El Fratricida 15. La primera Nájera #2
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15. La primera Nájera #2

—Mi esposo el rey sus razones tendrá. Una reina debe apoyar a su soberano. Seguro que obra con justicia, la justicia del rey de Castilla.

—Sí, mi dueña... eh, alteza. Cumpliremos de inmediato.

Y así fue como dos hermanos, hijos de un noble vallisoletano al que encontraron unas epístolas comprometedoras porque se carteaba con el antiguo adelantado mayor de León, un Guzmán que no acudió a luchar en Araviana y había luego desertado, fueron apresados bajo el cargo de conspiradores y, unos días después, ejecutados en Valladolid.

Al poco, el mismo rey don Pedro se llegó hasta Dueñas de improviso.

—Doña Juana, siempre fiel, como corresponde a su linaje.

—Mi rey y señor —dijo ella, arrodillándose.

—Vengo con prisa, señora. El reino precisa de saneamiento.

—Ya me apena. En mi lecho siempre seréis bienvenido.

Por un instante, don Pedro se sintió tentado. La gallega seguía siendo una de las mujeres más bellas y sensuales de sus reinos.

—Al menos —dijo ella, al percatarse de que no conseguiría su propósito—, conoced a nuestro hijo.

Al niño lo había llamado Juan de Castilla.

—Majestad —dijo el infante, faltándole la voz, visiblemente impresionado.

Pedro se vio a sí mismo de pequeño, cuando su padre el rey vino a verlo y le descolocó de un rudo cariño su gorrito. Sintió piedad por aquel niño.

—Tú eres mi hijo, Juan de Castilla, no lo olvides. De mayor, me acompañarás en mis viajes.

El niño sonrió aliviado. Juana de Castro se sintió como una reina al escuchar aquellas palabras.

—Mi señora, he de marchar. Agradezco que siempre puedo contar con la lealtad de Dueñas.

Salió de la sala como a quien lleva el viento, dando enérgicas órdenes a sus escuderos. Enfilaron por las calles hasta llegar a la iglesia, donde estaba el arcediano, el principal de los diáconos del obispo que se encargaba de repartir las limosnas e impartir justicia eclesiástica en la villa.

—¡Se llevan al limosnero, se lo llevan! —gritaba la gente cuando lo vieron pasar encadenado.

—¡Aquí van unas monedas! —dijo uno de los que acompañaban al monarca—. ¡Agradecédselas a vuestro rey don Pedro!

El rey y sus hombres tomaron el camino de Burgos, donde, bajo los mismos cargos de haber conspirado con traidores del desastre de Araviana, se ejecutó al preso.

En una semana escasa, don Pedro el Justo había limpiado la comarca de Valladolid de traidores.

Como siempre, la plebe entendía, cuando no celebraba, tales medidas que afectaban al estamento nobiliario y eclesiástico que abusaba de ellos.

Pero entre los nobles, incluso entre los que servían bien al rey, había división de opiniones: muchos echaban de menos la clemencia que había mostrado en sus inicios don Pedro, algo con lo que deseaban contar como miembros de su mismo estamento, el de los elegidos para gobernar por gracia divina.

Estaba claro que el rey don Pedro I había cambiado.

No había margen para errores ni titubeos.

El temor se extendió y más se pasaron al bando de los bastardos.

—Mi rey, no digo que no se lo mereciesen...

La mirada de don Pedro frenó en seco a don Diego.

—Entonces está todo dicho, Diego.

—Si estuviera aquí mi tío... Lo siento, majestad, creo que os aconsejaría parar... ¡Se nos van demasiados caballeros!

—¡Que tú y no otro me diga esto! ¿Me vas a venir también con que actúo por venganza? Hay que despiojar la corte y los reinos.

—Perdonad, mi rey. No soy tan buen consejero como mi tío.

—¡Y mira dónde está, muerto! Diego, Diego...

Sólo puedo contar con aquellos que permanezcan fieles a mi lado.

¡Como tú! ¡Que se vayan los que quieran marcharse, eso es que ya eran futuros traidores!

—Don Pedro cogió por los hombros al Padilla y lo miró a los ojos—.

No puedo permitirme más sucesos como el de Araviana, maestre. ¿Queda claro?

—Tenéis razón, majestad. Los que desertan ahora lo hubieran hecho más tarde o temprano.

—No quiero que ninguno de mis más fieles acabe como el llorado don Henestrosa. —Le apretó con fuerza el hombro—. Anda, Diego, ve a ver a tu hermana María y a tus sobrinos. Les alegrarás el día.

Abril de 1360 Nájera (La Rioja), Corona de Castilla

—Cuanto más lejos penetremos, habrá más descontentos que se pasen a nuestras filas.

—Y que el aragonés se dé cuenta de que sólo contando con los castellanos podrá ganar esta guerra, hermano.

—¡Eso es! Ahora que nuestro medio hermano ha descuidado la frontera, más preocupado en perseguir conspiradores que en hacer bien la guerra, es el momento de dar el golpe de gracia.

Brindaron por el éxito de la campaña y se fundieron en un abrazo fraterno.

Don Enrique y don Tello querían repetir lo ocurrido en Araviana.

Invadieron Castilla para aumentar su prestigio y que, el día que derrotasen del todo a don Pedro I, el rey aragonés Pedro IV hiciera buena su palabra de nombrar al conde de Trastámara rey castellano en detrimento del infante Fernando.

