El Fratricida 14. La cólera real #6
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14. La cólera real #6

—¡Entonces será eso! No le des más vueltas, María.

En cuanto se resuelvan esas negociaciones, tu Pedro tendrá la certeza del resultado, ora porque alcanza lo que quiere, ora porque se le niega.

Y entonces volverá a ser el mismo. ¡Es la incertidumbre la que siempre nos mata y nunca lo que ha de venir!

Ambas primas se abrazaron y se sintieron reconfortadas.

Tomaron sus bastidores de bordar y esperaron la visita del lector de escritos.

Como era costumbre, mientras las damas atendían a sus quehaceres, se leían en la sala distintos textos.

En ocasiones se trataba de un clérigo que recitaba pasajes de la Biblia, en otras era un erudito narrando tradiciones caballerescas o la historia del reino.

Cuando el erudito se presentó, se unieron también el aya, con las tres niñas y la dama de compañía favorita de la Padilla.

Y en aquella habitación del palacio, con la belleza de sus paredes arabescas, el canturreo de las fuentes y el aroma de los jardines inundándolo todo, el tiempo transcurría apacible, acogedor, como si la vida sólo tuviera una cara amable y fuera siempre placentera.

En el salón del trono del alcázar, el rey don Pedro acababa de escuchar la última respuesta del Ceremonioso. Nada que no se esperase. Una dilación más, nuevos aplazamientos para más mediaciones pontificias, para arbitrajes eternos.

—Majestad, recapacitad —se atrevió a decir Henestrosa—. Podríais tener a vuestros enemigos más importantes en vuestras manos sin necesidad de continuar la guerra. Dejadme ir a ver al privado aragonés Bernat de Cabrera, os lo ruego, alteza.

—Y así eliminarlos de una vez por todas, ¡sin más perdones ni zarandajas! —dijo Diego de Padilla.

—Y, decidme, señor camarero mayor y señor maestre de Calatrava, decidme... —Los miró inquisitivo—. ¿Creéis que ese taimado aragonés nos los entregará antes de que se resuelva el arbitraje sobre esas villas que, de derecho, son de Castilla? ¿De verdad sois tan ingenuos?

Orihuela, Crevillente, Alicante, Guardamar, Val de Elda y Elche hacía décadas que fueron capturadas por los aragoneses aprovechando la minoría de edad del rey Fernando IV de Castilla, el Emplazado, abuelo del rey don Pedro.

Ése era un punto que no quería ceder; ya había ofrecido dejar que el corsario catalán que fuera el casus belli recibiera castigo por los aragoneses —algo que sabía que nunca sucedería— y, también, había renunciado a recibir indemnización por los gastos de guerra.

Los Padilla se miraron en silencio. El resto de consejeros hicieron lo mismo.

—Señores, tenemos una flota preparada para el verano y los sueldos pagados a los fronteros para la siguiente campaña. El aragonés lo sabe, quiere que perdamos la ventaja.

—Y al mismo tiempo, él recluta mercenarios franceses, alteza —intervino el tesorero Samuel ha-Leví.

—Ahí lo tenéis. Todo es un ardid. Seguiremos con los planes de guerra y los aplastaremos antes de que se refuercen. Y con ellos, caerán el infante y el conde traidores a Castilla y todos los que siguen sus banderías.

La reunión se disolvió. Pedro le pidió a Henestrosa que se quedara y le dio varias instrucciones en sello lacrado. Debía ir abriéndolas en un orden establecido y asegurarse de que se cumplían sin cuestionar nada. Sólo le dijo:

—No puede haber ratas en la retaguardia. Los asuntos de familia han de estar resueltos antes de que marchemos al frente.

El gesto de don Pedro no dejaba lugar a dudas. Sus ojos brillaban de cólera contenida. Cólera que en breve mutaría en ira; la ira del rey.

Ya en su cámara privada, acompañado por su sobrino Diego, Henestrosa abrió el primero de los sobres lacrados. Su corazón se encogió. No sería la última vez.

—El rey... ordena cosas nublado por el odio y la venganza. Esta mujer ya no supone ningún peligro, no puede conspirar más, está totalmente incomunicada.

—¡Pero, tío, eso no importa, es una traidora!

—Voy a tener problemas para hallar a alguien que acepte cumplir este cometido.

—Si eso ocurriera —dijo Diego Padilla—, yo puedo conseguir gente que siempre está dispuesta.

Apesadumbrado, el camarero mayor del reino, el hombre que era más importante que el propio canciller de los sellos en el gobierno del rey don Pedro, abandonó la estancia y fue a cumplir lo ordenado. Su sobrino salió tras él, directo a la morería.

Castrojeriz (Burgos), Corona de Castilla

La puerta de la celda chirrió con estridencia.

No era la hora acostumbrada para la comida ni para recibir al confesor que la acompañaba en sus rezos diarios.

Ella era de estirpe noble, de la más alta, la realeza, y sabía cuáles eran las reglas del juego y que ese día, tarde o temprano, llegaría.

Pero cuando se dio la vuelta, no vio al carcelero de siempre, ni siquiera al ballestero castellano que esperaba se acercase maza en mano.

—¿Os mandan a vosotros, sucios perros?

Los hombres no hablaron. Sacaron sus gumías y sonrieron con el placer del hijo de Alá que va a cumplir con sus creencias y degollar a una puerca infiel.

