El Fratricida 16. El rey moro #2
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16. El rey moro #2

«Nunca te he pedido nada. ¡Nada! Sólo te pido esto, Padre y Señor de los Cielos, ¡sólo esto!»

Julio de 1361 Arrabales de Sevilla, Corona de Castilla

Las campanas del torreón de la gran iglesia de Santa Clara, que antes fue minarete de la mezquita almohade —y que con el tiempo sería la Giralda de la futura catedral—, sonaban tristes y quedas sobre un silencio sin igual en la alegre capital sevillana.

El resto de iglesias sevillanas se fueron uniendo al toque fúnebre en un llanto desconsolado al compás de una comitiva enlutada, con el arzobispo a la cabeza, crucifijo alzado en alto y, un paso por detrás, el monarca, seguidos por los maestres de las órdenes de Calatrava, Santiago y Alcántara, los ricoshombres e hidalgos de la Corona y el más elevado clero.

Abandonaron la ciudad por la Puerta de Triana, la que daba al Puente de las Barcas, el único con el que contaba Isbiliya desde que lo levantaran los almohades.

El río Guadalquivir discurría sosegado con la marea baja, como si quisiera mecer con afecto a la joven de sólo veintisiete años que, por última vez, cruzaría sus aguas.

Yacía la dama en un féretro de ébano colocado encima de un carro del que tiraban dos mulas blancas.

Los animales lucían en la testuz sendos penachos negros apuntando al cielo e iban guiados por pajes uniformados con las enseñas reales de la Corona castellana.

—Ahí va la dulce María, la que su memoria nada empaña.

—Ahí va la Padilla, bondadosa de alma.

—Ahí va la buena mujer que debió ser reina de España.

Los sevillanos plañían al paso de la magna compaña, los niños arrojaban flores a los pies de los procesionarios y los turiferarios esparcían incienso al tiempo que los sacerdotes entonaban el canto fúnebre In Paradisum .

In paradisum deducant te Angeli:

in tuo adventu suscipiant te Martyres,

et perducant te in civitatem sanctam Jerusalem.

Chorus Angelorum te suscipiat,

et cum Lazaro quondam paupere aeternam habeas requiem.

En el paraíso os guíen los ángeles:

que al llegar los mártires os reciban,

y puedan ellos guiarte hasta la santa ciudad, Jerusalén.

Los coros de ángeles te reciban,

y con Lázaro, que alguna vez fue pobre, puedas obtener

el reposo eterno.

El camino sería largo. Rumbo al norte, por la Vía de la Plata, hasta llegar a Mérida.

Después pasarían por Cáceres, Plasencia, Granada, 3 Béjar, Salamanca, Tordesillas —de donde la difunta era señora desde 1354, cuando el rey le quitó el señorío a su madre y se lo otorgó a su amada—, Valladolid, Dueñas, Palencia y, por último, Astudillo, donde procesionarían hasta el convento de Santa Clara que doña María había dotado y fundado al lado de su casa.

El rey había ordenado que se hiciera luto por ella en todos sus reinos.

La discreción y afabilidad de la que siempre hizo gala la llevó ser querida por el pueblo en vida y añorada en su muerte.

Por las calles de Sevilla, don Diego de Padilla, el hermano de María, maestre de Calatrava, marchaba el primero en el grupo de los nobles que seguían al monarca y la familia real.

El rey don Pedro, al frente de todos, no hablaba.

Su rostro iba encogido por el dolor. Lo seguían sus niñas y el aya, con el pequeño Alfonso en brazos.

No había llegado a tiempo de darle un último abrazo. No llegó para besar aquellos labios siempre acogedores y cálidos. No pudo despedirse de lo único que amaba ni consolarla ante el último tránsito. Dios no lo había escuchado. Porque estaba solo. Solo contra todos.

«A fe mía que nada importa ya. A fe mía que ya no me frenará nada. Y juro por mi nombre, don Pedro I de Castilla y León, que María será la reina que siempre fue.»

Enero a marzo de 1362 Guadix, reino de Granada

Abu-Saïd, Muhammad VI el Bermejo, había adoptado dos sobrenombres honoríficos. Uno de ellos era al-Gālib bi-Llāh , el Vencedor por Dios, y aquel día se había más que confirmado.

—Sidi, ya hemos terminado el recuento.

—¿Y bien? —dijo el sultán con aire distraído.

—La victoria ha sido plena. Además de cientos de bajas, hay mil doscientos cristianos cautivos.

—Eso será un importante beneficio en los mercados de esclavos norteafricanos, mi sultán —asentó el gran visir del Bermejo—. Además de aquello que esté dispuesto a pagar el rey castellano por liberar a sus nobles.

El sultán se quedó pensando. Uno de esos nobles que habían caído en sus manos era el hermano de la fallecida amante del rey castellano, el maestre de Calatrava don Diego de Padilla. Sin lugar a dudas, la victoria en Guadix había sido espléndida.

—Sí, así sería si no tuviera otros planes —dijo.

El gran visir y el resto de visires, todos pertenecientes a la jassa , la aristocracia, se miraron extrañados.

Desde el inicio de la guerra sólo habían sufrido derrotas y humillaciones, como en la localidad de Belillos donde, vencidos por castellanos al mando de Pedro I y las tropas de Muhammad V, tuvieron que huir y sólo en Pinos Puente lograron ponerse a salvo.

