15. La primera Nájera
La primera Nájera
Los alaridos de dolor proferidos por el rey castellano el día en que se enteró de la muerte de su valido se escucharon hasta la ribera del Guadalquivir. Pero no fueron nada comparados con su llanto desgarrado, abrazado al cuerpo embalsamado que le presentaron días después en el palacio del alcázar.
La escena pasaría al imaginario popular: su rey, don Pedro el Justo, echado sobre el cadáver de quien fuera como el padre cercano que nunca tuvo, derramando sus lágrimas sobre el rostro inerte y sereno de su camarero mayor, mientras la sobrina de este, la amante del rey doña María de Padilla, entre sollozos y lamentos, abrazaba a su vez al soberano y trataba en vano de consolarlo.
—¡Henestrosa, mi buen Henestrosa! ¡Háblame, te lo ordeno!
—Pedro, Pedro..., mi rey, mi amor. Se ha ido, se ha ido...
—¡No! —Don Pedro se zafó de los brazos de María e incorporó el cadáver de su privado—. ¡Juan! ¡Juan Fernández de Henestrosa! ¡Es tu rey quien te llama! —dijo enfrentando los ojos vidriosos del muerto.
Tras unos instantes de desconcierto, depositó el cuerpo con cuidado sobre las angarillas en que lo transportaron.
Sin mirar a nadie, subió por la escalera de caracol y se encerró en la estancia tras decirles a sus hijas que salieran y también a la nueva aya, la encargada de su hijo, Alfonso, nacido hacía escasas semanas.
La alegría que sintió tras volver de su segunda expedición marítima, cuando viajó a Tordesillas a ver a su amada Padilla, que por fin le daba un varón, se desvaneció de pronto con la pérdida del único hombre en quien confiaba.
A la muerte de Henestrosa había que sumar la de trescientos caballeros y varias deserciones.
«Traidores, traidores. No acudieron, no fueron... ¡Pobre Juan, siempre pensando en el honor y esas cosas! ¡Nunca me escuchó! Yo a él sí, Dios lo sabe, pero él nunca dejaba de creer en que había algo más que la iniquidad humana. Lo abandonaron..., me abandonaron, y lo pagarán caro.»
—¿Me habíais llamado, majestad?
El maestre de Calatrava, sobrino del fenecido, se asomó a la estancia esperando la voluntad del rey.
—Pasa, Diego, pasa. Deja a tu hermana que se encargue del funeral por vuestro tío... ¡Como un rey ha de ser enterrado! Tú y yo tenemos asuntos que atender. Pagarán por esto.
—Mi rey, aunque el dolor me consume y me asaltan deseos de venganza, son muchos los implicados y no todos han actuado igual...
—¡Hasta los que huyeron! ¡Todos son culpables!
En un inicio, el dolor que sentía don Pedro lo llevó a querer castigar a cualquiera involucrado en la primera seria derrota sufrida por las huestes castellanas.
Pero luego recapacitó. No tuvo nada contra don Fernán de Castro que, milagrosamente, había logrado escapar y lo servía con renovado esfuerzo.
Pero la ira del rey hizo a muchos temer por su vida y, ya hubieran dejado de ir a la batalla por dolo, ya fuera porque no llegaron de buena fe a tiempo, muchos nobles se pasaron al bando aragonés, pactando con don Enrique de Trastámara, no por deslealtad a su rey y su reino, sino por miedo, inseguros de qué podría ser de ellos.
La pérdida de su mejor consejero condujo además a una peor administración del reino, siendo incapaz don Pedro de poner cargos de confianza porque no se fiaba de nadie.
Zaragoza, Corona de Aragón
El conde de Trastámara había recuperado su prestigio y, con el apoyo de la poderosa familia Luna, decantó la preferencia del rey aragonés en su favor. Los Cabrera y el infante don Fernando perdieron en el juego de conspiraciones que se vivía en la corte con la aquiescencia del Ceremonioso.
—La capitanía de los ejércitos es otra vez vuestra, don Enrique.
—Pero... ¿a qué coste, conde Luna?
El bastardo se secó unas lágrimas que le corrieron por las mejillas. Ya había pasado el momento de furia. Loco de dolor, había salido a recorrer los campos zaragozanos a lomos de su caballo hasta que el furor que sentía fluir por sus venas se fue apaciguando.
—Vuestro deber como guerrero era el de luchar y obtener la victoria. Lo que nuestro enemigo haga está fuera de nuestro control. Sólo Dios es omnisciente.
—¿Y por qué Dios permite que perezcan inocentes por los pecados de su hermano? No habrá piedad para ese tirano cuando lo derrote. Lo apuñalaré hasta ver cómo la vida desaparece de sus ojos.
Llegó don Tello, la cara demudada, y, sin saludar al conde de Luna, se fundió en un abrazo con su hermano don Enrique.
—Enrique, nuestros hermanos... Unos jóvenes que jamás hicieron nada... Nosotros sí nos merecemos correr esa suerte si fracasamos. Pero ¿ellos? ¡Maldito seas, don Pedro el Cruel!
Tras la derrota en Araviana y sin el contrapeso que suponía la presencia de Henestrosa, el rey don Pedro, dolido por la muerte de su valido, envió a Carmona al mismo ballestero que derribó de un golpe a don Fadrique en el aciago día de su ejecución.
