13. Los dos Pedros y su guerra #4
—Sólo me fío de vos, mi querido Henestrosa. Y de vuestra sobrina María, aunque ella es una mujer... Son de otra pasta, ya me entendéis.
El valido inclinó la cabeza y se marchó a cumplir la voluntad de su rey.
Tras seis meses de guerra, las cosas marchaban bien para los castellanos.
Empezaron por atacar sin previa declaración desde dos frentes.
Don Gutierre de Toledo, repostero mayor del rey, asaltó el reino de Aragón, pero el conde de Luna y sus hermanos lo frenaron a tiempo.
Mejor suerte corrió Diego de Padilla, maestre de Calatrava, irrumpiendo por el reino de Valencia: tomó Alicante y provocó el pavor en la misma ciudad del Turia.
—¡Avisad al rey, avisad al rey! —ordenaba desesperado un tío del Ceremonioso a cargo de la defensa valenciana.
—Mi señor, ¡un respiro! Parece que los castellanos se han detenido a asegurar el alfoz de Alicante.
—Pero si se vienen sobre nosotros, todos esos arrabales quedarán a su merced. Necesitamos fortificar Valencia.
En cuanto llegó la autorización real, los trabajos para levantar una nueva muralla que encerrase más terreno comenzaron de inmediato, y ya no se detendrían durante toda la guerra.
Un tiempo después, la reacción aragonesa retomó Alicante en una expedición de los señores de Denia y Alicante. El rey aprovechó para inspeccionar la fortificación de Valencia, aquella ciudad que estuvo a punto de quemar.
—En esa puerta que da a occidente, en el camino a Castilla, que se erijan dos torreones defensivos que muestren a nuestros enemigos nuestra voluntad de resistencia —ordenó el soberano.
Atravesando esas torres se accedía a un pueblo, Quart de Poblet, y los valencianos les dieron el nombre: Torres de Quart.
Los castellanos devolvieron el golpe y el propio don Pedro I abrió un tercer frente desde Molina, penetrando desde allí por Aragón, apresando varias fortalezas fronterizas y llegando hasta la altura de Soria.
—Ese maldito castellano. Nos superan en número de tropas, mi rey, no podemos frenarlos en todos sitios a la vez.
Pedro el Ceremonioso pidió calma a sus consejeros. Tenían razón, pero, les dijo, esperaba unas noticias que equilibrarían la balanza. Al poco conocieron la rebelión en las filas castellanas de los maridos de las hijas de Coronel.
—Ahora, señores, ese impetuoso rey tendrá que encargarse de pacificar su reino. Eso nos dará tiempo.
Todos los señores aragoneses alabaron la astucia y las armas que tan bien sabía utilizar su monarca.
Sin embargo, Pedro de Castilla había hecho caso del consejo de su privado.
Aunque le costó delegar, decidió confiar la solución de la revuelta a sus nobles, por alejados del frente y de su regia presencia que estuvieran.
La decisión sorprendió tanto a sus propios hombres como a los informantes que el Ceremonioso tenía infiltrados.
—Levantamos campamento. Hacia Tarazona, a buena marcha —ordenó Henestrosa.
—Señor camarero mayor, pensábamos que, abandonada la persecución de los traidores, reforzaríamos los puestos logrados hasta Soria.
—Eso mismo estará pensando nuestro enemigo, señores. Pero su majestad don Pedro va a sorprenderlo. Tarazona está de camino a Zaragoza. ¡Vamos a por ese engreído rey de Aragón!
Los castellanos gritaron de júbilo. Si llegaban a Zaragoza, la guerra se acabaría pronto y el botín sería grande.
Zaragoza, Corona de Aragón
En el palacio de la Aljafería se sentía el desasosiego. Las noticias que llegaron sobre Tarazona alarmaron a la corte. El rey se encerró en sus aposentos y no quería ver a nadie, ni siquiera a su familia.
«¿En qué me he equivocado? ¿Dónde ha estado el error de cálculo? He logrado el apoyo del conde de Foix, de tropas navarras...; no son muchas, sólo cuatrocientos jinetes, pero son de los buenos... Y el Trastámara me está sirviendo bien.»
Repasó mentalmente quién estaba alineado en cada bando.
Él contaba, además de los nombrados, con el apoyo de sus fieles ricoshombres de Aragón: los Luna, los Cabrera y sus tíos infantes del reino.
Pero al atender a tantos frentes, los tenía dispersos por las fronteras.
La audacia del rey castellano lo había pillado desprevenido.
«El Cruel —ya usaba el apodo que Enrique de Trastámara fomentaba para hacerlo aparecer como un tirano— tiene a los otros bastardos a su lado, Fadrique y Tello; a mis medio hermanos Fernando y Juan de Aragón, Dios los confunda, e incluso a los Castro.
Al menos he logrado que De la Cerda y Guzmán deserten.
No serán los únicos con el tiempo, pero ahora no puedo esperar a más negociaciones ni arreglos. »
Salió de su cámara, los pasillos se sucedían.
La decoración mudéjar predominaba, con enyesados pintando hojas de palma y formas geométricas bajo una miríada de arcos lobulados con una función ornamental más que estructural.
Patios con canales de agua y naranjos le daban el aspecto cálido y acogedor que se buscaba para el solaz de los gobernantes.
El palacio se construyó durante la taifa de los Banu Hud como residencia de verano y lo llamaron Qasr al-Surur, ‘Palacio de la Alegría’.
