16. El rey moro
El rey moro
El emirato de Granada estaba enclavado en el sistema Penibético, una cordillera del sureste de lo que fue la Hispania visigoda.
La zona, con valles y costas ricas y fértiles, era de defensa fácil y siempre había dado reinos independientes cada vez que un poder central se debilitaba.
Ya ocurrió tras la caída del califato omeya de Córdoba, cuando la dinastía de los ziríes se alzó en el primer reino de taifa granadino a principios del siglo XI .
Luego, en los siguientes siglos, formarían parte del imperio almorávide, bereberes venidos de África, y, cuando estos se tambalearon ante el brío de nuevas tribus, los almohades, hubo un momento fugaz en el que Granada se independizó de nuevo, pero nada pudo hacer ante el empuje de los que se consideraban «aquellos que reconocen la unidad de Dios» o al-muwahhidūn , de donde provenía la palabra con la que los llamaban los cristianos: «almohades», estrictos seguidores de la palabra del Profeta.
El pupilo había recobrado de pronto todo el interés.
—Pero eso es falso, ¡es una blasfemia!, ¿no, padre? Alá, el Clemente, el Misericordioso, ha determinado que ésta es su casa, que éste es el hogar de la sumisión a Dios, ¡como la tierra entera en cuanto la purguemos de paganos!
El sultán sonrió y asintió.
—Esa derrota de los almohades los debilitó hasta su desaparición —intervino— y eso permitió que nuestra dinastía, la nazarí, se independizase en Arjona y Jaén.
—Eso está lejos de aquí, padre.
—Ahí estuvo el núcleo durante tres años, hasta que en el año... ¿Qué año?
—638 de la Hégira, padre. 2
—¡Muy bien! Ese año se culminó la expansión de nuestros antepasados.
—Eso me lo sé: no sólo hasta aquí, Granada, sino también Almería, Málaga ¡y partes de Murcia y Cádiz!
El sultán se mostró satisfecho. Granada era un poderoso reino de taifa desde su primer sultán y fundador, Muhammad al-Ahmar, llamado el Rojo por el color de su barba. Él mismo, un siglo después, también tenía el pelo rojo. No había mejor signo de la providencia de Alá de que era un rey legítimo.
—Ésa es nuestra historia, hijo mío. Granada es un paraíso de Alá aquí en la misma tierra, la mejor fruta de la huerta islámica. Por eso, todo lo que se haga para poseerla, bien estará. Nunca lo olvides.
—¿Como lo de pagar esas malditas parias?
—Incluso eso. Ese tributo nos permite tener paz con la poderosa Corona de Castilla y León. Desde que su célebre rey Fernando III, al que los cristianos llaman el Santo, tomó Sevilla, nuestra familia ha mantenido con ellos el equilibrio, usando la fuerza militar unas veces y otras la diplomacia.
—Pero, entonces, el resto de al-Ándalus se ha convertido en Dar al-Harb, en la Casa de la Guerra. Tenemos obligación como seguidores del Profeta, alabado sea su nombre, de luchar contra ellos.
El sultán admiró el ardor juvenil en su hijo, el mismo que él había sentido hacía tiempo.
Las cosas no eran tan fáciles, y mucho menos desde que los cristianos los habían derrotado cuando se coaligaron con los benimerines en la batalla del Salado.
Al menos, se dijo, el nuevo rey castellano estaba más preocupado por someter a los revoltosos de su propio reino y en hacer la guerra al otro gran reino cristiano de Aragón que de atender la tradicional guerra santa cristiana: la que llamaban cruzada y que, de un modo u otro, todos los reyes peninsulares, especialmente los castellanos, hacían al menos una vez durante sus reinados con el fin de expulsar a los musulmanes y enviarlos al otro lado del Estrecho.
Poco a poco, rey a rey, unos más otros menos, los de Cristo iban arañando plazas a los mahometanos.
Ellos eran el último bastión del islam en la península, la última taifa.
—Mi sultán, llegan noticias de que el propio rey don Pedro de Castilla es quien comanda esta vez las huestes cristianas.
Abu-Saïd, al que llamaban el Bermejo por el color de su pelo y que gobernaba con el nombre de Muhammad VI, se levantó y acarició la cabeza de su hijo, del mismo color que la del fundador de la dinastía, de la que eran parientes, si bien no de la rama principal.
Estaba en el poder tras haber derrocado a su primo, al que mandó ejecutar junto con su hermano pequeño.
Sólo los ambiciosos y los listos triunfaban en las intrigas de la corte granadina.
—Ahora, como decías, hijo mío, toca guerra. Pero un buen gobernante siempre está atento a cerrar un buen pacto. Veremos cómo tornan los acontecimientos.
Verano de 1361 Sevilla, Corona de Castilla
El séptimo mes del año llegó con toda la fuerza estival. El ambiente en la ciudad del Guadalquivir era asfixiante y al calor sevillano se unía la gran humedad de las aguas fluviales.
—Bebe, María, bebe. Tienes que hidratarte.
—El rey... ¿dónde está? ¿Ha llegado?
La cara de la Padilla estaba macilenta y el sudor empapaba su camisón. La dama de compañía trataba de calmarla mientras los físicos, uno judío y otro musulmán, discutían sobre cómo tratarla.
