15. La primera Nájera #5
Sólo cuatro días después del exilio del arzobispo, unos golpes secos retumbaban en la puerta de la gran casa de Samuel, conocida como «el Palacio del Judío».
Unas sirvientas moras fueron a abrir los portones de la casa palacio toledana en la que vivía el judío que llevaba la contabilidad y la recaudación del reino.
El rey, le dijeron, quería ver los libros de cuentas.
Samuel, sorprendido, dijo no tener nada que ocultar.
El monarca y sus consejeros revisaron los libros y todas las posesiones del israelí.
Encontraron desvíos de dinero con los que ha-Leví había amasado una fortuna, ingentes cantidades de monedas y más de ochenta moras, moros y moreznos.
A sus parientes los fiscalizaron y apresaron, descubriéndoles también muchas riquezas.
—Llevad a Samuel a los arsenales de Sevilla. Quiero que le saquéis hasta el último sitio donde oculta lo que ha robado.
El tesorero sefardí, tras días de tortura, no soportó más y falleció.
A pesar de estos hechos, los judíos de Castilla no dejaron de apoyar a su rey: entre los suyos también había malas hierbas, y el tema del dinero era algo muy importante como para dejarlo sin castigo.
La misma comunidad hebrea hubiera hecho lo mismo que la justicia real.
1361 Carmona, Corona de Castilla
Nuevo año, nuevos bríos. De camino desde Sevilla hacia el frente con Aragón, el rey don Pedro reunió a sus huestes y llamó a sus caballeros. Aquellos que eran de la villa de Niebla se arrodillaron ante su monarca y el obispo que, solemne a su vera, sujetaba un bebé en brazos.
—Aquí está vuestro señor, Fernando, señor de Niebla, a quien en este acto prestáis vuestro homenaje. Don Pedro el rey, actuando como su padre y representante, os recibirá el juramento de fidelidad y os lo hará en reciprocidad en nombre de su hijo don Fernando, sangre de su sangre.
Poco después, Diego Padilla cabalgaba al lado del nuevo camarero mayor, don López de Córdoba. El cordobés lo miró sin disimulo.
—No temáis, don Diego. Esto no es como lo que sucedió con la Coronel. No hay peligro de que vuestra hermana pierda el favor real. Además, vuestra prima María de Henestrosa sigue casada.
—Lo sé, don López, lo sé. Aunque con esta infidelidad, su marido es uno más que deserta a las filas contrarias.
El hermano de María Padilla hacía sus cálculos.
Incluso si el rey cambiaba definitivamente de amante y elegía a su prima, al menos era de su familia.
Seguiría siendo de los favorecidos por el monarca.
Además, él había mediado entre su hermana y su prima cuando la primera se enteró de que el vientre abultado de la segunda se lo había hecho don Pedro.
Lo que a él le interesaba era no perder sus cargos de maestre de Calatrava y mayordomo real.
—María, sosiégate —le había dicho a su hermana—. Somos hombres, y sabes cómo somos... Tenemos nuestras necesidades.
La Padilla fue a replicar, pero Diego no la dejó.
—No, no me digas que tú lo satisfaces en la cama.
¡Claro que sí! Pero un consejo, hermana: céntrate en lo que de verdad hace que don Pedro salga de las sábanas de cualquier amante y como loco cabalgue hasta donde sea para recuperarte.
Ésa es tu fortaleza: esa bondad, esa comprensión, ese amor. ¡Ésa es tu mejor baza!
—Pero no puedo evitar sentir celos... y ¡humillación! ¡Con nuestra prima, en mi casa!
—María, por favor, recuerda para lo que se os prepara a las nobles damas desde niñas.
Para alianzas que mejoren la familia, para matrimonios sin amor...
¡Como a nosotros, los nobles! La infidelidad varonil está implícita...
¡Pardiez! ¡Pero si una vez que dais varones que sobrevivan sanos hasta a vosotras se os permite tener escarceos! ¡Y lo sabes!
La Padilla se quedó callada. La que peor parte se llevaba de la historia, concedió, era su prima, que quedaba como adúltera, madre de un bastardo y con un marido que la repudiaba.
Aunque también sabía que don Pedro no la dejaría sin dotarla y que al niño ya le había dado un título nobiliario como señor de Niebla.
No, no podía luchar por siempre contra la juventud de otras mujeres, lo cual no era el caso, porque su prima era más o menos de su edad.
Lo que una mujer debía aceptar era que, en lo tocante a la cama, fueras lo buena amante que fueras, nunca podías competir con la novedad, con lo desconocido, con la atracción del hombre por la seducción y la caza de una nueva presa.
Pero en el amor... En el amor era ella la que siempre ganaba el corazón de su rey.
Su hermano tenía razón. Sin embargo, había algo en su discurso que fallaba.
—Sí, Diego, lo que dices es cierto. Pero olvidas una cosa: yo no estoy casada, no ha habido matrimonio que cierre ninguna alianza nobiliaria...
—Todo llegará, querida hermana. El rey...
María le puso un dedo sobre la boca para que callase.
—No me repitas lo que ya he escuchado mil veces. ¡Déjalo!
