14. La cólera real #5
—Señor camarero mayor, en cuanto a lo de que las señoras compartan cama... Aquí pone que han de estar confinadas sin ningún trato más que con el carcelero.
Don Henestrosa lo miró con compasión. Aquel hombre no era insensible, sólo tenía miedo de desobedecer al rey don Pedro.
—Mi buen alcaide, suegra y nuera dormirán juntas y podrán despedirse como manda la ocasión.
Han compartido carruaje y, como yo también estoy aquí hospedado, siguen bajo mi custodia.
Por lo tanto, vos, como señor del castillo, solamente actuáis cual anfitrión.
En cuanto yo parta, empezarán vuestras funciones de carcelero.
El otro fue a protestar, no muy convencido, pero Henestrosa zanjó cualquier discusión.
—Si es necesario, nos hospedaremos todos en el pueblo mientras dejáis todo preparado, pero algo me indica que no querréis faltar a vuestro deber del yantar con un enviado regio, ¿cierto?
—Por supuesto que no, mi señor Henestrosa.
—Gracias, señor. Recordad, esto es mi responsabilidad, no la vuestra. No tenéis nada que reprocharos.
A la mañana siguiente, la escena de la separación de las dos damas, conducidas cada una a un ala de la fortaleza para ya no tener más contacto, fue dolorosa de ver incluso para hombres curtidos.
Lloraban desconsoladas, fundidas en un abrazo eterno, llamándose madre e hija, pues lo eran por lazos matrimoniales.
Una había perdido a su hijo pequeño y la otra a su joven marido.
Y ambas sabían que, en el mejor de los casos, las esperaba una vida en el olvido hasta el fin de sus días, o hasta que el rey don Pedro muriera.
La medida adoptada respecto de la reina viuda era algo esperable, se decía Henestrosa. Una complotadora que había tenido mucho que ver en lo de Toro con sus manipulaciones e insidias. Pero no lo tenía tan claro con la joven de los Lara. Si por él fuera, sólo la hubiera metido en un convento.
Agosto de 1358 Cartagena (reino de Murcia), Corona de Castilla
—¡Zarpamos! ¡Vamos, todos a sus puestos!
Por fin escuchó la voz del capitán de la galea insignia.
El rey don Pedro el Justo estaba a punto de hacer historia: el primer monarca castellano que se embarcaba en una acción marítima.
Respiró una bocanada de aire y contempló cómo se alejaba el puerto de Cartagena, que sólo una semana antes había resultado indemne ante un ataque de su primo don Fernando, el infante de Aragón.
Le llegaron noticias de su frontera norte donde, al mismo tiempo, tratando de ganar méritos sobre su rival en la corte aragonesa, el bastardo don Enrique incursionó por Soria.
«El Ceremonioso tiene a esos dos en competencia por ver cuál ha de ser el señor de sus ejércitos. Aunque también lo hacen porque me odian... por las muertes de sus hermanos Fadrique y Juan. Los entiendo.»
—Mi señor rey, ya no hay más puertos seguros. Ahora sí que empieza la campaña —le dijo su almirante, que había podido recalar en puertos moros de Granada gracias a un acuerdo que don Pedro cerró con el sultán nazarí.
El rey castellano no sólo sabía guerrear, sino que también usaba la diplomacia y, aunque de facto el Ceremonioso tenía un trato con Muhammad V, consiguió de este no sólo puertos seguros, sino que le cediera alguna nave e incluso tropas terrestres para ir contra Aragón.
—Si esto sale bien, la cara que va a poner ese reyecito aragonés...
—Saldrá, majestad. Tenemos suficientes barcos como para enfrentar cualquier flotilla catalana o valenciana.
Don Pedro miró su flota. Había reunido doce galeras salidas de las atarazanas sevillanas y sumaba otras seis experimentadas genovesas de sus aliados, a cambio de unos dineros.
No dependía de fletadores privados, ni de la codiciosa Hermandad de las Marismas del Cantábrico.
Disfrutó del espectáculo de ver a los hombres de mar hacer su trabajo.
Las espaldas quemadas por el sol y el salitre, encaramados a las velas, acodados en los remos.
Todo lo hacían siguiendo unas pautas y unos procesos bien marcados por la experiencia de los propios marineros y las órdenes de sus capitanes.
Una danza que, si se sabía mirar, era tan armoniosa y graciosa como los mejores bailes de su corte.
El 17 de agosto avistaron Guardamar. Por los adarves de la ciudad portuaria corrió el temor como la yesca prende la paja y se desparrama el fuego.
Sonaron las campanas a rebato y las mujeres y niños fueron a rezar a las iglesias mientras todos los hombres se aprestaban a la defensa.
Los rostros compungidos por el miedo. Don Pedro el Cruel había llegado, y lo había hecho de un modo totalmente inesperado.
En la galera capitana, una galea el doble de grande que las otras, semejante a las que los moros africanos usaban para sus sultanes, ondeaban los leones rampantes y los recios torreones de la Corona castellana, indicando ese pendón que el mismísimo rey iba en ella.
