15. La primera Nájera #3
—Sé lo que pensáis —dijo el monarca, que ya se sentaba a la mesa y cogía pan y queso mientras fuera de su tienda se oían cesar en seco los gritos del visionario—.
Pero para la baja plebe, y aquí forman en nuestras filas varios cientos de ellos, estas supersticiones son más que eso.
No permitiré que alguien que desea aciagos hechos para su monarca quede sin castigo.
—En realidad, no ha deseado el mal para vuestra alteza, sino que sólo era un sueño —se atrevió a decir don Diego de Padilla.
—¿Y qué otra cosa son los sueños sino nuestros más íntimos y secretos deseos, maestre de Calatrava?
Don Pedro ordenó que todos comiesen y se preparasen para la marcha.
Con el sol bien alto, su ejército se puso en movimiento, vadeando los arroyos con cuidado de no hacer ruido hasta presentarse en la ladera del otero donde el conde de Trastámara había plantado su tienda y pendón.
Desde allí, don Enrique y los suyos se creían seguros, pues divisaban el valle del Najerilla y los campos que se extendían por el llano de su nava.
De improviso, los clarines y tambores dieron la alarma en el campamento del bando castellano-aragonés.
Don Enrique, don Tello y el conde de Osona, que era quien en esta ocasión dirigía la mesnada aragonesa, se vieron sorprendidos por el ataque cuesta arriba que el rey don Pedro lanzó sin pensárselo.
A pesar de todo, contaban con ochocientos jinetes y dos mil hombres de a pie, suficientes para ganar el envite.
—¡Páralos ahí, Tello, no deben pasar! —fue lo último que Enrique le dijo a su hermano al tiempo que él se ocupaba del otro flanco.
—¡Por Castilla y su rey! ¡Muerte a los traidores y muerte a Aragón! —se escuchaba ya a la vanguardia de Castilla, que se les echaba encima.
El conde de Trastámara combatía con ahínco, pero ya lo hacía batiéndose en retirada hacia las murallas de Nájera.
Veía el estandarte de su hermano Tello plantado en su sitio, resistiendo como le pidió.
Los aragoneses se desbarataron y la situación llegó al límite.
Entonces, uno de sus hombres le avisó del desastre.
—Mi señor conde, los realistas han capturado el pendón de vuestro hermano.
—Vamos a juntarnos con la retaguardia. ¡Todos hacia la otra colina, la del Castillo de los Cristianos!
La maniobra se tornó imposible. Allí se defendían varios de los nobles exiliados.
Entre ellos, el último desertor, el alcaide de Tarazona.
Justo antes de la incursión por La Rioja, el rey de Aragón usó sus habilidades negociadoras: lo sobornó por una buena suma de dinero y la mano de la hija de un noble principal de las casas aragonesas.
Tarazona volvió a manos de Pedro IV. El antiguo alcaide sabía que peleaba por su vida más que los otros de aquel cerro, pues don Pedro el Cruel lo despellejaría sin dudarlo.
—¡A las puertas de la villa, señor conde, a las puertas!
Don Enrique vio acercarse el pendón real de su medio hermano.
Su vanguardia había sido ya totalmente superada por la del monarca castellano y sólo tras las murallas de la ciudad tendrían una oportunidad.
Con horror comprobó que las huestes castellanas ya estaban al lado del puente y de las puertas, que se cerraron tras algunos hombres de su ejército que, de milagro, lograban escapar de las lanzas realistas.
Entonces se decidió por una maniobra desesperada.
—¡Al muro del barrio judío, seguidme!
—¡Pero, señor, nos pondremos entre la espada y la pared!
Conforme se acercaban, un agujero empezó a aparecer en el lienzo de la muralla.
Sus partidarios, desde dentro, horadaron el muro y por el hueco recibieron al conde con los escasos hombres que lograban escapar de la ira real.
El mismo barrio que había arrasado sólo un par de días antes era ahora su refugio.
No había ya judíos; de ellos allí sólo quedaba el nombre.
El rey don Pedro dedicó el resto del día a perseguir a los enemigos por los campos y dejar la zona expedita.
Al caer el sol, se retiró a Azofra a fortificarse, no sin antes pasear el botín capturado en las tiendas de sus medio hermanos, el cadáver del alférez de don Tello que había defendido el pendón de su casa hasta ser muerto, y el estandarte de los bastardos.
Desde la muralla, don Enrique observó humillado cómo su enseña era arrastrada y pisoteada, y escuchó los pregones de los heraldos del rey:
—Vuestro hermano Tello huyó desde el principio como un cobarde. Nada extraño, tratándose de otro bastardo miserable.
Una hueste quedó cercando la plaza y con instrucciones de asaltarla al amanecer.
Los consejeros le pidieron al rey que no se demorase, que él mismo liderase el ataque, pero el monarca se marchó hasta Santo Domingo de la Calzada.
Hubo quienes creyeron que algo de lo dicho por el monje ejecutado habría atemorizado a don Pedro, sin pensar en la incongruencia de tal pensamiento: aquella mañana el propio rey luchó poniendo en riesgo su vida y persiguiendo en persona al bastardo en retirada.
