El Fratricida 14. La cólera real #7
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14. La cólera real #7

Sabía que nada de eso servía, que Pedro, al que llamaban el Justo, no lo era, sino un vengativo soberano que no atendería a razones.

Sólo le quedaba esperar otra vez angustiada a que el rey sintiera inflamarse su cólera y la aplacase con ella como había hecho con su suegra y su hermana.

Después de muchas noches dormida entre sollozos, decidió que no habría más lágrimas.

—Vais a tener regia compañía, señora Isabel. Aunque no se os permite ningún contacto con ella.

—Ya pasé por eso en Castrojeriz, carcelero. Me da igual quién sea si no voy a poder compartir penurias. Hasta los presos en galeras gozan de compañía en su encierro.

El hombre soltó una carcajada.

—No creo que cambiaseis ninguna compañía por perder las condiciones de vuestra ventajosa reclusión y vivir entre vuestros meados, señora vizcaína.

Al que ella llamaba carcelero de modo despectivo no era el esbirro que cuidaba su puerta, sino el castellano de la alcazaba de Jerez, el único que podía flexibilizar su encierro. La joven, con tan sólo veinticuatro años, actuaba movida por su orgullo señorial en vez de una prudente humildad.

Desde la ventana de la celda vio entrar en el patio de la fortaleza a una mujer.

La extraña iba vestida de modo sencillo, pero exudaba porte y elegancia.

La rodeaban cuatro guardias al mando de un quinto que habló con el señor de la fortaleza antes de desaparecer por el portón.

La figura femenina miró hacia el cielo, buscando un horizonte despejado, y sus ojos se cruzaron.

Era una mujer rubia, según revelaban los tirabuzones que se escapaban por los lados de la capucha con la que la cubrían.

La tez se veía muy pálida, tersa, no llegaría a la veintena.

«¡Es la reina doña Blanca de Borbón! ¡Pero si estaba recluida por tierras burgalesas!», se dijo Isabel, que instintivamente alzó su mano fuera de las rejas y la saludó.

La francesa devolvió el gesto justo cuando ya tiraban de ella los hombres del rey. Isabel de Lara, sin saber muy bien por qué, se sintió algo mejor al no ser la única presa en la fortaleza, aunque sabía que las mantendrían siempre separadas.

8 de junio de 1359 Barcelona, Corona de Aragón

Los catalanes protegían su principal ciudad con denuedo y pericia.

Habían minado el lecho de un canal con hierros clavados en el fondo y allí ocultaban su inferior flota, al final del brazo de agua.

Varias ballistas y catapultas hostigaban cualquier intento de los leños y galeas castellanas de abrir el paso para el grueso de la escuadra.

El asedio marítimo corría el riesgo de eternizarse y dar ocasión a que apareciese el Ceremonioso con la marina de socorro que, según informes, se reunía en Mallorca.

—Intentaremos otra maniobra, a ver si pican, alteza.

—¿Como si fueran peces, almirante? No os di el mando para comportaros como un vulgar pescador de bajamar, genovés.

El veterano marino, de apellido Bocanegra, miró a su hijo, que acababa de llegar desde su galera para preparar una nueva estrategia contra los empecinados barceloneses.

Pensaban usar bombardas de fuego, un incipiente ingenio de artillería que lanzaba grandes bolaños de piedra a buena distancia.

Callaron ante el rey; en sus adentros lamentaban llevar al mismísimo don Pedro con ellos porque les privaba de libertad de movimientos.

—De acuerdo, haced lo que tengáis que hacer, almirante —dijo el monarca castellano—. No me conformo con que esta vez hayamos capturado Guardamar. Esa ciudad condal es la joya comercial del rey aragonés. Tomarla sería media guerra ganada.

Sólo un año después del desastre en Guardamar, don Pedro había rehecho su flota con nuevas galeras salidas de los astilleros andaluces y muchos leños y galeas requisados en el Cantábrico a la Hermandad de las Marismas.

Zarpó de Sevilla y, antes de que los aragoneses se dieran cuenta, dejó atrás Cartagena y se llegó hasta Guardamar, que en esta ocasión cedió en su resistencia.

Acumuló luego sus naves en los Alfaques, en la desembocadura del Ebro, y desde allí navegó hasta aparecer en las costas barcelonesas.

—Gracias por confiar en nosotros, majestad —dijo el almirante, que le indicó a su hijo que regresara a su nave.

—Tenéis el mayor número de barcos que nunca Castilla sola haya dispuesto. Quiero resultados.

—Esta guerra, mi rey, la ganaréis por mar.

La flota era imponente: veintiocho galeras, dos galeones, cuatro leños y ochenta naos de las atarazanas de Sevilla más las requisadas en Guipúzcoa, Vizcaya, Santander, Asturias y Galicia, a lo que sumaba tres galeras nazaríes de Granada y diez galeras y una galeota portuguesas.

La galera insignia en la que don Pedro viajaba era descomunal: embarcaba, aparte de su numerosa marinería, ciento sesenta hombres de armas y ciento veinte ballesteros, con tres castillos repletos de soldados.

—¡Preparaos para la maniobra! ¡Todos a sus puestos!

El capitán del castillo de popa era el fiel caballero don Pero López de Ayala, amigo desde la juventud. Era su primer mando en el mar, ya había tenido varios como frontero.

