El Fratricida 14. La cólera real #4
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14. La cólera real #4

—Mi señor rey, las pruebas de muerte de Córdoba. Con los respetos de vuestro alguacil mayor.

El jinete no sabía qué hacer con las dos vasijas. Esperaba que uno de los pajes se acercara para hacerse cargo de ellas.

—Ponlas aquí mismo, puedes retirarte. —Miró a sus pajes—. Acompañad a este buen hombre y que en las cocinas le den de comer, ¡todo lo que quiera! Buscadle un buen jergón para que descanse. Se lo ha ganado.

El hombre depositó con cuidado las dos vasijas de las que aún chorreaba salmuera.

El propio don Pedro abrió la primera, introdujo el brazo, agarró la cabeza de uno de los caballeros cordobeses ajusticiados y la puso sobre la mesa.

Los comensales dejaron de comer y se echaron para atrás, pero sin atreverse a levantarse.

El rey se sonrió y sacó la otra cabeza, que al ponerla rodó hasta un extremo y acabó en una fuente con carne de cerdo.

—Lugar muy apropiado, ¿no creéis?

Todos carcajearon la gracia, menos el camarero mayor.

Don Henestrosa estaba deseando hablar a solas con el rey.

No era que aquellos ajusticiados no se lo mereciesen, ni que no se hubiera de publicitar el escarmiento, no era eso.

Lo que temía era que el rey no supiera controlar su cólera y frenarse a tiempo.

—¿Sabéis de quién hemos copiado esa costumbre de que sean presentadas a su rey las cabezas de los enemigos?

Ninguno dijo nada. Salvo Henestrosa.

—De los moros, majestad. Así se aseguran de que sus órdenes han sido cumplidas y sus enemigos están realmente muertos.

—Como veis, caballeros, estos musulmanes tienen algunas cosas buenas. ¿Por qué no utilizarlas y aprender de ellos?

Don Pedro se levantó y extendió los brazos para que se viera bien la túnica mora que vestía.

Estaba ricamente adornada, con hilos de oro y espectaculares arabescos.

Sabía que a escondidas se le criticaba por ello.

El rey gustaba demasiado de los objetos morunos, a la vez que le reprochaban que aún no había lanzado una campaña contra Granada, como era lo habitual al menos una vez en el reinado de sus antepasados.

La reconquista de Hispania al islam estaba inacabada.

«¿Cómo quieren que me centre en los nazaríes si no dejan de darme problemas los nobles cristianos de mis reinos o los reyes vecinos que también portan una cruz? ¡Mentecatos!»

—Señores consejeros —balanceó una mano—, dejemos a estos caballeros que se nos han unido que disfruten de la comida. Pero que se moderen en el yantar, no vayan a perder la cabeza.

Hubo más risas. Acabaron de comer y la reunión se dio por terminada. Don Henestrosa se quedó. No tuvo que pedirlo, el propio rey lo indicó.

—Alteza, antes de que ordenéis lo que tengáis a bien, y que cumpliré sin dudar, ¿puedo deciros unas palabras?

—Desde luego que podéis, por eso confío en vos, para que me digáis lo que otros no se atreven a decir.

—Me halagáis, mi señor. Se trata de la muerte del infante don Juan de Aragón. Hay que cortar rumores...

—¿Qué rumores?

—Sobre los motivos de su ejecución.

—¿Motivos? ¡Un rey no tiene por qué darlos! Yo soy elegido de Dios y sólo ante Él he de rendir cuentas.

—Así es el orden de las cosas, majestad.

—¿Entonces? Decid lo que tengáis que decir, Henestrosa.

—Aunque no sea cierto, algunos dicen, malmetiendo, que la muerte del infante de Aragón fue para que vuesa merced ganase esas tierras para el realengo.

—¡Es falso! Una cláusula admitida tiempo ha por las Juntas Generales ya establecía que Vizcaya sería de realengo.

—Al vulgo, si es que conoce eso, no le importa; el pueblo bajo apoya vuestras justicias. En cuanto a la nobleza y el clero, no podemos decir que no conozcan que estáis en vuestro derecho. Pero, mi rey...

—¿Me vais a venir otra vez con lo de la importancia de la propaganda, camarero?

—Así es, majestad. Decídselo tanto a los que os quieran escuchar como a los que no. A todos. ¡Porque vuestras razones eran justas!

Don Pedro revivió la misma rabia que sintió el día que decidió acabar con su primo.

—¡Ese malnacido de Juan era un traidor, hermano de otro traidor!

De ese que lo ha sido doblemente, Fernando, que ahora sirve al enemigo de la Corona castellana.

¿Quién se fiaría, por tanto, de cualquiera de ellos?

¿Quién confiaría en alguien como el infante Juan, que ya traicionó una vez a su rey en Toro?

El privado sólo asentía, dejando al rey desahogarse.

—¿Cómo fiarse de un hombre que aceptó con sumo agrado el encargo de matar a su primo don Tello sólo por la posesión de unas tierras? ¡Pero si también aceptó participar en la muerte de su otro primo, de Fadrique! Aunque no tuvo el coraje para estar presente.

—¿Veis, majestad? Eso tiene que saberse. El pueblo es muy sabio. «Quien roba a un ladrón...», pues, en este caso, quien mata —Henestrosa obvió la palabra traiciona — a un traidor tiene cien años de perdón.

