17. Cien años de guerra
Cien años de guerra
Enrique estaba extenuado. Se subió la visera del yelmo con dificultad.
Sus manos, enguantadas en hierro, no le respondían tras sostener lanza y espada durante toda la jornada.
Ni él ni sus camaradas, ni tampoco sus enemigos, podían saber por entonces que la guerra en la que estaban inmersos agotaría dos naciones y duraría más de un siglo.
Sin quererlo, empujado por la fuerza del destino, el noble castellano exiliado participaba en la que se conocería luego como la guerra de los Cien Años —que duraría ciento dieciséis exactamente—, y que se libraba entre los reinos de Inglaterra y Francia.
El teatro de operaciones era el territorio galo, incursiones marítimas aparte.
—No sería capaz de dar un paso más, mi señor.
—Yo tampoco, Carrillo, yo tampoco.
El joven Carrillo miró al conde de Trastámara, título por el que seguían refiriéndose a él para mantener vivo su derecho a recuperar el condado.
Aunque todos los exiliados sabían que don Enrique ya no se conformaba con eso y que aspiraba a la Corona castellana, a arrebatársela al tirano don Pedro I, su hermano.
Y el joven Carrillo, como el resto, estaban dispuestos a dar sus vidas por ayudarlo. Cada uno tenía sus razones.
Él era sobrino de don Ruiz de Carrillo, el noble que había fingido desertar del bando de don Enrique y, con esa treta, se ganó la confianza de don Pedro hasta el punto de pergeñar una audaz misión de rescate y sacar a la condesa de Trastámara, doña Juana Manuel, del encierro a la que la tenía sometida el rey y huir con ella a tierras aragonesas.
Luego, por los avatares de la política y la guerra, los Carrillo volvieron a la merced del monarca castellano, llegando incluso el tío a ser copero mayor del rey don Pedro.
Pero, tras morir Ruiz de Carrillo, una de las represalias reales de aquellos años alcanzó a su hijo, que también había entrado en el favor real de la mano del padre.
«Mi tío se equivocó al dejarse atraer por ese malnacido. Al menos, murió antes de sufrir el dolor de ver al tirano ejecutando a mi primo. Juro que los Carrillo seremos fieles a don Enrique hasta que acabe con el Cruel.»
—Te veo muy pensativo, Carrillo. Tu tío era más locuaz —dijo el conde—. Deja de darle vueltas a todo. Paso a paso. Cuando volvamos a Castilla, ya pensaremos qué hacer y cómo.
—Tenéis razón, mi señor conde. Admiro vuestra habilidad para manejaros según vienen las cosas.
—Sí, supongo que es una de mis virtudes, pero no creas que por eso dejo de hacer planes. En la vida hay que centrarse en el momento presente, que es donde se juega todo. Y ahí, Carrillo, uno ha de vender a su propia madre al diablo si hace falta para sobrevivir.
Una hueste bien armada apareció en una loma lejana.
Los centinelas cumplieron su trabajo y los castellanos tuvieron tiempo de prepararse.
No querían luchar, estaban agotados, pero eso no lo elegirían ellos porque, a pesar de las ideas compasivas y universalistas cristianas sobre evitar la violencia y amar incluso a tus enemigos, la realidad era obstinada mostrando una verdad innegable: el enemigo es quien te elige a ti.
Los jinetes venían con sus yelmos «cara de pico» cerrados, los cuales les daban un aspecto de pájaro, o de cerdo cuando presentaban esa protuberancia más ancha.
—Son franceses. A priori , amigos nuestros. Que nadie diga ni haga nada hasta que yo lo diga.
Había que andarse con tiento. Enrique y sus hombres luchaban bajo las órdenes de D’Audrehem, un mariscal de Francia, integrados en una de las compañías mercenarias a su cargo.
Los caballeros castellanos se bajaron sus típicas viseras planas y esperaron.
El Trastámara y el joven Carrillo, que era su fiel mano derecha, se adelantaron unos pasos, y los recibieron con palabras de apaciguamiento.
—Saludos, castellanos. No queremos problemas, que cada uno vaya a lo suyo. No debería haber disputas entre los que combaten del mismo lado.
Quien hablaba era el caudillo de los franceses. Un tipo que rondaba los cuarenta y tantos años, al que se veía fornido, hecho a los lances de la guerra. Sus hombres empezaron a saquear la villa que los castellanos habían tomado aquel día.
—No encontraréis mucho, monsieur. Ya hemos desalojado a los ingleses de ahí esta mañana.
—¿Sois don Enrique, el Trastámara?
—Así es. ¿Con quién tengo el placer de platicar?
—Mi nombre es Bertrand du Guesclin, señor de Broons. No llegamos a coincidir la primera vez que pusisteis vuestra espada al servicio del rey de Francia.
—Me alegro de que esta vez lo hagamos. Os precede vuestra fama en la lucha por Bretaña y Normandía contra estos perros anglos.
La conversación siguió en una mezcla de francés y castellano.
