El Fratricida 13. Los dos Pedros y su guerra #5
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13. Los dos Pedros y su guerra #5

—Sin embargo, fueron ellas las que tuvieron que huir, y con ellas sus vástagos, para evitar las justas iras regias.

—Así es. Y en una cosa me gana don Pedro. Él ya finiquitó a la Leonor que lo estorbaba. Algún día espero igualarlo en eso.

Finalmente, no sería aquel el día en que Pedro el Cruel, con el infante de Aragón don Fernando sirviéndole como uno de sus capitanes, se encontrase por fin en el campo de batalla con don Enrique de Trastámara.

En el caso de Pedro el Ceremonioso, sí que había enfrentado y derrotado a su medio hermano el infante don Fernando en Mislata, pero se le había escapado.

A pesar de que el rey castellano ardía en deseos de eliminar de una vez a su medio hermano el bastardo Trastámara, con el cardenal de por medio se vio obligado a pactar una tregua.

Se emplazaron embajadores para negociar las paces en la ciudad neutral de Tudela, del reino de Navarra.

Entretanto, las villas y castillos tomados hasta ese momento se debían poner en manos del legado papal, especialmente Tarazona y Alicante.

Por último, además de una fuerte sanción pecuniaria al que incumpliese lo negociado —cuya cantidad se repartiría entre el cumplidor y el legado papal por mitades— se establecía la pena más grave: la de excomunión.

—Ojo, el Cruel ya ha sido excomulgado y no le ha importado —dijo Enrique de Trastámara.

—Sí, pero fue por unas faldas —dijo el embajador en el pacto, el vizconde Bernat de Cabrera.

El Ceremonioso veía a sus dos consejeros muy serios.

—¿Por cuáles, señores? —intervino con su habitual sorna—. ¿Las que no levantó, se supone, de la francesa, o las que todas las noches levanta?

Los otros dos se quedaron descolocados. Pedro IV alzó su mano sonriendo.

—Señores, sé que el Cruel podría arriesgarse a una nueva excomunión por una mera plaza conquistada —dijo mirando a don Bernat—. Y no, no os preocupéis, conde —miró a Enrique—, que yo no me fío ni de mi sombra. Lo importante es que hemos ganado tiempo.

Verano de 1357 Sevilla, Corona de Castilla

—Me muero, no puedo más, no puedo más.

—Mi señora, no digáis eso. Es sólo un pasatiempo, el rey os quiere.

—¿Pasatiempo? Lleva semanas durmiendo en la Torre del Oro. ¡Casi ni lo vemos!

Una aya recogió a las niñas y las sacó de la habitación en el alcázar. Las tres hijas de don Pedro, de entre cuatro y dos años de edad, salieron angustiadas al ver a su madre llorando y alterada como nunca la habían visto.

—Todo se arreglará, doña María, todo volverá a ser como antes —le decía su dama de compañía mientras la abrazaba.

Pero la Padilla sabía que no era como otras veces, ni como cuando el rey se casó con doña Juana de Castro.

En esta ocasión, «la otra» estaba sólo a unos cientos de pasos de distancia, una humillación que la hería como el más apretado de los cilicios.

Y ella sabía leer en su rostro, conocía bien a su hombre: don Pedro estaba realmente encaprichado de la más joven de las Coronel; o, como decía la plebe, el rey estaba bien encoñado.

Después de cabalgar por enésima vez a su nueva amante, don Pedro sintió hambre.

Dejó a Aldonza arrebujada entre las sábanas.

Ambos estaban empapados de sudor, la noche sevillana era muy calurosa, no refrescaba y la humedad del Guadalquivir, que ascendía como un manto de vapor hasta las estancias de la Torre del Oro, era, más que un alivio, otra carga.

Se puso una bata morisca y bajó hasta las cocinas sin despertar al paje que dormía en su puerta.

Estaba pletórico, volvía a sentirse como cuando conoció a María.

Ni él mismo pensó que su flirteo con la Coronel lo llevase tan lejos.

Aquella mujer tenía algo distinto al resto de amantes, además del morbo de que era la esposa de un traidor fugado al que quería deshonrar mientras esperaba atraparlo y, además, era hija de otro insurrecto al que había ordenado ejecutar.

Las noticias de la derrota de De la Cerda en la ribera del Candón, a manos de don Ponce, señor de Marchena, y sus milicias sevillanas, llegaron antes de que lo hiciera el carro enrejado donde metieron al noble derrotado camino de la ciudad.

Fue encerrado en esa misma Torre del Oro a la espera de la decisión del rey.

La presentida viuda, María Coronel, hermana mayor de Aldonza, pidió a doña María de Padilla que intercediera por su marido y logró de la amante real una misiva en tal sentido.

Consiguió que le permitieran salir del convento de Santa Clara, donde las tenían recluidas desde la defección de sus maridos, y viajó hasta Tarazona, donde don Pedro le prometió que lo perdonaría y le dio cartas para que se lo entregaran vivo y sano, ocultando que ya había enviado una orden de que lo ejecutasen y que llegaría antes a su destino.

Al llegar de vuelta a Sevilla, la dama se derrumbó de dolor al saber de la decapitación de su esposo don Juan de la Cerda y no hallaba consuelo en los brazos de sus hermanas ni con las monjas.