Tomaron Nájera, asaltaron Haro y llegaron hasta Pancorbo y Miranda.

En la toma de la primera villa, se repitieron los hechos de Toledo. Esta vez la matanza no la hizo Enrique junto a su hermano don Fadrique, ya muerto, sino con Tello.

—¡Los asesinos de Cristo, los asesinos de Cristo! —gritaba espada ensangrentada en mano el conde don Enrique.

—¡Ellos son los que sostienen al tirano! —coreaba Tello—. ¡Cristianos! ¿A qué esperáis para vengar la muerte del Hijo de Dios?

Y las gentes del común, tan fácilmente maleables, con la envidia larvada durante decenios, se desataron y se unieron con frenesí a las tropas del Trastámara.

El pogromo fue devastador. No se les trataba como a seres humanos, sino como a bestias.

Eran paisanos del odiado tesorero del rey, de Samuel ha-Leví.

No sólo los hombres, también mujeres, niños y ancianos caían ante los cuchillos y las antorchas cristianas impulsadas por el Trastámara.

Como era costumbre en tiempos de calamidad, el profeta Isaías se nombraba en la sinagoga, donde los judíos se habían refugiado.

—«Alégrate, Jerusalén, y reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; de modo que mamaréis de sus pechos y os saciaréis de consuelos y de su gloria» —recitaba el rabino najerense.

Los sefardíes se apelotonaban en derredor de su maestro hebreo; algunos acariciaban los tzitzit , los flecos que colgaban del talit, en un vano intento de atraerse la baraka. Pero Adonai no estaba escuchando.

—¿Habéis oído, muchachos? Estos idiotas hablan de regocijo en estos momentos.

—¡Pues vamos a dárselo! —escupió otro de los soldados.

Las gargantas de los judíos fueron rajadas con la misma precisión utilizada con los cerdos.

Un San Martín adelantado. La kipá del rabino rodó por el suelo hasta quedar sobre un charco de sangre.

Algunos judíos resistieron y pelearon con fiereza, pero la mayoría sólo rezaba, implorando a su dios Elohim por un milagro.

Unos cuantos, los menos, emularon a sus antepasados que, en la Primera Cruzada, ante la llegada de fanáticos cristianos por el valle del Rin gritando a voz en cuello que la sagrada limpieza de infieles de Jerusalén ya comenzaba por los propios judíos europeos, se dieron muerte entre ellos, empezando por matar a sus propios hijos; los últimos se suicidaron.

Más de mil judíos de la aljama de Nájera murieron ese día. Y cuando las huestes del conde don Enrique llegaron a Miranda, los mismos hechos se repitieron en la judería mirandesa.

Ante esas terribles noticias, el propio rey don Pedro salió al encuentro de sus medio hermanos, deseando acabar de una vez por todas con ellos.

—Mi rey, ésos que tenéis enfrente son los mirandeses que pasaron a cuchillo a los judíos.

—Por los hechos cometidos contra mis súbditos, Nos os condenamos a muerte.

—¿Qué tipo de muerte se les ha de dar, alteza?

Don Pedro quería dar ejemplo y castigar con tal dureza que no se olvidase. Recordó la vieja ley judía del ojo por ojo y diente por diente.

—Que a cada uno de ellos se les cause exactamente lo que hicieran a sus víctimas. Preguntad a los supervivientes y que vean que su rey cumple con su promesa de darles amparo y justicia.

Tras aplicar las penas, dejó Miranda de Ebro, no sin antes decretar la segregación de algunas partes del alfoz de la villa, que otorgó a Vitoria en castigo.

Viajando desde el camino del norte, el monarca alcanzó la pequeña villa de Azofra, donde plantó su real a escasas dos leguas al oeste de Nájera.

Sólo lo separaban de los bastardos unos miles de pasos, cuatro arroyuelos y las colinas que el río Najerilla había moldeado en su discurrir por el flanco occidental de la población.

Se reunió con sus capitanes para preparar el siguiente movimiento.

—Alteza, un monje algo extraño, que dice venir desde Santo Domingo de la Calzada, solicita veros.

—¿Extraño? Explícate.

—Tiene los ojos extraviados, como de no haber dormido en bastante tiempo. El escaso pelo que le queda, todo revuelto. Dice que ha tenido un sueño premonitorio.

—Hacedlo pasar. Y que se dé almuerzo a la tropa. Esta misma tarde agitaremos las madrigueras en las que se esconden esos traidores hasta eliminarlos como a las comadrejas que son.

El monje era tal y como se lo habían descrito.

Llevaba un hábito raído de viejo y que además estaba sucio por el viaje a pie hasta Nájera.

Relató un sueño con muchas exageraciones, en el que se le aparecía el mismísimo santo Domingo y le mostraba una visión funesta en la que el Trastámara mataba con sus propias manos a su hermano el rey don Pedro.

—Lleváoslo y ejecutadlo —dijo el rey inmediatamente tras acabar de oír el relato.

Mientras el desgraciado comenzaba a sollozar e imploraba por su alma, don Pedro se dirigió a sus consejeros, que lo miraban con sorpresa sin atreverse a expresar su desaprobación: aquel hombre no era sino un loco, se decían por lo bajo.