El acento bretón de Du Guesclin le suponía un esfuerzo a don Enrique, que le contó cómo en sus tierras gallegas y asturianas había reminiscencias de pueblos bretones que llegaron hacía siglos, al tiempo que otros, también emigrados de la provincia romana de Britania, se asentaban en Armórica, como llamaron a la parte de Francia que se convirtió en la Bretaña.
—Os veo bien informado, señor conde de Trastámara. Pues estos ingleses a los que combatimos ahora son descendientes de los anglos que se quedaron con la Britania de los bretones, mis antepasados.
—Hagamos pues, monsieur, que se vuelvan para su isla.
Ambos hombres rieron. Sus mesnadas, viendo la afabilidad con la que se trataban sus jefes, se relajaron.
Siguieron un tiempo juntos, combatiendo en esta ocasión no a los ingleses, sino a los routiers o «carreteros».
Estos eran bandas de exmercenarios que se dedicaban a recorrer las carreteras y caminos asaltando viajeros y pueblos a su paso.
Los parones en la guerra entre Inglaterra y Francia, que eran frecuentes porque la contienda, aunque duraría mucho, siempre lo era con un carácter intermitente, provocaron que grandes cantidades de hombres de armas se quedaran sin trabajo.
Acostumbrados a guerrear, sin señor que los contratase, eran «libres», como se gustaban llamar, no se sometían a rey ni noble alguno, saqueaban y extorsionaban como medio de vida.
Su crueldad era harto conocida, tanto que uno de sus líderes llevó la desolación hasta las puertas de Aviñón.
El papa, incapaz de defenderse de unos routiers que para esa empresa se juntaron en una compañía de miles de hombres, invitó a su mesa al mercenario, tratándolo como si fuera un rey.
Lo absolvió de todos sus pecados y le pagó cuarenta mil florines para que llevara sus compañías a otra parte de Europa.
—No hay que minusvalorar a los carreteros, monsieur de Trastámara.
Yo mismo los he utilizado. Es verdad que muchos son vagabundos que se unen a los antiguos mercenarios, pero la mayoría son soldados experimentados.
¡Aniquilaron hace dos años a un ejército real en Brignais, matando al noble Borbón que lo mandaba!
—No los subestimo, monsieur Du Guesclin. Decidme, ¿cómo es que queréis negociar con ellos? Nuestro común señor, el rey de Francia, a quien he rendido pleito homenaje, quiere que se haga con la espada.
—Aun así, intentaré primero hablar con ellos.
—¿Y ofrecerles qué? No querrán marcharse si no se les da una soldada y apenas tenemos suficiente para pagar a nuestros propios hombres.
—Esos de ahí son franceses. Si fueran routiers ingleses o navarros no me molestaría. Dejadme que les dé una oportunidad de deponer las armas.
La conversación con la compañía mercenaria fue corta.
Don Enrique alcanzó a escuchar en francés la palabra libres varias veces pronunciada por aquellos hombres.
Du Guesclin regresó y, antes de que don Enrique pudiera decir «os lo dije», le guiñó un ojo, se bajó la visera cubriendo del todo su feo rostro y espoleó su caballo de vuelta hacia los routiers , lanza en ristre.
Desde varios puntos, los hombres del francés aparecieron de pronto y se echaron encima de los carreteros.
—Carrillo, vamos, ¡por Santiago!
Su privado hizo una seña y los castellanos se unieron a la lucha. A pesar de que el enemigo, tal y como había predicho el jefe francés, se defendió con profesionalidad y les causaron bajas, el combate acabó con la victoria de las tropas castellano-francesas al servicio del rey de Francia.
—Dios mío, mi señor conde, ¿os habéis fijado cómo lucha monsieur Du Guesclin? —señaló un asombrado Carrillo.
Enrique miró hacia el jefe bretón que repartía golpes de hacha con tal fuerza que los enemigos retrocedían a su paso.
No sólo había ideado la celada a los routiers fingiendo parlamentar con ellos, sino que en la refriega destacaba también como una fuerza imparable de la naturaleza. Era un guerrero duro y sólido.
—Hombres como ese necesito para mi causa —se dijo el conde de Trastámara.
El señor de Broons se despidió días después. Su señor, el rey de Francia, lo requería para una empresa. Don Enrique dedujo que se trataba de algo con el vecino reino de Navarra, que tenía intereses a un lado y otro de los Pirineos y se había aliado con los ingleses.
La situación en Francia era caótica: su rey, Juan II Valois, estaba preso en Londres desde hacía años en calidad de rehén por la derrota francesa en Poitiers.
Su hijo, el delfín Carlos, al frente de la regencia trataba de apagar diversos fuegos: sofocar las revueltas campesinas, controlar a los routiers y las compañías de mercenarios que se habían quedado sin trabajo tras el tratado de paz con los ingleses de Brétigny, y frenar las aspiraciones a la Corona francesa del rey de Navarra, Carlos II el Malo.
—Sí, mi señor castellano, habéis oído bien. El rey navarro está aliado con los ingleses. Y en mi Bretaña natal sigue la guerra de sucesión, con un candidato apoyado por Inglaterra y otro por el delfín de Francia.
—Vuesa merced, ¿por quién combatirá?
—Siempre por quien me ordene el rey de Francia, o el que asuma la regencia del reino, el delfín en este caso.