Cuando comenzaron a desembarcar las tropas, se dieron cuenta de que estaban perdidos.
—¡Soltad las palomas! —ordenó el alcaide de la villa.
—¿Vendrá nuestro rey? ¿Dónde están los barcos de Aragón?
—Más vale que venga. De no ser así, ya sabéis lo que nos espera. Porque no pienso rendir la plaza.
Los potentados de Guardamar se miraron preocupados.
El rey castellano tenía una flota bien preparada para enfrentar cualquier intento de liberar el cerco a la vez que muy capaz de traerle suministros.
Asediaría la plaza con facilidad y, si no se rendían, las leyes de la guerra establecían que, en una toma por asalto, el vencedor podría saquearla hasta los cimientos para enviar una advertencia.
La matanza sería grande, salvo que el jefe asaltante quisiera otorgar clemencia.
Y ante ellos, se recordaron, acampaba un rey al que muchos de sus propios vasallos ya llamaban el Cruel.
Como una respuesta a las plegarias de los curas, los llantos de los niños y los lamentos de las mujeres, aquella misma noche el mar Mediterráneo desató su furia, la misma que se tragó los barcos del griego Odiseo por órdenes del dios Poseidón.
Sólo dos galeras lograron hacerse a mar abierta, ponerse a salvo y no embarrancar o destrozarse contra los arrecifes, como sí ocurrió con el resto que estaban fondeadas.
Las campanas repicaron con júbilo tras las murallas de la plaza aragonesa.
—Mi señor, mi rey..., esto lo cambia todo. Ahora estamos aislados en terreno aragonés. Y si aparece una flota valenciana...
Don Pedro alzó la mano sin dejar hablar a sus consejeros y se marchó a sentarse en una roca frente al mar. Tenía que admitirlo, había fracasado. Tocaba emprender una peligrosa huida hasta volver por tierra a dominios castellanos. Pero en su mente la llamada del mar todavía bullía con fuerza.
Al pasar a la altura de la plaza enemiga de Orihuela, uno de los fronteros de Murcia, que era familia de don Gutierre, el repostero mayor de don Pedro, los guio por una ruta escondida, aun sabiendo que los de esa villa podían descubrirlos y cerrarles el camino del sur.
Junto a otro noble encargado de las defensas de la frontera de Murcia —uno de los muchos reinos integrados en la Corona castellana—, se habían internado con seiscientos jinetes para socorrer a su rey y ayudarlo a escapar de la ratonera en que se había convertido Guardamar.
—Señores, llévenme a tierras castellanas. Esto no se quedará así, no... Es por mar por donde hemos de rematar a Aragón.
—Majestad, no penséis ahora en eso. Dios no ha querido concederos esta empresa, pero recemos que sí sea su voluntad que esquivemos las partidas aragonesas.
—No olvidaré esto, De Toledo. Sois digno sobrino de don Gutierre.
El joven caballero se ruborizó, hizo una genuflexión y reordenó la marcha. Al final, costeando, pasando por delante de más fortalezas enemigas, lograron llegar hasta sus propias atalayas y poner a salvo al monarca.
Primavera de 1359 Sevilla, Corona de Castilla
—Está como ido, no es él mismo. El ceño siempre fruncido... Mi rey, nuestro rey, ha cambiado.
—Tiene los pesares de la guerra, prima. Cualquiera estaría así.
—No. No es eso... O, al menos, no es sólo eso. El revés naval lo contrarió, pero las atarazanas del Guadalquivir producen más galeras, y los de la Hermandad de las Marismas han estado muy solícitos esta vez. Pedro repondrá rápido las pérdidas.
La prima de la Padilla, que se llamaba también María y era hija del privado Henestrosa, se había mudado a la corte. Ahora formaba parte de las damas de compañía de la amante real, y ambas disfrutaban de tardes de bordado y conversación en el Salón del Caracol del alcázar.
—Entonces, ¿qué es lo que lo tiene así?
—La desconfianza, querida. No se lo reprocho: ha sufrido muchas traiciones, decepciones, mentiras.
—Quizá ese nuevo enviado del papa cambie las cosas y consiga la paz. Quizá el rey aragonés atienda a las peticiones castellanas. ¡Pero si ese reyezuelo no ha mucho quería cortar él mismo la cabeza al infante don Fernando, su hermano!
María Padilla miró gentil a su prima, que le decía palabras de consuelo con el rostro iluminado de esperanza.
Pero en su fuero interno sentía que, en la partida que se estaba jugando, las alianzas tornaban rápido y los jugadores carecían de escrúpulos: los que un día eran enemigos eran aliados al siguiente, piezas para utilizar en el tablero de la vida, y a la inversa.
—Dios te oiga, prima. Pero yo creo que ese rey aragonés no tiene intención de entregar ni al infante Fernando ni al conde de Trastámara. Le son útiles... Lo que hace es fingir pactar, dilatar todo para así reforzarse. Y siempre consigue la complicidad del papado en esas maniobras.
—Pareces una consumada estratega, querida.
—Compartir lecho con un rey es lo que tiene. Entre acto y acto —rieron pícaras—, los hombres confían sus preocupaciones.