16. El rey moro #3
Abril de 1362 Sevilla, Corona de Castilla
Tras la huida del rey moro el Bermejo, ni tres días le tomó al otro rey moro, el Rico, entrar sin oposición y ser aclamado en Granada.
Era el mediodía del sábado 20 de yumada de 763 según el calendario musulmán, que se inicia en el Anno Domini 622 con la Hégira, el exilio de Mahoma de La Meca a Medina.
Para los cristianos era 16 de abril de 1362.
Muhammad V regresaba al trono en menos de dos años, los súbditos lo añoraban.
Siempre fue un monarca que pisaba mucho la calle, cercano al pueblo bajo y generoso con aquellos que mostraran su valor, aunque no procedieran de noble linaje.
Para Granada, el reinado de Muhammad VI había sido un mal sueño y retornaban a la obediencia de Muhammad V, de quien creían que Alá había protegido en su momento más incierto y, por tanto, era el designado por Dios para ser emir de Granada.
—Alteza, el rey moro se dirige hacia aquí. Viene con un séquito numeroso. Hemos contado al menos doscientos jinetes y trescientos peones, impedimenta y civiles aparte.
—¿A cuál de los dos reyes moros te refieres?
—Al que nos ha hecho la guerra, majestad. Aquí traigo un preacuerdo que ha preparado su taryama , 4 aunque sin su firma. Ofrece vasallaje, pagar puntualmente las parias y mucho oro en reparación de los daños causados.
Don Pedro leyó en alto el escrito que los intérpretes nazaríes habían redactado y miró luego a sus consejeros. Ninguno aportó nada que él no tuviera ya pensado. Desde luego que lo recibirían, nunca se sabía cómo se iba a comportar el otro rey moro una vez aposentado en el trono nazarí.
El otro apodo honorífico que Abu-Saïd el Bermejo había adoptado al entronizarse era el de al-Mutawakkil Alà Al-lāh , ‘el que confía en Dios’, y decidió que no había mejor consejero que el Hacedor.
Tras pasar toda la noche en la mezquita rezando, desechó las renuencias de sus visires.
Un buen soborno y una amplia sonrisa, acompañados de una actitud amistosa y humilde, siempre le habían dado resultado.
¿Por qué no iban a funcionar con el rey Pedro I?
—¡Mirad, sidi! Sevilla os recibe como al rey que sois. No habéis errado —dijo el jeque de los muyahidines.
A lo lejos veían la silueta de la ciudad, recortada sobre el río Guadalquivir, y, a las afueras, una comitiva castellana dispuesta con toda la pompa adecuada para la bienvenida de un monarca. El Bermejo respiró aliviado al ver que el propio rey don Pedro de Castilla y León lo estaba esperando.
— As-salamu alaikum , sultán Abu-Saïd de Granada.
— Wa-alaikum as-salam, rey don Pedro de la Corona de Castilla.
Tras esas pocas palabras en árabe, pasaron a utilizar la lengua franca que, si antes lo fuera el latín, en la península del siglo XIV lo era ahora la castellana.
Incluso cuando los nazaríes cerraban tratos con portugueses o aragoneses, no usaban el portugués ni el aragonés, sino que los escritos iban en un perfecto castellano.
—Alojaremos a vuestros acompañantes en la judería. No hay sitio más seguro en toda Sevilla.
—Estoy informado, majestad. Sé que sois admirado y respetado por el pueblo de Israel —dijo el Bermejo sin poder evitar un gesto de sorpresa e incomodidad.
—Mis judíos son gente pacífica y buenos vasallos. Dejemos a los cristianos tranquilos en sus barrios y a los vuestros separados. Evitaremos malentendidos, señor sultán.
El rey moro hubiera preferido alojarse en los arrabales, donde todavía quedaban musulmanes, los mudéjares, gentes que profesaban la fe del Profeta, pero vivían en territorio cristiano.
Haciendo eso incumplían con los mandatos islámicos, porque en puridad ningún miembro de la umma podía residir bajo el poder de gobernantes infieles ni en lugares donde escuchar blasfemias contra Alá y su Profeta, habitar entre cerdos y presenciar todo tipo de cosas ilícitas, como mujeres desveladas.
Situaciones como esa se habían dado a lo largo de siglos de reconquista por los cristianos en la península ibérica y en Sicilia, y también cuando los cruzados llegaron a Levante y Jerusalén.
Los que permanecían en tierras que, automáticamente, se convertían en Dar al-Harb , Casa de la Guerra, y dejaban de ser Hogar del Islam —a la espera de que el poder de los seguidores de Mahoma volviera a tomar esos territorios—, lo hacían por el amor al suelo natal.
A la hora de la verdad, estos eran los más numerosos: los musulmanes no se exiliaban si no los obligaban a ello; sentían apego por sus casas, aunque para quedarse pagaran un tributo a señores cristianos, llamado capitaciones, que, paradójicamente, era menor de lo que tenían que dar antes a sus señores musulmanes.
—Por favor, mi señor nazarí —dijo don Diego de Padilla—, que vuestros mejores y más nobles hombres nos acompañen. Hemos preparado un banquete para la cena.
