El Fratricida 15. La primera Nájera #4
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15. La primera Nájera #4

Y así sucedió. La muerte que recibieron los tres nobles portugueses que don Pedro le entregó a su tío fue horrible según todas las crónicas.

Por su parte, el rey castellano no se quedó corto.

Su tío les envió a los caballeros castellanos traidores, entre ellos al antiguo adelantado mayor de León.

El Guzmán sufrió una muerte espantosa que duró horas a la vista del pueblo de Sevilla.

—Querida María, uno menos de los que causaron la muerte de nuestro querido tío Henestrosa. Lo acabarán pagando todos, ¡todos!

Su favorita se abrazó a él y escondió el rostro en su pecho.

Sentía agradecimiento porque se hacía justicia a su tío, pero hubiera preferido que la muerte del adelantado no hubiera sido cruenta.

Y percibía que su amado rey perdía día a día la virtud de la misericordia.

Se asustó, porque era una señal de que ella también perdía algo: al Pedro del que estaba enamorada.

Septiembre de 1360 Campos de Sevilla, Corona de Castilla

Don Pedro tenía las fronteras con Aragón aseguradas, había recuperado las poblaciones que en Murcia se perdieron por las incursiones aragonesas y en el mar sus flotas tenían acogotadas a las valencianas y catalanas.

Sólo la pérdida de Tarazona por la traición de su alcaide supuso un pequeño revés.

Lo que ahora centraba su atención era la corte y la situación interior de sus reinos, temiendo más deslealtades y sospechando de todos.

—¿Lo has visto, Pedro? ¡Mi Doncella le ha ganado a Botafuego!

El rey salió de sus pensamientos. Pensó en relajarse de veras y disfrutar de las dos cosas que más amaba: María de Padilla y la cetrería.

En otoño la caída de hojas favorecía el avistamiento de las perdices, que tenían menos sitios donde ocultarse.

Todavía hacía buen tiempo por tierras andaluzas, un clima idóneo para salir al campo y esperar a que, una vez avanzada la mañana, las aves ya hubiesen llenado su morral y estuvieran más lentas.

—Lo he visto, mi señora, enhorabuena. ¡Pero vamos a ver si puede con Pristanejo!

Llamó al halconero de ese animal y lo preparó con esmero.

Mientras tanto, María recibió en su brazo a Doncella, un halcón neblí, una especie más dócil y fácil de enseñar y, por eso, el preferido de las damas.

En cuanto los batidores espantaron otras perdices, cada uno lanzó sus aves al vuelo.

El halconero francés encargado de Doncella, un hombre que se vino desde París con el animal por una buena soldada, miró de reojo al otro, el moro encargado de Pristanejo.

La pugna no era sólo entre el rey y su amante. El halcón nazarí atrapó antes su presa.

—Parece que Doncella está cansada, querida —concedió don Pedro.

—Entonces, apuesto por Picafigo. Pero no lo lanzaré yo, sino su halconero, mi señor.

—¿Y cuál es la apuesta, mi señora?

La Padilla acercó su montura a la del rey y, mientras soltaba una risita nerviosa, le susurró al oído.

—Si ganáis la apuesta, alteza, podréis tomar mi fortaleza por la puerta de atrás.

—¡Halconero, prepara a Picafigo de inmediato! —ordenó don Pedro, excitado.

De regreso en el alcázar, un ballestero de maza los esperaba. Sujetaba una vasija como las que le presentaron al monarca en Burgos y una carta. Don Pedro leyó la misiva y su cara se tornó desolada. La arrugó y la arrojó al suelo.

—Pedro, ¿qué has hecho? —dijo María, afligida.

—No tenían que haberle dejado escribir, malditos sean el maestre de Santiago y mi nuevo camarero mayor —susurró por bajo—. Se carteaba con Aragón, con el infante don Fernando... ¡No tuve opción! —profirió en alto y se marchó a sus estancias, donde permaneció encerrado el resto del día.

La Padilla conocía a su amante. Ninguna otra medida de las que decretó en el pasado le había provocado una reacción así.

Estaba claramente consternado y con cargo de conciencia.

Quizá esta vez la justicia del rey había errado y el propio don Pedro lo sabía.

Se agachó y recogió la carta. Se retiró a la estancia del Caracol, esperando a que el rey la llamase para cumplir con lo apostado: Pristanejo había abatido más perdices que su halcón, Picafigo.

Confirmó sus sospechas sobre el estado de ánimo del rey cuando este no acudió a cobrarse la jugosa recompensa.

Entonces, se sentó lejos de las niñas y las damas de compañía, y leyó la carta.

En Alfaro, donde había llegado por orden del rey tras intentar por encargo real acordar la paz con Aragón en unas negociaciones celebradas en Tudela, el repostero mayor don Gutierre Fernández de Toledo esperaba pluma, papel y un tintero.

Nunca pensó que moriría en tierras riojanas, aunque, se dijo, realmente nunca pensó en la muerte hasta el año de 1356, recién iniciada la hostilidad con Aragón, cuando, al mando de una mesnada de cuatrocientos caballeros en la frontera, defendió la villa de Molina del ataque de las tropas del conde Luna.

Las cosas no fueron bien ese día y tuvo que retirarse.

