16. El rey moro #4
—Apoderarme de sus joyas no ha sido la causa de lo que vamos a presenciar.
Ese tesoro es el legítimo pago de las parias adeudadas e indemnización por los daños a tierras castellanas.
Lo que no puede de ningún modo quedar sin castigo ha sido el que nos obligara a pactar treguas con Aragón y por eso se han perdido varias de las fortalezas ganadas con sangre castellana. ¿Lo habéis olvidado?
Los dos caballeros se miraron y no dijeron nada.
—Pero, además, hay un mensaje que ha de enviarse al reino vasallo de Granada —los miró con condescendencia, recalcando que apoyar a Muhammad V había sido lo más acertado—, así como a los reinos cristianos y a los exiliados.
Hizo una pausa esperando que alguno interviniera. Como no lo hicieran, tomó una lanza y, antes de cabalgar hasta el asno del rey moro, dijo:
—Un advenedizo, un usurpador, nunca merece hollar el mismo suelo que un rey. La realeza lo es por gracia de Dios, o de Alá, lo que venga al caso.
Al llegar hasta el Bermejo, lo hirió el primero de una lanzada, dejando que los verdugos acabaran el trabajo.
—¡Esto es por haberme hecho pactar con el rey de Aragón y perder el castillo de Ariza! —le dijo.
El rey moro aún tuvo tiempo de replicar en árabe:
—¡Oh, qué gran caballero!
Un reproche por la muerte traidora e innoble que recibía de alguien que, convenientemente, olvidaba que había hecho cosas peores a sus propios familiares.
Los treinta y siete caballeros moros fueron ejecutados, sus cabezas cortadas y apiladas para que se vieran desde la ciudad. Así permanecieron días, menos una de ellas.
—Traedme la de melena roja.
Don Pedro miró la cabeza de Abu-Saïd Muhammad VI por última vez. La metió en una tinaja preparada, que se selló y se envió directamente al palacio del Generalife. Allí la recibió alborozado el repuesto rey moro, que supo que, ahora sí, volvía a ser el sultán incontestado de Granada.
—Mi rey, el resto del séquito del usurpador, ¿qué hacemos con ellos?
—Si los enviamos de vuelta a su tierra, los ejecutarán —intervino Diego de Padilla.
—Pues id vos mismo, maestre, y decidles que quedarán presos en las atarazanas sevillanas por la gracia del rey de Castilla.
Don Pedro había pacificado su frontera sur, había ganado nuevas localidades en la siempre abierta cruzada contra los vecinos islámicos y, sobre todo, tenía la lealtad de un vasallo que no olvidaría nunca que le debía su trono al rey castellano.
Cortes de Sevilla de 1362 Corona de Castilla
Solucionado el problema con el vecino reino de Granada, don Pedro acometió por fin algo que llevaba rondando su cabeza desde antes del fallecimiento de su amada Padilla. Sorprendió a todos convocando apresuradamente unas Cortes en la misma Sevilla.
Acudieron los prelados, los grandes señores nobiliarios que estaban reunidos para las campañas contra los nazaríes y los procuradores de villas y ciudades.
Y, si bien no fueron en tanta cantidad como en las primeras celebradas en Valladolid once años antes, sí lo hicieron en número suficiente para ratificar la voluntad real.
—... y así fue como yo, nobles señores, altos clérigos y honrados nuncios y procuradores, el vuestro rey por la gracia de Dios, don Pedro I de Castilla y León, contraje matrimonio por palabras de presente con la muy noble doña María de Padilla e Henestrosa, que Dios Padre acoge en su seno.
Tras esa solemne declaración del monarca, el excelentísimo y reverendísimo señor Gómez Manrique, arzobispo de Toledo, la diócesis primada de España, corroboró en un entusiasta discurso lo dicho por el soberano, exponiendo los mismos argumentos que poco antes, en el vecino reino de Portugal, otro Pedro I, el rey portugués, había asentado para hacer de su difunta amante doña Inés de Castro su legítima esposa tras estar muerta.
—Y, como veraz prueba de que el casamiento entre el rey don Pedro y la noble dama María de Padilla se produjo según se ha dicho —siguió el primado—, y de que sucedió en fecha anterior a la boda impuesta por la nobleza con doña Blanca de Borbón, llamo a los testigos para que, ante estas honorables Cortes de la Corona de Castilla, juren que estuvieron presentes y que así sucedieron estos hechos.