Sólo la bondadosa María Padilla tuvo un gesto hacia la viuda y, en un acto piadoso, emitió una carta de merced en la que le devolvía a María Coronel el Puerto de Santa María, que había sido de su marido De la Cerda y que el rey don Pedro confiscó y le había regalado a ella.

A pesar del trágico desenlace de su cuñado, Aldonza, la menor de las Coronel, salió también del convento en busca del perdón del rey para su marido don Alvar Pérez de Guzmán, el que se había refugiado en Aragón. Fue entonces cuando todo sucedió.

—Y bien, señora, ¿por qué habría de perdonar a don Guzmán, que tan vilmente me traicionó?

—Porque sois un rey magnánimo, majestad.

Doña Aldonza se había puesto sus mejores galas. Llevaba un brial que, sabía, le realzaba el pecho y dejaba ver con gracia sus clavículas tostadas en las que lucían unos lunares que parecían estrellas.

—He mandado decapitar a vuestro cuñado. Como también ordené que acabasen con vuestro padre. Ya sabéis cómo me llaman —dijo el rey sin apartar la mirada de aquellos sugerentes hombros.

—Pero, si me permitís, mi rey, eso no es así. Mi padre, al que llevo en mi memoria, fue un hombre de principios y consecuente con sus actos. Castilla nos gasta, nos decía a sus hijas. Y así acabó sus días, muriendo como el grand caballero que fue, pero en el bando equivocado.

El rey se sorprendió por el giro que tomaba la conversación y, hasta divertido, relajó el gesto.

—De ser yo vuestra alteza —continuó ella—, también lo habría ejecutado. Y mi padre, de haber sido vos, habría ordenado lo mismo. De hecho, ¿cómo os llaman?, me habéis preguntado.

Don Pedro se inclinó hacia ella esperando con interés la respuesta.

—«El Justo» es lo que se dice en los mercados y las iglesias. Ahora mismo, tras la triste muerte de mi cuñado, los sevillanos no derraman ni una sola lágrima por él.

—Digamos, doña Aldonza, que valoro lo que decís. No prometo nada..., pero, en cualquier caso, todo tiene un precio...

—En el caso de vuestra indulgencia a los bastar..., perdón, a los hijos de doña Leonor de Guzmán, el precio fue en su día que os sirvieran, como hacen en esta guerra, salvo el Trastámara. Yo, majestad, también estoy dispuesta a serviros fielmente.

A don Pedro le gustó que la dama dijera lo de bastardos, a pesar de que lo hizo de forma calculada, rectificando con una vergüenza impostada.

Aquella mujer era lista y sabía cautivar con sus palabras.

Y, además, estaban aquellos pechos altos, regios, tan perfectos que parecía que también a él lo observaban.

—Los bastardos —se regodeó el rey al pronunciarlo— me sirven con las armas, noble dama de los Coronel. No os veo empuñando una lanza... ¿Cómo me podríais servir vos?

—Seguro, mi rey don Pedro, que, si me visitarais para acabar en privado la charla que nos quedó a medias en aquella ocasión de palacio, podríamos hallar algún modo que os satisfaga.

—La hermosa joven, que contaba con unos primorosos veinte años, miró al rey a los ojos, sin bajar la cabeza como antes había hecho en señal de respeto.

—Mal podría ir a veros en un convento y mucho menos con vuestra hermana de luto. A partir de ahora, residiréis en la Torre del Oro y allí esperaréis a que, cuando Nos deseemos, vayamos a veros. Ese será vuestro primer servicio a vuestro rey.

Don Pedro dispuso en secreto lo necesario para el traslado de Aldonza y se retiró excitado a sus habitaciones.

No dejaba de pensar en ella, así que aquella noche amó a María de Padilla tratando de apagar su fuego y anticipando el dulce manjar que en unas noches lo esperaba en la torre albarrana del Guadalquivir.

Desde entonces, aquella aventura lo abstraía de las preocupaciones del gobierno.

Mientras se sentaba a beber vino en abundancia y los sirvientes, con ojos legañosos, le servían unos quesos y unas pasas, pensó en su nueva excomunión y el interdicto de Castilla, ordenado, de nuevo, por el mismo papa.

Esta vez no era por su vida licenciosa; el asunto de doña Blanca en rara ocasión salía tras aplastar el alzamiento de la liga nobiliaria.

Lo que motivó la sanción papal fue su incumplimiento de lo pactado en Tudela.

En realidad, como él argumentaba, había cumplido, puesto que a los castellanos con los que repobló Tarazona les ordenó prestar homenaje al legado papal, pero sin entregar la plaza.

A pesar de esa jugada y del interdicto admonitorio del papa, se pactó una tregua por un año con Aragón, que no estaba en posición de forzar nada.

—Si lo pienso bien, salvo lo de ese maldito Ruiz de Carrillo, todo han sido buenas noticias.

—¿Decíais, mi señor? ¿Queréis algo más? El cocinero ya ha encendido el fogón por si...

—No, todo está bien. Voy a mis aposentos, retiraos todos.

Mientras subía a la parte de la torre que él mismo había ordenado construir sobre la original de época almohade, recordó lo único que le había amargado el último mes. El asunto del noble Carrillo y su escapada con la mujer del conde de Trastámara.