáis así a los franceses, inglés?

Una campesina, de piel bronceada y cabellos alborotados, se había parado con otras mujeres a ver el espectáculo.

Se dirigían a los viñedos cercanos de Saint-Émilion, que se plantaban en la comarca de Burdeos desde tiempos de los romanos y cuyo vino era reconocido como uno de los mejores caldos de Francia.

—¿Ahora los bretones son francos, campesina? No sé si ellos aceptarían ese término.

—Tanto como un escocés ser llamado inglés, supongo. Pero al final, ¿quién es su rey?

Las mujeres se rieron. El arquero se sonrió.

—Mademoiselle, mi rey, Eduardo III de Inglaterra, ya no gobierna las tierras de esos salvajes del norte de la isla. Y aquí, Guyena es de su propiedad... ¿Te consideras inglesa por eso?

—Sólo soy una hija de la tierra que me da de comer tras duras jornadas de trabajo, a pesar de no ser mía, sino de los señores de siempre. ¡Ojalá yo pudiera ser arquera!

—No creo que tuvieras la fuerza para tensarlo, aunque... pareces una chica fuerte.

—¡Más de lo que crees, inglés!

—Si quieres que probemos...

—He de irme, ¡las uvas me esperan!

—Bueno, pues al atardecer... Dime el lugar donde están esos viñedos.

Las mujeres rieron, comentando por lo bajo que el arquero mostraba mucho interés en su compañera.

—Si tan buena vista tienes con esas flechas, seguro que me encuentras —dijo ella, que se volvió entre risas con las otras y comenzaron a alejarse.

—¡Te encontraré, mademoiselle! Y que sepas una cosa...

Las mujeres detuvieron su paso un momento.

—¿El qué, inglés?

—No soy inglés, ni por supuesto escocés, sino galés de pura cepa. Ya notarás la diferencia —dijo él con una amplia sonrisa y se volvió junto a sus camaradas, que canturreaban y alentaban los flirteos de su compañero.

Sonaron las campanas de las iglesias avisando las vísperas.

El sol ya bajaba por el horizonte y los campesinos dejaban sus trabajos.

Cecil encontró a la chica y se apartaron a un claro donde rieron y practicaron con el arco.

A pesar de estar fuerte por el trabajo en el campo, no logró tensarlo. Era cuestión también de técnica.

—Déjame que te ayude. —Se colocó tras ella y puso sus brazos alrededor de los suyos.

—¡Cuidadito con esas manos, galés! No soy un racimo de uvas al alcance de cualquiera. ¡Quizá este truco te sirva con otras! —le dijo ella entre risas.

—Eso ya lo he notado, mademoiselle. La uva más difícil siempre es la más sabrosa y tierna.

—Eres muy mayor para mí. ¿Cuántos tienes, cuarenta?

—Que no te engañen estas cicatrices de la guerra. Soy de la edad de nuestro duque, el príncipe de Gales.

—Eduardo de Woodstock, el hijo de tu rey Eduardo III. Creo que tiene treinta y tres, aunque lleva toda la vida siendo famoso por nuestras tierras francesas.

—Mi rey es también tu rey, chica rebelde. La Guyena fue de los Plantagenet desde siempre, y el rey Eduardo, el padre del príncipe, es tanto Plantagenet como Capeto, la dinastía franca que gobernaba Francia no hace mucho tiempo, antes que esos Valois de ahora que no son sino una rama secundaria.

—Ajá —dijo ella.

—¡De todos es sabido que el rey de Inglaterra tenía mejor derecho al trono francés que los Valois a la muerte del último Capeto!

La chica soltó la cuerda y la flecha fue a clavarse en una vid tras descolgar un racimo repleto de uvas negras.

—¡Dejemos de hablar de los señores y de sus cuitas que sólo causan guerras y sufrimiento! ¡Disfrutemos de la vida, galés!

La francesa se zafó del abrazo del arquero y corrió hasta las uvas, que recogió y se las llevó a la boca muy despacio, sacando su lengua y saboreando cada una de ellas.

—Si sigues ahí parado, te quedarás sin este manjar, galés.

—Me llamo Cecil —dijo él a la vez que se acercaba.

—Pues te he guardado ésta sólo para ti, Cecil —dijo ella, que se puso una uva en la boca y esperó a que él la tomara.

Tras gozar de sus cuerpos, los amantes se adormecieron sobre la hierba.

Cecil se despertó primero. El sol ya se había ocultado y sólo gracias a la luz vespertina a punto de extinguirse distinguía el contorno de la mujer que, satisfecha, respiraba a su lado.

Miró hacia el cielo, esperando a que se cerniera del todo la noche y disfrutar de las estrellas.

Su constelación preferida era, cómo no, Sagitario, el arquero.

«El arco. En manos de plebeyos como yo. ¿Por qué no? ¡No fueron los caballeros de rutilantes armaduras, empenachados cascos e imponentes caballos de guerra! ¡Fuimos nosotros!»

Su mente voló diecisiete años atrás, a Crécy, una localidad en la región que los franceses llamaban Picardía.

Los picard era el nombre que al norte de París daban a los campesinos y leñadores.

Allí se produjo en 1346 la victoria inesperada de una fuerza de una decena de miles de ingleses, comandados por el propio rey Eduardo III y su hijo adolescente, Eduardo de Woodstock, el príncipe de Gales, contra las huestes del rey francés de entonces, el primer Valois que había llegado al trono, arropado por toda la nobleza francesa y más del doble de jinetes y soldados.

«Todavía siento la sacudida desde el estómago a la garganta cuando logré abatir al primer francés. Hasta entonces sólo había derribado venados en mi natal Gales. ¡No estuvo nada mal para un muchacho del pueblo bajo y sólo dieciséis años!»

Sus jefes plantearon bien el enfrentamiento.

Lugar elevado, lleno de zanjas y estacas protegiendo a los arqueros; ordenaron desmontar a los caballeros y hombres de armas que, junto con los peones, aguardaron a la temida caballería pesada francesa, la élite europea de entonces.

Y Dios también ayudó, fue inglés aquel día.

Inusualmente para el mes de agosto, un aguacero dejó el campo hecho un barrizal, lo que perjudicó la movilidad de los caballos franceses.

«Lo primero fueron las salvas contra los ballesteros. ¡Cómo corrieron al ser superados por nuestra mayor destreza y los arcos largos!»

Recordaba la huida de los ballesteros genoveses a sueldo del rey francés, que los lanzó al combate de forma precipitada, sin haber descargado del equipaje los paveses protectores, lo que provocó que no pusieran empeño en la lucha.

Un susurro cariñoso lo sacó de sus recuerdos.

—¿Cómo anda ese arco, mi buen galés? ¿Está tenso otra vez?

Sintió la mano de ella rebuscando en su entrepierna. Por desgracia, ya no era como cuando estaba en la pubertad, cuando un leve roce de una mujer ponía su arma dura como un madero. Necesitaba un poco más de tiempo.

—Dame un rato, mon petitpicard , y te prometo que lo tendré listo.

Ella se recogió el pelo y tomó más uvas. Él le ofreció un queso curado que llevaba en su zurrón y un poco de pescado en salazón.

—¡Cuéntame algo sobre ti!