En el alcázar de la villa sevillana, que fue llamada Carmo por los romanos y considerada por Julio César como la más fuerte de toda la Bética, murieron a mazazos dos hermanos menores de los bastardos: uno llamado Juan, señor de Jerez de los Caballeros, de diecinueve años, y otro, el más pequeño, llamado Pedro, de catorce.
No habían participado en ninguna conjura ni rebelión. Los mató por simple venganza.
De los cachorros de la loba Leonor de Guzmán, ya sólo vivían cuatro, tres de ellos varones que empuñaban las armas. Estas muertes no fueron bien vistas por muchos de los que servían al rey castellano y hubo más deserciones que engrosaron las filas trastamaristas y, por ende, las aragonesas.
Cuaresma de 1360 Villanubla y Dueñas, Corona de Castilla
Don Osorio no quería vivir exiliado. Él simplemente no había llegado a tiempo de ayudar en Araviana, pero como sabía lo que esa derrota y la muerte de Henestrosa significaba para su rey, huyó.
Ahora, con la carta de don Pedro en su mano, en la que lo perdonaba y, además, le añadía un cargo en la corte, se sintió afortunado.
En Villanubla lo esperaba el maestre de Calatrava.
En la posada les sirvieron buenas viandas y un vino que Osorio prefirió aguado.
No quería tener los sentidos embotados, por lo que pudiera pasar.
El hombre con el que compartía mesa, después de todo, era el sobrino del fallecido Henestrosa.
Pero, observó, don Diego de Padilla pedía abundante vino y empezaba a chisparse.
Desde luego que se lo veía relajado, incluso hacía bromas sobre la Cuaresma, diciendo que los ayunos y la abstinencia desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves de Resurrección era algo de cumplimiento para la plebe y los curas, pero no necesariamente para los nobles como ellos. Eso lo tranquilizó.
—Siento mucho lo de vuestro tío, don Diego. Don Juan de Henestrosa era un hombre honorable y justo. Si pudiera cambiar las cosas... No logré llegar a tiempo.
El maestre de Calatrava lo miró con seriedad, escrutándolo.
—¡Ojalá hubiera estado allí y ser yo uno de los trescientos caballeros que murieron junto a él defendiendo Castilla!
—Os creo, don Osorio. Mi tío nunca dudó de vos. Pero sí de Sarmiento..., aunque finalmente hasta por esa alimaña intercedió en una ocasión ante el rey.
—Os agradezco vuestras palabras, don Diego. Brindemos porque tengamos... tenga yo la oportunidad de resarcir la memoria de vuestro tío y servir bien a nuestro rey don Pedro.
Los dos hombres entrechocaron sus jarras y atacaron un buen pedazo de carne de cordero. De repente, la puerta de la posada se abrió y aparecieron los ballesteros del rey. Sin miramientos, apartando a empellones a los parroquianos, avanzaron resueltos hasta don Osorio.
—Abrid paso a los hombres del rey.
—¡Paso, paso a la Justicia Real!
A don Diego la comida se le cayó de la boca, que le quedó entreabierta con expresión de sincera sorpresa.
—¡Traidor! ¡Y habéis compartido mesa conmigo! ¡Que la deshonra os persiga! —dijo Osorio mientras trataba de sacar su espada.
—No... no... ¡no sabía nada de esto! —El maestre se volvió a los hombres del rey—. ¿Qué hacéis? El rey ha perdonado a este hombre y...
—¡Echaos a un lado, calatravo, o correréis su misma suerte!
Los ballesteros rodearon a don Osorio que, con coraje, logró defenderse un rato y dar cuenta de alguno de sus oponentes, pero, ante la superioridad numérica, acabó abatido y molido a mazazos.
¡Trunch!
La cabeza del ajusticiado fue cortada allí mismo.
—¿Dónde está la tinaja? —dijo el jefe de los maceros.
—Aquí, con cuidado, que no rebose.
Metieron la cabeza en salmuera. Don Pedro la recibiría en cuestión de horas, sabiendo que todavía varias más deberían llegarle.
Ese mismo día, a ocho leguas de allí, en Dueñas, villa de la señora doña Juana de Castro —la noble gallega que firmaba todos sus documentos como reina de Castilla, pues así lo era por haberse casado con don Pedro, aunque hubiera sido por sólo dos días—, el jefe de la milicia se presentó ante ella.
—Mi señora doña Juana, han llegado unos hombres del rey. Traen orden de apresar y ejecutar a dos caballeros, a dos hermanos, de los de Valladolid de toda la vida.
—Pues proceded, capitán. Dueñas siempre con su rey. No defraudaré a mi marido.
El oficial se quedó un momento parado. Sorprendido por la situación tan extraña que se vivía en la villa.
La señora no sólo se intitulaba reina, sino que no mostraba ningún rencor, todo lo contrario, contra el rey don Pedro, a pesar de que éste la había abandonado y ni siquiera vino a visitarla cuando dio a luz al hijo producto de dos noches de pasión.
Era verdad que el monarca sí se preocupó porque al niño no le faltase de nada.
Era ya un crío de cinco años que correteaba por los pasillos intentando hacer lo que cualquier niño, jugar y escapar del clérigo que se encargaba de su educación y de la aya que le había dado de mamar hasta no hacía mucho.
—Mi señora... ¿No... no queréis saber los cargos de los que se les acusa? Es una familia reconocida en Valladolid.