Esa noche, los que resistían en Haro y en Nájera tuvieron claro que, con tales pérdidas, si bien en ambos bandos habían sido muchas, no podrían aguantar un asalto.
Aprovechando la oscuridad, salieron por el camino hacia el norte, forzaron una brecha en los sitiadores y emprendieron la huida hacia Navarra, no hacia Zaragoza, como hubiera sido lo esperado.
Enterado el rey, organizó la persecución y, en una sola jornada, alcanzó Logroño, estando muy cerca de darles caza.
Pero, rebasada la villa, al llegar al paraje de Aguilar, ondeaba la enseña de San Pedro de las dos llaves doradas cruzadas y coronadas por un conopeo sobre rojo, signo de que allí había un legado papal.
—Otra vez las faldas de un cura serán refugio de bastardos y aragoneses. ¡Maldito sea el pontificado!
Sus acompañantes se santiguaron ante la blasfemia, pero no le quitaron razón al monarca. La intermediación pontificia supuso una pérdida de tiempo precioso que permitió al conde de Trastámara escapar hasta Navarra. Su hermano don Tello, huido a mitad de batalla, ya se había refugiado en Aragón.
—No quiero que nadie más vuelva a referirse al bastardo como conde de Trastámara. Ese título, lo sabéis, le ha sido retirado y ahora pertenece a nuestro fiel vasallo don Fernán de Castro, que mantiene Galicia en nuestra merced.
Se volvió don Pedro a Nájera y dispuso ayudas para el puñado de judíos que sobrevivieron gracias a algunos buenos vecinos cristianos.
También recompensó a esas gentes que arriesgaron acabar como el pueblo de Israel sólo por comportarse con la caridad que Jesucristo enseñó al mundo.
Con los najerenses que participaron en la matanza, ordenó ejecuciones, porque no lo habían hecho obligados por los bastardos, sino con voluntad.
Sevilla, Corona de Castilla
A la espera de noticias de sus emisarios, cansado de pasear por los jardines del alcázar, subió a la Sala del Caracol, donde estaba doña María de Padilla, su prima y dama de compañía doña María de Henestrosa, y el aya de su hijo Alfonso.
El ama de cría estaba dando de mamar a su retoño y don Pedro deseó estar en su lugar lamiendo aquellos generosos pechos.
Se relajó en compañía de las damas y pasó un tiempo con sus hijas, la mayor de las cuales ya tenía siete años.
Mientras estaba con las niñas no perdía detalle de las señoras, inmersas en sus pláticas.
Hablaban en ese momento de un drama sucedido en el país vecino, donde el nuevo rey luso, también llamado Pedro y tío del rey castellano, estaba ajustando cuentas tras conseguir el trono en pugna con su propio padre, el ya fallecido Alfonso IV, cuyos partidarios asesinaron a su amante, la gallega Inés de Castro, medio hermana de doña Juana de Castro y, por esa vía, cuñada de Pedro de Castilla.
Se decía que los perpetradores del crimen cumplieron órdenes del viejo rey portugués y, al cambiar las tornas, escaparon a Castilla.
—¿Son los mismos que mataron a la pobre Inés de Castro? Malditos bastardos.
—Eso afirma el tío de nuestro rey, querida prima. Son los asesinos de esa desdichada.
—El nuevo rey de Portugal también se llama Pedro. Ahora hay tres Pedros en España que son reyes —dijo el aya.
—Pero sólo uno es el más grande y ése es el mío —dijo la Padilla.
Las tres damas rieron cómplices. Al moverse, el pezón del aya se escapó de la boca del niño, que empezó a lloriquear.
—Señora Sandoval, no dejéis a mi hijo sin su alimento ni por un instante. Si es como su padre, no aceptará de buen grado que lo priven de chupar una buena teta.
Las palabras jocosas del rey las pillaron de improviso. Las niñas se rieron alborotadas. La Sandoval se sonrojó y no sabía dónde meterse. Las otras se llevaron pudorosas la mano a la boca a la vez que trataban de sujetar la risa.
—Os dejo con vuestras cosas, mis señoras.
¡Ah!, por cierto, no es tan nuevo en su Corona mi tío materno el rey de Portugal, mi tocayo.
Ya ha tres años que llegó al trono tras esa guerra civil con mi abuelo.
Sólo al final, cuando éste enfermó, pactaron las paces.
El tiempo vuela más veloz que mis halcones.
—Me gustaría que me llevaseis otra vez a hacerlos volar, mi señor.
—Querida María, sabes que nunca puedo negarte nada. En cuanto lleguen noticias de mis enviados a Portugal, saldremos de caza, te lo prometo.
Cuando el monarca ya iba a abandonar la sala, la prima de la Padilla le preguntó a María qué creía que haría el rey de Portugal con los exiliados portugueses que don Pedro iba a canjear por unos nobles castellanos traidores que se habían refugiado en el reino vecino.
Don Pedro se detuvo un momento y, con un rostro frío como el hielo, les dijo:
—Si alguien hubiera asesinado a mi amada —miró con ternura a María Padilla, pero enseguida tornó serio—, la muerte que esperaría a los responsables sería tal que rogarían por que les llegase su fin. Seguro que mi tío sabe hacer justicia, como yo.