—Mi sultán, sidi..., ¿no estaréis pensando...?

—Una contundente victoria como ésta, a la que sumemos un acto magnánimo, nos facilitará llegar a unas paces. No podemos contar con el rey de Aragón... ¡Ya visteis cómo apenas envió unas galeras para ayudarnos contra las castellanas y las de esos bárbaros meriníes!

—Pero —se atrevió a insistir el gran visir— al final el Ceremonioso envió la ayuda, volverá a hacerlo. Y con lo que saquemos del rescate de esos nobles podremos contratar más mercenarios para rechazar a los castellanos.

—Se hará como yo digo, gran visir. Ahora, aseguradme que esto que mando se respetará por todo el ejército.

El gran visir tragó saliva. En las huestes nazaríes había una mezcolanza de fuerzas armadas.

Por un lado, estaban los nobles de siempre, los que tenían amplios señoríos y vivían con lujo.

Estos no deberían ser difíciles de apaciguar ante la pérdida de botín.

Junto a ellos, se encontraba la Muttavia, el cuerpo de mercenarios que combatían por un salario y se armaban para campañas específicas; lo integraban tanto nobles musulmanes refugiados en el reino nazarí ante el imparable avance cristiano en el último siglo como otros de baja condición social.

«A ver cómo consigo que acepten esta decisión sin que se genere una revuelta...»

El alto funcionario se dirigió a donde estaban festejando la victoria los muttavia y los al-ghuzat , los voluntarios de la fe del norte de África. Estos también serían un problema.

—Llama a los elches, no me fío de lo que pueda pasar —le dijo a su háyib.

El secretario del gran visir corrió hasta la tienda emiral y volvió al rato acompañado de un destacamento de caballería de la guardia palatina.

Esta guardia la formaban esclavos renegados de su fe cristiana a los que llamaban «elches».

Eran una élite militar similar a la de los mamelucos egipcios.

Acuartelados en el palacio de la Alhambra, no llegaban al millar de efectivos, pero iban equipados con panoplias tan robustas como las de los caballeros cristianos y gozaban de varios privilegios, siendo uno de ellos que sólo respondían ante el sultán nazarí.

Un mes más tarde, la decisión conciliadora de Abu-Saïd se mostró ineficaz.

Había liberado a los nobles castellanos sin pedir nada a cambio, incluso a don Diego de Padilla, con la esperanza de que eso apaciguara a don Pedro.

Por toda respuesta, el rey de Castilla y el derrocado Muhammad V atacaron con fiereza desde Casares.

A pesar de que ciertas desavenencias por la ambición del rey castellano provocaron que el nazarí se retirara a Ronda para continuar la lucha en solitario, la embestida logró tomar para la Corona de Castilla las localidades granadinas de Cesna, Sagra, Iznájar y Benamejí.

—¡Que se vaya! Sólo estoy siguiendo lo firmado.

—Mi rey, tenéis razón, pero quizá...

—¡Diego, Diego! Estar en poder de moros te ha ablandado. No son de fiar. ¡Lee el pacto!

—Majestad, lo conozco. No es necesario. No os quito la razón.

—Pues léelo para que todos los presentes no alberguen ninguna duda.

El maestre de Calatrava tomó el documento y fue directo a la parte clave.

—«... las localidades que se conquisten quedarán para Castilla, salvo si sus habitantes declaran voluntad de permanecer bajo égida nazarí».

—¡Y eso estamos haciendo, señores! Y así seguiremos. Además, es una cruzada, nos acompañan caballeros franceses y hasta algún aragonés. Demos, pues, justa satisfacción a su lucha por la fe.

Una segunda algara, ya sólo castellana, conquistó El Burgo, Ardales, Cañete, Turón y Cuevas, además de varias fortalezas.

Si bien, y a pesar de que el Ceremonioso estaba obligado por las paces de Terrer a colaborar en la lucha contra su antiguo aliado moro, el aragonés no envió ninguna ayuda oficial a esa campaña.

—¡Sólo puede haber un emir nazarí!

—¡Alá, alabado sea su nombre, nos castiga por tal impiedad!

—¡Debe acabar esta lucha entre hermanos que nos pone en manos de los perros cristianos!

Desde la seguridad de la alcazaba y fuertemente custodiado, el Bermejo escuchaba el clamor de su pueblo. Su gran visir le trajo las últimas nuevas.

—Sidi, el destronado Muhammad V ha logrado abrirse paso hasta Málaga y rendir la ciudad. La región ha dejado de luchar contra él en cuanto han sabido la noticia.

—Y los castellanos, mi sultán, avanzan desde las fortalezas que nos han tomado —añadió el alfaqueque, el alto funcionario encargado de la política exterior y de la resolución de incidentes fronterizos.

El sultán no dijo nada. Cogió su esterilla para los rezos, fue a la mezquita y pidió estar solo.

Se orientó hacia La Meca y comenzó a orar.

A la mañana siguiente la situación era insostenible, con riesgo de acabar él mismo destronado por el pueblo de Granada.

Aconsejado por su sayj al-guza , jefe del cuerpo de combatientes por la fe o muyahidines, tomó todo el tesoro que pudo y huyó hacia Sevilla para buscar un pacto desesperado con don Pedro I.