El Fratricida 14. La cólera real
47%

14. La cólera real

La cólera real

Al rey aragonés le complacía todo lo que se sucedía ante sus ojos.

No sólo en el fondo, sino en la forma. La ceremonia de homenaje era una de sus preferidas y más si quien se lo prestaba era un acérrimo rival, que debía hacer una genuflexión y esperar hasta que él, el señor, el soberano, se dignase a tomar sus manos entre las suyas mientras, en reciprocidad, le juraba protección y tierras al vasallo por la lealtad y la defensa que con su vida éste le prometía.

—¡Listo, hermano! Podéis alzaros, nuevo señor de Alicante y procurador general de Aragón.

El infante Fernando de Aragón veía la perversa sonrisa de su medio hermano, el rey, que acercaba su boca para darse el ósculo con el que el aliento vital de ambos se uniría sellando el pacto. Devolvió una sonrisa igual de falsa, los dientes apretados mientras se besaban.

«Ahora sólo tiene que pasarte algo, maldito enano, y yo seré el nuevo rey por delante de tu hijo pequeño. Rezo a Dios porque así suceda.»

—No creo que esto agrade a vuestro adalid castellano. El conde don Enrique es orgulloso y yo nunca le he gustado —dijo, desviando por el momento sus oscuros deseos—. No llevará bien que yo sea ahora el máximo líder de vuestros ejércitos, hermano.

—Yo me encargo del conde de Trastámara. Tú aplícate en la defensa del reino... ¡No vaya a ser que yo muriera y no te quedase nada que heredar, Fernando!

Parecía que el Ceremonioso le hubiera leído la mente. El rey Pedro IV era un maestro en la manipulación y ya tenía pensado cómo reunir en su corte a dos gallos de corral: que compitieran por despuntar, de ese modo darían lo mejor de sí.

«No sólo necesitaba a este engreído y sus mesnadas, sino que lo más importante era golpear la moral de mi enemigo don Pedro. No ya porque pierda efectivos, sino porque, a partir de ahora, no se fiará de nadie.»

Lo que el rey de Aragón ni en sueños hubiera imaginado era lo que estaba por venir a partir de que se supo su trato de aquel 7 de diciembre del 1357 de Nuestro Señor con el que se culminó la deserción de don Fernando de Aragón del bando castellano.

Primavera de 1358 Sevilla, Corona de Castilla

Tras el episodio de la Coronel, el amor de don Pedro por doña María se había redoblado.

El miedo a perder al único ser que calmaba no sólo su cuerpo sino su alma lo llevó a recordar por qué había retado a Francia, al papa y a todos los nobles de su reino por una mujer, su María de Padilla.

Retomó las noches de sexo apasionado en el palacio del alcázar, nada como una buena reconciliación para excitar el deseo de los amantes enfadados.

—Hacía tiempo que no me hacías el amor con tantas ganas, mi rey. Me tienes agotada.

—¡Y más que te cansaré! No pararemos hasta tener un nuevo hijo, mi dulce ángel.

—Rezo a Dios para que así sea y que esta vez se trate de un varón. Tendrás un...

Doña María dudó. Al no estar casada con el rey, lo que iba a decir no tenía sentido.

—Sí, tendré a mi heredero. Lo será, María, confía en mí. Pero antes, he de limpiar bien la casa.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella con cierta aprensión, pues conocía esa mirada en don Pedro.

—Todos son ratas infectas, traidores que no han valorado tantas oportunidades que les he dado. ¡Y eso se acabó! —El rey golpeó con su puño la palma de su mano—. He llamado a Fadrique. Él será el primero. Todo irá bien.

—Pedro, ¿no irás a...?

—Callad, mi señora. Que no os preocupen asuntos de Estado. Este lecho es vuestro reino y yo, aquí, un simple vasallo.

Don Pedro se echó sobre ella y la besó. Descendió sobre sus pechos y siguió con sus caricias, paseando su lengua hasta llegar al ombligo de María, que lo sujetó del pelo en un instintivo recato para, al momento, guiar ella misma la cabeza de su rey hasta su monte de Venus.

Al día siguiente, 29 de mayo, el maestre de la Orden de Santiago llegó al alcázar.

Venía con su tropa de freires desde Jumilla, plaza fuerte que había arrebatado al infante don Fernando de Aragón en el mes de abril en nombre del soberano de Castilla, cumpliendo lealmente con su deber de vasallaje.

Besó la mano al rey, que estaba con unos caballeros jugando a las tablas, y envió a sus hombres a las posadas asignadas.

Se cruzó con doña María, que estaba con sus hijas, y las saludó.

La Padilla, previendo lo que iba a pasar, estuvo distante, con la cara demudada; no podía hacer más y rezaba para que don Fadrique algo sospechara.

El maestre no pareció darse cuenta e hizo una mueca divertida a sus sobrinas.

Uno de sus caballeros sintió que algo no iba bien.

—Mi señor maestre, no estoy tranquilo. ¿Y si se han enterado de lo de los emisarios aragoneses en Jumilla?

—Mi buen asturiano, rechazamos cualquier trato, fuimos unos buenos leales al rey. Y, si se hubiera enterado, ¿qué mejor muestra de fidelidad que la de presentarnos ante él?

Caminaban por uno de los pasajes del palacio bajo un techo de mocárabes de yeso con motivos islámicos.

