14. La cólera real #3
Un tajo rápido al de la maza y un salto hacia la ventana, que al ser verano estaba con los postigos abiertos, ese era su plan inmediato. Fue a echar mano del cuchillo y descubrió horrorizado que no estaba en el pliegue de su túnica donde siempre lo ocultaba.
—¿Buscáis esto, mi señor infante? —dijo el camarero que le atendió al llegar y le retiró su capa.
El hombre mostraba el cuchillo entre sus dedos y, de súbito, lo soltó.
Los ojos del infante lo siguieron en su caída hasta el suelo como hipnotizado y ese momento lo aprovechó el otro para abrazarlo.
Ya inmovilizado, el ballestero descargó su maza sin que pudiera esquivarla.
Don Juan, con la vista nublada, lo último que sintió fue que los otros maceros se unían al primero y lo machacaban por todos lados.
En la calle de las posadas reales de Bilbao la vida transcurría con naturalidad, quizá algo alterada por la novedad de tener al monarca parando en la villa.
Al ser la castellana una corte itinerante, los súbditos estaban relativamente habituados a ver de cuando en cuando a su rey, cosa que un siglo y medio más tarde sería excepcional, con monarcas que no se alejarían en toda su vida más de unas leguas de Madrid a sus residencias de verano o sus cotos de caza.
Varios miembros de las Juntas Generales de Vizcaya, entre los que se contaban delegados de las localidades circundantes, buenos hombres, hidalgos y caballeros vascos, se dirigían a la iglesia de Santiago, la más antigua de Bilbao, erigida antes de la fundación de la villa sobre una aldea del estuario del Nervión por Diego Lope V de Haro en 1300.
Estupefactos se quedaron cuando por la ventana del piso superior de la casa del rey vieron un cuerpo que voló hasta estrellarse en medio de la vía.
El propio soberano se asomó a la ventana.
—¡Ahí tenéis al que os pedía ser señor de Vizcaya! —gritó.
Esta vez, a diferencia de lo sucedido en Burgos, la ejecución era idea suya y no de su canciller.
Y, a diferencia de entonces, no hubo manada de toros que pisotearan el cadáver del ejecutado, sino sólo una multitud silenciosa que veía cómo se las gastaba su monarca.
Para la mayoría, una justicia más del rey, que castigaba a un señor aragonés que complotó contra la Corona.
Por fin, se decían, a su rey no le temblaba el pulso con la nobleza, aunque ésta fuera de su propia parentela.
Para los menos, sobre todo los poderosos, los acostumbrados a ser ellos los omnipotentes que decidían a voluntad sobre almas y bienes en sus tierras, aquello no era sino un signo más de que la cólera real se había desatado. Y temblaron.
Burgos, Corona de Castilla
—¡Vamos, vamos, chicos! ¡Controladme esas ovejas!
—¡No obedecen, padre!
—Usad los perros como os enseñé.
Los pastores de la Cabaña Real conducían de vuelta al norte sus rebaños de preciadas ovejas merinas.
Para San Juan debían estar en los prados, donde pasarían el verano y parte del otoño aprovechando el verdor que traían las lluvias, hasta regresar luego a las cálidas tierras del sur para invernar.
Un ciclo milenario trashumante que era la principal baza económica de Castilla.
Alfonso el Sabio lo tuvo claro y en 1273 agrupó los gremios tradicionales de pastores en el Honrado Concejo de la Mesta, puso los rebaños bajo protección real y les otorgó privilegios.
—¡Gonzalo, que no se arrimen a las de los Fernández, que luego perdemos tiempo en separarlas!
El menor de sus hijos, de sólo nueve años, corrió con su cayado silbando y seguido de un can no muy grande, pero que se movía como un rayo.
El perro, adelantándose a lo que hacía el ganado, les mordía con precisión los corvejones y no erraba una sola: eran siempre sus ovejas.
Al lado del rabadán, pastor jefe del rebaño, marchaban otros perros mucho más grandes, tranquilos y de paso indolente, pero temibles en caso de ser necesarios: mastines, protegidos por carlancas para evitar la típica dentellada al cuello de los lobos.
—Debes de estar orgulloso de tus zagales, Pero. Ya tienes nueva saga de pastores: los Pérez.
El que le hablaba desde su caballo era un jinete armado que pertenecía a la cuadrilla de Soria, una de las cuatro principales del reino. El hidalgo formaba con otros caballeros para proteger a la mesta en su trasiego anual.
—Sí, señor hidalgo. Los Pérez de Soria —dijo hinchando el pecho—. Estoy orgulloso de mis chicos. ¿Habéis visto que ya van todas esquiladas?
—Desde luego, y sois los únicos. El resto tendrán que acabar de hacerlo en Burgos, así que venderás antes tu lana. Felicidades, señor de la mesta.
El grito del mayor de los muchachos, que también se llamaba Pero, como su padre, los sacó de la conversación. Venía del frente del rebaño, donde los mansos, los carneros que guiaban al resto, casi llegaban a la altura de las puertas burgalesas.
—¡No nos dejan pasar, padre! Los guardias del puente me han empujado.
El pastor y el hidalgo se miraron extrañados.
