El Fratricida 15. La primera Nájera #6
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15. La primera Nájera #6

Doña Blanca estaba en su celda, rezando en el pequeño altar a los pies de su cama.

Su ventana daba al otro lado de la alcazaba y no veía el patio por donde se desarrollaba la vida de la fortaleza.

Sólo unos centinelas en las almenas rompían el paisaje harto conocido de los campos de vides y olivos jerezanos.

Se sabía cada hora de la ronda, cada ida de los labradores a las huertas, del pastor que discutía con ellos porque sus ovejas se habían saltado el muro y arrasado con unas parras.

También sabía que había otra dama encerrada en la misma fortaleza, pero cuando las dejaban salir a pasear, nunca se veían, ni veían a nadie, salvo al alcaide, el caballero don Íñigo, cortés, educado y recto.

No era manipulable como sí consiguió hacer con el añorado don Henestrosa, por quien sintió gran pena cuando se enteró de su fallecimiento, pero el De Estúñiga tenía un punto parecido de bondad que hacía menos gravoso el encierro.

—Doña Blanca, vuestra cena —escuchó la habitual voz del carcelero.

Se acercó y recogió la bandeja. Era lo de siempre, cada día de la semana había un plato distinto y, salvo excepción, se trataba del mismo.

Tras comer sintió que el sueño se apoderaba de ella, las piernas le flojeaban.

Quizá fuera por el largo paseo que don Íñigo le permitió dar el día de antes: estuvo caminando el doble del tiempo habitual, una merced del alcaide, y no estaba acostumbrada a tanto ajetreo.

Se acostó y cerró los ojos, agradeciendo el sopor que la llevaba con Morfeo, el dios de los sueños que ya no la mandaría de vuelta. Había llegado a Castilla con tan sólo diecisiete años y no despertó para cumplir los veintiséis.

Llevaba varias noches en vela, asomada a la ventana, vigilante. Unas figuras embozadas sacaron un cuerpo menudo, envuelto en unos mantos negros. Inerte. Al momento supo que la reina doña Blanca, su compañera de cautiverio, estaba muerta.

«¿Cuándo vendrán a por ti, pequeña señora de los Lara? —se lamentó, y rezó—. Santa María, nuestra salvadora, intercede ante tu Hijo por mi alma.»

Doña Isabel, la viuda del infante don Juan de Aragón, casi no comía por los nervios y la ansiedad que la atenazaban, sabiendo que en cualquier instante llegaría su turno.

Un infierno de espera, con el corazón que de pronto se desbocaba y se le salía del pecho para, momentos después, parecer que se paraba sin remedio.

Y la garra, la garra que lo estrujaba sin descanso, las palpitaciones en aumento retumbando en sus oídos.

Cuando por fin escuchó que la puerta de la celda se abría cuando no tocaba, supo que la hora había llegado.

Y, aunque no quería morir, ni era justo, porque ella no había hecho nada sino casarse siguiendo las órdenes del mismo rey cruel que ordenaba aquello, respiró aliviada al saber que la ansiedad se terminaba.

—Comed, señora, comed —dijo un hombre rudo al que no conocía y que le pareció de estrato bajo.

—¿Quién sois?

—El nuevo alcaide, por gracia y voluntad de nuestro rey don Pedro, que el cielo guarde. Mi nombre no importa.

—Y, si no como, ¿qué haréis? ¿Me estrangularéis vos mismo? ¿O usaréis una de esas mazas justicieras, como con mi difunto esposo?

—Si me obligáis a ello, señora...

Doña Isabel miró el plato y la bebida. Intentó llevarlo a la boca, pero no pudo, las ganas de vivir eran más fuertes que el deseo de acabar con el sufrimiento de aquel encierro.

—No puedo. Tendrás que mancharte las manos, ballestero.

—No debe haber signos en vuestro cuerpo. Os apretaría el cuello, pero eso deja marcas.

Con una velocidad inesperada, el hombre se abalanzó sobre ella y la asió por el pelo.

Entraron dos sicarios más y la sujetaron mientras el nuevo alcaide le tapaba la nariz y le hacía tragar.

Luego le vendaron la boca para que no pudiera provocarse el vómito y la inmovilizaron hasta que el veneno hizo efecto.

Las noticias de la muerte de la reina doña Blanca llegaron las primeras a Sevilla. No se sabía qué había pasado, la reina cautiva era joven y, de pronto, estaba muerta. Los rumores de que había sido envenenada corrieron por los arrabales y todas las callejas.

—María, amada mía, ya no hay impedimento.

—Pedro, ¿estás seguro? Aun así, el papa, los nobles...

La Padilla no se atrevía a preguntarle por las habladurías sobre la muerte de la reina doña Blanca. Su corazón tenía un mal presentimiento y prefería no confirmarlo. Se sintió mareada y se le doblaron las rodillas.

—¡Al diablo el papa, ese viejo que no es sino una mascota del rey francés! —decía don Pedro mientras miraba por la ventana. Se dio la vuelta—. María, ¿qué te ocurre?

—No, no es nada. Estos días estoy más cansada que de costumbre. El físico me ha aconsejado reposo.

Don Pedro llamó a los médicos y a las damas de compañía.

—Descansa, mi amor, tienes que estar fuerte para mi vuelta. Esos traidores moros... Tengo que atender a nuestras gentes y dar un escarmiento. ¿No querían los reinos una campaña contra el musulmán? ¡La tendrán, por Dios que la tendrán!

—Haz tu cruzada, rey don Pedro. Que la cristiandad se enorgullezca tanto como yo de mi señor rey, el más osado de los guerreros.

Don Pedro miró con ternura a su amada, la madre de sus hijos. Antes de partir, le susurró al oído a la vez que la besaba:

—A mi vuelta, mi señora, nos casaremos. Será la mejor boda que haya visto Sevilla y el mundo entero.

Y María de Padilla sintió que, esta vez, era cierto. Su cara se iluminó y despidió con un beso apasionado a su amado Pedro.

Bajando las escaleras de caracol, el rey llevaba la mirada puesta más allá de la guerra con el reino nazarí.

Su alma ya estaba de vuelta en Sevilla y se veía haciendo los votos en la catedral, en la que antes fue una mezquita y ahora estaba consagrada a la religión de Jesucristo.

Ni doña María de Portugal, ni Leonor de Castilla, ni Blanca de Borbón.

De haber albergado a tres reinas, Castilla estaba ahora huérfana.

No por mucho tiempo, porque él le daría a doña María de Padilla, la verdadera soberana durante todo ese tiempo.