—Como ya os dije cuando estuvisteis cautivo tras Guadix, sentí mucho lo de vuestra hermana, maestre de Calatrava.
Don Diego asintió cortés y condujo al rey moro con cincuenta de sus faris, caballeros musulmanes, a un gran salón del palacio de la alcazaba.
También iba Edris, el consejero más fiel del Bermejo, que, a pesar de que todo era como se podía esperar de una recepción real y de que el maestre parecía disfrutar de modo sincero de devolver el buen trato que recibió a su paso por manos musulmanas, no estaba del todo tranquilo.
Su rey y señor lo apartó cuando intentó bisbisearle algo y se levantó copa en mano.
—Mi rey don Pedro, acudo a vuesa merced en persona, como ya hicieran mis antepasados, a someternos a vasallaje de los reinos de Castilla y León.
Os pedimos que, en vuestra magnificencia, mediéis como árbitro en esta malhadada disputa con el que dice tener más derecho al trono de Granada, ese adulador afeminado de Muhammad V.
El rey castellano observó al rey moro. No habían llegado los platos principales y el musulmán estaba ansioso por saber la posición que iba a sostener Castilla respecto de los asuntos de Granada.
Aunque tenía ya la decisión tomada de antemano, algo que hasta don Diego de Padilla ignoraba, quiso alargar la intriga y dejar que el nazarí desvelara aun la última de sus cartas.
—En el preacuerdo que envió vuestra oficina de traductores había algo sobre una suma de oro, señor sultán.
—Fue un error de traducción... —El Bermejo metió la mano bajo su túnica de seda hilada en oro e hizo una pausa.
Los murmullos en el salón se tornaron audibles y el propio don Pedro se revolvió en su silla.
Entonces, el nazarí sacó sus manos y lanzó encima de la mesa un par de bolsas que, al abrirse, desparramaron diversas joyas, algunas del tamaño de un huevo de gallina.
Zafiros, rubíes y esmeraldas. Muchas iban sueltas, otras estaban encastradas en collares, pulseras y diademas de la más exquisita orfebrería granadina, que tenía buena fama ganada en toda la península y el Mediterráneo.
—Esto es un primer pago, como muestra de mi buena fe, rey don Pedro. Además, haré el correspondiente abono de las parias en oro y mercancías.
Un paje, a instancias de don Pedro, se acercó y cogió una de las piezas enjoyadas.
El rey la sujetó en sus manos. Era una ajorca labrada en oro puro y plata con filigranas repujadas; llevaba varias esmeraldas engastadas de tal forma que le daban un volumen muy diferente al estilo plano de las joyas cristianas.
Se imaginó a una de las mujeres del harén con varios de esos aros en sus tobillos, danzando y haciéndolos sonar al ritmo de la música en los jardines de los palacios nazaríes.
Vivían muy bien aquellos musulmanes. Y no hacían ascos al vino, a pesar de que su religión lo prohibía.
—En estos momentos, sultán Abu-Saïd, Muhammad VI según os hacéis llamar, vuestro rival debe de estar sentado ya en vuestra alcazaba. De hecho, no debería llamaros sultán, ¿no creéis?
El Bermejo se dio cuenta de que el castellano no quería más guerra, que no iba a seguir envuelto en luchas donde perder hombres que necesitaba para su verdadero objetivo: pelear con el rey de Aragón.
«Así que esto es todo. Veremos si, en un tiempo, las tornas cambian», se dijo.
—Entiendo más de lo que suponéis, rey don Pedro. Yo en vuestro lugar, teniendo mis cuitas con un poderoso reino como Aragón, haría lo mismo. Os pido entonces, majestad, que nos paséis el Estrecho a mí y a mi séquito, y ya nos las apañaremos en tierra de africanos.
El musulmán esperaba que el rey le hiciera un gesto para sentarse y seguir comiendo.
Pero don Pedro ni lo miró y se dirigió a un sirviente que salió de la sala.
Al momento, el camarero mayor López de Córdoba entró con mucha gente armada que se situaron tras el nazarí y sus hombres.
Al mismo tiempo, en la judería, el resto de musulmanes del séquito nazarí eran apresados.
Antes de que el Bermejo pudiera hacer una protesta, don Pedro se había marchado.
25 de abril de 1362 Campo de la Tablada, afueras de Sevilla, Corona de Castilla
Treinta y siete moros cargados de cadenas desfilaron desde las atarazanas sevillanas hasta el gran campo de la Tablada, situado en las cercanías de la ciudad por la zona del alcázar. Delante de todos, vestido con una saya escarlata y atado a lomos de un asno, marchaba el rey Bermejo.
—Mi rey, ya tenemos todas las joyas y el resto de su gran tesoro. Podríamos dejarlo ir a tierra de moros —dijo don Diego—. Los benimerines tampoco creo que estén muy contentos con él.
—El maestre de Calatrava tiene razón, alteza. Y sin recursos, no podrá salvarse con sobornos —añadió don López de Córdoba.
Don Pedro los miró como quien mira a niños que no alcanzan a ver los asuntos de los mayores.