Llegaron al patio, donde estaba el corral en el que dejaron su equipaje y sus mulas.

No vieron ninguna otra bestia y, observaron, los portones estaban cerrados.

No había mozos de cuadra, todo en un silencio inusual para ese tipo de estancias.

—Señor, haced caso al señor freire, esto no es normal —dijo un escudero que era el caballerizo mayor del maestre.

—El postigo hacia las calles está abierto, señor maestre. Salid a reuniros con vuestros hombres —insistió el hidalgo asturiano—, que mulas no os han de faltar.

Aparecieron entonces dos caballeros que eran hermanos: traían mensaje del rey diciendo que esperaba al maestre para comer.

Don Fadrique dudó, pero se sacudió los temores de sus hombres y fue con ellos.

Al ir pasando puertas, su recelo fue en aumento al comprobar que sólo a él le dejaron acceder y que todo el palacio estaba vacío.

Al llegar a la última cámara, vio al maestre de Calatrava, Diego de Padilla, que también esperaba junto a otros dos caballeros, y al ballestero mayor que guardaba la puerta según era su cometido.

Se saludaron los maestres y caballeros con la cordialidad usual de quienes tienen el honor de almorzar con su monarca, nada extraño.

«La cabeza nos juega malas pasadas», respiró aliviado.

Tras esperar un rato, por fin se abrió el portón de la Sala del Hierro donde estaba el rey. Don Pedro salió acompañado por sus ballesteros y maceros.

—Ballestero mayor, prended al maestre —dijo, sin mediar otras palabras.

La cara de don Fadrique palideció, y lo mismo hizo la de don Diego de Padilla. El jefe de los ballesteros, a su vez, mostró su confusión.

—¿A cuál de los dos, majestad?

—Al que trata a mis espaldas con los enemigos de Castilla. Al maestre de Santiago.

—Sois preso, señor maestre —dijo el ballestero mayor sujetándolo por la espalda.

Don Fadrique intentó hablar, balbuceando. Diego de Padilla se apartó, aún con el miedo en el cuerpo. Antes de que ninguno de los presentes interviniese, el rey ordenó con voz fría, sin un atisbo de sentimientos:

—Maceros, matad al maestre.

Los ballesteros dudaron, mirándose los unos a los otros y a su jefe, que tenía sujeto a don Fadrique. Uno de los caballeros de la cámara real gritó:

—¿Qué hacéis? ¿No habéis oído a nuestro rey? ¡Cumplid, o sois traidores!

El instinto de supervivencia por fin se activó en Fadrique, que aprovechó para echar la cabeza atrás y golpear la del ballestero mayor, liberándose de la presa.

Corrió hacia el patio, buscando a sus hombres, gritando sus nombres y avisando de la trampa.

Llegó a las puertas del corral. Llevaba la espada cruzada a la espalda y echó mano de ella, pero los hados hicieron su macabro trabajo.

La cruz de su pomo se enredó con el correaje y no logró desenvainar.

Justo entonces un macero lo alcanzó por detrás y lo golpeó, derribándolo.

El resto de ballesteros se echaron encima mientras el maestre trataba en vano de protegerse con sus manos desnudas.

El rey se extrañó de que no estuvieran los que acompañaban a su medio hermano y él mismo buscó por los pasillos del alcázar.

Un mal presentimiento le encogió el corazón.

Ascendió por las escaleras circulares que llevaban al Salón del Caracol y allí encontró al caballerizo mayor del maestre que, lleno de espanto, erró en su huida y había llegado hasta la cámara donde estaban María Padilla y sus hijas.

—¡Si os acercáis, vuestra hija es muerta!

Don Pedro, colérico, ni reparó en lo que arriesgaba con su siguiente movimiento.

Se lanzó hacia el escudero, que sujetaba en brazos a Beatriz, su hija mayor de tan sólo cinco años, mientras doña María, en un rincón con las otras dos pequeñas, suplicaba a gritos.

De una zancada el rey se llegó hasta el sorprendido caballerizo y, antes de que éste pudiera hacer ni un gesto, le clavó su daga en la clavícula y tiró de su hija hacia un lado.

Uno de los caballeros hermanos que entraba tras el soberano remató al escudero, que se desplomó al suelo.

—¡Pedro, Pedro! —se abrazó a él y a su hija doña María.

—Cuida de nuestras hijas —le dijo a la Padilla. Se volvió al caballero—. Atranca esta puerta tras de mí. Respondes con tu vida.

—¡No te vayas, Pedro! ¡Quédate con nosotras!

Los ojos del rey brillaban con rabia. Su respiración seguía agitada.

—¡Obedece, mujer! ¡Suéltame!

Y salió escaleras abajo.

Sobre el mármol del patio, dejando un reguero de sangre a su paso, yacía aún con vida el maestre de Santiago.

Se había arrastrado malherido, con el cuerpo machacado a mazazos, hasta que lo abandonaron las fuerzas.

Los ballesteros lo miraban a la espera de su rey.

Don Pedro se agachó y lo cogió por la cabeza, observando su rostro ya desfigurado.

—Esta será la primera de estas caras cuyos ojos cerraré para siempre.

No llamó a ninguno de los ballesteros, sino a un mero paje, al que le dio su propia daga. El muchacho, un siervo moro, temblaba asustado.