—Algo nuevo que contar en vuestros escritos, don López de Ayala. Veo que ya manejáis a los hombres como si fueran en una formación a caballo.

—¡Sí, majestad! Pero me pondré con el papel y la tinta cuando pisemos tierra... No me hago a escribir con este balanceo.

Rey y capitán se sonrieron. El caballero era gran aficionado a las letras. Con el tiempo, dejaría para la historia las andanzas de don Pedro y de don Enrique y la fratricida pugna castellana.

En la nave capitana aragonesa todo eran prisas y caras preocupadas. Si no llegaban a tiempo de socorrer Barcelona, el revés para la Corona sería muy grande. El propio rey Pedro IV iba al mando de la flota.

—Ese niñato engreído se cree que me va a dar lecciones de cómo se hace la guerra por mar. ¡Ja!

—Con las cuarenta y dos galeras que hemos reunido, alteza, será suficiente, ¡somos mejores marineros! Valencia y Mallorca a vuestro servicio, mi señor.

El cómitre no mostraba ninguna duda en la victoria. Era un hombre acostumbrado a la mar y exudaba la misma confianza que empleaba en ordenar a la chusma de galeotes.

—¡Banderas de aviso en la exploradora! —gritó el hombre subido a lo alto del palo mayor.

El Ceremonioso se asomó por la borda siniestra y vio las señales que hacía una fusta que se acercaba aprovechando el viento a favor.

Sólo tuvo que echar una mirada al cómitre para que éste, sin mediar palabra, empezara a dar instrucciones.

Por estribor vio que el buen Bernat de Cabrera, el almirante de la escuadra, también ordenaba virar su nave confirmando la nueva derrota.

—¡Nos volvemos, nos volvemos! Los castellanos navegan hacia las Pitiusas.

Las dos flotas se encontraron a la altura de Ibiza.

El rey castellano había dado por imposible la toma de Barcelona ante la inminente llegada de los aragoneses y pensó en sorprenderlos al ir contra el archipiélago situado al sur de la isla de Mallorca, precisamente de donde habían partido los barcos de la Corona de Aragón.

Se tantearon unos días, sin que el aragonés arriesgase un combate total, a la espera de que don Pedro I cometiera un error o que las tropas embarcadas, que no eran parte de la marinería, empezaran a cansarse de los rigores de la mar.

No se equivocó y, al final, la marina castellana se retiró a sus bases y cejó en el asedio de Ibiza.

Pero el Ceremonioso sabía que sólo había sido una pequeña victoria para Aragón ya que, con la alianza que el soberano de Castilla había cerrado con Inglaterra y Génova, el control del mar era, por primera vez, castellano.

«Lo primero —se decía el monarca aragonés—, he de hacer que Muhammad respete nuestros acuerdos y deje de jugar a dos bandas. Los puertos del reino moro han de estar cerrados a los castellanos.»

Pedro IV tenía paciencia y mucho cinismo cuando era necesario. No había cortado relaciones con los nazaríes, a pesar de que estaban ayudando a Castilla. Emplearía su consabida diplomacia.

—La galera con la embajada ya ha partido, mi rey.

—Os veo preocupado, almirante.

—¿Y si los granadinos han decidido que se acabó nuestro pacto? Nuestros emisarios... podrían acabar colgados de los muros de la Alhambra.

—El sultán no hará nada de eso. Es otro hombre que gusta de la diplomacia, como yo.

—No sólo con diplomacia expulsaremos al rey de Castilla.

—Mi buen Bernat, a la vez que usamos la diplomacia, estoy a la espera de que mis adalides den un buen golpe en tierra a los castellanos.

El almirante sabía que se refería a la competencia entre el medio hermano del soberano, el infante Fernando, y el conde de Trastámara. La pugna de ambos gallos de corral, como gustaba de referirse a ellos el rey, había llegado a su punto álgido.

—Sé que preferís a mi hermano el infante, vizconde.

—Prefiero al que lo haga mejor en defensa de nuestro rey, mi señor.

El camarero real y almirante no era sincero. La otra poderosa familia de Aragón, los Luna, en la que destacaban el conde Luna y el arzobispo de Zaragoza, favorecía al conde de Trastámara.

«Aunque el vizconde Bernat me sirve bien y no duda en confrontar a los otros nobles en favor de que aumente mi poder real, he de tener cuidado —pensaba el Ceremonioso—. La querencia por mi medio hermano, con derechos a mi Corona, podría escalar si no la controlo.»

22 de septiembre de 1359 Campos de Araviana, a los pies del monte Moncayo Camino hacia Ágreda (Soria), frontera entre Castilla y Aragón

—Ese malnacido... mató a nuestro hermano Fadrique y ahora ha matado a tu mujer, Tello. ¿Estás conmigo o no lo estás? No es tiempo de remilgos —dijo un encorajinado don Enrique de Trastámara.

—Lo estoy, hermano mayor, lo estoy. Acabemos con ese tirano —respondió don Tello, cuyo rostro reflejaba a la par dolor y rabia.

—Para él, vuesas mercedes sólo sois los bastardos —apostilló un lacónico conde Luna —. ¡Y así os ve gran parte de Castilla, mis señores castellanos!