—El rey llegará, mi señora. Son esos malditos moros los que lo tienen atareado.
El médico musulmán hizo caso omiso al comentario de la dama y se acercó con un emplaste que colocó en el pecho de la Padilla, lo que pareció aliviarla un poco.
Le cambiaron los paños fríos que cubrían su frente por unos nuevos y la paciente se quedó dormida un rato.
Esos momentos de paz eran cada vez los menos.
—Doña Aldonza, como dijo nuestra señora, vos no debéis estar aquí. Las niñas, don Alfonso y vuesa merced, marchaos a la otra ala del alcázar.
—Tenéis razón, señora. Me ha podido el sentimiento. Rezo por ella, con todas mis fuerzas...
—Todos lo hacemos. Seguro que el Señor no la llama todavía a su seno. Su bondad tendrá su recompensa y llegará por fin a ser reina.
Ronda, enclave benimerín en el reino de Granada
En la ciudad del tajo andaluz, la incomparable Ronda, sita sobre una meseta cortada por el río Guadalevín en un risco a trescientos pies de altura, el rey don Pedro estaba cerrando una alianza con el rey moro Muhammad V, llamado Al-Ghani , el Rico.
En puridad, el nazarí no era rey en esos momentos, porque sólo dos años antes lo derrocaron en un golpe de mano su medio hermano y uno de sus primos, que sería el que acabaría en el poder.
Él y su familia escaparon por poco de ser asesinados y se refugiaron en la alcazaba de Guadix donde, infructuosamente, esperaron la ayuda del monarca castellano.
Al no recibirla, embarcaron hacia Fez, donde los benimerines le dieron asilo.
«Seguro que no me ha perdonado que reconociese a su hermano en el trono y no lo ayudase..., pero aquí está ahora, con esa sonrisa ancha y todas esas buenas palabras. Me necesita, como yo a él, no puedo darle la espalda», pensaba don Pedro.
—Yo os seré leal, mi rey don Pedro. A pesar de lo ocurrido... volveré a prestaros naves y puertos contra Aragón como hace dos veranos. Y pagaré las parias. Sé que ya habéis visto cómo se las gastaba mi medio hermano y, ahora, mi primo el Bermejo.
«Maldito hijo del Profeta, ¡parece que lee la mente!»
—Y yo estoy seguro de ello, sidi Al-Ghani . Sabéis que, si no cumplí mi deber de señor para con su vasallo —esta última palabra la recalcó con fuerza el rey castellano—, fue sólo porque manteníais una alianza con mi enemigo, el rey de Aragón, a la que sumasteis al sultán benimerín.
—No voy a negarlo. Era necesario para la estabilidad de mi pequeño reino, asaltado por flotas africanas y mallorquinas. Pero nunca, nunca, ataqué vuestras fronteras como sí hace ahora ese arrayaz que os ha distraído de la guerra con el taimado Pedro IV.
—Y por eso estamos aquí, señor nazarí. Para que recuperéis vuestro trono y las cosas vuelvan a ser como antes. Castilla reinante y Granada autónoma, pero vasalla en paz.
—Hasta que vuestro papa y vuestro pueblo clamen por la siguiente cruzada.
El nazarí hizo el comentario con una media sonrisa, pues ambos sabían que la presión sobre todo rey castellano, único reino que tenía frontera con el islam, era grande. Había que expulsar a los mahometanos de Europa.
—O hasta que los vuestros —replicó don Pedro— reclamen que su califa o un comandante respetado, como lo es el sultán de Granada, llame al yihad anual que justifique la situación de frontera que mantenéis con politeístas cristianos.
Ambos reyes se miraron y se midieron. El musulmán sabía que don Pedro conocía bien las costumbres musulmanas y que era cierto lo que decía del deber de guerra santa islámica. Esbozó su mejor sonrisa y cambió de tema.
—Mirad, señor don Pedro, allí está el gobernador meriní de esta bonita villa serrana que, gracias a vos, me será entregada. A partir de entonces, desde esta comarca haremos el asalto a mi reino perdido y juntos volveremos a las paces entre castellanos y granadinos.
El banquete que ofreció el rey destronado fue fastuoso.
Provenía de una familia muy rica y no reparó en gastos.
Don Pedro y su séquito fueron agasajados con todo tipo de placeres, esclavas incluidas, entre las que muchas eran mujeres de aspecto y pasado cristiano.
Las sedas, los suntuosos ropajes, las alfombras bellamente decoradas, los pasteles de miel y las danzas de las cautivas los tenían embriagados, pero a ninguno tanto como al rey don Pedro, que era quien más cómodo se sentía vestido a la mora y calzando unos botines de seda con hilos de oro obsequio de su aliado.
La tarde discurría en lo que, suponían los cristianos, era lo más parecido a lo que esperaba en su cielo a los guerreros musulmanes cuando morían en batalla.
Entonces entró uno de los escuderos del rey castellano, pálida la cara y la respiración entrecortada.
Hizo una reverencia y entregó una misiva a don Pedro.
—¡Señores, a caballo, nos vamos!
Se volvió a uno de sus consejeros de confianza.
—Buscad a Muhammad y excusadme.
Picando espuelas, el rey y sus hombres marcharon a Sevilla con la esperanza de llegar a tiempo. Sobre su montura, don Pedro rezaba.