14. La cólera real #8
Aquel conde estaba al mando de las tropas aragonesas. Junto a él cabalgaban varios nobles de la casa Luna, importante cuna de guerreros y religiosos en la corte de Aragón.
—Eso lo cambiaremos, señor Luna. Lo cambiaremos. ¡Basta de cháchara, señores! ¡Vamos a por ellos!
El Trastámara aguijoneó su montura y tras él partieron ochocientos jinetes, caballeros castellanos que eligieron el exilio estribo contra estribo con la caballería aragonesa, seguidos de un número superior de peones.
Avanzaron por las faldas del Moncayo en dirección a Ágreda para golpear allí a los fronteros de Castilla.
Don Enrique tenía que demostrar al rey aragonés que él y no otro era el adalid de su reino, su principal valido, y que merecía recuperar una capitanía de los ejércitos que, tras más de dos años sin victorias, le había sido arrebatada.
—¡Mi señor Henestrosa! ¡Mi señor! ¡Los aragoneses vienen por el sur! ¡Ya han asaltado Ólvega!
El camarero mayor de Castilla observó que no se acercaban desde el camino de Tarazona, como cabría esperar, sino que habían penetrado por los montes, una hábil maniobra de sus oponentes.
Mandó avisos al resto de fronteros para que saliesen al encuentro del enemigo mientras partía raudo desde la fortaleza de Almazán.
Cuando llegó a los campos regados por el Araviana, con la majestuosa montaña dominando el paisaje, sólo don Fernán Ruiz de Castro y su hueste de gallegos estaban listos.
Habían venido a toda prisa desde la alcazaba de Gómara.
—Si no llegan los otros, don Henestrosa —dijo el conde de Lemos—, estamos en gran aprieto. Mis avanzadillas hablan de más de dos mil efectivos y aquí no llegamos a mil doscientos.
—¿Cuánta caballería tiene el Trastámara, señor de Castro?
—Viene con los caballeros del conde Luna. Suman al menos ochocientos.
Rezaron para que el adelantado mayor de Castilla don Pérez de Sarmiento, el adelantado de León, un Guzmán, y el justicia mayor del reino don Osorio acudieran a tiempo.
Se miraron sin decir nada. Eran hombres hechos a la guerra, prestos a lo que el Señor dispusiera en el campo de batalla.
La nobleza luchaba, era su leitmotiv , la justificación de su estatus.
Se hicieron un gesto de respeto, bajaron los frontales de los bacinetes y se colocaron cada uno al frente de sus mesnadas.
Los pendones aragoneses ya refulgían a lo lejos, las barras doradas y gules ondeando como si de olas en la mar se trataran y una tormenta se cerniese sobre los castellanos.
—¡Nobles señores! ¡Y hombres de esta tierra castellana! —gritó Henestrosa—. ¡Por Castilla y el rey don Pedro!
—¡Por Castilla y su rey! —vociferó la masa.
En su flanco derecho se escuchó al conde de Lemos. De Castro gritó con rabia:
—¡Galicia por el real de Castilla y León! ¡Muerte a Aragón!
—¡Muerte a Aragón! —resonaron las huestes gallegas y leonesas.
Se aprestaron a recibir la embestida enemiga mientras sus adversarios, los condes Trastámara y Luna, tenían la iniciativa y la ventaja numérica.
—¡Vuestro hermano ha de actuar ahora o perderemos la ventaja! —gritó el conde de Luna.
Enrique pidió a su alférez que señalase la maniobra. Él mismo, a pesar de que era en vano dado lo lejos que se hallaban, gritó la orden:
—¡Ahora, Tello, rodéalos, hermano!
Don Tello flanqueó con su hueste a los castellanos. El sonido del acero y los relinchos de las monturas sólo lo mitigaban los gritos de los desgraciados que caían bajo las lanzadas o pisoteados por los cascos de los caballos.
El valido de don Pedro, don Henestrosa, se batía con arrojo. Había sido desmontado y rodeado de decenas de aragoneses. Sólo escuchaba un «¡por Castilla sin el tirano!» de los caballeros castellanos que luchaban para el rey de Aragón.
Miró hacia el río una vez más esperando ver aparecer al resto de los fronteros de su querida Castilla.
«Sarmiento nos ha traicionado. Nunca soportó mi ascenso y mi valía. Nunca valoró mi benevolencia ni mi intermediación ante el rey don Pedro. Sea así, Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea el tu nombre, venga a nos el tu reino, sea fecha la tu voluntad, así en la tierra...»
De pie, con la rodela en una mano y la maza en su diestra, combatió hasta el final sin esperanza.
Una lanzada por la espalda acabó con su vida.
Su cuerpo inerte se desplomó y quedó allí, abandonado en medio del campo de batalla junto al de sus fieles caballeros que siguieron protegiéndolo hasta ser ellos mismos muertos.
—¡Mi señor, el camarero mayor ha caído! Ya no vemos su pendón.
De Castro aguantaba en el flanco como podía, desplegando su pericia y su fiereza, ésas que le habían dado fama de hombre recio e implacable.
En él se daban las mismas cualidades que en su padre, al que no en vano apodaron «el de la Guerra».
Sintió que era el fin, apretó los dientes y se aprestó para dar la última batalla.
—¡Agrupaos, agrupaos! —ordenó mientras oteaba en busca de quien no hacía mucho fuera su aliado, su excuñado Enrique de Trastámara.
«Si lo mato, todo cambia. Tello huirá y, entonces, los Luna se retirarán», pensaba.
—Sé lo que pensáis, mi señor. Es en vano. El conde bastardo no se arriesgará, nos tienen donde quieren. Forzad la huida, por allí, aún hay tiempo.
De Castro se levantó la visera un momento y miró a su alférez, a su mejor hombre, a su campeón, que le portaba el estandarte de los seis roeles azules sobre fondo plata de su casa.
Sabía que tenía razón, pero no quería dejar atrás a sus soldados.
El hombre, que conocía a su señor, arengó a los que tenía a su lado y cargó el primero contra el enemigo mientras unos pocos caballeros rodearon al conde de Lemos y, contra su voluntad, tiraron de sus riendas en dirección contraria.
Lo último que vio don Fernán Ruiz de Castro fue a su alférez sucumbir con los suyos ante un enjambre de aragoneses. Luego, azuzando sin descanso a su caballo, trató de llegar a puestos castellanos, con las lágrimas a punto de desbordar sus párpados.
«He de conseguirlo. Que ese sacrificio no sea en vano.»
Escuchó entonces el silbido de las saetas.
Dos de sus hombres fueron derribados de sus monturas haciendo tropezar a la suya y fue a dar con sus huesos en el suelo.
Trató de incorporarse. Su caballo se recompuso y salió espantado.
En la loma que quedaba a su espalda vio asomar la partida de caza aragonesa. Cerró los ojos y rezó.
«Dios Padre, perdona mis pecados. Y perdona que no pueda ser como enseñó tu Santo Hijo. ¡La otra mejilla, nunca!»