El Fratricida 14. La cólera real #2
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14. La cólera real #2

—Remátalo. Cuando atrape al otro gemelo, con ése lo haré yo mismo.

Tras el golpe de gracia, Fadrique dejó de moverse. Cuando los ballesteros se acercaron a retirarlo, el rey negó con la cabeza.

—Hace un día espléndido, comeremos aquí mismo. —Miró a los caballeros de su cámara—. Por favor, vuesas mercedes, tomen asiento. ¡Y que llamen al infante don Juan de Aragón, que se una al evento!

A la vista del cadáver de su hermano desparramado por el suelo, el rey y sus caballeros tomaron su almuerzo.

Tras terminar la comida, el rey pidió que lo dejaran a solas con sus notarios y el alguacil del reino mientras el cadáver era retirado.

Desde una de las ventanas, doña María presenció la escena y estuvo rápida para que las niñas no lo vieran.

Fue a la capilla y rezó por don Fadrique, pero también por el alma de don Pedro.

—Tomad buena nota y que estas misivas salgan ahora mismo a sus destinos —dijo el rey, que empezó a dictar sentencias de muerte.

Diego de Padilla, como mayordomo mayor, se encargó de buscar los hombres de confianza que saldrían a cumplir con las funestas órdenes.

Dos caballeros en Córdoba, un comendador santiaguista en la encomienda de Villarejo de Salvanés, otro caballero en Salamanca, otro en Toro y otro que ya estaba preso en el castillo de la Mora.

En total, seis nobles hidalgos. Todos ellos habían participado en el alzamiento nobiliario y la humillación de Toro.

Para el vulgo y los concejos, su monarca estaba haciendo por fin justicia tanto tiempo retrasada con los señores y nobles. Pedro el Justo, así lo llamaban.

Junio de 1358 Vizcaya, Corona de Castilla

Ocho días. En sólo ocho jornadas, reventando caballos, don Pedro, acompañado por su primo Juan, el infante de Aragón, se plantó a las puertas del señorío de Vizcaya.

—No estuvisteis en la hora de vuestro primo Fadrique, como prometisteis. Aun así, yo mantendré la palabra dada, pero aquí, primo, deberéis tomar parte.

—Y os lo estaré eternamente agradecido, majestad. No os fallaré esta vez.

—No habrá otra oportunidad, Juan. Demostradme que no sois como ese perro traidor de vuestro hermano Fernando, servidme bien y acabad con vuestro concuñado don Tello. Entonces, estas ricas tierras serán vuestras.

El infante Juan, casado con una Lara, ya había reclamado sus derechos al señorío de Vizcaya, pero era el bastardo real don Tello el que, casado con otra de las hijas del fallecido señor de Lara, tenía las Encartaciones en nombre del rey.

Don Pedro le prometió a su primo que sería no sólo el tenente, sino que convencería al consejo vizcaíno para que las tierras pasaran de realengo a solariegas junto con transmisión hereditaria para sus descendientes.

En la costa cantábrica, con un viento inmisericorde y nubes negras cerniéndose amenazadoras, un bajel esperaba con su capitán apoyado en la borda y gesto inquieto.

Si no salían ya, la tormenta se les echaría encima.

Por una de las colinas, cubiertas por un manto verde como todas las de las Vascongadas, apareció un pequeño séquito de nobles a caballo.

Venían con prisa, sin dejar de azuzar las monturas ni cuando empezaron a descender por el traicionero sendero que bajaba hasta la playa.

Un chirimiri intenso empapaba hombres y bestias formando un molesto velo acuoso que dificultaba la visibilidad.

—¿Quiénes sois? Identificaos —gritó el capitán.

—Vuestro señor por derecho de Dios, don Tello de Vizcaya.

La cabalgada había salpicado de barro las capas.

Varias jornadas sin descanso desde Aguilar de Campoo, donde, estando por suerte de caza, le llegó aviso de la pronta llegada del rey con malas intenciones y emprendió su huida.

Tello aguardaba la respuesta del marino tratando de aparentar calma, pero por dentro tenía el cuerpo descompuesto por el miedo.

Recordó por un momento a su mujer, la mayor de las señoras Lara, a la que tuvo que dejar atrás en su precipitada fuga.

Tras unos instantes interminables, los marineros largaron una pasarela para que el noble, sus hombres y un ligero equipaje a lomos de un par de acémilas abordaran la nave. Sus preciados caballos también fueron acomodados.

—La Hermandad de las Marismas os da la bienvenida, mi señor. El tesorero recogerá la suma acordada.

En el pantalán de Bermeo esperaba un hombre mayor, con el rostro marcado por los vientos y la sal.

Vestía buenas ropas de mercader y se expresaba de buenas maneras.

Don Tello envió a uno de sus caballeros con un cofre.

Una vez contado el dinero, con el capitán apremiando desde el puente de mando sin dejar de mirar el cielo, el tesorero hizo una seña y se hicieron por fin a la mar.

—Si nos hubiéramos retrasado más, no podría esquivar esa tormenta. El Cantábrico es un mar traicionero.

—Si nos hubiéramos retrasado, esa tormenta sería el menor de los problemas, capitán. Mirad hacia la playa —señaló don Tello con una expresión de alivio y victoria agridulce en sus labios.