«Alegría, eso es lo que ahora me falta. Pero un rey ha de saber valerse en cualquier hora.»
Llegó hasta el salón del trono. Del techo, que lucía decorado en colores vivos, colgaban unas piñas, símbolo de la abundancia. Allí lo recibieron con una reverencia sus consejeros.
—Señores, lo primero, fortificarse. La ciudad entera, pero en especial este palacio.
—Hubo un remedo de intervención, que el rey cortó con un movimiento de su mano—.
Sí, aquí nos quedamos, pase lo que pase.
Esperaremos el socorro de nuestros guerreros.
Avisad a todos los caballeros y vasallos.
Menos para el caso de Valencia, ahí algunos habrán de quedarse.
—¿Es por los rumores que corren sobre contactos de vuestro hermanastro con antiguos unionistas, alteza?
—Ojalá ése del que me habláis fuera sólo un hermanastro. Para mi desgracia, lleva sangre de mi padre, deshonrándola.
Hizo una pausa. Su mirada tornó torva y sus puños se cerraron con fuerza. Se dio cuenta y rápidamente relajó el gesto, recobrando su habitual compostura.
—Sí, mis agentes dicen que el rey don Pedro de Castilla, muy astuto, quiere devolvernos el golpe de la rebelión de sus nobles. Hay que evitarlo, no mostraremos piedad alguna.
Todos recordaban con pavor el castigo del bronce fundido derritiendo las bocas de los insurrectos hasta quedar sus cuerpos como guiñapos. Sabían que al Ceremonioso no le temblaría el pulso en repetirlo o en pensar una pena más cruenta.
—Mi rey, empiezan a llegar los de Tarazona. Son cientos y cientos. Parece ser que el Cruel los ha expulsado a todos y la puebla con colonos castellanos.
—Señores, como ven, la situación se complica. Ese castellano viene a quedarse. ¿Qué ha sido del alcaide? Quiero su cabeza o la de uno de sus familiares, lo que sea.
Los ojos del rey brillaron, esta vez de ira. La rendición de la plaza fue casi inmediata, debió haber algún acuerdo previo con los castellanos.
—Estamos tratando de darle alcance. Se ha fugado con sus parientes, abandonando a sus hombres, algunos de los cuales vienen con los refugiados.
—Alineadlos en la plaza y ejecutadlos. Que todos vean lo que pasa por traicionar a la Corona.
—Pero, mi señor rey —se atrevió a decir un consejero—, esos hombres nos vendrían muy bien para defender Zaragoza. Y seguro que no todos se rindieron de buen grado.
—¿Y tener traidores entre nuestras filas? ¿Cómo saber cuáles no lo fueron? Matadlos, a todos, antes de ponerse el sol.
La guarnición entera, que la componían más de trescientos soldados entre milicia y hombres a caballo, fue pasada por las armas frente a la catedral ante el estupor de los zaragozanos.
Campos de Aragón, entre Tarazona y Magallón
Los ejércitos estaban desplegados. Los castellanos querían avanzar desde Tarazona, mientras que el rey aragonés, ya con el conde de Trastámara, el de Foix, el de Luna y otros magnates a su lado, había salido a su encuentro desde Magallón.
—¡Mirad allí, mi rey, el vexillum con las llaves de San Pedro!
Pedro I de Castilla maldijo para sus adentros. Un legado papal se interponía entre los dos reyes enfrentados y plantaba su tienda en medio del campo.
—Id a comunicarle a su eminentísimo y reverendísimo señor cardenal que se aparte, no vaya a ser que nuestros caballos lo arrollen.
—Mi rey don Pedro, por favor, ¿puedo hablaros en privado?
El rey lanzó una mirada que hubiera fulminado a cualquiera, pero su camarero mayor se mantuvo firme.
—Sólo porque se trata de vos, don Henestrosa.
Se fueron a un aparte y se escucharon los gritos del rey, que maldecía de mil modos.
En el lado aragonés, el otro rey don Pedro miraba la tienda del legado papal con satisfacción. Era un regalo caído del cielo, nunca mejor dicho. A pesar de haber conseguido reunir una fuerza considerable, no quería jugarse el reino al trance que una batalla campal significaba.
—Es curioso, señor conde.
—¿El qué, majestad? —dijo el señor de Luna, todavía con el polvo del camino pegado a sus ropas tras la marcha forzada para acudir al llamado de su monarca.
—Las semejanzas con mi rival, que de seguro ahora estará perjurando contra el papado. —Se sonrió.
—Bueno, alteza, sólo veo que los dos os llamáis Pedro, pero en lo demás no podéis ser más distintos.
—Pensadlo mejor, señor de Luna. Los dos llegamos al trono con sólo diecisiete años tras ser postergados por las nuevas mujeres de nuestros padres.
Los dos hemos sometido a nuestra nobleza, pero, aun así, tenemos que lidiar con unos pretendientes a nuestro trono por culpa de un nombre, «Leonor», que parece sinónimo de «artera paridora de bestias».
El conde de Luna se rio con la ocurrencia.
—Sí, señor conde, yo también me río ahora, como también lo debe hacer el castellano. Pero en nuestras infancias estuvimos a merced de unas damas que se metieron bien en los calzones de nuestros padres. Y de los calzones a la cabeza de un hombre hay muy poco trecho.