El fantasma de acabar como la Favorita, viuda pero sin serlo de veras, y con sus hijos considerados bastardos y un peligro para quienquiera que sucediera a don Pedro en el trono, la martirizaba.
En los paseos por los jardines del alcázar, en las cabalgadas por el campo y por las noches tras amarla, el rey le repetía que la haría su esposa, que la haría reina, y que ella no pasaría a la historia como una mera concubina.
Pero el tiempo corría, Pedro acudía a la batalla...
y su situación seguía siendo igual que diez años atrás.
Primavera de 1361 Terrer (Zaragoza), Corona de Aragón
La ofensiva de don Pedro I contra Aragón lo llevó a conquistar varias fortalezas.
El Ceremonioso reaccionó firmando una alianza con el nuevo sultán del reino nazarí de Granada, un usurpador que, según lo acordado, abrió un segundo frente en la frontera andaluza.
Eso forzó al rey castellano a firmar la Paz de Terrer el 13 de mayo de ese año para volverse contra las mesnadas moras que arrasaban villas y campos.
—Malhadados somos, mi señor conde. Y todo por culpa de esos aragoneses ingratos.
—Deja que pase el tiempo, joven Carrillo. ¡Ya veremos! —dijo Enrique de Trastámara.
—Otra vez exiliados a Francia, mi señor. Echaré de menos tierras hispanas —replicó el caballero, sobrino del ya fallecido Ruiz de Carrillo, al que había sustituido en la privanza del conde.
—El rey galo aceptará otra vez mi espada y la de vosotros, mis fieles. Negociaré una buena soldada.
—El Ceremonioso se equivoca al darle preeminencia al infante don Fernando de Aragón.
—Las Cortes aragonesas son las que han vetado el pago de nuestros salarios. Al no haber ya guerra abierta... ¡Recuerda que el rey aragonés no tiene la fuerza que los reyes castellanos!
—¡Pero para prometer, bien que la tiene! Dicen que ha acordado con el infante Fernando ponerlo en el trono castellano.
—Sí. Y mi primo, maldito sea, ha firmado sin reparo ceder territorios por Murcia y Cuenca llegado el caso.
Don Enrique escupió al suelo con desprecio, pero en su fuero interno sabía que él, de haber tenido ocasión, habría cerrado el mismo pacto con el monarca de Aragón sin dudarlo.
Jerez de la Frontera, Corona de Castilla
No había llegado el verano de ese año 1361 de Nuestro Señor cuando la Parca, a la que el rey don Pedro le daba tanto trabajo, segó dos vidas.
La primera de ellas llevaba tanto esperando el aciago momento que ya pensó que su fin sería envejecer junto con las piedras de la alcazaba jerezana.
Sabía que el romancero y los juglares la tenían por protagonista, que cantaban melancólicos a la reina joven y pálida, a la mujer rubia venida de Francia, a la doncella piadosa y de buen seso que permanecía en un cautiverio de cuento.
Su único pecado había sido querer librarse de tan trágico destino y reclamar el lugar que le pertenecía por derecho y linaje.
—No, eso no se hará en mi castillo. Hay un código de honor, aunque a vos no parece afectaros.
—Alcaide, no me hagáis hablar con el rey, que se enfadará. ¿O acaso dudáis de que son órdenes de nuestro soberano?
—No tengo dudas, lo que me extraña es que haya tardado tanto. Si ha de hacerse, no será bajo mi mandato. Hablad con el rey don Pedro, pido ser revelado de mi cargo.
—Don Íñigo Ortiz de Estúñiga, ¡siempre tan recto! No quedan muchos así... Sois una reliquia, ¡son otros tiempos! —se jactó complaciente el otro.
—Sí, ¡nuevos tiempos de gentes como vos, ballestero! ¡Salid de mi vista!
Dos días después, el mismo hombre llegó acompañado de una fuerza bien armada.
No hubo resistencia del alcaide, que leyó la misiva en la que, con gran enfado, el rey lo destituía.
Desde su ventana, que daba al patio de armas, doña Isabel de Lara veía el trasiego y un estremecimiento la tenía sin dormir ni comer. Pero nadie vino a visitarla.
—Si os sentís mejor, la reina... la dama —se rectificó a sí mismo de inmediato el ballestero— ni se enterará ni sufrirá. Yo le daré la comida que vuesa merced se negó a servir el otro día.
Tras entregarle las llaves del castillo, pues aquel hombre, apellidado Rebolledo, había sido ascendido por el rey a alcaide de Jerez, don Íñigo tomó su caballo y se marchó.
Si el santo padre, tras más de treinta cartas a lo largo de casi una década, desde 1353, con diversas bulas, requerimientos e incluso llegando a humillarse ante el poder terrenal del rey castellano, no había logrado nada, ¿qué iba a conseguir él, un simple hidalgo?
«Conservaré mi honor. Como me enseñó mi señor padre. No apoyamos la bandera de la reina Blanca cuando se alzaron los otros nobles aduciendo que lo hacían por ella. No, nuestra casa fue de los fieles a don Pedro. Y lo seguirá siendo, pero esto...»