Una gran hueste de hombres con el pendón de los leones y castillos en sus lanzas llegaba en tromba.

Don Pedro y el infante Juan habían llegado tarde.

Aun así, el rey no se daba por vencido y vieron que discutía con los capitanes de los otros bajeles.

Era un hombre tenaz y arrojado, que, a diferencia de otros monarcas, gustaba de los barcos y no dudaría en hacerse a la mar con tormenta o sin ella.

A Tello se le encogió el corazón de nuevo.

—No os preocupéis, mi señor don Tello. Nadie navega mejor que yo estas aguas. Arribaremos a San Juan de Luz mientras ellos tendrán que achicar agua.

En efecto, alcanzaron por la costa San Juan y luego Bayona. Detrás de ellos se desató el temporal y, a la altura de Lequeitio, don Pedro tuvo que dar la vuelta.

—Se nos ha escapado esa rata, querido primo. De seguro la hubierais aplastado con gusto —dijo el rey.

—Estoy aún más contrariado que vuestra alteza.

—No fue culpa vuestra. Yo cumpliré mi parte y os haré señor de Vizcaya. Confío en que algún día podáis eliminar a vuestro concuñado, el único con derechos a estas tierras aparte de vuesa merced.

—No volverá a pisar Vascongadas, majestad, y, si lo hiciera, tened por cierto que os enviaré la cabeza de ese bastardo.

Una vez retirado su primo a su posada, don Pedro recibió en la suya a unos hidalgos vizcaínos. Despachó con ellos un rato y luego envió un mensaje al infante.

«Mañana, al caer la tarde, se reunirá el consejo y tendréis vuestro nombramiento bajo el Árbol de Guernica, según mandan las tradiciones de esta tierra.»

Al día siguiente, bajo el roble viejo del que colgaba la enseña de Vizcaya con el árbol y los dos lobos de los Lara dibujados, una veintena de nobles, hidalgos y hombres buenos vizcaínos hacían un círculo alrededor de su rey y del infante.

Tras las palabras del soberano condenando a muerte a don Tello para el caso de que regresara y presentando al que sería su nuevo señor, el portavoz de las Juntas Generales debía tomar juramento al infante don Juan de que respetaría los fueros y concluir el acto.

Sin embargo, el portavoz se dirigió a los presentes de forma solemne y declaró:

—Vizcaya es de realengo y así se ha acordado por estas Juntas Generales permanecer. No tenemos más señor que nuestro señor el rey don Pedro I de Castilla, que Dios ha elegido soberano y guarde muchos años.

Se hizo un silencio pesado, sólo roto por el sonido de las hojas del árbol mecidas al viento. El infante don Juan, con rictus de saberse engañado, miró al rey don Pedro, que seguía callado. Una media sonrisa se reflejó en su cara antes de romper el tenso silencio.

—Nos os agradecemos esta muestra de lealtad y amor de buenos vasallos —disimuló el monarca—.

Os pedimos, señores vizcaínos, que lo reconsideréis, ya que es nuestra voluntad que mi primo gobierne aquí y que lo haga no sólo en nuestro nombre, sino que mantenga vivo el linaje de los Haro y Lara con su mujer Isabel, multiplicándolo en estas honorables tierras vascongadas.

Tras unas deliberaciones, la Junta acordó que se volverían a reunir en la villa de Bilbao para votarlo.

12 de junio de 1358 Bilbao, Señorío de Vizcaya, Corona de Castilla

El rey había llamado al infante don Juan de Aragón para preparar la segunda reunión con los vizcaínos, que tendría lugar en la hora sexta, a mediodía.

Entró en la casa donde tenía el monarca su posada y los camareros reales lo condujeron hasta la planta superior.

Nada más pasar la puerta de la estancia donde lo esperaba don Pedro, el infante supo que iba a morir.

—Querido primo, qué bien que ya estáis aquí.

Flanqueando al rey estaban sus ballesteros, con las mazas en las manos, portadores de ese símbolo de la justicia real. La puerta se cerró tras él.

—Nunca tuvisteis intención de entregarme Vizcaya, todo era un ardid.

Mientras encaraba a don Pedro, el infante se palpaba sus ropajes en busca del pequeño cuchillo que llevaba consigo.

Lo usaba en las comidas y banquetes, nunca utilizaba los de extraños para evitar posibles envenenamientos.

Con esa arma, en manos de un experto guerrero y aprovechando la sorpresa, podría defenderse incluso contra otros que vinieran bien armados.

Y él era un excelente guerrero. Miró de soslayo a la ventana.

Saldría por ahí, con suerte no se rompería ningún hueso, sólo era un piso y, una vez en la calle, llegaría hasta sus hombres y huirían con los caballos. Luego, Dios proveería.

—No es cierto, primo. Cuando os prometí haceros otra vez —recalcó el rey estas dos palabras— mi alférez real en Toro, ¿acaso no cumplí mi palabra?

«¡Toro, Toro! No me ha perdonado eso. Allí me tuvo que reponer en el cargo... Allí humillamos a este necio. Y por eso, si no hago algo rápido, estoy muerto.»

—Desde entonces, no os he vuelto a fallar, primo —dijo el infante, agachando la cabeza y fingiendo sumisión al ver venir a un camarero real y un ballestero.