Lo peor, lo infausto, fue que su segundo hijo varón murió en el combate.

«¿Qué más sacrificio puede uno hacer por su soberano sino poner en riesgo la vida de su propio vástago? Igual que hizo el Cid con su hijo, que falleció en Consuegra luchando por el rey Alfonso VI, yo he hecho por vos, don Pedro I.»

—Servid vino al repostero —ordenó don López de Córdoba, camarero mayor del rey, cargo que ocupaba tras la muerte de Henestrosa.

Don Gutierre lo aceptó de buen grado. Los caldos de La Rioja ya tenían fama en España de ser de los mejores. Pidió al sirviente que no lo aguase y le llenase el vaso hasta arriba.

—Tenemos nuestras órdenes, don Gutierre...

—Como yo tuve las mías, lo entiendo, maestre de Santiago.

Y vos, como buen toledano, las habéis de cumplir, al igual que yo siempre hice.

Acabaré pronto, no os preocupéis. Y os agradezco esta extraña merced que me hacéis en estos tiempos.

Entregad al rey mi carta, es lo único que pido a vuesas mercedes.

Que yo sólo he tratado de atraer de nuevo a nuestra causa a caballeros exiliados y dividir así a los enemigos del reino.

Recordó su primer servicio a don Pedro como rey, aunque ya lo hacía desde que era infante, cuando no estar en el bando de la Favorita doña Leonor de Guzmán tenía un mal precio.

Fue como camarero mayor, liderando su guardia nada más ser proclamado soberano, hacía diez años de eso, a la muerte de su padre el rey Alfonso XI.

Y se acordó también de su último servicio de armas: cuando, tras el descalabro sucedido en Araviana y la muerte de Henestrosa, reorganizó a los leales y mantuvo la defensa de la frontera, evitando que los aragoneses y el Trastámara sacaran partido de su victoria.

Anno Domini 1360, a siete de septiembre

Señor: Yo, Gutier Fernández de Toledo, beso vuestras manos y me despido de vuestra merced, que voy para otro señor mayor que vos.

Bien sabéis cómo mi madre, y mis hermanos y yo, estuvimos siempre a vuestro servicio desde el día que nacisteis, y pasamos muchos males y sufrimos muchos miedos en el tiempo que doña Leonor de Guzmán tenía poder en el reino.

Mi rey, yo siempre os serví; pero creo que por decir algunas cosas en vuestro nombre y siempre para cumplir a vuestro servicio, me mandáis matar. Que Dios os perdone, pues yo nunca lo merecí.

Los ojos de María de Padilla se llenaron de incontenibles lágrimas. Hizo un esfuerzo y siguió leyendo con el corazón encogido.

Y ahora, mi señor rey, al punto de mi muerte, este será mi postrimero consejo: que, si su majestad no alza el cuchillo, y no paráis de hacer muertes como ésta, habréis perdido vuestro reino, y os ponéis vos mismo en peligro.

Os ruego que os guardéis, porque hablo lealmente, que en la hora que me hallo no he de decir sino verdad.

La carta acababa con una orden expresa y tajante a sus vasallos para que todas sus posesiones y fortalezas las cediesen sin oponer resistencia alguna al rey don Pedro.

—Mamá, ¿qué te ocurre? —dijo la mayor de las hijas del rey.

María Padilla se había agarrado el pecho y, encorvada sobre sí misma, sollozaba con la respiración entrecortada. Su prima y el aya doña Sandoval corrieron a auxiliarla. La recostaron y le trajeron agua mientras la amante del monarca sólo musitaba:

—Pedro, Pedro..., ¿qué has hecho? Gutierre era un hombre bueno... era un hombre bueno. Dios lo acoja en su seno, y a ti, mi rey don Pedro, pueda perdonarte el día en que te llame a su presencia.

Toledo, Corona de Castilla

Si las palabras de Gutierre de Toledo hicieron recapacitar por un momento al rey, no se sabía. Cierto era que se contuvo con la familia del finado y «alzó el cuchillo», pero varios de los De Toledo sufrieron apresamiento o persecución, aunque luego serían perdonados.

Al que no perdonó y sufrió un ignominioso exilio fue a don Vasco, hermano de don Gutierre y arzobispo de Toledo.

Estando en misa, el alguacil don Pero de Ayala, el futuro cronista principal de esta aciaga época, lo sacó de la iglesia a pesar de las protestas de lealtad del prelado y lo puso camino de Portugal sobre una mula y sin más equipaje que un libro y las ropas que vestía.

Por la tarde llegó el propio rey y ordenó dar tormento a clérigos y laicos que servían al arzobispo hasta estar seguro de que se habían confiscado todos sus bienes.

—Es tu hora más dulce, Samuel ha-Leví, flamante tesorero real que, tras las muertes de don Henestrosa y don Gutierre, es el máximo hombre de confianza de don Pedro.

—Así parece, primo. Es nuestro momento, el de los judíos, y no hemos de dejarlo pasar, B’ezrat Hashem!

— Halevái amén, 1 primo. Y nuestro pueblo no olvida que, a pesar de la prohibición de erigir nuevos templos, gracias a ti tenemos esa magnífica Sinagoga del Tránsito en Toledo.

Ambos parientes se miraron satisfechos y brindaron.