Del ismaelita que va a ajusticiar a una politeísta que cree que Dios, alabado sea su nombre, es tres y no uno solo y perfecto.

Del musulmán que va a castigar a una mujer que se atreve a comportarse con la soltura de un hombre en vez de estar en su sitio, que no es otro que detrás de su marido e hijos varones, escondida tras un velo.

—¡Soy Leonor de Castilla, reina viuda de Aragón, y exijo que sea la mano de un cristiano la que me lleve a presentarme ante el Altísimo! —gritó la tía del rey don Pedro, con la vana esperanza de que el alcaide, que a buen seguro estaba fuera, la escucharía y pararía aquello.

—Nadie ha querido... —se escuchó la voz entrecortada del hombre desde el pasillo—, ningún cristiano ha aceptado participar en esto, mi reina.

Y así, sabiendo con orgullo que sólo unos musulmanes se habían prestado a acabar con una reina cristiana, murió doña Leonor de Castilla y Aragón, hermana del rey Alfonso XI de Castilla y viuda de Alfonso IV de Aragón.

En el reino vecino sólo la lloraría su hijo el infante Fernando y algunos de los nobles aragoneses que la apreciaron y apoyaron durante su reinado como consorte.

Pero su hijastro, el rey Pedro IV el Ceremonioso, brindó por ello. Haber captado al infante Fernando para sus filas le trajo como premio la ira de su enemigo Pedro I contra sus parientes y, sin mancharse las manos, su odiada madrastra era por fin muerta gracias a sus hábiles maniobras políticas.

«Gracias, don Pedro el Cruel, ¡gracias! Con esa mala arpía fuera del tablero, y su hijo, mi medio hermano Juan, muerto, sólo os falta acabar por mí con el infante don Fernando. Y no habría nada que me pluguiera más, pero no os lo puedo entregar... aún.»

En la otra ala del castillo, doña Isabel de Lara, nuera de la ejecutada, recibió ese mismo día a su confesor. El padre le contó lo sucedido con doña Leonor y le dijo que se preparase, pues la cólera real se había desatado.

Los días pasaron lentos y pesados, como una gran losa, atormentando cada paso, cada respiración, cada trago de alimento.

Pero la puerta de su celda se abría a las horas habituales, sin ningún cambio ni en hábitos ni en comidas.

Se convenció de que era otra forma de tormento del rey don Pedro, que la tenía muerta en vida, sabiendo que la guadaña la segaría en cualquier momento.

—Señora Isabel de Lara, la segunda de su noble casa. Acompañadme.

—¿Llegó mi hora, señor alcaide? Decidlo, lo prefiero.

—No lo sé, señora. Hay unos escuderos del rey con órdenes para que os entregue. Abandonáis Castrojeriz.

—Entonces, quedad con Dios, carcelero. Y sabed que mi único delito fue el de cumplir con la voluntad de nuestro rey, don Pedro, que me casó con su primo el infante de Aragón.

Los hombres del rey la metieron en un carruaje y cerraron la puerta. Cargaron su escaso equipaje y enfilaron camino al sur, hacia tierras andaluzas.

«Me quiere ver morir, como a mi marido», se resignó Isabel de Lara.

Aguilar de Campoo (Palencia), Corona de Castilla

Al mismo tiempo, en otra parte de Castilla, las órdenes del rey se cumplían sin descanso.

—Mi señor, no hay dudas. Se trata de hombres de don Henestrosa.

—Pero... ¿han mostrado algo? —dijo el alcaide de la fortaleza de Aguilar.

Un escudero real entró en ese momento con cara de pocos amigos y con exigencias. No le importó dirigirse así a un noble caballero.

—¡Tenemos un largo camino a Sevilla, señor alcaide, así que no nos hagáis perder el tiempo!

El castellano no se inmutó y lo miró con desprecio, pero enseguida aparecieron más escuderos y ballesteros.

Hombres rudos que obedecían las órdenes reales sin miramientos.

Al poco, doña Juana de Lara, la mujer del huido don Tello, la primera de su casa y que era la legítima señora de Vizcaya por pertenecer a la estirpe de los Haro, era sacada de su estancia y metida en un carruaje con una simple manta por todo equipaje.

Días más tarde, la comitiva llegó a Sevilla y, junto a las orillas del Guadalquivir, la noble vizcaína fue ejecutada.

Su hermana, la pequeña de los Lara, Isabel, era la última con vida con derechos directos sobre el codiciado señorío de Vizcaya.

Jerez de la Frontera (Cádiz), Corona de Castilla

La pequeña de los Lara recibió la noticia de la muerte de su hermana Juana en Jerez de la Frontera, a donde llegó escoltada desde Castrojeriz y fue de nuevo encerrada.

A pesar de los enfrentamientos que tuvieron por el control del señorío de Vizcaya, cada una casada con un noble pariente del rey, ella con el infante Juan de Aragón, y con don Tello su hermana mayor, la lloró con ganas.

«Juana sí que se implicó con Tello en el gobierno de Vizcaya, estuvo con su marido cuando éste se unió por primera vez a su hermano Enrique de Trastámara..., pero yo, yo... estuve al lado de Juan de Aragón, como me correspondía, y mi esposo luchó en el bando del rey contra Tello y mi hermana.»