—Que tus primos se queden aquí cuidando del rebaño. Coge a tu hermano y seguidme. ¡No tienen derecho, esto es una vía pecuaria fijada por el Concejo y lo saben!
El pastor quería que sus hijos vieran de primera mano cómo se defendían los derechos que tanto costó ganar frente a los campesinos, señores y burgueses para garantizar el libre paso.
No se les podía negar el tránsito si cumplían con ir por sus caminos y no devastar los campos en el trasiego.
Y a fe suya que atravesar la mismísima ciudad de Burgos era su legítimo derecho.
—¡Caballeros de la mesta de Soria, conmigo! —gritó el hidalgo.
Al punto, Pero, sus hijos y otros pastores, acompañados por los caballeros de la cuadrilla, cruzaban el puente sobre el río Arlanzón hasta la antigua puerta del Puente de Yuso, que desde el reinado de Alfonso XI llamaban de Santa María. Bajo su arco pasó el Cid camino de su destierro.
—¡Soldados, abrid paso al Honrado Concejo de la Mesta! —gritó el hidalgo que lideraba la cuadrilla.
—¡El paso está cerrado, caballero!
Los soldados cruzaron sus archas, una evolución de la guja francesa, el arma originaria de lo que luego serían las alabardas.
—¡Dejadnos pasar, en nombre del rey y su Cabaña Real! —insistió el caballero, caracoleando amenazante su montura.
El oficial de la guardia dejó la tarea que lo tenía ocupado y, con cara de fastidio, se acercó a sus hombres, que descruzaron un momento sus armas para permitirle llegar hasta el caballero.
—Es el rey quien ha cerrado el acceso.
Los caballeros de la cuadrilla y los pastores se miraron sorprendidos.
—¡El rey está aquí, Pero! ¡Igual lo vemos! —dijo el hijo más pequeño.
—Sí, hermanito. ¿Y sabes una cosa? Se llama Pedro, como yo y como padre.
Cruzando el puente vieron aparecer al mayoral, el jefe de todos los pastores, el que mandaba el gran rebaño.
Sus animales venían cansados, caminando rápido desde Extremadura para superar cuanto antes los campos ya sembrados y no faltar a su deber de no dañar las cosechas.
En el camino de ida el viaje había sido más lento, ya que las ovejas iban preñadas y los campos sin sembrar se podían transitar sin prisas.
Tenía que soltar la lana en Burgos, desde donde iría hacia el norte hasta Bilbao y los puertos de Vizcaya para embarcar hacia Flandes.
Luego, los rebaños de la cuadrilla soriana se dispersarían y regresarían a sus lugares de procedencia: las sierras de Burgos, Soria y Logroño.
—Ya viene el mayoral. Todo se solucionará —les dijo el rabadán a sus hijos.
Pero, de pronto, por el otro lado del río, llegó un jinete con la librea que lo señalaba como mensajero del reino.
Iba al galope y atravesó sin detenerse los rebaños, que se dispersaron, cayendo algunas ovejas al río.
Los pastores se lanzaron a recuperarlas, corriendo por las riberas con cuerdas, el más osado hasta se echó al agua.
El propio mayoral tuvo que apartarse y casi resbaló por la borda del puente.
La guardia dejó pasar al jinete, un correo extraño, pues de la grupa de su caballo colgaban sendas vasijas que iban goteando.
—¿Qué llevará ahí con tanta prisa, padre? —preguntó el pequeño.
El pastor se agachó y olió el líquido que se había derramado: salmuera.
—Tengo una idea, hijo mío. Pero no quieras saberlo.
Sonó el repiqueteo de tambores y aparecieron en el adarve de la muralla unos peones con cuerdas.
Descolgaron un cuerpo hasta dejarlo bien visible a la mitad del lienzo.
Se trataba del cadáver del infante de Aragón don Juan, aunque sólo se reconocía porque aún llevaba puesta la sobrevesta con el escudo de armas solariegas.
Otro piquete salió por la puerta, llevando clavadas en cuatro largas astas las cabezas de otros cuatro nobles ejecutados, cada una con un letrero con el nombre del muerto.
Las colocaron a los lados de la entrada, justo fuera del arco de Santa María, para que todo el que pasara pudiera verlas.
—Ya podéis desfilar, señores de la Mesta —les dijo el oficial a la vez que hacía una jocosa reverencia con un exagerado vaivén de la mano.
Los dos zagales miraron las caras retorcidas y de rictus grotesco ensartadas en las picas. Sus pesadillas aquella noche no tendrían que ver con alimañas ni con los peligros de la floresta.
El jinete llegó a la puerta del alcázar burgalés y se apeó de un salto.
Los guardias se hicieron cargo del equino mientras él cruzaba el patio y se internaba en la fortaleza.
Tras un ascenso por pasillos que eran inusualmente amplios para un castillo, llegó a la sala intermedia de la antigua torre del homenaje, reconvertida en palacete en tiempos de Alfonso X el Sabio. Allí se encontraba su monarca.
—¡Magnífico, magnífico! Que pase de inmediato —ordenó don Pedro.
Estaba reunido alrededor de una mesa con sus consejeros, Henestrosa entre ellos. Había unas jarras de vino aguado, otras sólo con agua fresca y varias viandas de las que los presentes daban buena cuenta.