El Fratricida 13. Los dos Pedros y su guerra #7
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13. Los dos Pedros y su guerra #7

Mientras tanto, en Sevilla, el valido del rey, don Henestrosa, y el maestre de Calatrava, don Diego de Padilla, eran liberados de un encierro en la misma Torre del Oro, a donde habían acudido a ver a doña Aldonza Coronel.

Los hombres que don Pedro había puesto para custodiarla en previsión de los celos de los Padilla se extralimitaron y los habían apresado.

No era intención del rey la de dañarlos, los apreciaba de veras, en especial al tío de María.

De todos modos, que el susto les sirviera para saber cuál era su sitio, que no era otro que estar a lo que su rey dispusiera.

—Vuelve a la cama, Pedro. Quiero sentirte otra vez dentro de mí —escuchó la voz que lo tenía loco.

La mañana se levantaba espléndida sobre los llanos que se extendían a los pies de Carmona.

La villa estaba situada en un alto dominante de la estepa andaluza y sus olivares.

Don Pedro pensó que había pasado poco tiempo tras la última vez que se vino dentro de ella, que no podría recuperarse tan rápido.

Fue volver a escuchar su voz susurrante, sus gemidos apagados mientras él la tocaba y, sobre todo, olerla, y se sintió pleno de vigor sin pensarlo.

Y se perdió en todos los labios de aquella mujer que, a un tiempo, era ardiente y sumisa, retadora y complaciente.

Y así, entre juegos bajo las sábanas y partidas de caza, los amantes pasaron los días, que pronto se convirtieron en semanas.

Camino de Sevilla a Santa Olalla, antigua Vía de la Plata romana Sierra de Aracena, Corona de Castilla

Mientras espoleaba su caballo y miraba cómo sus hombres apenas conseguían mantener su ritmo, se imaginó a sí mismo como un cónsul romano, de aquellos que hollaron esos mismos caminos con sus legiones, las que se hicieron famosas por su disciplina extrema y su capacidad para largas y rápidas marchas.

—A mil pasos, tras esas estribaciones, se divisa un carruaje seguido por una guardia con las armas de Huelva y un carromato con equipaje —informó un explorador que regresaba.

Don Pedro picó espuelas con saña y su corcel, uno que le regalaron al sellar un pacto de no agresión con los nazaríes de Granada, reaccionó con un acelerón que dejó a su escolta rezagada.

Fue el primero en llegar hasta los fugitivos, adelantó a la guardia onubense y, en una maniobra arriesgada, refrenó por el bocado a la pareja de caballos que guiaban el tiro del carruaje de la señora de Huelva.

—¡Deteneos, deteneos os ordeno!

—¿En nombre de quién? ¡Apartaos u os apartaremos, señor! —gritó uno de los hombres de armas, enfilando la lanza.

Otros dos guardias lo imitaron.

—¡De vuestro rey!

El jefe de la guardia reconoció en aquel jinete envuelto en su capa y cubierto de polvo el ceceo característico del monarca. De inmediato, sujetó a sus hombres y se excusó ante don Pedro, desmontando e hincando rodilla en tierra. Los hombres del rey los alcanzaron en ese momento y los rodearon.

—¡María, María! —gritó el monarca que, de un salto, ya abría la puerta del carruaje.

Metió la cabeza y medio cuerpo desapareció dentro.

El carro se movía, parecía que don Pedro estaba dentro de un avispero y toda la estructura se balanceaba.

Los llantos de unas niñas se escucharon y, por la otra portezuela, se apeó primero una dama de compañía, que tiraba de dos chiquillas, y luego la aya, que llevaba en brazos a la más pequeña.

Se oyeron unos gritos inconexos de mujer y los balbuceos del monarca, junto con el sonido seco de varios golpes.

Al poco el forcejeo había cesado y don Pedro descendía con la cara marcada con un arañazo que se la cruzaba de mejilla a barbilla y el otro moflete sonrosado.

Nadie sabía cuál iba a ser la reacción de su soberano.

Todos contuvieron el aliento. Ante la sorpresa general, vieron que don Pedro, el rey de Castilla y León y varios otros reinos, uno de los hombres más poderosos de la cristiandad, todo lo grande que era, se arrodilló ante la portezuela tragándose su orgullo.

—María, perdona... Perdonadme, doña María. Vos sois mi señora, la única, la que será mi mujer, aunque tenga que matar al papa.

Varios soldados se santiguaron ante aquel sacrilegio. El viento descendía por los riscos de Sierra Morena levantando un polvo seco que envolvió al rey, metiéndose en su garganta.

—María, mi señora, mi dama. Si me abandonáis, seré muerto.

Así estuvo el rey un rato, de rodillas como un simple plebeyo, tragando polvo.

El tiempo pasó despacio, se hacía eterno, y el inclemente sol andaluz castigaba con toda su fuerza.

Entonces, un delicado pie asomó y se apoyó en el estribo del carro.

Sin dar tiempo a más, una figura femenina se abalanzó sobre el monarca, con tal ímpetu que casi lo derribó al suelo.

María lo abrazaba y besaba, presa de una pasión desbordada que iba desplazando poco a poco la pena y los celos.

Era la Padilla una mujer bondadosa, pero de raza, de esas hembras hispanas que si las ofendes desatan la más violenta de las tempestades.

—¡Pedro, Pedro! ¡Amor mío! ¡Nunca más me vuelvas a hacer esto!

Don Pedro la alzó como quien levantaba una almohada de plumas y la aupó a su caballo. La abrazó por la espalda y tomó las riendas.

—Nunca más, te lo prometo, mi dueña... Mi reina.