—Gracias, don Henestrosa. Me parece buen consejo. Que los pregoneros expliquen los motivos de la muerte de esa rata... y de las que vendrán.

—Si me permitís otra recomendación, mi señor.

Don Pedro lo miró con aire cansado. Ya no quería más consejos que, sabía, lo limitarían en su voluntad. Henestrosa era un buen hombre; alguien que, en muchas ocasiones, pecaba de blando en un mundo repleto de lobos. Aun así, asintió para que hablase.

—No sigáis expurgando traidores, rey don Pedro. La guerra se reanudará en breve y necesitamos todos los brazos de la nobleza y sus huestes, por pequeñas que estas sean. Aunque haya hombres que sólo aporten su caballo, su lanza y un par de peones y escuderos, nos son necesarios.

—Tras lo pasado en Toro, la imagen del rey de Castilla, ¡mi imagen, Henestrosa!, fue la de un monarca débil. No podemos dejar que piensen eso. Y la deserción de Fernando de Aragón me hace parecerlo.

—Lo de Fadrique, lo de vuestro primo Juan, las cabezas que están a las puertas de Burgos y —señaló a la mesa— sobre esos platos, son más que de sobra una muestra de fuerza, majestad.

—¿Y qué ocurrirá si uno de esos hombres que ahora no elimine, de los mismos que apoyaron nuestra humillación de Toro, y digo «nuestra», porque vos mismo estuvisteis a punto de morir por serme leal, decide esperar a traicionarnos en mitad de una batalla?

¿O qué pasará si no acude cuando nuestras huestes estén en apuros?

Don Henestrosa se quedó pensando. Don Pedro tenía una razón de peso, no podía negarlo. Pero su sentido del honor le decía otra cosa, que merecía la pena el riesgo.

—Los que se saben bajo el peso de la maza de vuestra justicia se esforzarán aún más por demostraros que han vuelto a vuestra merced con corazón sincero. Y ¿qué mejor sitio que el campo de batalla?

Don Pedro negaba. El privado lo intentó de nuevo.

—Muchos de ellos son caballeros de la Orden de la Banda y siguen los principios fundadores que fijó vuestro padre Alfonso XI. ¡Irían contra sus principios rectores! Por favor, majestad, aceptad un humilde consejo.

El rey cogió la cabeza que yacía en el plato de cerdo y la metió de nuevo en la vasija.

—Sea, don Henestrosa, sea. Por ahora, no cercenaremos más caballeros ni hidalgos de nuestras huestes.

—Sabia decisión, mi rey. Con vuestro permiso, me retiro a preparar con los escribas el mensaje a los pregoneros.

Cuando estaba a punto de salir, escuchó la voz de don Pedro:

—Al final, querido Henestrosa, casi olvido lo que quería ordenaros. Esto tiene que hacerse antes de que se extienda la noticia de la muerte del infante de Aragón.

El privado leyó el escrito que le pasó el rey, con su sello y firma. Abrió la boca con sorpresa, fue a hablar, pero el rey se adelantó.

—Os he prometido que no más caballeros ni nobles. Por tanto, ahí cumplo con lo dicho. Hacedlo.

Al salir, Henestrosa releyó la nota. No había ningún error, se trataba de ella.

Finales de junio de 1358 Castrojeriz (Burgos), Corona de Castilla

Era ya San Juan, con el verano recién comenzado. Desde lo alto del castillo se divisaba todo el caserío a sus pies y su alfoz con los infinitos campos castellanos. En la lejanía, una comitiva, con un carro y una fuerte escolta, se acercaba.

—Avisad al alcaide, el camarero mayor del rey ha llegado.

El tenente de la fortaleza se apresuró en salir a recibir al que, tras el monarca, era el hombre más poderoso del reino.

Sabía que tenía que alojar a una noble prisionera y había preparado una estancia acorde.

No recibió instrucciones de un trato riguroso, por lo que asumió que sería un encierro al uso de los que se daban entre los de ese estamento: trato señorial, exquisito, pero con el movimiento limitado al castillo y sus patios, y sólo las visitas que el rey autorizara previamente.

—Alcaide, aquí están las órdenes de nuestro soberano.

El mismo Henestrosa abrió la puerta del carruaje y ayudó a descender a la dama. Tras ella se bajó otra más joven. Ambas iban enlutadas.

—Mi señor don Henestrosa, ejem..., me dijeron que tenía que hacerme cargo de una sola prisionera..., no me avisaron de... ¡Sólo tengo preparada estancia para una dama!

—No os preocupéis. Las señoras compartirán cama mientras se arregla otra estancia adecuada.

El alcaide vio las caras de las dos mujeres, que caminaban abrazadas, con la más joven ayudando a la otra.

La primera era una reina, doña Leonor de Castilla, reina viuda de Aragón.

Las noticias de la muerte de su hijo el infante ya le habrían llegado.

Su rostro marcado por las huellas del llanto desconsolado.

La otra mujer, la joven, también vestía por completo de negro.

No la conocía en persona, pero el alcaide supuso que era otra viuda, ésta más reciente: la mujer del finiquitado infante don Juan, doña Isabel de Lara.

Su cara estaba demudada, congestionada por las lágrimas vertidas y con una pátina mortecina por la angustia de no saber qué iba a ser de ellas.

Cuando don Henestrosa ya se iba a su posada, el alcaide lo llamó a un aparte. Llevaba abierta la misiva del rey con las reglas de confinamiento.