Don Diego de Padilla dio un paso al frente y juró por él mismo y por don Juan Fernández de Henestrosa, su fallecido tío, que se citaba como uno de los presentes.
Luego fue el turno del canciller del sello de la poridad y escribano del reino, Juan Alonso de Mayorga y, por último, lo hizo el abad de Santander, Juan Pérez de Orduña, que era capellán mayor del rey.
—Son, pues, los hijos de la pareja regia plenamente legítimos —continuó el arzobispo— y, de este modo, don Alfonso de Castilla es infante heredero. Doña Beatriz, doña Constanza y doña Isabel de Castilla son infantas del reino.
En ese mismo acto, los grandes hombres y los procuradores de las villas juraron vasallaje al niño príncipe don Alfonso. Don Pedro respiró tranquilo, aunque aún tenía que hacer una última cosa: estar cerca de su amada María, que finalmente era reina.
Una comitiva de prelados y alto clero, ricoshombres, nobles hidalgos, señoras y dueñas, partió de la ciudad del Guadalquivir por la misma ruta que ya se hiciera un año antes.
Se llegaron hasta Astudillo, recogieron el cuerpo de doña María de Padilla y cruzaron Castilla de vuelta, con el pueblo aclamando a cada paso el féretro.
Una vez en Sevilla, se le dio sepultura con honores de una reina en la iglesia catedral de Santa María, dentro de la Capilla de los Reyes junto a Fernando III, el conquistador de Sevilla, su mujer, la reina consorte Beatriz de Suabia, y su hijo, el rey Alfonso X el Sabio.
María de Padilla era reconocida reina de la Corona de Castilla.
Otoño de 1362 Sevilla, Corona de Castilla
Pasó más de un año de luto por su amada María, a la que le era imposible olvidar, pero cuya ausencia comenzaba a superar por tenerla viva en la memoria como una reina.
Aquella carga le apesadumbraba el alma, pero no podía olvidarse de los asuntos del reino: había que reanudar la guerra con Aragón.
Don Pedro estaba ya listo de nuevo cuando recibió otro aciago golpe del destino.
Nada más ver a doña Sandoval, el rostro de la dama demudado, el corazón se le encogió como si lo aferrase una garra inmisericorde.
Su hijo Alfonso, su único varón y principal heredero, había fallecido de unas fiebres. Sólo tenía tres años.
—Majestad, ¡lo siento tanto! —La Sandoval sollozaba desconsolada—. Perdonadme, no se ha podido hacer nada. Yo, yo... siempre lo he tenido alejado de los fríos, siempre...
—No hay nada que reprocharse, doña Isabel. Dios decide. Y ya se llevó a María... También vuelve la pestilencia que se llevó a mi padre. El Altísimo no es misericorde, como se nos cuenta: a mí me quita a mi hijo, y a Castilla, a su infante.
En aquel año de 1362 se había producido un rebrote de la peste negra, causando gran mortandad en una población que no se había recuperado de la primera ola de 1348. Duraría dos años, y no sería la última ocasión en que la peste regresaría en el reinado de Pedro. Sevilla fue especialmente afectada.
El aya se santiguó al oír tales palabras. Hipaba sin poder contener las lágrimas, y su pecho, de senos generosos, se agitaba descompasado. Don Pedro se acercó y la abrazó en un gesto inusual para el protocolo cortesano.
—Sé, señora, que amabais a mi hijo como si fuera de vuestra propia carne. Superaremos juntos este trance.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Isabel al sentir la cercanía de don Pedro, su voz grave y el tacto firme de sus grandes manos.
Supo en ese instante que estaba atrapada por la sensualidad de aquel hombre y reconoció enseguida la atracción que provocaba en las mujeres.
Días más tarde, compartía lecho con el monarca.
Se sabía refugio de su dolor por la pérdida de su amada y de su hijo; ella era un apósito para el alma de aquel hombre que luchaba solo contra todos y hasta contra Dios.
No le importaba. Le daría el descanso del guerrero, la misma serenidad y sosiego que la dulce Padilla le había proporcionado tantos años y, quizá así, algún día, el rey la amaría del mismo modo que a ella.
A pesar de encontrar calidez y amor en los brazos de Isabel Sandoval, el rey Pedro no volvió a ser el mismo. Sentía que la muerte rondaba cerca. En noviembre llamó a su escribano y le dictó su testamento.
—Hoy, a 18 del mes de noviembre del Año de Nuestro Señor de 1362, yo, don Pedro...