16. El rey moro #5
Lo primero, dispuso sobre su enterramiento: «En la capilla nueva que ahora yo mando hacer, que pongan a la reina doña María, mi mujer, a la mano derecha, y a la mano izquierda al infante don Alfonso, mi hijo primero y heredero...».
—Decidle al nuevo tesorero que estime cuánto costará la construcción de esa nueva capilla real y comprar alfombras con las que decorarla.
—Sí, majestad.
—Que se aparten fondos para todo eso y queden fijados en el documento. Además, es también mi voluntad que se den permanentemente misas por mi alma.
—Así lo estoy recogiendo, alteza.
—Bien, dejemos ya lo que se hará con mi cuerpo y alma y pasemos a mis reinos...
El secretario preparó un nuevo legajo y esperó atento.
—En el caso de no volver a tener hijo varón legítimo, mi hija mayor Beatriz heredará, y deberá casar con el heredero de Portugal para ser reyes de Castilla, y así lo serán sus herederos, mis futuros nietos.
»Si no quedaran herederos de doña Beatriz, el trono ha de pasar a doña Constanza con las mismas condiciones y, a falta de herederos de ésta, a mi tercera y menor hija, Isabel, es mi voluntad que sea la designada con iguales requerimientos.
Don Pedro hizo una pausa, se acercó hasta el escritorio y, apoyando las manos en él, se inclinó sobre el funcionario.
—¡Y, apuntad bien claro, escribano! Se les prohíbe casarse con los traidores don Fernando el infante de Aragón, don Enrique el conde de Trastámara, don Tello y don Sancho.
Y si alguna de ellas casare con alguno de ellos, que caiga la maldición de Dios y la mía y no puedan tener ni heredar ninguno de mis reinos.
Escrita la frase, el notario esperó a que don Pedro continuara dictando, pero el rey parecía perdido en sus pensamientos.
El hombre, de plena confianza, que había jurado sin un atisbo de duda que su monarca había casado con doña María de Padilla en vida de ésta y antes de cualquier otra, se atrevió a apuntar:
—Majestad, debéis establecer algo por si, Dios Padre no lo quiera, algo sucediera a todas vuestras hijas y a sus posibles herederos.
—Tenéis razón, mi buen Mayorga. Escribid.
Y don Pedro declaró heredero para ese supuesto a don Fernando, su hijo natural habido con doña María González de Henestrosa, la hija de su privado y prima de María de Padilla.
En ese momento, el niño tenía apenas dos años y, sin siquiera haberlo reconocido, don Pedro lo había dotado con los señoríos de Niebla y Gibraleón.
Sin embargo, no lo reconocía expresamente como legítimo en el testamento.
No dispuso nada sobre otro hijo natural que también vivía en esos instantes: el niño de siete años llamado Juan y que se criaba en el castillo de su madre en Dueñas, doña Juana de Castro, la cual seguía firmando sus documentos como reina de Castilla, soslayando que ni su matrimonio ni su hijo eran reconocidos como legítimos, bajo pena de excomunión lanzada por el papa Inocencio VI para el rey si hubiera seguido con ella.
Esa misma pena que, sin embargo, no fue óbice para que don Pedro nunca abandonara a su verdadero amor, María de Padilla.
Pleno invierno de 1363 Reino nazarí de Granada
Desde el balcón que daba al Patio de la Acequia, el sultán Muhammad V observaba los fastuosos jardines al tiempo que el gorjeo de las fuentes lo transportaba a otro mundo: al de historias fantásticas de la tradición árabe y persa que, una vez recopiladas, formarían la famosa obra Las mil y una noches .
El sol invernal se reflejaba en las tranquilas aguas de un estanque y la temperatura era agradable a pesar de la cercanía de las montañas de Sierra Nevada.
Sus cumbres se veían cubiertas de un generoso manto blanco mientras, al otro lado, en una ladera escarpada, se divisaba el Albaicín, el barrio que con su dinastía estaba tomando importancia, abastecido todo el año por agua adecuadamente canalizada y almacenada en una treintena de aljibes.
—Sidi Muhammad V, honorable sultán de Granada, ha llegado una misiva del monarca castellano.
El rey moro no necesitó leerla. Era hora, sabía, de devolver favores a su señor, a aquel que ceñía la Corona de Castilla.
—Decidle al gran visir que reúna los seiscientos mejores faris del reino. En dos días han de salir para la frontera y presentarse al rey don Pedro I de Castilla para la guerra con Aragón.
—¿No vais antes a leerla, mi señor? —le preguntó uno de sus más cercanos consejeros.
—No me hace falta. Lo estaba esperando y esa caballería es todo lo que puedo ofrecer. Mejor enviar calidad que cantidad.
—¿Se verá mermada por esto la partida pecuniaria para mi encargo, sidi? —intervino un visir a cargo de las obras públicas—. Si pagamos a menos obreros, tardaremos más en acabar vuestro hospital.
—No os preocupéis por eso, visir. El muristán para el pueblo de Granada estará a tiempo. Si es necesario, lo sacaré de mi propio tesoro.
Con el reinado de Muhammad V el Rico, la dinastía nazarí llegaría al cenit de su esplendor cultural y social.
No sería el único hospital ni obra pública que se haría durante su gobierno.
El pueblo lo adoraba y veía en él, alabado fuera el Profeta, a un hombre cultivado, sensible y refinado, fiel reflejo de la superior cultura musulmana.