El Fratricida 13. Los dos Pedros y su guerra #6
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13. Los dos Pedros y su guerra #6

«Audaz y temerario, y un buen comediante. Ojalá me sirviera a mí y no a mi enemigo.»

Ese caballero, mano derecha de don Enrique, el mismo que negoció el acuerdo del conde con el rey aragonés, aprovechó cuando don Pedro intentaba reunir a todos sus medio hermanos y primos en Ágreda, villa a donde se retiró tras pactar la tregua.

El rey castellano quiso atraerse a Enrique con promesas de perdón y concordia.

Su plan era, una vez todos juntos, acabar con ellos: con los bastardos Enrique, Fadrique y Tello, y con los infantes de Aragón, Fernando y Juan.

Pero el conde de Trastámara no cayó en la trampa.

Su fiel Ruiz de Carrillo, sin embargo, dijo que quería retornar a la merced del rey, que lo aceptó en su corte.

Dejó pasar un tiempo y, en una maniobra intrépida, fue a Toro, donde estaba retenida doña Juana Manuel, logró rescatarla y huir hacia la frontera de Aragón para reunirla con su marido.

Don Pedro perdió de este modo una de sus más preciadas bazas.

—Y vive Dios si no habré de echarla en falta —masculló para sí.

Cuando llegó a la habitación, su amante yacía dormida de espaldas. Vio las nalgas sonrosadas y volvió a excitarse como cuando tenía catorce años. Sin miramientos, la tomó con violencia, sujetándola boca abajo contra la cama.

—Decidme, señora, ¿quién es vuestro amo? ¿Lo es vuestro marido, o lo es vuestro rey?

Aldonza se despertó sobresaltada, sin tiempo a prepararse. La penetración le dolió.

—¡Me hacéis daño! ¡Parad, parad!

—¡Sois una puta! ¡Hija de un traidor, esposa de un traidor! ¿Quién es vuestro amo?

Mordiendo el cojín, sin apenas poder respirar, doña Aldonza sintió una extraña mezcla de emociones. Dolor y placer, miedo y excitación. Trataba de resistirse, pero no podía hacer nada contra la fuerza y el peso de don Pedro.

—¡Mi rey! ¡Mi rey es mi amo! —gritó de pronto.

Don Pedro se excitó aún más y le golpeó las nalgas, como si estuviera arreando a su jaca favorita al ir de caza.

Al poco notó que Aldonza, en vez de resistirse, hacía movimientos con las caderas acogiendo dentro de ella su miembro, recibiéndolo con ganas.

Eso lo desconcertó por un momento y la dama aprovechó para zafarse.

Ante su sorpresa, Aldonza se volvió, la cara arrebolada, los labios sugerentes y pícara la mirada.

—¿No vais a acabar lo que habéis empezado, majestad? —lo retó.

Antes de que reaccionase, tiró de don Pedro hacia la cama, se sentó a horcajadas sobre su miembro y lo cabalgó con ansia.

Era ella la que ahora lo montaba. Con sus pechos sobre su cara y la melena alborotada bailando ante sus ojos, el rey se sintió poseído por una diosa. Una diosa que, además, era sólo suya.

—¡Soy una pecadora, soy una ramera! ¡Castigadme, mi señor! ¡Haced conmigo lo que os plazca!

Los gritos de arrebato y placer se escucharon en toda la torre. Los cotilleos no tardarían en llegar a la sufrida doña María de Padilla.

Carmona, Corona de Castilla

El rey castellano parecía ajeno al hecho de que sólo una débil tregua lo apartaba de la guerra.

Una tregua que, por su astuta jugada de Tarazona, podía considerarse técnicamente rota sin esperar al año acordado.

Aquello no le importaba. Tenía a sus fronteros de guardia, vigilantes ante cualquier movimiento de las mesnadas del Ceremonioso y, mientras tanto, preparaba en secreto su flota.

—¡Buena presa, majestad! Nadie escoge y lanza los halcones como vos.

El halconero recogía al animal del brazo de don Pedro y lo colocaba con la cabeza encapuchada en su peana mientras un paje se llevaba las piezas cobradas. Esa noche cenarían perdices estofadas.

—Viene un jinete, alteza.

Desde el camino que iba a Sevilla apareció un mensajero.

Traía una misiva con el sello del camarero mayor.

El noble que acompañaba al rey miró de soslayo, incómodo.

Desde que el soberano tenía su nueva aventura amorosa, ese era uno de los caballeros que le prestaban servicios de medianero en aquel asunto y se había convertido en inseparable del monarca.

Don Pedro leyó para sí la carta y una sombra le cruzó la cara.

—Id de inmediato a la Torre del Oro. Y traed a doña Aldonza conmigo, ¡ya!

En cuanto se quedó a solas, redactó una escueta misiva y se la dio a uno de sus escuderos de confianza.

—Asegúrate de que se cumple esto que ordeno sin dilación. ¡Vamos!

Aquella misma noche, ya casi de amanecida, doña Aldonza llegó escoltada al alcázar real de Carmona, al del cerro más alto y que don Pedro utilizaba de residencia de verano.

Sin darle tiempo a asearse tras el apresurado viaje, lleno de polvo e incomodidades, el rey la introdujo en la alcoba y la amó con una pasión desatada.

Los gemidos de placer se oyeron por todo el palacio.